José María Torrijos y su lucha por la libertad

Publicado en el número 8 de Descubrir la Historia (octubre de 2016).

En los tiempos decimonónicos y románticos en los que el liberalismo trataba de abrirse paso frente al yugo absolutista en busca de una sociedad más justa, un grupo de 49 hombres dieron su vida por aquel ideal de libertad en las playas malagueñas. Al frente de estos mártires encontramos a José María Torrijos, oficial de alta cuna que tomó parte en los periodos más convulsos del primer tercio del siglo XIX español defendiendo siempre el liberalismo y la Constitución frente a la tiranía y la opresión, lo que le hizo sufrir la persecución y el exilio. Finalmente, lideraría un último intento de insurrección liberal al hilo de las ocurridas en Europa que acabaría fracasando debido a una traición. Pero su recuerdo y el de sus compañeros en aquella futil empresa se mantiene vivo hoy en día gracias a la labor de autoridades y asociaciones que promueven la memoria histórica y su divulgación.

Si pasean ustedes por el centro de Málaga podrán admirar toda una gama de lugares emblemáticos como el Teatro Romano, la Alcazaba, la Calle Larios, la Catedral, el Museo Picasso, etc. Entre ellos destaca la Plaza de la Merced, con su bello obelisco en el centro. Si se encuentran allí la mañana de un 11 de diciembre serán además testigos de una pintoresca escena: una serie de personas vestidas de época simulando un fusilamiento en presencia de las autoridades municipales. Se trata de la Asociación Histórico-Cultural Torrijos 1831, que cada 11 de diciembre homenajea a un grupo de 49 hombres que dieron su vida por la libertad.

Monumento a Torrijos y sus compañeros en la Plaza de la Merced, Málaga (Wikimedia).
Monumento a Torrijos y sus compañeros en la Plaza de la Merced, Málaga (Wikimedia).

Antes de adentrarnos en este episodio es necesario conocer el contexto. Como consecuencia del motín de Aranjuez de 1808, Carlos IV se vio obligado a abdicar la corona en su hijo Fernando VII. Pero ese mismo año las tropas francesas ocuparon España y la familia real fue llevada a Bayona, donde Napoleón llevó a cabo las llamadas abdicaciones de Bayona: Fernando VII devolvió la corona a su padre Carlos IV, quien a su vez se la entregó a José Bonaparte, hermano del emperador. El rechazo del pueblo español a la ocupación y al nuevo rey llevó al conflicto que conocemos como la Guerra de la Independencia.

Durante esta guerra se aprovechó la situación para realizar una reforma liberal y dar a España una Constitución, al estilo de las ya redactadas en Estados Unidos y Francia. En 1810 se formaron las Cortes en Cádiz y el 19 de marzo de 1812 aprobaron la primera Constitución de la historia de España, instaurando por vez primera el liberalismo (al menos en teoría, pues la guerra impedía ponerlo en práctica).

Las tropas francesas fueron finalmente derrotadas y se retiraron de España en 1814, año en que regresó el rey Fernando VII. Vencido Napoleón, en el Congreso de Viena se creó la Santa Alianza, formada por Rusia, Austria y Prusia y a la que se unió más adelante Francia, con el objetivo de defender el absolutismo y combatir la implantación en Europa de regímenes liberales.

Detalle del Monumento a Torrijos y sus compañeros en la Plaza de la Merced, Málaga (Wikimedia).
Detalle del Monumento a Torrijos y sus compañeros en la Plaza de la Merced, Málaga (Wikimedia).

Dentro de este ambiente restaurador, una de las primeras acciones de Fernando VII fue derogar la Constitución y reinstaurar el absolutismo, persiguiendo a los liberales que se opusieran a ello. Tras varios intentos fallidos, finalmente el pronunciamiento militar del general Rafael del Riego en 1820 obligó al rey a jurar la Constitución, iniciando el Trienio Liberal. En 1823, bajo el amparo de la Santa Alianza, Francia envió a España un ejército llamado los Cien Mil Hijos de San Luis, liderados por el Duque de Angulema, con el objetivo de acabar con los liberales y devolver a Fernando VII su poder absoluto. El propio general Riego fue ahorcado y muchos liberales se vieron empujados al exilio. El periodo que siguió hasta la muerte del monarca en 1833 se conoce como Década Ominosa, periodo absolutista marcado por la persecución y condena de cualquier atisbo de liberalismo, incluyendo célebres ejecuciones como las de Mariana Pineda y El Empecinado.

Tomando parte en estos sucesos encontramos al general José María Torrijos y Uriarte, nacido de padres andaluces en Madrid en 1791. La situación privilegiada de su familia le permitió ser nombrado paje del rey Carlos IV en 1801, lo que le abría las puertas a una carrera militar distinguida, la cual inició tres años después. Se encontraba en Madrid el 2 de mayo de 1808 cuando, ante la ausencia de órdenes, se dirigió al Parque de Artillería de Monteleón, donde combatió bajo el mando de los capitanes Daoiz y Velarde. Acudió después a Valencia para unirse al ejército español y combatir contra las fuerzas del mariscal Moncey. Durante la Guerra de la Independencia logró ascender rápidamente y fue testigo de la incompetencia de diversos oficiales de alta cuna mientras otros más humildes como Juan Martín Díez, conocido como El Empecinado, demostraban su coraje y su valía. Parece ser que esto influyó en sus ideas liberales, las cuales defendería hasta su muerte.

Precisamente esas ideas políticas le acarrearían muchos problemas una vez regresó Fernando VII. En primer lugar, se negó a embarcar hacia América para luchar contra los independentistas y participó en reuniones de liberales. Posteriormente, se unió en 1817 al pronunciamiento militar constitucionalista del capitán general de Cataluña Luis Lacy. El levantamiento fracasó, Lacy fue fusilado y Torrijos fue apresado y llevado a la cárcel de la Inquisición de Murcia. Allí permaneció hasta que el triunfo del pronunciamiento de Riego favoreció su liberación en 1820, tras lo cual fue nombrado jefe del Regimiento Fernando VII, unidad de élite en Madrid.

Aquel pronunciamiento no fue un caso aislado, pues ese mismo año tuvieron lugar diversos levantamientos liberales y nacionalistas. El más importante se produjo en Grecia, pues los griegos se sublevaron contra la ocupación turca, iniciando una guerra que llevaría a su independencia. En Nápoles los carbonarios lograron que el rey Fernando I jurase la Constitución y en Alemania se produjo un movimiento universitario constitucionalista. Por ello, el pronunciamiento de Riego se enmarca dentro de esta primera oleada de las revoluciones liberales del siglo XIX.

Poco duraría esta aventura liberal, pues en 1822 se reunió la Santa Alianza en el Congreso de Verona, en el que se aprobó la invasión de España por parte de los Cien Mil Hijos de San Luis para acabar con los liberales, invasión que se realizó en 1823. Torrijos fue enviado a Cartagena, ciudad que defendió durante varios meses, incluso después de que las Cortes hubieran capitulado ante el duque de Angulema. Finalmente, en noviembre entregó la plaza y marchó al exilio, primero en Marsella y después en Inglaterra.

Durante su exilio, Torrijos recibió ayuda económica del duque de Wellington, pero cuando dejó de recibirla se dedicó a la traducción de libros. Se unió a un grupo de exiliados españoles liberales que formaron en 1827 la Junta directiva del alzamiento en España, la cual pasaría a presidir el propio Torrijos. Pasaron los siguientes años buscando una manera de regresar a España, acabar por fin con el poder absoluto del monarca y reinstaurar el régimen constitucional. A partir de 1829 Torrijos entabló amistad con un grupo de intelectuales reunidos en torno al poeta John Sterling, conocidos como los Apóstoles de Cambridge, grupo afín a las ideas liberales. Fue en aquellas reuniones donde conoció a Robert Boyd, liberal romántico de noble familia con quien entablaría una gran amistad.

Fue entonces cuando tuvo lugar la segunda gran oleada de revoluciones liberales en Europa, ocurrida en 1830. La principal revolución tuvo lugar en Francia, donde el rey Carlos X se vio obligado a abdicar, comenzando el reinado de Luis Felipe I en lo que fue una monarquía constitucional. Bélgica, que había sido incluida en los Países Bajos por el Congreso de Viena, se contagió de este espíritu revolucionario y proclamó su independencia nombrando rey a Leopoldo I. Hubo otros movimientos revolucionarios en Polonia contra la ocupación rusa, en Italia central contra el Papado y en Alemania por la unificación bajo un régimen liberal, pero todos ellos fracasaron.

Estas revoluciones, especialmente la francesa que dio lugar a una monarquía constitucional liberal, dieron ánimos a Torrijos y los demás exiliados. A ello se unió la correspondencia que mantuvo el general con un informante que utilizaba el pseudónimo Viriato. Diversas investigaciones identifican a este Viriato con Vicente González Moreno, gobernador de Málaga. En sus cartas le aseguraba que había una gran predisposición en el sur para un alzamiento liberal y que la propia ciudad estaría de su lado. Al parecer, se trataba de una estratagema para atraer a Torrijos, convertido entonces en la principal esperanza para un pronunciamiento liberal en España, para apresarlo y ejecutarlo.

Así se inició el plan de acción, consistente en una penetración en circunferencia para atacar Madrid desde diversos puntos que se iniciaría con el rompimiento, la entrada de los exiliados de Londres, que sería la señal para iniciar el alzamiento. La expedición contó con 49 hombres, destacando su líder el general Torrijos, Robert Boyd, quien además utilizó su fortuna para financiar la expedición, y veteranos políticos liberales como el ministro de la Guerra en 1823 Francisco Fernández Golfín y el presidente de las Cortes en 1823 Manuel Flores Calderón.

A lo largo de 1830 fueron trasladándose a Gibraltar, desde donde iniciarían la empresa. Las diversas tentativas liberales realizadas desde el Peñón, incluyendo un ataque a La Línea y un levantamiento en Cádiz, fracasaron. Por tanto, confiando en la información facilitada por Viriato, el 30 de noviembre de 1831 los 49 liberales partieron de Gibraltar rumbo a la costa malagueña.

El plan era llegar a Ventas de Bezmiliana, en el actual Rincón de la Victoria, escoltados por el bergantín Neptuno, donde según Viriato les esperaban varios batallones liberales procedentes de la Axarquía. Pero el 2 de diciembre, cuando llegaban a la Cala de Mijas, ese mismo navío abrió fuego contra ellos, lo que les obligó a tomar tierra en la playa de El Charcón. Desde allí se adentraron en el interior por la cañada del Carrizo. Se había realizado el rompimiento, aunque no de la manera esperada. Cruzando el río Ojén, llegaron a las inmediaciones de Mijas, donde fueron atacados por la milicia realista, lo que obligó a los liberales a pasar la noche en la sierra. Al día siguiente se dirigieron hacia el valle del Guadalhorce, pero fueron atacados cerca de Alhaurín de la Torre, tras lo cual, ante el agotamiento del grupo, Torrijos buscó un refugio cercano y condujo a sus hombres hasta la Alquería del conde de Mollina.

Poco descanso hallarían allí, pues los realistas les cercaron y realizaron diversos ataques al refugio durante la mañana del día 4, siendo rechazados. Al atardecer, Torrijos se entrevistó con González Moreno, gobernador de Málaga. No se sabe con certeza lo que hablaron, pero se ha deducido que Moreno ofreció a Torrijos que se rindiera para poder llevarlos a Málaga, pues era su única opción dada la superioridad de las fuerzas realistas. Se ha deducido también que Torrijos pediría como plazo hasta la mañana siguiente por si aparecían las fuerzas liberales de la Axarquía, sin saber que aquellas fuerzas jamás habían existido.

En la mañana del 5 de diciembre, Torrijos y sus hombres se rindieron y fueron conducidos en cuerda de presos hasta Málaga, donde fueron encarcelados. Cualquier esperanza que aún tuvieran puestas en su supuesto amigo el gobernador se desvaneció. El rey Fernando VII en persona firmó la sentencia de muerte para Torrijos y sus compañeros. Fueron entonces llevados al convento de San Andrés en El Perchel, donde se encuentra actualmente la Iglesia del Carmen, para pasar su última noche. Al amanecer del 11 de diciembre de 1831 fueron fusilados en la playa. Sus restos fueron trasladados al Cementerio de San Miguel, con la excepción de Robert Boyd que por su condición de anglicano fue llevado al Cementerio Inglés. Tras conocer lo sucedido, el poeta liberal José de Espronceda les dedicó el siguiente soneto:

Helos allí junto a la mar bravía

cadáveres están ¡ay! los que fueron

honra del libre y con su muerte dieron

almas al cielo, a España nombradía.

Ansia de patria y libertad henchía

sus nobles pechos que jamás temieron,

y las costas de Málaga los vieron

cual sol de gloria en desdichado día.

Españoles, llorad, mas vuestro llanto

lágrimas de dolor y sangre sean,

sangre que ahogue a siervos y opresores.

Y los viles tiranos con espanto

siempre delante amenazando vean

alzarse sus espectros vengadores.

A pesar del fracaso de la expedición del general Torrijos, el fin del absolutismo estaba muy cerca. Sólo dos años después, en 1833, moría el rey Fernando VII, dejando como única descendencia a su hija Isabel II. Como la reina tenía tan sólo 3 años, su madre María Cristina fue nombrada regente. Fernando VII había firmado la Pragmática Sanción para permitir que su hija reinara a pesar de ser mujer, pero Carlos María Isidro de Borbón, hermano del difunto monarca, no aceptó la sucesión y reclamó el trono. Se apoyó principalmente en los absolutistas, mientras que la regente buscó el apoyo de los liberales. Esto provocó por un lado el inicio de la Primera Guerra Carlista entre los isabelinos liberales y los carlistas absolutistas, mientras que por otro lado permitió implantar el régimen liberal, garantizado primero por el Estatuto Real de 1834 y después por la reinstauración de la Constitución de 1812, sustituida por la Constitución de 1837.

El Convenio de Vergara de 1839 puso fin a la Primera Guerra Carlista, lo que significó la victoria de las fuerzas isabelinas lideradas por el general liberal Baldomero Espartero. En 1840, una serie de revueltas obligaron a María Cristina a abandonar la regencia, pasando Espartero a ser el nuevo regente hasta 1843. Fue durante dicha etapa cuando, en 1842, se erigió en Málaga un monumento en honor al general Torrijos y sus compañeros por haber dado su vida por la libertad. Se construyó un obelisco, diseñado por Rafael Mitjana, en la Plaza de la Merced (entonces Plaza de Riego). Bajo el obelisco se halla una cripta a la que fueron trasladados desde el Cementerio de San Miguel los restos de Torrijos y sus compañeros, a excepción de Robert Boyd que continúa en el Cementerio Inglés. El monumento fue inaugurado el 11 de diciembre de 1842.

No quedaron ahí los homenajes, pues en 1868 se erigió una cruz de hierro en el lugar donde supuestamente fueron fusilados, la cual ha sido trasladada en diversos momentos debido a cambios urbanísticos y actualmente se encuentra en la glorieta que une el Paseo Antonio Machado con la Avenida Ingeniero José María Garnica. En 1888 el pintor Antoni Gisbert pintó su famoso cuadro Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, que se encuentra expuesto en el Museo del Prado.

Homenaje a Torrijos y sus compañeros por la Asociación Histórico-Cultural Torrijos 1831 en la Plaza de la Merced, Málaga (Jorge Pérez).
Homenaje a Torrijos y sus compañeros por la Asociación Histórico-Cultural Torrijos 1831 en la Plaza de la Merced, Málaga (Jorge Pérez).

En la actualidad la memoria de José María Torrijos y sus 48 compañeros sigue muy viva gracias a la labor del Ayuntamiento de Málaga y de la Asociación Histórico-Cultural Torrijos, entre otros organismos. A los actos conmemorativos realizados cada 11 de diciembre, que incluyen ofrendas florales y recreaciones históricas, se unen otras iniciativas como la inauguración el año 2014 de una cruz en el Cementerio de San Miguel que recuerda el lugar donde fueron enterrados antes de ser trasladados a la Plaza de la Merced y el reciente inicio de las obras de rehabilitación del Convento de San Andrés, donde pasaron su última noche.

La aventura de aquellos hombres que dieron su vida por la libertad nos ofrece un bonito ejemplo de sacrificio y fidelidad a unos ideales y a unos valores de libertad, derechos y soberanía ciudadana, valores que si bien han evolucionado mucho hasta nuestros días son la base del Estado de derecho del que disfrutamos hoy. Además, las acciones para mantener viva su memoria nos ofrecen un magnífico ejemplo de la recuperación del pasado histórico y de su divulgación, enriqueciendo sobremanera nuestro patrimonio cultural.

Para saber más:

Alcántara Alcaide, E. (2007). Réquiem por Torrijos. Málaga: Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Alhaurín de la Torre.

Artola, M. (2008). La España de Fernando VII. Madrid: Espasa Calpe.

Castells Oliván, I. (1989). La utopía insurreccional del liberalismo: Torrijos y las conspiraciones liberales de la década ominosa. Barcelona: Crítica.

Droz, J. (1974). Europa: Restauración y Revolución (1815-1848). Siglo XXI.

Fontana, J. (1983). La crisis del Antiguo Régimen, 1808-1833. Crítica.

http://www.torrijos1831.es/

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