Divulgación

Imperios islámicos ante el fin del mundo

El presente artículo pretende dar luz sobre las convulsiones que sacudieron el mundo musulmán en las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del XVII, caracterizadas por el ascenso de doctrinas que, a menudo lideradas por agrupaciones religiosas, buscaban una ruptura política y espiritual del viejo orden y que llegaron a poner en jaque a los imperios islámicos más poderosos del momento.

Publicado en el número 8 de Descubrir la Historia (enero de 2017).

El sha Abbas se tomaba en serio cualquier oposición. Escena de la reconquista de Tabriz (1603) (Wikimedia). islámicos - RecaptureOfTabrizByShahAbbas1  - Imperios islámicos ante el fin del mundo

El sha Abbas se tomaba en serio cualquier oposición. Escena de la reconquista de Tabriz (1603) (Wikimedia).

A menudo la religión ha tenido un papel esencial a la hora de definir las relaciones sociales y políticas de un país; a veces ha ratificado unas desigualdades y otras veces las ha denunciado; se han dado casos en los que la reinterpretación de sus leyes sagradas han consolidado el ascenso de un nuevo lobby de poder y otras en las que no parece haber surgido nada más que caos. Una de las irrupciones de textos religiosos que ha tenido tradicionalmente más resonancia social ha sido el de la fatalista identificación del fin del mundo, que en las sociedades cristianas y musulmanas venia de la mano del llamado Apocalipsis. La influencia de este pasaje sobre sociedades muy distantes a la de San Juan, el hombre que escribió sobre el mismo en la Biblia, generó una doctrina que ha sido conocida como el milenarismo.

En el mundo cristiano, el milenarismo tendió a considerar la inminencia del fin del mundo y el regreso a la tierra de Jesucristo, quien reinaría sobre la misma durante mil años antes del combate final entre el bien y el mal. Esta teoría fue muy popular en el siglo II, en plena expansión del cristianismo por el imperio romano, y en distintos momentos de la Edad Media (por ejemplo las devastadoras campañas bélicas del caudillo Almanzor) y la Edad Moderna, destacando rebeliones con un fuerte componente de denuncia social como las Germanías de Valencia (1520-22) o la guerra de los campesinos alemanes (1524-25).

En el mundo musulmán también existen poderosas corrientes milenaristas, como la del DAESH hoy en día, que tiene por seguro que en la localidad siria de Dabiq se producirá la batalla final entre los infieles y las fuerzas del Islam. Sin embargo, fue en la Edad Moderna cuando los movimientos milenaristas tuvieron un mayor peso en las tierras del Islam, extendiéndose por los imperios políticamente más estables que habían existido en la región, y que agrupaban una población muy superior a la de la Europa de su tiempo. A medida que se aproximaba el milésimo aniversario de la huida del Profeta Mahoma a Medina (622), imágenes apocalípticas se hicieron habituales en el arte de estos imperios: en el caso cortesano con el fin de denunciar como paganas a las sectas religiosas que no seguían los mandatos del soberano de turno, y en la calle como caldo de cultivo para la rebelión; unas tendencias políticas que en las últimas décadas del siglo XVI coincidieron con un desastroso cambio climático.

Desde la conquista de Bagdad (1258) a manos de las hordas del imperio mongol, el mundo musulmán quedó lejos de la unidad política y religiosa, surgiendo desde la península de Anatolia al Norte de la India breves dinastías aupadas por militares turcos o mongoles que dependían de liderazgos carismáticos. A mediados del siglo XVI, pero, tres dinastías de origen turco se habían establecido firmemente sobre el otrora inestable territorio: los otomanos sunitas en Turquía y Egipto, los safávidas chiitas en Irán, los mogoles sunitas en el Norte de la India (emparentados con los mongoles medievales), y a los que podríamos añadir los sultanes del Deccan, en el centro de la India. Parte del éxito de las mismas se debió a la existencia de soldados de elite exclusivamente dedicados al soberano de turno, la aplicación de innovaciones tecnológicas en el campo militar (como la pólvora) y a la cuidadosa instrumentalización de la religión.

Crisis económica, catástrofe política

Mapa de los principales imperios musulmanes en el siglo XVI. islámicos - GunpowderEmp  - Imperios islámicos ante el fin del mundo

Mapa de los principales imperios musulmanes en el siglo XVI.

Si bien el reinado de Selim (1470-1520) dio al imperio otomano una de sus provincias más ricas, Egipto, quedó lastrado por continuas tensiones políticas y religiosas internas; como la de 1519, cuando un predicador opuesto al fanatismo sunita de Selim lideró una rebelión provincial que serviría de ejemplo a muchas otras a lo largo del siglo y que serían conocidas como revueltas Jelali.  La impresionante expansión otomana no favoreció al mismo nivel a los cortesanos que rodeaban al sultán como a aquellos subordinados que trabajaban lejos de Estambul y que debían lidiar con un pueblo acosado por los impuestos y que, lejos de la imagen religiosamente homogénea que proyectaba la capital, tenía en el interior de Anatolia una gran variedad de cultos. El sultán Murad III (1546-95) reinaba, pero no gobernaba, desde el harén, mientras su esposa Safiye y su visir Sokollu, ambos balcánicos, ordenaban la vida política del enorme imperio, muy alejados de los llamados Jelali.

La crisis social y religiosa hubiese podido postergarse, y los movimientos milenaristas mantenerse a raya, de no haberse producido en 1585 la devaluación de la moneda otomana en casi la mitad de su precio; una catástrofe monetaria que vino acompañada por una serie de catástrofes naturales que perjudicaron gravemente la economía de la península anatolia. Mientras en la capital los jenízaros, la guardia de elite del sultán, mantuvieron los privilegios que les caracterizaban debido a su capacidad para amenazar directamente a su soberano, en el resto de territorios la población empezó a buscar nuevos referentes. El ascenso al poder de Mehmet III (1566-1603), caracterizado por el asesinato de todos aquellos familiares que pudieran suponer un peligro para el trono, no cambió la situación en las provincias, dándose la más importante revuelta Jelali: en 1600 el militar otomano Karayazıcı Abdülhalim se apoderaba de Urfa, en el sur de Anatolia, y se declaraba sultán con el apoyo de una población cansada de los abusos económicos y de la dejadez espiritual del sultanato. Mehmet III se tomaría muy en serio esta amenaza y la combatiría implacablemente aun a riesgo de sacrificar sus intereses geopolíticos en los Balcanes. En este asunto, los otomanos no se diferenciaron mucho de los safávidas, sus vecinos y rivales.

La cofradía Nuqtavi reclama el trono iranio

En Irán, una cofradía religiosa chiita se hizo con el trono y dio a esta confesión musulmana un próspero imperio rodeado de Estados sunitas hostiles; los primeros safávidas, por otro lado, tenían a sus vecinos otomanos y mogoles como idolatras y no dudaban en apoyar sediciones religiosas en sus tierras. Sin embargo, también ellos acabarían padeciendo las consecuencias de jugar con cofradías ideológicamente radicales.

La muerte natural del sha Tahmasp (1514-76) abrió un periodo crítico para el imperio safávida, mientras los uzbekos en el este atacaban el santuario chiita de Mashad, los ejércitos de Murad III se apoderaron de Tabriz, la primera capital safávida. Un recién entronizado sha Abbas (1571-1629) hubo de aceptar en 1590 que sus vecinos otomanos se anexionaran buena parte de sus provincias occidentales mientras en el interior de su imperio los caudillos tribales campaban a sus anchas y distintas cofradías religiosas pregonaban al margen de la doctrina oficial safávida. Una de estas cofradías, sin embargo, era del agrado del sha: los Nuqtavi. Aupados por el sentimiento milenarista que impregnaba la sociedad, esta cofradía creció exponencialmente y sus teorías de la reencarnación y ciclos temporales gozaron de una gran audiencia, entre otros del sha, que aplaudía el hecho que los Nuqtavi consideraran hallarse en un periodo persa en el que las provincias norteñas de Gilan y Mazandarán eran más importantes que La Meca y Medina, dando entonces más prestigio al sha que al sultán otomano, que entonces controlaba esas poblaciones árabes.

Las buenas relaciones se terminaron cuando en 1593 el líder de los Nuqtavi predijo que un miembro de la cofradía asumiría el trono iranio. El sha, que en pocos años de reinado ya se había ganado la fama de líder duro a base de eliminar a aquellos caudillos que pudieran hacerle sombra, decidió dar una lección ejemplar a las cofradías independientes. Coronó en una burlesca ceremonia a un Nuqtavi y a los tres días lo puso ante un pelotón de fusilamiento, luego inició arrestos masivos de los miembros de la cofradía y llegó a decapitar personalmente a un famoso poeta que simpatizaba con estos. Tal fue la dedicación del sha en la represión que Mir Sayyid Ahmad Kashi, un exiliado Nuqtavi en la Corte del emperador mogol, convenció a Akbar (1542-1605) para que exigiera al sha que pusiera fin a las persecuciones. Akbar, que en 1579 se había auto considerado una autoridad religiosa y había hecho que tanto sus súbditos musulmanes como hindús siguieran una confesión hecha a su medida, no consiguió convencer a su emperador vecino. No se encontraban ambos soberanos, ni mucho menos, en la misma situación puesto que, aunque la religión de Akbar enfadó a numerosos nobles y religiosos, no tuvo el milenarismo en su imperio el mismo efecto dramático que tendría, por ejemplo, en el resto de Estados indios.

Los milenaristas en el poder. El caso del Deccan

Malik Ambar, rey de Ahmadnagar en todo menos en nombre (Wikimedia). islámicos - Malik amber ahmadnager hi  - Imperios islámicos ante el fin del mundo

Malik Ambar, rey de Ahmadnagar en todo menos en nombre (Wikimedia).

A finales del siglo XV surgieron en el centro del subcontinente indio cinco grandes sultanatos, de los que el de Ahmadnagar fue uno de los más importantes debido a su ubicación geográfica entre el gran imperio hindú del sur y el joven imperio mogol del norte. Las complicadas relaciones del Nizam Sha (título real de Ahmadnagar) con la nobleza territorial, en su mayoría hindú, forzaron a este a buscar personas leales procedentes de Persia y de Abisinia (que serian conocidos popularmente como Habshi). Tras el asesinato de Murtaza I (1588) se produjo una unión entre la facción Habshi y los mahdavis, un grupo de nobles sunitas de postulados milenaristas, bajo el liderazgo del mahdavi Habshi Jamal Khan, que condujo al trono al sobrino de Murtaza, Ismael. Este acontecimiento provocó la huida de numerosos chiitas al sultanato vecino de Bijapur, temerosos de las represalias.

Y es que, el avance imparable del imperio mogol de Akbar provocaba graves enfrentamientos internos en las Cortes de estos sultanatos, destacándose partidarios y detractores de la hegemonía mogol, siendo Habshi Jamal Khan (en Ahmadnagar) y Dilawar Khan Habshi (en Bijapur) los inesperados líderes de la resistencia al invasor. El reinado de Burhan Nizam Sha y de su hermana Chand Bibi no pudo contener las fuertes tensiones internas del reino, atizadas por el imperio mogol, y al morir el primero en 1595 se desató una guerra civil entre las facciones que permitió la primera invasión mogol del Deccan. Tras años de guerra intestina, fue un señor de la guerra abisinio fuertemente influenciado por el milenarismo sunita, Malik Ambar (1549-1626), quien acabó gobernando de facto sobre los sultanatos.  Con el tiempo, los grupos mahdavis fueron debilitándose y la facción Habshi fue desertando al lado del mogol hasta que ya no quedó una fuerza capaz de oponerse a los emperadores del Norte.

Conclusiones

Las críticas últimas décadas del siglo XVI tuvieron un poderoso efecto en los mencionados imperios, que abordaron los problemas sociales y políticos, a menudo dando un giro radical a sus estrategias de gobierno. El mesianismo que había caracterizado los reinados de Selim I y del sha Ismael safávida quedaron definitivamente descartados pues, si bien en ocasiones el uso de la yihad contra paganos y apostatas fue útil, con los años motivó la radicalización de profetas y cofradías, perjudicando su propia autoridad. Los tratados de paz de Amasya (1555) y Zuhab (1639) entre otomanos y safávidas aparcaron definitivamente la competencia religiosa y mostraron a unos soberanos más comprometidos con gestionar sus fronteras imperiales. En la India, por otro lado, si bien el dominio mogol terminó por extenderse a todo el subcontinente durante el siglo XVII y los grupos mahdavistas fueron aglutinados en la nueva administración imperial, el proyecto religioso de Akbar fue definitivamente olvidado por su nieto Sha Jahan.

Aunque al llegar al año del milenio islámico (1622), una conspiración de jenízaros acabó con la vida del sultán Osmán II y el mismo Cuerno de Oro de Estambul se congeló; el crecimiento de las teorías milenaristas acabó por estancarse y los grupos próximos a estas tendencias perdieron capacidad de influir en las altas esferas. Una razón bien pudo ser el fin de las catástrofes climáticas de finales de XVI y principios del XVII, con lo que una población bien alimentada tenía menos razones para creer en la inminencia del Apocalipsis; lo mismo que las clases altas que, habiendo sobrevivido la realeza a la prueba de fuego, asumieron postulados políticos más conservadores. La batalla final en Dabiq tendría que postergarse.

Para saber más

Dale, Stephen. (2010) The Muslim Empires of the Ottomans, Safavids, and Mughals. Cambridge: Cambridge University Press

Faroqhi Suraiya (2006) An Economic and Social History of the Ottoman Empire. Cambridge: Cambridge University Press

Richards, John F. (1993) The Mughal Empire. Cambridge: Cambridge University Press

VVAA (2012) Iran and the World in the Safavid Age. New York: I.B. Tauris

Acerca del autor

Marc Morató-Aragonés Ibáñez

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