Informe especial. La conquista de los paisajes cósmicos

Publicado en el número 8 de Descubrir la Historia (octubre de 2016).

El arte espacial o Space art es una disciplina que la Historia del Arte ha ignorado a lo largo de los siglos, pero desde finales del siglo XIX, este género experimentará un crecimiento descomunal vinculado a los avances en astronomía y el nacimiento de la carrera espacial. En este artículo desarrollaremos sus antecedentes e inicios además de rasgos característicos y autores clave.

Los conocimientos en astronomía y los avances en exploración espacial sobrepasan hoy límites antes inimaginables, llevándonos cada década a llamar hechos a cosas que antes no eran más que ficción. Estos hallazgos hacen que toda la humanidad prospere, y como ha ocurrido a lo largo de la historia, nuestros avances y conquistas tendrán muy de cerca al arte como fiel retratista de los eventos acaecidos y del porvenir. El arte ha documentado nuestros triunfos y fracasos, lo cual no será una excepción con la odisea de conquistar del espacio.

Beta Lyrae, Chesley Bonestell (1960) (Wikimedia).
Beta Lyrae, Chesley Bonestell (1960) (Wikimedia).

Alzar la vista al firmamento en el pasado implicaba algo radicalmente diferente a lo que supone hoy día. La contaminación lumínica era inexistente y se gozaba de un cielo nocturno increíblemente limpio y repleto de planetas, satélites, estrellas y nebulosas a simple vista, casi al alcance de la mano. «La primera y la más simple emoción que descubrimos en la mente humana es la curiosidad». Esta frase de Edmund Burke enunciada en su Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello publicado en 1757 nos define y nos hace ver que desde siempre los humanos hemos sentido curiosidad por querer saber qué hay más allá del cielo de nuestro planeta. No nos sorprende entonces que muchos se lanzaran a intentar comprenderlo y plasmarlo, pues encontramos representaciones de la Luna, planetas, constelaciones y diferentes cuerpos celestes desde el origen de nuestra historia.

La curiosidad, la ciencia y el cosmos

Saturno visto desde Titán, Chesley Bonestell (1949) (Flickr).
Saturno visto desde Titán, Chesley Bonestell (1949) (Flickr).

La necesidad de entender que cuelga sobre nuestras cabezas la vemos entonces desde Stonehenge, las taules de Menorca, el disco de Nebra (un disco de Bronce con la primera representación de la bóveda celeste datado en el 1600 a. C.), las representaciones de constelaciones en diferentes cuevas, como Trois-Freres, además de en el antiguo Egipto y en múltiples manuscritos y tratados medievales. Encontraremos personalidades destacadas y devotas a la astronomía y sus representaciones desde la Antigüedad, como Hiparco de Nicea creador del primer catálogo estelar hacia el 134 a. C. tras la observación de una supernova, Tales de Mileto (624-546 a. C.), Ptolomeo (II d.C.), Abu Abdullah Al-Battani (858–929 d. C.) o Johann Müller de Königsberg (1436-1476 d. C.) entre otros muchísimos. Centrándonos más en la Edad Moderna, veremos que con Nicolás Copérnico (1473-1543) encontramos multitud de ilustraciones de las órbitas imaginadas de los planetas del Sistema Solar, sentando las bases del modelo heliocéntrico en su

Centrándonos más en la Edad Moderna, veremos que con Nicolás Copérnico (1473-1543) encontramos multitud de ilustraciones de las órbitas imaginadas de los planetas del Sistema Solar, sentando las bases del modelo heliocéntrico en su De revolutionibus orbium coelestium, publicado en Núremberg en 1453. Como sabemos, este sistema no gustó mucho y veremos que algunos estudiosos buscaron encontrar una cierta conciliación entre éste y otro sistema, el ptolemaico (Ptolomeo definió el sistema geocéntrico, donde la Tierra es el centro del universo y Copérnico con el heliocéntrico nos decía que el Sol lo era y los demás planetas lo orbitaban). Tycho Brahe (1546-1601) fue quien se lanzó en busca de un punto intermedio entre ambas visiones, desarrollando en multitud de esbozos un sistema por desgracia, erróneo. Su labor no quedó ahí y dado que fue uno de los últimos astrónomos en una época previa al telescopio, nos sorprende la veracidad de sus ilustraciones. Uno de sus ayudantes, Johannes Kepler (1571-1628), heredó gran cantidad de sus estudios y éstos acabaron teniendo mucho peso en su trabajo. El dibujo en el caso de Kepler será más matemático que artístico, versando sobre la importancia del movimiento de los planetas y sus órbitas.

Superficie Marciana, Ludek Pesek (1968-1972) (Flickr).
Superficie Marciana, Ludek Pesek (1968-1972) (Flickr).

Llegamos a Galileo Galilei (1564-1642), inventor del telescopio en 1609 gracias a la invención del catalejo años antes. En su Sidereus nuncius (1610) se lanzó a observar y representar los elementos que nos rodean en el Sistema Solar donde encontraremos excelentes acuarelas y dibujos de la Luna, además de los movimientos de los satélites de Júpiter y las fases de Venus. Galileo sirvió como referente a seguir para estudiosos que vendrán tras él como Christiaan Huygens (1629-1695), Sir Isaac Newton (1642-1727) o Charles Messier (1730-1817).

Veremos entonces que la mayoría de los personajes que hemos mencionado son considerados científicos, pero no artistas. En el caso del arte espacial, las diferencias entre arte y ciencia se han difuminado con el paso de los siglos, perdiendo esa concepción de que una debe estar supeditada a la otra, ya sea la ciencia al arte por las proporciones y medidas o el arte a la ciencia a la hora de poder transmitir aquello en lo que los números y datos se quedan cortos.

El artista espacial

El papel del artista espacial es clave, pues como vemos en la frase del célebre autor Arthur C. Clarke: «El artista astronómico estará siempre muy por delante del explorador. Pueden representar escenas que ningún ojo humano haya visto jamás, ya sea debido a su peligro o a su lejanía en el tiempo y el espacio». El número de artistas en la pintura espacial a finales del siglo XIX es alto, pero a lo largo del siglo XX (sobre todo finales de los años treinta y la segunda mitad del siglo) es mucho mayor del que alcanzamos a imaginar.

Los primeros artistas buscaban la aprobación y admiración del público por encima de la veracidad y la exactitud científica, la mayoría de los casos dejando tras de sí la representación de concepciones astronómicas que antes se daban por ciertas y acabaron siendo erróneas. Un ejemplo llamativo serían las representaciones de Marte con vegetación que alcanzaron bastante fama a finales del siglo XIX o las de Venus como entorno hostil y árido, un desierto extremo, cuando en realidad cuenta con muchísima actividad volcánica. La importancia de la veracidad de estas ilustraciones con respecto a lo que plasmaban fue volviéndose la meta principal, ahora amparada por la gran mayoría de artistas.

Saturno visto desde la luna Jápeto, Chesley Bonestell (1944) (Flickr).
Saturno visto desde la luna Jápeto, Chesley Bonestell (1944) (Flickr).

Estos artistas colaboraron en multitud de revistas y boletines astronómicos en el siglo XIX, para luego trasladarse a las novelas y tebeos a principios del s. XX, dar el salto al mundo cinematográfico en los años 50 y finalmente a los formatos virtuales a partir de los 80 hasta nuestros días. De todos estos artistas podemos destacar a los llamados «abuelo» y «padre» del arte espacial, el francés Lucien Rudaux (1874-1947) y el célebre americano Chesley Bonestell (1888-1986). Ambos son pilares a la hora de desarrollar las tipologías y ejemplos de arte espacial que otros muchos seguirán a lo largo del siglo XX, como son Scriven Bolton, Ludek Pesek, George F. Morrell, David Hardy, Ron Miller o Carolyn Porco.

Los paisajes espaciales

«El arte es aquello que las palabras no pueden expresar. Muchas cosas han sucedido en la exploración espacial que la gente no puede conocer sólo a través de fotografías, titulares de periódicos o informativos de televisión. Es tarea del artista dar luz a lo misterioso, a lo sublime, a la gran belleza y al poder que rodea a estos eventos».

Esta frase de Peter Nisbet, comisario del Museo de Arte de Ackland nos resume perfectamente la imagen que se tendrá del trabajo de estos artistas en el siglo XX. Pero veremos que esta concepción se la deben a sus predecesores, los artistas del siglo XIX que comenzaron a observar el mundo con otros ojos, fascinados por los paisajes y la vastedad de los mismos, que comenzaban a postularse como elemento predilecto en la tradición pictórica.

Los artistas estadounidenses, más concretamente los de la Hudson River School, exploraron y cayeron rendidos ante la naturaleza indómita y desproporcionada que encontraban a su paso. Los parques de Yellowstone y Yosemite les llevaron a querer formarse como geólogos y botánicos, siempre con el fin de poder transmitir la mayor verosimilitud posible en unos paisajes que habían conseguido conmoverles y aturdirles. Estas obras, lienzos de tamaños descomunales, comenzaron a viajar por el país sorprendiendo y enamorando a todos aquellos que podían admirarlas. Aquí empezamos a ver los rasgos que el arte espacial heredó directamente de la tradición pictórica, cambiando los parques de Yellowstone o Yosemite por las superficies también rocosas de Marte o la Luna.

Vemos entonces que es innegable la relación de esta pintura con la tradición dieciochesca y romántica del paisaje sublime. En ellas, la desolación, las grandes escalas y la idea de que son espacios deshabitados a millones de kilómetros del ser humano, producen la placentera sensación de lo sublime terrorífico que desarrollan teóricos de los que ya hemos hablado como Edmund Burke. De hecho, por esencia, cualquier paisaje espacial es sublime, pues pone de manifiesto la pequeñez humana como ningún paisaje terráqueo consigue.

Pero a mediados del XIX faltaba el último elemento que terminaría de impulsar el salto de la pintura espacial. Los autores literarios comenzaron a escribir movidos por los abrumadores avances tecnológicos que resucitaron la fascinación por lo que podía haber más allá de la bóveda celeste y así, el género de la ciencia ficción experimentó un crecimiento descomunal. La aparición de novelas de Julio Verne como From the Earth to the Moon (1865), Héctor Servadac (1877) o las enciclopedias astronómicas de Camille Flammarion como La Pluralité des mondes habités (1862) o Les Terres du ciel (1877) además de The Moon: Considered as a Planet, a World, and a Satellite (1874) de James Nasmyth requerirán ilustraciones que consigan que el lector se evada y quede fascinado, pero manteniéndolo siempre dentro de unos los límites de realidad.

A principios del siglo XX, la pintura espacial que hasta entonces había servido como simple acompañante a la literatura ya fuera en novelas de ciencia ficción o manuales astronómicos, comenzó a desvincularse para aparecer por sí sola, en ocasiones con la función de ilustrar algo, pero pudiendo extrapolar ese significado para limitarnos al deleite estético de la obra. Según el astrofísico Roger Malina, el arte espacial contará con muchas definiciones y connotaciones, por lo que realizará una división en siete categorías:

  1. Arte que explora las experiencias sensoriales generadas por la exploración espacial. Nuevos paisajes se vuelven accesibles gracias a la fotografía.
  2. Arte que expresa las nuevas concepciones psicológicas y filosóficas que se desarrollan con la exploración espacial. El concepto de la Tierra como un todo, que surge tras las primeras vistas de nuestro planeta desde el espacio.
  3. Arte en el espacio visto desde la tierra.
  4. Arte en la tierra visto desde el espacio.
  5. Arte en el espacio visto desde el espacio.
  6. Artes aplicadas a elementos como arquitectura y diseño de interiores en el espacio.
  7. Artes que aprovechan las nuevas tecnologías, como sería el uso de satélites.

 

Siglo XXI

La pintura espacial es conocida a gran escala ya que está mucho más presente de lo que creemos en películas, tebeos, libros, series, artículos científicos o noticias, pues éstos cuentan con ejemplos de ilustraciones astronómicas que todos hemos visto alguna vez. Es decir, el uso y la iconografía de imágenes relacionadas con paisajes fuera de nuestro planeta es bastante profuso y conocido por la sociedad prácticamente en su totalidad. Además, es de las pocas disciplinas que se ha encontrado en constante evolución desde su aparición, dependiente tanto de la visión del artista como de los conocimientos científicos que fueran haciendo su aparición, aunque ciertamente tendía a prevalecer el criterio del autor más que el de los astrónomos, siempre buscando la admiración y evasión del público como hemos visto antes. Pero su evolución no se limitará sólo a criterios del autor, si no que encontraremos diferencias tanto en los elementos que vemos, desde dónde los vemos y qué vemos desde ellos, hasta las diferentes técnicas pictóricas, pasando de grabados hasta software de procesamiento digital, servirán para conformar una disciplina pictórica extremadamente variada y compleja.

Su relación con la fotografía es otro matiz que puede sorprendernos, pues no se verá aplacada ni anulada por la misma, sino que conseguirán encontrar el equilibrio y mientras que a lo largo del siglo XX aparecerán imágenes desde fuera de nuestro planeta, la pintura servirá para llenar todas esas lagunas que aún no podemos fotografiar, o para completar lo que nos muestran estas fotografías desde multitud de ángulos aún no disponibles para las cámaras. Además, un rasgo característico de esta pintura que hará posible este equilibrio es su hiperrealismo casi fotográfico, acrecentado en las últimas décadas, como hemos mencionado, con las técnicas digitales.

Concluimos por lo tanto diciendo que la pintura espacial es una disciplina fascinante que no ha hecho más que despegar en el siglo XX, que ha contado con multitud de autores y ejemplos que nos han llevado a los confines del universo, y que el siglo XXI le depara un futuro emocionante con los descubrimientos fuera de nuestro Sistema Solar. El arte siempre ha sido una disciplina pionera con respecto a lo que nos muestra y nos hace sentir, además de capaz de propiciar la evasión del espectador, y desde luego la pintura espacial ha sido uno de los mejores ejemplos de ambas características. El arte espacial no merece sino arrojar luz sobre una disciplina que ha quedado en la sombra a pesar de habernos acercado un poco más las estrellas. Citando al artista espacial Dan Durda:

«Desde sus inicios, mucho antes de la astronomía telescópica hasta su papel tan influyente en los albores de la era espacial, el arte espacial nos permite ver lo imposible de ver e ir a lugares a los que aún no podemos ir, o lugares (y tiempos) a los que nunca podremos ir. Puede que pasen siglos antes de que nuestra tecnología permita que algunos humanos afortunados y valientes admiren el paisaje épico de una luna alrededor de un gigante gaseoso que orbite una estrella a muchos años luz de distancia, pero el artista espacial nos puede llevar allí hoy»

Para saber más:

Durda, D. (2013). «The Art of Planetary Science», Astronomy Beat, 109.

Galilei, G. (1610). Sidereus nuncius, traducción por Ramón Centella y José Manuel Sánchez, Madrid: Museo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Hardy, D. A. (1990). Visions of Space: Artists Journey Through the Cosmos, Nueva York: Gallery Books.

Miller, R. (2014). The art of Space: the history of Space art; from the earliest visions to the graphics of the modern era. Minnesota: Zenith Press.

Schuetz, M. (1999). A Chesley Bonestell Space Art Chronology. Boca Raton (FL): Universal Publishers.

Smyth, C. (1841). On Astronomical Drawing. Indiana: Priestley and Weale.

Woods, A. (2013). Art to the Stars: An Historical Perspective on Space Art. Suiza: Ars Astronautica.

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