Relatos

Relato: El niño en la ventana

Publicado en el número 7 de Descubrir la Historia (octubre de 2016).

Con los ojos de un niño y sus deditos menudos, pegados a la ventana, veía bajar a la calle al muchacho Federico, cantando bajito, hacia la fuente, donde los soldados cambiaban cada noche sus miedos por promesas de amor eterno, a mi hermana y sus amigas, que volvían del taller de costura para llegar a casa a la hora autorizada, antes del parte que emitía la radio de galena familiar, que ocupaba el salón y mis preguntas.

Era una radio triste, para una vida triste, en una guerra triste, que yo nunca entendí del todo —si es que alguna contienda merece entenderse nunca— desde donde me parecía que lloraban los pianos, y que la infancia me diría pronto adiós, con los pañuelos blancos de la nostalgia, agitados al viento antes de tiempo, en las estaciones donde partimos hacia los sueños, o de las pesadillas cotidianas, creemos escapar para siempre.

Pero con Federico, el muchacho, aquellos fueron tiempos de azúcar, y en su fresca conversación, con sus canciones compartidas, se diluían mis siete primeros años en un mundo color sepia donde dejaba de oler el cuero de las botas militares, de oír disparos, y de sentir los últimos latidos, en las habitaciones de la sangre, de quienes fueron hermanos, amigos, novios o vecinos, el albañil, el banderillero, la lavandera o el maestro, antes de ser memoria y humo, después de doblar las campanas.

Y cada tarde bajaba, sin el conocimiento paterno, sorteando callejuelas y uniformes, para que a la luz de la farola, palabras nuevas, hermosos versos, cuentos y canciones, desdibujasen el gris de un país dolorido y dividido, inexplicable e incomprensible para los niños que se asomaban a sus ventanas como yo, y que también sabían por Federico, que…

El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.
El lagarto y la lagarta con delantalitos blancos.
Han perdido sin querer su anillo de desposados.

¡Ay! su anillito de plomo,
¡ay! su anillito plomado
Un cielo grande y sin gente
monta en su globo a los pájaros.

El sol, capitán redondo,
lleva un chaleco de raso.
¡Miradlos qué viejos son!
¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran!
¡Ay, ay, cómo están llorando!

Lo cierto es que, ese niño en la ventana, nunca podría olvidar aquella luz en la metralla, encendiendo sueños y cordura, que le regalaba el hijo poeta de Don Federico García, para consumir en tiempos rotos, sin perder la infancia reconocida.

'Paisaje urbano', dibujo de Federico García Lorca

‘Paisaje urbano’, dibujo de Federico García Lorca.

Y todo, a pesar de los últimos disparos, que seguían sonando a destajo, al declinar el día, en los muros, carreteras y barrancos, de mi Granada, aunque tapase a su estruendo, el corazón y mis oídos, desde aquella última tarde, en la que mi amigo el poeta, se paseó esposado por la calle, donde a la semana siguiente, quedaron vacíos, un balcón, una ventana abierta, y huérfanas de luz y niños, las farolas que circundaban la calle, a la que nunca regresé con mi familia.

Desde entonces, y ha pasado una guerra, y ha pasado una vida, las carreteras secundarias del destino me llevaron a labrar otros campos, a crecer y a crear hogares nuevos, llorando ausencias y aplaudiendo nacimientos, añorando versos y libertades, a la espera de los tiempos nuevos, que aún hoy celebro felizmente, por encima de mi principio de Alzheimer, rodeado de nietos, versos y recuerdos que vida cobran cuando mis ojos suplen, y en alta voz, me leen la Gacela del amor imprevisto, en puro ejercicio de amor y de ternura, para que a subirme vuelva, en los caballitos persas.

Nadie dijo que vivir fuera sencillo, pero cualquier camino tortuoso, con su enconada herida abierta se iba supurando tarde a tarde, año tras año, en todo pueblo o ciudad que me acogiese, donde me hice hombre y me hice viejo, siguiendo un itinerario de fuentes y farolas, cuya luz me conducía a las bibliotecas o a las librerías, donde el añorado recuerdo infantil, se abría con los libros del muchacho Federico que, sin sus apellidos o con ellos, siempre fue mi luz y mi esperanza, alumbrando con sus palabras como luciérnagas, los campos y las vegas, donde mataron a un ruiseñor, entre Víznar y Alfacar, porque quería cantar con Whitman en Nueva York.

Por eso hoy, otra vez asomado como niño en la ventana, desde un balcón con mar, vuelven a revolotear luciérnagas a mi alrededor y, a lo lejos, dejaron por fin de sonar detonaciones, y sólo escucho canciones de fiesta y boda, ¡anda Jaleo!, en la luna de pandero que proyecta el cielo.

Y a mis nietos beso, y de Federico García Lorca, como de la vida, me despido apresuradamente, porque encontré sin querer, en la fuente, un anillo de desposados, con el que por fin se casan, el lagarto y la lagarta, con sus delantalitos blancos, y a bailar empiezo con ellos un pequeño vals vienés, con el que me pierdo a lo lejos… en la letanía de una fecha, que hoy conmigo, también recuerda el mundo, y para la que el menor de mis nietos, transformando mis luciérnagas en palabras, me contó sus ochenta razones por las que nunca hay olvido, cuando la memoria es corazón, y el corazón es un poeta, a la luz de las farolas, frescas las fuentes de la memoria y de la vida.

Acerca del autor

Miguel Vega Jiménez

Escritor.

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