Divulgación

Plata, sangre y poder: la lucha entre vascongados y vicuñas en el Potosí colonial

Publicado en el número 7 de Descubrir la Historia (octubre de 2016).

¿Quién no ha escuchado alguna vez la expresión «esto vale un Potosí»? Se trata de una expresión muy conocida por todos, aunque es probable que su origen no esté igualmente difundido. Para conocer el verdadero significado de este dicho debemos remontarnos varios siglos atrás y viajar al siglo XVI, en concreto, a la villa imperial de Potosí, situada en la actual Bolivia. Es allí donde, aún hoy, se alza majestuosamente el famoso Cerro Rico: una enorme montaña en medio de un espacio angosto e inhóspito, a casi cinco mil metros sobre el nivel del mar, pero lleno de riquezas e historia. En efecto, su fama se debe a la plata que se escondía en sus entrañas y que, tras su descubrimiento a mediados del siglo XVI, atrajo el interés y la codicia de muchos. Tal es así que en unos 20 años, de no existir, Potosí pasó a ser una de las urbes más pobladas del planeta, con cerca de 120.000 habitantes (Villa, 2000). Entre los mercaderes, buscavidas, mineros y caza fortunas que se instalaron allí hubo un grupo que rápidamente destacó sobre los demás: la «nación» vascongada (a la sazón, el término «nación» era equivalente a «colectividad», por lo que no tenía el mismo significado político que el actual).

Sobra decir que los vascos no inventaron la popular expresión que recogemos al inicio de este artículo; a decir verdad, tampoco es nuestro objetivo investigar su origen. Lo que se pretende hacer en las líneas que siguen es dar a conocer un curioso y poco conocido acontecimiento, al tiempo que tratar de explicar las circunstancias que lo acompañaron. Y es que, siguiendo al cronista potosino Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela (1674-1736), entre 1622 y 1625 la villa imperial fue testigo de una serie de cruentas luchas entre los vascongados y las restantes naciones peninsulares, los llamados «vicuñas», entre quienes se encontraban extremeños, castellanos y andaluces. Venganzas, ajustes de cuentas, pendencias, saqueos y otros episodios violentos fueron el pan de cada día durante esta época, generando una gran conmoción. La pregunta es obligada: ¿qué llevó a vascongados y vicuñas a tal situación?

Los pilares de la conflictividad entre las naciones peninsulares en Potosí se cimentaron en los mismos orígenes y fundación de la villa, y es que ya en 1561, pocos años después del descubrimiento de las riquezas del Cerro Rico, figuran dos vascos en el gobierno de la villa (Abecia, 1988). Lejos de tratarse de una anécdota, la presencia de vascongados en los órganos de poder de Potosí será una constante en los años venideros. De hecho, su poder no hizo sino aumentar, cosa que causaba no pocos recelos.

El año de 1572 marca un antes y un después en la historia de Potosí. Es el momento de la llegada del virrey Francisco Álvarez de Toledo (1515-1582), quien ejecuta un profundo programa de reformas en beneficio de la explotación de las minas de plata. En virtud de sus ordenanzas se implantaron el procedimiento de amalgamación (obtención de plata mediante el azogue o mercurio, el cual se realizaba en unas plantas llamadas «ingenios») y el sistema de la «mita», que obligaba a las tribus indígenas a extraer el preciado metal en un régimen de explotación inhumano. Las reformas, pese a su coste humano, provocaron un aumento exponencial de la producción de plata (Villa, 2000).

La nación vascongada, como ya hemos apuntado, se encontraba en una posición de poder nada desdeñable. Gozaban de una presencia destacada en el cabildo y algunos de ellos ya se habían hecho con el control de las vetas más ricas del Cerro. Sin embargo, la conquista del poder político y económico de Potosí se allanó tras las reformas de Toledo, ya que el grupo más beneficiado fue el de los azogueros; precisamente, un sector copado por los vascos. Siendo dueños de vetas e ingenios, una gran parte de la producción de plata estaba en manos vascas. Si bien los indígenas mitayos eran quienes extraían el mineral del Cerro, era imposible conseguir plata sin antes haber pasado por el proceso de amalgamación que se realizaba en los ingenios. Era un proceso cerrado donde los vascos siempre salían beneficiados.

Cerro Rico según Pedro Cieza de León, 1553 (Wikimedia). Potosí - Cerro Rico seg  n Pedro Cieza de Le  n 1553 Wikipedia - Plata, sangre y poder: la lucha entre vascongados y vicuñas en el Potosí colonial

Cerro Rico según Pedro Cieza de León, 1553 (Wikimedia).

Esta pequeña comunidad, ni mucho menos la más numerosa, se había hecho con un poder económico sin parangón en Potosí. Y así, el control que ejercía en la producción argentífera no tardó en traducirse en dominio político. Máxime, si tenemos en cuenta que los cargos se vendían al mejor postor; así pues, no fue una ardua tarea para los vascos conseguir los puestos que deseaban. Quien tenía el dinero, tenía el puesto.

El periodo de apogeo de la producción de plata en Potosí, entre los años 1585 y 1620, coincide con la etapa de mayor poder de la nación vascongada. Corregidores, justicias y alcaldes ordinarios eran, sobre todo, de origen vasco (Díaz de Durana & Otazu, 2008). Tanto es así que Arzáns habla incluso de «hegemonía vasca». Preeminencia basada en el control de minas e ingenios (80 vascos pertenecían al gremio de azogueros), en la habilidad comercial (de los 12 mercaderes dedicados al comercio de «piña de plata» – plata sin acuñar y que circulaba fuera del control real – 8 eran vascos) y en su presencia en las instituciones gubernamentales de la villa (de 38 empleados de la Casa de la Moneda, 22 eran de origen vasco, mientras que de 10 funcionarios de las Cajas Reales, 6 eran vascos).

Sin embargo, la plata también les granjeaba incómodas enemistades, pues el poder obtenido por los vascos derivó en un profundo descontento y resentimiento hacia esta comunidad. Cuanto más aumentaba su fuerza, mayor era la impunidad. Donde mejor se podía palpar esta tensión era en el cabildo de Potosí. Se trataba de un auténtico «botín de guerra» (Eichmann & Inch, 2008), una institución esencial para el gobierno de la villa:

«Controlar el cabildo equivalía a dirigir la vida de la Villa y disponer de una influencia decisiva en los negocios del Cerro. Por eso fue que, desde pocos años después del descubrimiento, los moradores y vecinos se trabaron, según sus respectivas clases e intereses, en una apasionada y violenta lucha por lograrlo.» (Crespo, 1956: 30)

A través de hábiles decisiones, pero también de tráficos de influencias y otras corruptelas, algunos miembros prominentes de la nación vascongada obtuvieron diversos cargos estratégicos que les permitieron tejer sus propias redes clientelares y garantizar así su poder. Elecciones sí elecciones también, conseguían colocar adecuadamente a algún paisano suyo, para disgusto de sus rivales vicuñas y sin que las autoridades virreinales pudiesen o, más bien, quisieran hacer algo al respecto. Y es que no debe resultar extraño que entre los vascos y la Corona existiera una relación de conveniencia que, naturalmente, no se deseaba romper. La obtención de plata resultaba realmente cara para los azogueros vascos, por lo que siempre acababan endeudándose con la Corona. Sin embargo, como los vascongados habían demostrado que eran capaces de explotar y gestionar la obtención argentífera eficazmente, y como la parte correspondiente a la Corona quedaba así asegurada, ésta podía pasar por alto las tropelías vascas, siempre y cuando las minas dieran suficiente rendimiento.

Se trataba de una condición no demasiado problemática mientras el Cerro diera suficiente plata, pero delicada si, como a partir de 1615, la producción bajaba. De hecho, en 1620, viendo que el rendimiento no remontaba, el virrey aprobó una cédula real que restringía el acceso a los puestos del cabildo a todos aquellos que tuvieran deudas con la Corona. Ante el enfado de los afectados (en su mayoría vascongados) y tras largas negociaciones, el virrey permitió que éstos participaran en las elecciones de 1622, aunque con una condición: los deudores no podían ser elegidos. Aun así, los comicios se caracterizaron por una fortísima tensión:

«Las elecciones de los alcaldes del año 1622 se caracterizaron por grandes disturbios y discusiones, y a pesar de que una buena parte de los cabildantes deudores de la Hacienda fueron excluidos de la votación, los vascongados obtuvieron la mayoría» (Eichmann & Inch, 2008).

El enfado de los jefes vicuñas fue considerable, pues pensaban que por fin lograrían hacerse con el poder de la villa. Ante el giro de los acontecimientos, y dado que no conseguirían cambiar la situación por la vía legal, decidieron hacerlo en la calle.

Francisco Álvarez de Toledo (Wikimedia). Potosí - Francisco   lvarez de Toledo Wikimedia - Plata, sangre y poder: la lucha entre vascongados y vicuñas en el Potosí colonial

Francisco Álvarez de Toledo (Wikimedia).

La madrugada del 8 de junio de 1622 fue hallado el cuerpo sin vida de un vascongado atravesado por varias estocadas. Era el casus belli que faltaba para que comenzaran las hostilidades. La respuesta no se hizo esperar y aquella misma mañana un grupo de vascos, espada en mano, se presentó ante el corregidor clamando justicia. Varios extremeños fueron apresados y llevados ante los jueces (entre ellos, ¡un vascongado!). Los extremeños se escandalizaron ante lo que consideraban una injusticia manifiesta, pues sus paisanos serían juzgados por un miembro de la nación enemiga. Así, unos y otros se trabaron a «estocadas y cuchilladas alabando la nación de donde eran y tratando mal de la otra» (Crespo, 1956: 65). Era el comienzo de una serie de cruentas luchas, en la que vascos y vicuñas se enzarzaron durante tres años.

Se podría pensar que detrás de esta lucha entre naciones existía un cierto odio interregional entre peninsulares. Sin embargo, en el trasfondo de estas luchas existía un conflicto de intereses. Para más inri, la crisis de producción argentífera, así como las deudas de los azogueros vascos a la Hacienda Real no hicieron sino tensar más la cuerda. Un fino hilo, más bien, que no tardaría en romperse por culpa de la conducta altanera de algunos vascos, que trajo consigo el enfado de las restantes naciones. Valiéndose de este empeoramiento de la situación y sin olvidar viejas rencillas, los jefes vicuñas aprovecharon la circunstancia para tratar de ocupar el lugar de los vascos, tanto en el cabildo como en el control de la producción de plata. A pesar de la determinación contra los vascos, los vicuñas no consiguieron su objetivo. La nación vascongada mantuvo una unidad sin fisuras (Álvarez, 2010), a diferencia de sus rivales, quienes no pudieron superar las divisiones internas. La derrota del bando vicuña provocó una represión inmediata contra sus líderes, quienes fueron ajusticiados y colgados en los balcones del cabildo.

Curiosidades al margen, lo que este episodio pone de relieve son las tensiones y luchas de índole política y económica que vascongados y vicuñas protagonizaron en Potosí. La desigualdad económica, el abuso de poder, la imposibilidad de acceder al gobierno del cabildo y las prácticas monopolísticas avivaron la llama de la violencia en un terreno especialmente inflamable, donde se concentraban demasiados intereses para una riqueza limitada. En fin, un capítulo más de nuestro pasado, hoy no tan recordado, pero no por ello menos esclarecedor de las vicisitudes de la historia colonial.

Para saber más

Abecia, Valentín (1988). Mitayos de Potosí. Barcelona: Técnicos Editoriales Asociados.

Álvarez, Óscar (dir.) (2010). Organización, identidad e imagen de las colectividades vascas de la emigración vasca (siglos XVI-XXI). Vitoria-Gasteiz: Universidad del País Vasco.

Arzáns de Orsúa y Vela, Bartolomé (1965). Historia de la Villa Imperial de Potosí. Providence: Brown University Press.

Crespo, Alberto (1956). La guerra entre vicuñas y vascongados (Potosí 1622-1625). Sucre: Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia.

Díaz de Durana, José Ramón y Otazu, Alfonso (2008). El espíritu emprendedor de los vascos. Madrid: Sílex.

Eichmann, Andrés y Inch, Marcela (eds.) (2008). La construcción de lo urbano en Potosí y La Plata. Siglos XVI y XVII. Sucre: Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia.

VILLA, José (ed.). (2000). Potosí. Plata para Europa. Sevilla: Universidad Fundación el Monte.

Acerca del autor

Asier Odriozola Otamendi

Historiador. Graduado en Humanidades por la Universidad de Deusto (Bilbao) y Máster en Historia del Mundo por la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona). Actualmente curso el Doctorado en Humanidades en la misma universidad.

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