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Reseña de ‘Que sais-je?’ Una reflexión sobre la divulgación histórica

Publicado en el número 7 de Descubrir la Historia (octubre de 2016).

Los historiadores que desarrollan su actividad en el ámbito académico conciben su profesión generalmente a partir de dos dimensiones: la investigación y la docencia. Esta doble dimensión del historiador se fundamenta principalmente en que la relación entre ambas facetas mejore cada una de ellas, esto es, que las aulas mejoren los trabajos del investigador, permitiéndole tomar contacto con la sociedad en que se inserta su producción, y que la docencia se vea enriquecida por la actualización y profundidad que sobre un determinado tema ofrece la perspectiva investigadora. De esta manera, más allá de las publicaciones o las participaciones en congresos, los medios en que habitualmente los historiadores presentan los resultados de sus trabajos (ante, huelga decirlo, sus propios colegas), la docencia supone una vía de comunicación más amplia mediante la cual poder hacer participe a una comunidad de futuros historiadores, o titulados de otras disciplinas, de los resultados de la labor historiográfica.

Aunque con los cambios que ha protagonizado el sistema universitario con la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) se ha buscado superar algunas de las problemáticas que la docencia universitaria mantenía en nuestro país, como eran el excesivo peso de la lección magistral o la utilización de métodos de evaluación donde lo memorístico tenía mucha importancia, dándose así más relevancia a cuestiones como la programaciones didácticas, la innovación en la metodología docente y la evaluación por competencias, lo cierto es que en el imaginario del investigador aún la docencia no es vista como un factor primordial de cambio social, sino como una tarea de segundo orden frente a la investigación. Esto se ha explicado tradicionalmente debido a que el peso que tiene en un curriculum académico la docencia es menor frente a la investigación (entre otras cosas, cabría aquí señalar que también influye la escasa o insuficiente formación inicial de los docentes universitarios), lo que propicia que a efectos prácticos resulte más rentable que una persona dedique su tiempo a investigar que a la tarea de mejorar los procesos de enseñanza-aprendizaje de los que es responsable (cuando además se valora más la cantidad que la calidad). Desde el punto de vista del profesional académico vemos como tiene sentido entonces que la docencia se vea en algunos casos como «un mal necesario» lo que provoca que el docente no se encuentre motivado ni incentivado para esta labor (lamentablemente esto influirá negativamente tanto en su predisposición como en sus resultados).

Es común que haya debates públicos al respecto y que estos se hayan vuelto más actuales últimamente durante el proceso de implantación del EEES, planteándose cuestiones sobre si necesariamente un buen investigador es un buen docente, sobre si sería beneficioso separar ambas dimensiones desarrollando perfiles profesionales distintos o sobre cual debe ser efectivamente la relación entre investigación y docencia. Estos debates apuntan certeramente sobre cual es el papel de la universidad en nuestra sociedad actual, sobre las formas de transmisión de conocimientos que mantenemos e incluso sobre la validez de algunos de los presupuestos de la ciencia contemporánea en relación a su utilidad social. Con todo, lejos de dar respuesta a esas interesantes cuestiones me gustaría plantear a tenor de estas reflexiones una dimensión más del problema: ¿en ese tándem investigación/docencia dónde situamos a la divulgación?

Si la investigación científica se justifica por y para los demás, y no para que un grupo limitado de expertos acrecienten individualmente sus conocimientos y mejoren sus perfiles profesionales, y la docencia supone la forma de reproducir y contrastar saberes y herramientas de análisis transmitiendo éstas desde profesionales de la investigación a futuros titulados…¿qué pasa con el resto de la sociedad? La respuesta la mayoría de los casos a esta pregunta será por parte de las personas vinculadas al ámbito académico un incomodo silencio acompañado con una retahíla de excusas. Si la docencia pese a que se pretende potenciar desde las instituciones, juega un papel a veces secundario para los investigadores encargados de la misma, por no ser esta valorada proporcionalmente al esfuerzo que supone, la divulgación, que no se contabiliza apenas a este respecto, es incluso dentro de determinados círculos mal vista o considerada como inapropiada.

Así la distancia entre investigación y divulgación es un abismo al que tan solo arriesgadas iniciativas editoriales, como el joven proyecto de Descubrir la Historia, se atreven a aproximarse combinando el rigor científico con un gran esfuerzo pedagógico. Como divulgativas podemos citar algunas revistas de historia que dentro de la crisis general del mundo editorial han mantenido cierta continuidad, así como varios programas o canales de televisión y programas de radio con cierta cuota de televidentes u oyentes. Sin embargo, y pese al éxito que en ocasiones suponen estas iniciativas, lo que muestra la demanda que actualmente hay y que podría generarse en un futuro a este respecto en nuestro país, los investigadores no son incentivados de ninguna manera a participar en este tipo de empresas, y pese a honrosas excepciones, no forma parte de su identidad profesional el hecho de hacer accesible al gran público los resultados de sus investigaciones. De hecho, es habitual que la organización, confección y comercialización de estos productos editoriales, televisivos u radiofónicos recaiga en profesionales de la comunicación más que en profesionales de la historia (pese a figurar algunos historiadores en comités editoriales, firmar artículos o protagonizar espacios en los medios), habiendo delegado estos últimos, a mi juicio, una parcela que les correspondería volver o comenzar a asumir.

Estantería con ejemplares de la colección 'Que sais-je?' Divulgación -   tag  re de que sais je 225x300 - Reseña de ‘Que sais-je?’ Una reflexión sobre la divulgación histórica

Estantería con ejemplares de la colección ‘Que sais-je?’.

En estas páginas, habitualmente dedicadas a una reseña, hoy me gustaría hablar no ya de un título en concreto sino de una colección, ya célebre e internacionalmente conocida que supone precisamente una respuesta a algunos de los conflictos que se han presentado más arriba. Se trata de la colección francesa Que sais-je? editada por Presses Universitaires Françaises, una marca que alberga más de 4.000 ejemplares y que lleva estando presente en el mundo editorial francés (pero no sólo) desde 1941. En este año, Paul Angoulvent lanzó el primer ejemplar de esta colección (su nombre se debe a una cita del filósofo Michel de Mointagne), que basaba sus presupuestos en resultar una lectura corta y de precio ajustado, que supusiese una pequeña enciclopedia, donde cada titulo vendría a representar un volumen. Pese a nacer enfocada hacia el ámbito de las ciencias puras o naturales (disciplinas que comparten, al menos en España, junto con la historia, problemas en tanto a la brecha entre investigación y gran público) hoy en día abarca prácticamente todos los campos del saber sin haber variado esencialmente en su forma o en su filosofía. En definitiva se trata de una colección en que en cada titulo uno o varios especialistas abordan los aspectos esenciales del tema o la problemática asumida, ofreciendo una síntesis actualizada de los conocimientos que existen al respecto, que permita al lector conocer en 128 páginas sus rasgos esenciales de forma rigurosa, científica y con un marcado carácter expositivo.

De los 100 títulos que el editor preveía publicar a los más de 4.000 actuales y siendo traducidos a numerosas lenguas, sorprende de esta colección la alta consideración que en general le merece al público francés, siendo habitual encontrar en distintas librerías una sección dedicada a la misma, y no siendo raro que incluso en trabajos académicos o universitarios esta colección sea citada habitualmente, no tratándose de una versión simplista de la realidad (como habitualmente se entiende la divulgación) sino simplificada, donde se cuida el aspecto expositivo y se hace un ejercicio importante de síntesis. En el mercado pueden encontrarse otras colecciones similares, donde destaca 128 de Armand Colin, manteniendo ambas la particularidad de que, además de lanzarse nuevos títulos regularmente cada año, cuando una versión está obsoleta se encarga a un profesional su reedición o revisión, según el caso, de manera que continúe siendo relevante en relación al estado actual de los conocimientos. Una colección que sin duda, puede ofrecer sobre múltiples temas una respuesta a nuestras inquietudes, y que puede servir de ejemplo de una iniciativa en el conocimiento científico se pone en valor socialmente, siendo totalmente vigente en nuestros días.

Acerca del autor

Rubén Cabal Tejada

Doctorando en Investigaciones Humanísticas.

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