Divulgación

¡Viva el Rey y muera el mal gobierno! Conflictividad social en las ciudades andaluzas de mediados del siglo XVII

Publicado en el número 6 de Descubrir la Historia (julio de 2016).

El siglo XVII fue un periodo de enormes dificultades tanto para las grandes monarquías europeas, que no sabían cómo costear las numerosas guerras en las que estaban inmersas, como para la población que sufría la miseria que provocaban los elevados impuestos requeridos por las autoridades para financiar esos conflictos bélicos. Además, durante esta centuria abundaron también los años de escasa cosecha debido a las malas condiciones climáticas, y tampoco faltaron las epidemias que aprovechaban las debilidades de la población en este entorno de hambre y miseria para causar estragos.

Esto generó ciertas tensiones sociales que vivieron su momento de mayor auge a mediados de siglo, cuando el volumen de motines y revueltas fue especialmente elevado en toda Europa. En aquel tiempo las malas condiciones climáticas habían mermado notablemente las cosechas, y el precio de los cereales había crecido, aumentando también el valor del pan, alimento básico para la mayoría de la población por entonces.

Las ciudades eran las más afectadas en estas situaciones. Pues ante una crisis agraria los productos no llegaban hasta los núcleos urbanos, y además muchos de los campesinos sin trabajo acudían hasta allí recurriendo a la mendicidad y aumentando los niveles de indigencia que ya existían. A todos los problemas que hemos mencionado había que sumarles la falta de brazos productores que generaban las levas para las guerras, que no solo dejaban sin suficiente mano de obra el sector agrario, sino que también afectaban a los artesanos de las ciudades, que en ocasiones se veían obligados a pagar sustitutos para mantener sus negocios y acababan arruinados.

Pero no toda la tensión residía en la situación de las clases más humildes, sino que también había diferentes conflictos entre los poderosos que no siempre se mantenían fieles a la Corona. De ahí que tuviesen lugar distintos levantamientos nobiliarios en la época que estamos tratando.

En el territorio de la Monarquía Hispánica hubo algunos de gravedad, como los acontecidos en Portugal, Cataluña, Nápoles y Sicilia. Las dos rebeliones correspondientes al suelo italiano fueron revueltas sociales motivadas por la situación de miseria que estaba viviendo la población, mientras que los casos de Portugal y Cataluña son movimientos instigados por la nobleza y tienen mayor relación con la resistencia al cambio en sus instituciones y en determinadas políticas llevadas a cabo por la Corona, aunque en el caso catalán también hubo un fuerte apoyo social y tuvo algunos elementos de reivindicación de mejores condiciones de vida para las clases populares.

Los motines que se llevaron a cabo en Andalucía entre 1647 y 1648 responden a un modelo parecido al de Nápoles y Sicilia, es decir, fueron levantamientos de la población humilde de las ciudades que tenía serias dificultades para asegurar su subsistencia. Es un movimiento que comparte características con la Fronda francesa, que fue una insurrección de la población contra los abusivos impuestos que tenían que pagar como consecuencia de las guerras en las que estaba inmersa su Monarquía.

Mapa con los principales motines registrados en Andalucía entre 1647 y 1652 (Elaborado
a partir de Domínguez Ortiz 1999: 119)

En el caso de Andalucía, a principios de la década de 1640, las cosechas eran buenas y el precio del cereal era bajo. Esta situación cambió a partir de 1646 debido a las malas condiciones climáticas reinantes en toda Europa. En Andalucía las lluvias fueron tan abundantes que resultaron dañinas para los campos y en 1647 el precio del trigo aumentó notablemente.

A la subida de precios había que sumar la necesidad que tenía la Corona de recaudar más impuestos para financiar los frentes bélicos abiertos. Felipe IV convocó Cortes para resolver la situación y éstas se opusieron a incrementar la carga fiscal ya que podía agravar la situación de carestía que se atravesaba.

De esta forma comenzaron en 1647 los primeros disturbios en la zona central de Andalucía, una región de grandes señoríos. El primer motín ocurrió en enero en Lucena por la imposición de un servicio extraordinario. En esta revuelta hubo también una fuerte oposición al comportamiento señorial, ya que se acusó al Duque de Cardona frente al Consejo de Castilla de acaparar productos para venderlos a precios altos, no dejar comerciar al resto de la población y quedarse con parte de los impuestos que correspondía ingresar en la Real Hacienda. Para acabar con la protesta el Duque se vio obligado a prometer que suspendería el cobro del servicio extraordinario y las levas para soldados.

El Consejo de Castilla aconsejó al Rey no llevar a cabo una política represora ya que solo serviría para avivar el descontento y podía provocar un motín generalizado en la región. En su lugar recomendaron rebajar la carga impositiva, pues temían un movimiento similar al ocurrido en otras zonas de la Monarquía.

La falta de consecuencias de gravedad para los amotinados en Lucena llevó a que las protestas se volviesen a repetir en primavera y se extendiesen a otras localidades como Priego, Loja, Comares, Montefrío, Alhama o Ardales, donde el Marqués de Estepa se ofreció para sofocar la revuelta con un centenar de hombres armados.

En la ciudad de Granada se habían vivido algunas tensiones con los trabajadores del sector sedero en 1642, y ahora, tras unos años de tranquilidad, la situación volvía a ser conflictiva. En 1648 llegaban noticias de epidemias que venían del este, y además el precio del trigo seguía disparado por las malas cosechas. Conseguir pan era demasiado caro y la ciudad se encontraba desabastecida, por lo que a mediados de marzo la población se sublevó, y un grupo de unos 400 hombres armados se dirigieron a apedrear la casa del corregidor, que había huido y se había escondido como el resto de autoridades de la ciudad. No hubo líderes destacados, el motín fue algo anónimo. Era la muchedumbre popular la que se levantaba contra la situación de pobreza y miseria que vivía. La población consiguió el nombramiento de Luis de Paz como nuevo corregidor ya que era uno de sus favoritos entre los hombres poderosos de la ciudad. Éste ordenó poner en el mercado todo el trigo oculto para acabar con la crisis, y aunque se mantuvieron algunas de las ocultaciones y el abastecimiento de alimentos siguió siendo muy difícil hasta la siguiente cosecha, la tensión disminuyó entre la población y la Chancillería recomendó amnistiar a los implicados en la revuelta para no agravar el asunto.

A inicios de 1649 la escasez continuaba, pero la situación no fue especialmente conflictiva debido a que la epidemia de peste que azotaba Andalucía por entonces había bajado los ánimos de la población. Hubo algunos alborotos en Vélez-Blanco, y en Granada corrieron rumores de que se preparaba un levantamiento mayor que el del año anterior, por lo que las autoridades encarcelaron a los sospechosos y establecieron un cuerpo de hombres armados para garantizar el orden en la ciudad.

En 1650 se pensó en implantar un impuesto sobre la harina y toda la población estaba inquieta. En Córdoba los clérigos se preparaban por si se llevaba a cabo algo semejante. Finalmente se abandonó la idea de gravar la harina, pero había que aprovechar los problemas que tenía Francia, donde el gobierno estaba centrado en solucionar la Fronda, y atacar. Pero para ello hacían falta fondos, por lo que se alteró el valor de la moneda de vellón, algo que venía haciéndose desde principios de siglo para recaudar dinero y financiar la guerra en los numerosos frentes abiertos.

La medida consistía en el resello de las monedas de vellón aumentando su valor, de forma que las de dos maravedíes pasaban a valer cuatro, y las de cuatro ocho. La gente que llevaba a resellar sus monedas dejaba la mitad, de forma que volvían a casa con la mitad de dinero pero con el valor con que habían llegado, y la otra mitad pasaba a manos de la Corona. El problema llegaba cuando tiempo después esa moneda se devaluaba volviendo a tener su valor original, cosa que generaba mucha crispación entre la población. El malestar que esto causaba había impedido que en los últimos años se llevase a cabo, ya que había sido una época muy conflictiva para la Monarquía Hispánica y no podía permitirse nuevas revueltas. Pero ahora, con Francia en plena crisis interna, llegaba el momento de correr el riesgo, y así se hizo en noviembre de 1651.

Esto generó una gran desconfianza en el vellón, moneda de uso corriente por la población, pues nadie quería vender su trigo a cambio de este metal, que sabían que pronto perdería su valor de nuevo, y solo los ricos disponían de monedas de plata con las que pagar, de forma que las ocultaciones de trigo aumentaron notablemente y los precios se dispararon aún más de lo que ya estaban por la escasez.

Así se llegó a mayo del año siguiente, momento en el cual tendrían lugar los motines de mayor relevancia del periodo. Los conflictos empezaron en la ciudad de Córdoba, lugar donde la población estaba muy enfrentada a la nobleza. Hay distintas versiones, incluida la leyenda que dice que el pueblo se levantó al ver una mujer que recorría las calles gritando con su hijo muerto por el hambre en brazos. En cualquier caso, lo importante es que el 6 de mayo la población se amotinó y comenzó a recorrer la ciudad gritando el común eslogan de las protestas de aquel tiempo: ¡Viva el Rey y muera el mal gobierno! Un grupo de los rebeldes fue a casa del corregidor y al ver que había huido saquearon la vivienda. Al igual que ocurrió en Granada años antes, el pueblo pidió nombrar corregidor a un noble de su agrado, en este caso D. Diego Fernández de Córdoba. Este personaje intentó convencer a los amotinados que abandonaran las armas y se obligó a sacar el trigo a quienes lo ocultaban. Se impusieron unos precios razonables al pan y la carne para que la muchedumbre pudiese alimentarse, y muchos campesinos llegaron hasta la ciudad al día siguiente para apoyar el motín y beneficiarse de dichos precios.

Tras una reunión entre el nuevo corregidor y el obispo, ambos salieron al balcón del Ayuntamiento prometiendo que si se abandonaban las armas se mantendrían los precios bajos de los alimentos y se haría un perdón general a los implicados en los acontecimientos. Esta era la mejor forma de acabar con el motín, pues la represión no era viable ya que la única fuerza que existía para ello era la nobleza y la mayoría había huido de la ciudad al comenzar las disputas.

Las noticias de Córdoba se extendieron por otras zonas de Andalucía causando numerosos motines en otras localidades y dando sensación de triunfo a la población cordobesa. Pero esa sensación cambiaría pronto pues la abundancia momentánea convirtió la ciudad en un foco de atracción de población de lugares vecinos y las reservas se estaban agotando. El abastecimiento era complicado y las autoridades temían que se acabase el alimento antes de la recogida de la nueva cosecha. El 3 de junio hubo un nuevo levantamiento contra el ajusticiamiento de un hombre que había insultado a la autoridad, y este fue rápidamente reprimido. La visión que se tenía del nuevo corregidor cambió, y ahora se consideraba que había traicionado al pueblo en favor de la nobleza. El movimiento comenzó a verse como un fracaso y la población se desmovilizó. A finales de mes se ajustició a algunos cabecillas de las revueltas, y los precios subieron de nuevo, volviéndose a la situación anterior sin ningún éxito.

Tras el primer relativo triunfo en Córdoba, tuvieron lugar numerosos altercados en muchas localidades andaluzas como Málaga, Ayamonte, Osuna, Palma del Río o Bujalance, pero el que más preocupó a la Monarquía fue el de Sevilla, ya que esta ciudad era el punto de entrada y salida de productos y población hacia América y por lo tanto un punto estratégico de máxima importancia.

La economía sevillana estaba más influenciada por las alteraciones monetarias que las demás ciudades andaluzas, y además fue allí donde la peste de los años anteriores hizo mayores estragos. Durante la epidemia el miedo a la muerte suspendía tratos y negocios aumentando así el efecto de la carencia de grano.

El 22 de aquel mayo de 1652 una pelea entre un panadero y un comprador que no quería pagar el precio tan alto que se le pedía inició el motín y el pueblo con algunas armas comenzó a recorrer las calles gritando el ya citado ¡Viva el Rey y muera el mal gobierno! Las cuadrillas de rebeldes se dirigieron a lugares clave en la ciudad como el Alcázar, la Casa de la Moneda y la Alhóndiga. Este último edificio era fundamental pues en él se almacenaba el trigo y se custodiaban las armas, de forma que el objetivo era doble. Una vez armados se asaltaron las cárceles, se quemaron procesos judiciales y se atacó a agentes del fisco.

Como en los casos anteriores la respuesta fue la bajada de precios y el anuncio del perdón a los participantes si abandonaban la resistencia. Pero ese perdón no había sido aún confirmado por Felipe IV y la población lo sabía, por lo que no hicieron caso y siguieron en rebeldía. Finalmente, la noche del 26 al 27 de aquel mes se atacó los barrios que ocupaban los amotinados y se puso fin al conflicto con una gran violencia que dejó bastantes muertos y algunos presos. Tras esta actuación se anularon todas las promesas que se habían hecho anteriormente a la población.

Después de estos sucesos de 1652 la tensión desapareció en Andalucía a pesar de que la difícil situación en que vivía la población seguía siendo la misma. Aunque aparentemente estas movilizaciones fueron un fracaso jugaron un papel muy importante en la política del momento. Felipe IV se vio obligado a rebajar la carga impositiva que soportaban sus vasallos debido a los numerosos motines que tuvieron lugar en tan corto periodo de tiempo y a finales de junio se devaluó la moneda de vellón. Esta rebaja de la presión fiscal suponía renunciar al papel preponderante de la Monarquía Hispánica a nivel internacional, ya que se ponía fin a las guerras para garantizar la estabilidad interior.

Para saber más

Contreras Gay, José (2000). «Penuria, desorden y orden social en la Andalucía del siglo XVII». Martínez San Pedro, Maria Desamparados (coord.): Los marginados en el mundo medieval y moderno. Almería, pp. 211-226.

Díaz del Moral, Juan (1977). Historia de las agitaciones campesinas andaluzas. Madrid: Alianza Editorial.

Domínguez Ortiz, Antonio (1999). Alteraciones andaluzas. Consejería de Educación y Ciencia. Sevilla: Junta de Andalucía.

Gelabert, Juan E. (2001). Castilla convulsa. Madrid: Marcial Pons.

Gelabert, Juan E. (2003). «¿Motines de subsistencia o materias de Estado? Más luz sobre las convulsiones andaluzas de 1647-1652». Balance de la historiografía modernista 1973-2001. Xunta de Galicia, pp. 515-529.

Gelabert, Juan E. (2008). «Alteraciones y alteraciones (1643-1652)». Homenaje a Don Antonio Domínguez Ortiz, vol. 2, Universidad de Granada, pp. 355-378.

Thompson, I. A. A. (2008). «Alteraciones granadinas: el motín de 1648 a la luz de un nuevo testimonio presencial». Homenaje a Don Antonio Domínguez Ortiz, vol. 2, Universidad de Granada, pp. 799-812.

Acerca del autor

Andrés Roldán Díaz

Graduado en Historia.

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