Divulgación

Apuntes sobre mitos e idealizaciones de la Segunda República

Publicado en el número 8 de Descubrir la Historia (enero de 2017).

Si existe un periodo histórico sobre el que todo el mundo tiene una opinión bastante decidida, ese es sin duda el de la Segunda República Española. Una popularidad fruto de su relevancia en los hechos históricos posteriores, Guerra Civil y Dictadura, y por su profundo carácter innovador en cuanto a la tendencia política de nuestro país. Sin embargo, parece que tanto en el mundo académico como fuera de la Universidad, muchos de los debates acaban siempre de la misma forma: una discusión que se vuelve acalorada por la confrontación de posiciones casi antagónicas en cualquier tema relativo al periodo republicano. Entendemos que éste círculo vicioso se debe a la persistencia en el tiempo de falsas creencias e idealizaciones de la Segunda República que han ido calando profundamente en el ideario colectivo e individual. Sin grandes pretensiones, propongo en este artículo abrir debate sobre algunos de esos «mitos».

Bienio negro, no tan negro

Desde que comenzamos a abordar este tema en el instituto, se nos presenta la primera alternancia del poder ejecutivo en la República como «negativo». Algo fácilmente perceptible en cómo se ha venido titulando la etapa de los sucesivos gobiernos de la CEDA y el PRR: bienio negro. Una caracterización con unas intenciones bastante perversas que se aleja de cualquier aspiración honesta y científica del trabajo del historiador.

Miembros del gobierno provisional de la Segunda República; de izquierda a derecha: Álvaro Albornoz, Niceto Alcalá-Zamora, Miguel Maura, Francisco Largo Caballero, Fernando de los Ríos y Alejandro Lerroux (Wikimedia). República - guillermo1  - Apuntes sobre mitos e idealizaciones de la Segunda República

Miembros del gobierno provisional de la Segunda República; de izquierda a derecha: Álvaro Albornoz, Niceto Alcalá-Zamora, Miguel Maura, Francisco Largo Caballero, Fernando de los Ríos y Alejandro Lerroux (Wikimedia).

Con el tiempo, algunos historiadores han atinado y optan por descripciones más realistas como rectificador o conservador. En cuanto al último, resulta complejo definir el abanico ideológico de esa coalición con tantas organizaciones que lo conformaban, aunque es un término poco problemático. Sin embargo, existen otros historiadores, como Álvarez Tardío, que señalan la inexactitud del primero. En su El Precio de la exclusión explica detalladamente cómo, durante esta segunda etapa, el gobierno sólo tiró abajo algunas de las reformas relativas al ámbito agrario, mientras otras fueron solamente paralizadas. En contraste con ese discurso, que señala al Bienio radical-cedista exclusivamente como una respuesta destructiva de la derecha, se pretende resaltar que fue un periodo en el que se dieron aportaciones de interés como la Ley de la Defensa de la República o el voto femenino universal. No se trata de edulcorar una etapa en la que el desorden público y la falta de agudeza de los gobernantes fueron la tónica general, sino señalar ciertos estudios que plantean la existencia de una amplia derecha posibilista, alejada de la imagen reaccionaria. Pero esto enlaza ya con el siguiente punto. 

¿El Frente Popular de los radicales?

Otro de los axiomas sobre los que parece existir un amplio consenso es aquello de que la etapa del Frente Popular estuvo liderada por la radicalidad política, tras el amago de alternancia de los dos primeros bienios. Comenzaremos a poner en cuestión la verosimilitud de tal afirmación observando la posición de ciertos partidos el abanico político del Congreso en aquellos años: el Partido Comunista apenas alcanzaba los 17 diputados en toda España, aunque reconociendo el aumento respecto a las de 1933; respecto a Falange Española, la organización de José Antonio fracasaba estrepitosamente al no lograr representación con sus escasos 44.000 votos. Con esto, podemos confirmar que las organizaciones anti-democráticas no fueron una opción preferencia para el electorado español en febrero de 1936. Sin embargo, este periodo requiere de un análisis más profundo y detallado que nos ayude a verificar si es cierto que fue una etapa de radicalización política, dado que el fracaso del PCE y FE nos esconde otras cuestiones de interés.

Algunos trabajos como el de Francisco Carmona Obrero (El Orden Público en Sevilla, 1931-1936) o testimonios directos como el de Clara Campoamor (La Revolución vista por una republicana) nos llevan a pensar que los seis últimos meses de vida de la República fueron bastante agitados. Además, se ha señalado en los últimos años que los comicios de febrero no contaron con todas las garantías que requiere unas elecciones democráticas como las que hubo 1931 o 1933. Este asunto ha sido bien investigado por Roberto Villa García (La República en las Urnas) quien señala varias de las complicaciones que se produjeron en esos días de febrero mientras de votaba: coacción a ciudadanos, pucherazos o recuentos incorrectos. Por ejemplo, en Granda fue necesario esperar hasta mayo para saber el resultado definitivo. Debemos sumar a esta situación, la exponencial actividad de los sectores políticos más radicales, los cuales pusieron en verdadero jaque la estabilidad de la República. Incluso, algunos partidos minoritarios como la Falange se vieron favorecidos por la arbitrariedad de ciertas autoridades a la hora de actuar. Fue en este periodo, con partido está suspendido, sus líderes arrestados y sedes embargadas, cuando miles de españoles comenzaron a vestir la camisa azul. La escasez de documentación nos complica el trabajo de especificar cifras, sin embargo, algunos trabajos como los de José Antonio Parejo Fernández (Las piezas perdidas de la Falange) estiman que en los primeros días tras el golpe de estado, Falange contaba con más de 600.000 afiliados.

Sin alargarnos más, resulta necesario para el análisis histórico reconocer que, durante el periodo del Frente Popular, el orden público y estado de derecho se deterioraron en comparación a los años previos. La negligente actitud y acción de algunos responsables políticos, permitió que los grupos más radicales y antidemocráticos comenzaran a ganar adeptos a partir de sus discursos de exclusión y acciones de combate contra el rival político. Sin embargo, existe un abismal trecho entre reconocer los problemas de salud de la democracia republicana y la justificación de un golpe de estado que procedemos a comentar.

Un golpe de estado evitable

Desde ante del 17 de julio, hubo muchos personajes con poder en España que comenzaron a perfilar un discurso orientado a autolegitimar un supuesto pronunciamiento en contra de la legalidad vigente. Ese, a grandes rasgos, puso el foco en el «caos» del sistema republicano y sus dirigentes, un desorden que requería de intervención inmediata. Pues este mensaje fue utilizado hasta la saciedad por los mandos rebeldes, no sólo en la guerra sino también durante la posterior dictadura del general Franco. Conforme a ese debilitamiento de la salud republicana durante el Frente Popular, que acabamos de comentar, resulta tentador elaborar una justificación que dé sentido y base moral a lo ocurrido a partir del golpe de estado. Se trata de un mensaje que se repitió incesantemente hasta 1975 y que, en democracia a partir del 78, algunos historiadores y pseudocientíficos se empeñaron en alargar.

Pío Moa puede ser uno de los casos más mediáticos de esta línea historiográfica. Perpetrando un enfoque oscuro y catastrófico de la República, el madrileño propone una especie de «civilización o barbarie» atemporal que combina sus prejuicios ideológicos con posturas propagandísticas de comienzos de la guerra. Sin embargo, Moa realiza una trampa que mucha gente, fuera y dentro del ámbito universitario, comete, y es casar sin preliminares algunos la República y la Guerra Civil (El derrumbe de la II República y la Guerra Civil). Negar la relación entre ambos periodos sería negligente por parte de cualquier historiador, sin embargo, resulta maquiavélico realizar una tesis partiendo de la relación de causa-efecto indiscutible de ambos sucesos. Puede que residan en la República algunas de las semillas que brotaron entre 1936 y 1939, pero no por ello una fue causante del otro. El golpe de estado pudo haber sido derrotado si la respuesta de las autoridades republicanas, antes y después del 17 de julio, hubiese sido más efectiva y estado coordinada a nivel nacional. Aunque no tan fuerte, la Segunda República ya resistió a otros dos golpes de estado: en 1932 por parte de la derecha reaccionaria, encabezada desde Sevilla por el coronel Sanjurjo, y en 1934 por los elementos revolucionarios y antidemocráticos de la izquierda española desde Asturias. Mientras el Estado de Derecho se mantuvo en su marco de ley y estuvo legitimado por los ciudadanos, no hubo golpe que acabase con la democracia.

En definitiva, estos son sólo tres campos generales que aquí queremos abrir a debate y, sobre todo, a constante revisión historiográfica. Pero no porque esta deba ser algo extraordinario, sino porque es la base necesaria para un trabajo académico innovador, honesto y argumentalmente rico. La Segunda República no es más que otro periodo histórico que, a diferencia de otros, alcanzó una relevancia e interés particular. No sabemos si por su carácter novedoso respecto a la tendencia del momento o por los acontecimientos que le siguieron, sólo sé que a día de hoy es uno de los temas que más fricción crea entre las personas. Este hecho, que consideramos al principio como causa de este artículo, debe animar a los historiadores a seguir indagando y cuestionando el pasado alejados de cualquier idealización del mismo. Al menos hasta que se pueda debatir sobre la República como hacemos con la normalidad y seriedad de otros periodos del pasado.

Acerca del autor

Guillermo Röthlisberger Cortázar

Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad frente a los totalitarismos del siglo XX europeo.

Comentar

(Spamcheck Enabled)