La dulce miel de la libertad

Publicado en el número 8 de Descubrir la Historia (octubre de 2016).

A despecho de los censores, yo, Ibn Abí Ruh, poeta y amante, pasé una noche de goce y de solaz sin igual, bebiendo de los labios de mi amor el dulce agua del río de la Miel mientras me servía de copero el aquilón.

El aroma del aloe nos embriagó hasta el alba en sabia mixtura con el vino fuerte de tu cuerpo líquido. Las candelas con sus reflejos eran como puntas de lanza sobre el límpido espejo del río. Hasta el alba nos amamos, hasta que nos hizo separarnos el frescor del rocío y el helor del día que apuñalaba a la noche con sus dagas de sol.

El río de la miel, en Algeciras (Cádiz) (Wikimedia).
El río de la miel, en Algeciras (Cádiz) (Wikimedia).10

Con un ósculo en penumbra sellé mi despedida de la rosa abierta de tus labios como un libro abierto, hasta que el primer rayo de luna uniera de nuevo nuestros cuerpos deseados y deseantes.

Pero ya no hubo roce de cuerpos suplicantes ni besos a media voz ni caricias bajo la falda de la luna ni jadeos de placer que manaban de nuestras bocas desbocadas sino sombra eterna y pared fría, silencio y soledad, dolor y cautiverio.

Sí, mi bella Almoraima, no pudieron ya más mis labios besar tus labios ardientes, sino la piedra muerta de mi mazmorra helada, no consiguieron mis manos jamás acariciar tu piel de cereza sino los barrotes rudos que encarcelan mi cuerpo que no mi mente ni mi alma, no amasaron más ya mis dedos tus pezones enhiestos como riscos, sino los grilletes que ataban mis manos al duro suelo y me impedían escribir poemas de amor sobre los pergaminos albos del dulce aire.

Y es que mientras repartía por la Algeciras chica mis poemas escritos con la tinta fresca de mi amor sobre el inmaculado papel donde quedaron tatuados mis versos y mis goces, mientras cantaba tu belleza con versos libres que besaban el viento, mientras danzaban como posesas mis piernas y mis manos, manifestando la alegría del abrazo aún palpable en la memoria de mis ojos y de mis dedos, unos grillos de hierro unieron mis manos que volaban como palomas en el aire, y unas groseras cadenas aprisionaron mis pies, abortando las cabriolas que trazaban en el espacio libérrimo gobernado por el aire que no tiene dueño.

Me condujeron a una helada celda sin ventanas desde donde sólo una avecilla me vaticinaba cuando era de noche y cuando reinaba el sol. Me la mató ayer un ballestero. Mal galardón le de Dios.

Graves debieron ser mi pecado y mi ofensa, pues han quemado mis libros en la plaza pública como escarmiento a mi afilada lengua y no me dejan disponer en esta celda, de papel ni de tinta, para poder reproducirlos en las cuatro paredes de mi pequeño universo.

No saben, empero, que las páginas de mi mente están repletas de mis poemas y que en el magma de mi sangre bulle la esencia indomable de la diosa poesía.

Con mis uñas y mi sangre he conseguido escribir, arañando en la  vulnerable madera de mi triste jergón, este poema que cantará a los cuatro vientos, para que nadie pueda silenciarla, esa noche de amor que gozamos en el río, ahora amargo, de la Miel, mientras las antorchas agachaban la cabeza para no pregonar nuestro abrazo:

«Detente junto al río de la Miel, párate y pregunta por una noche que pasé allí hasta el alba, a despecho de los censores, bebiendo el deliciosos vino de la boca o cortando la rosa del pudor. Nos abrazamos como se abrazan las ramas encima del arroyo. Había copas de vino fresco y nos servía de copero el aquilón. Las flores, sin fuego ni pebetero, nos brindaban el aroma del áloe. Los reflejos de las candelas eran como puntas de lanzas sobre la loriga del río. Así pasamos la noche hasta que nos hizo separarnos el frío de las joyas. Nada excitó más mi melancolía que el canto del ruiseñor».

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