Consideraciones sobre las relaciones entre al-Andalus y Bizancio

Cada vez se hace más necesario, en Historia, apagar las luces y volverlas a encender con el único propósito de recobrar la perspectiva. Y tampoco lo es menos la urgencia por articular un relato nuevo acerca de nuestro pasado, tarea a la que deberíamos aplicarnos los historiadores profesionales. Las últimas declaraciones en torno a al-Andalus y su huella, tanto en la identidad española, como en la fisonomía de nuestras ciudades, hacen necesario reconducir el debate y evitar distorsiones intencionadas.

Demetrio Fernández González, obispo de Córdoba (Wikimedia).
Demetrio Fernández González, obispo de Córdoba (Wikimedia).

El 12 de enero se presentaba en la capital andaluza la revista 17… Un análisis del estado de la cultura en Córdoba, en cuya páginas se publicaba una entrevista que el periodista Jon Sistiaga hacía al obispo de esta ciudad, Demetrio Fernández, que se descolgaba con estas declaraciones: «En realidad, los Omeyas, los califas, no tenían arquitectos propios ni crearon un arte nuevo, no es arte musulmán. Fueron a por sus paisanos de Damasco y los trajeron a Córdoba. Pero el arte no es musulmán. Es bizantino», a lo que añade: «Es cristiano bizantino, los moros sólo pusieron el dinero». Son las declaraciones de la polémica, una más, en torno al significado de al-Andalus y más concretamente, en torno a uno de los monumentos simbólicos de su cultura: la mezquita de Córdoba.

Tampoco cabe escandalizarse ni emprender campañas para que el obispo vuelva al instituto, como la emprendida en Change.org. A nadie podría sorprenderle viniendo de una institución que trata de ocultar o aminorar el pasado islámico del edificio, incidiendo en su carácter como catedral, algo que no se pone en tela de juicio. Sería negar la realidad. Sin embargo, no es una actitud aislada. Existe toda una corriente historiográfica, que hunde sus raíces en la tradición nacionalcatólica que busca deslegitimar al-Andalus, período de difícil digestión por cuanto se aparta del mito de la España católica. Basculamos entre la leyenda negra (mayoritaria) y la leyenda rosa (minoritaria), relatos propagandísticos una y otra, escritos por gente ajena al arabismo o al medievalismo, que responden a estereotipos. Es labor de los historiadores hacer el esfuerzo por ofrecer una imagen del pasado andalusí exenta de todo maniqueísmo. Por eso son necesarios trabajos como los de A. García Sanjuán o E. Molina López que insertan al-Andalus como parte esencial en la formación de la identidad nacional española, pero también aquéllos que lo contextualizan en un marco más amplio.

En el siglo X, al-Andalus es uno de los principales centros políticos y económicos del ámbito islámico y mediterráneo. Para el emperador bizantino Constantino VII Porfirogeneta (), los omeyas de Córdoba estaban al mismo nivel que los ‘abbasíes de Bagdad y los fatimíes norteafricanos. Y si hacemos la comparación con el resto del occidente, en el que geográficamente se encuadra el Califato andalusí, vemos que es el más avanzado, en todos los aspectos. Es una potencia regional cuya influencia se deja sentir en la Provenza francesa, las costas italianas y el Magreb, a través del protectorado que ejercieron sobre la región de Siyilmasa, controlando las rutas del oro proveniente del África negra, que debería alimentar, en parte, el despegue económico de la Europa occidental en la centuria siguiente.

Es precisamente el papel hegemónico en esta parte del Mediterráneo, lo que convierte a al-Andalus en una pieza más en el tablero diplomático de la época. Las relaciones entre los distintos reinos se están reconfigurando en base a la realpolitik auspiciada por unos emperadores, los de la dinastía Macedonia, que han abandonado toda veleidad de expansión militar. Quedan lejos los tiempos en los que desde Constantinopla se reclamaba la soberanía de las antiguas provincias que habían conformado el Imperio romano clásico, en su papel de Nueva Roma. Si Bizancio quería seguir manteniendo su presencia en el Mediterráneo central y occidental, tenía que contar también con el apoyo de los gobernantes andalusíes y no sólo del papa o los soberanos cristianos.

Se hace necesario un cambio en el modo de entender el pasado. Los reinos cristianos occidentales por un lado y al-Andalus por otro; Bizancio y el Oriente islámico y el Magreb fatimí en medio. Ya no vale entender el espacio en el que nos movemos como una yuxtaposición de compartimentos estancos, envueltos en una lucha constante, entre los cuales los intercambios pacíficos son una excepción. Quizás, la imagen más acertada sea la de diversas áreas de influencia, con sus respectivas zonas de contacto: la arabo-islámica, la latino-cristiana y la greco-cristiana. Esferas que se tocan mutuamente, permitiendo un nada desdeñable trasvase económico y, sobre todo, cultural entre ellas.

En este sentido, Constantinopla ejerce de faro, de modelo para el resto, por el prestigio que tiene. El Oriente aún sigue siendo el foco de la cultura. La ciudad de Constantino es el paradigma de la civilización, de lo refinado, y así lo ven tanto cristianos como musulmanes. Por ejemplo, los ceremoniales de las cortes de ‘Abd al-Rahman III, Otón II y Constantino VII son compartidos, adoptados y adaptados de los usos y costumbres del Palacio Imperial constantinopolitano.

No fue algo nuevo, pero sí cobró una significación especial en el siglo X. Bizancio entendió desde muy pronto que una parte importante de su influencia sobre los reinos coetáneos se debía en buena medida a la cultura. Y los emperadores de Constantinopla no dudaron en jugar esta baza. Muchos de los embajadores que partían con destino a las principales cortes, lo hacían cargados de libros y acompañados de artistas. En este caso, la Córdoba califal no fue la excepción. A ella llegaron obras de gran importancia para el progreso de la Medicina, la Historia y la Filosofía. Al-Andalus en ningún momento queda al margen de la herencia clásica. Como el resto del mundo arabo-islámico, no rompe con el legado previo a la conquista islámica. La cultura andalusí conserva una fuerte impronta grecorromana y no sólo por la importación y traducción de estas obras, sino por el papel que desempeñaron los cristianos andalusíes –los mal llamados mozárabes– como los depositarios de ese legado en la Península Ibérica, imbricándolo en un medio social islámico.

No hay –no puede haberlas– formas culturales homogéneas; se responde a las contingencias con unos recursos más o menos similares en toda la cuenca del Mediterráneo. Cuando los nuevos califas omeyas de Córdoba quieran afirmar su autoridad y nuevo estatus, lo harán a través de un programa edilicio. Construirán la ciudad palatina de Medina Azhara y ennoblecerán la mezquita, demostrando la capacidad económica y organizativa del nuevo poder. Pueden permitirse traer columnas y una pila de ónice, amén la gran perla de uno de los salones del palacio califal; no porque carezcan de arquitectos o ingenieros, sino porque había que demostrar la capacidad para sufragar los enormes gastos del transporte de estos materiales por vía marítima. Todo va encaminado a mostrar un lujo que debía evidenciar el apoyo que prestan al califa todas las facciones andalusíes.

Vista aérea de la Mezquita de Córdoba (Toni Castillo, Wikimedia).
Vista aérea de la Mezquita de Córdoba (Toni Castillo, Wikimedia).

El mosaiquista que trabajó en la decoración de la mezquita no provenían de Damasco, como erróneamente afirmaba el obispo Fernández, sino que fueron enviados por el emperador Nicéforo Focas –que había derrotado a los árabes en Creta y Asia Menor– a petición de al-Hakam II. Se trató de un maestro que se rodeó de un grupo de aprendices cordobeses, con los que trabajó en el mihrab y la cúpula del maqsura, nada que ver con un traslado forzado por las autoridades musulmanas. De nuevo, se trata del prestigio que daba contar con un artesano de la principal potencia cultural, política y económica del Mediterráneo altomedieval. En modo alguno, puede considerarse la mezquita una obra de influencia cristiana, ya que el espíritu que inspiró estos trabajos era netamente islámico.

Para saber más:

Garcia Sanjuán, A. (2013). La conquista islámica de la península ibérica y la tergiversación del pasado. Madrid: Marcial Pons Historia.

– (julio-diciembre 2016), «La persistencia del discurso nacionalcatólico sobre el Medievo peninsular en la historiografía española actual», Historiografías 12, pp. 132-153.

Matesanz Gascón, R. (2004). Omeyas, bizantinos y mozárabes. En torno a la «Prehistoria fabulosa de España» de Ahmad al-Razi. Valladolid: Universidad de Valladolid.

Molina López, E. (2006). «Andalusofilia y andalusofobia en el peso de la memoria de una entidad histórica. Pautas del itinerario historiográfico sobre al-Andalus», en Actes Colloque Monde latin-Monde arabe: les voix de la continuité. Palermo: Université de Palermo, pp. 121-138.

Motos Guirao, E. (2007), «Las relaciones entre al-Andalus y Bizancio» en Suárez Márquez, Á. (coord.). Almería, «puerta del Mediterráneo» (ss. X-XII). Sevilla: Consejería de Cultura, pp. 161-202.

Dejar respuesta

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

(Spamcheck Enabled)