Divulgación

Rincón mitológico. Hera, Argos y el pavo real

Publicado en el número 6 de Descubrir la Historia (julio de 2016).

Hera, en la mitología griega, era la hija de Cronos y Rea y, por tanto, hermana de Zeus, el gobernante de todos los dioses del Olimpo. Tras salir del cautiverio que tanto ella como sus hermanos vivieron en el interior de su padre, Cronos —que se los tragó— la casaron con Zeus. Ahí, probablemente, empezó su desdicha como mujer, siendo casada con su hermano y quedando supeditada al poder superior del mandamás. En cualquier caso, Hera no vivió esta única desgracia, ya que los mitos la muestran como sufridora de numerosas deslealtades por parte de su esposo, pero también con un carácter vengativo hacia las amantes de Zeus. Esto no deja de ser llamativo, puesto que normalmente el enfrentamiento se producía contra ellas, y no contra su infiel marido. Antes de entrar a hablar del mito que hoy nos ocupa, hay que señalar que Hera solía ser venerada por sus atributos ligados a la fidelidad y al matrimonio.

Este rincón mitológico nos lleva a una historia que nos proporciona una explicación a un vistoso atributo de un animal desconocido en la Grecia clásica, y que probablemente llamó la atención tras su introducción desde Persia: el colorido abanico del conocido como pavo real. Pero eso lo veremos al final del mito. Resulta que Zeus había seducido a Ío, hija del Dios-río Ínaco, para que se adentrara en un oscuro bosque, porque gozaría de su protección. Sin embargo, Ío huyó de él, hasta que Zeus la detuvo creando una gran neblina y «le arrebató la virginidad», como narra Ovidio en su Metamorfosis. Hera miró en aquellos campos, sorprendida por tal neblina. Y, mujer conocedora de su marido, al darse cuenta de que no estaba, sospechó y descendió, apartando la niebla.

La inteligencia de Hera para desvelar las traiciones de su marido trataba de ser combatida por la audacia de Zeus, que presintió la llegada de su mujer y cambió el aspecto de Ío por el de una ternera. Cuando Hera llegó, le preguntó a Zeus de dónde había salido esa vaca, y él respondió que había nacido de la tierra. Hera dudaba de la veracidad de sus palabras y le pidió que se la regalara. Zeus, para no levantar más suspicacias se la entregó.

Aquí entra en juego Argos, quien tenía cien ojos en su cabeza, y sólo dos descansaban a la vez, mientras todos los demás permanecían vigilantes. Hera le pidió a su leal sirviente que vigilara esa ternera todo el tiempo, estuviera a su lado, con el fin de saber su verdadera naturaleza y, de paso, impedir que Zeus se acercara a ella.

Ovidio relata que Ínaco buscaba a su hija sin descanso. Él, desde sus dominios en los ríos, llegó hasta donde Ío abrevaba. Ella reconoció a su padre, y le transmitió que era su hija escribiendo con sus patas su nombre y llorando sin consuelo. Pero Argos la apartó para pastar en lugares alejados del río, mientras que Ínaco lamentaba su transformación y que, ahora, tuviera que buscar un «marido del rebaño y del rebaño un hijo».

Mercurio y Argos, de Rubens (Museo del Prado).

Zeus no se contentaba con perder a su amante, ver los sufrimientos que estaba padeciendo y, encima, que su esposa desvelara un nuevo engaño, así que pidió a Hermes que matara a Argos, para así librarla de la vigilancia a la que estaba sometida. Hermes durmió a Argos con una flauta y, con una espada en forma de hoz, lo hirió de muerte. Entonces, Hera, como homenaje a su servidor, recogió los ojos de Argos y los colocó en el ave que la representa, el pavo real, «y llena así la cola de resplandecientes piedras preciosas».

Si es triste la historia de Hera en relación con Zeus, la de Ío no se queda atrás. Colérica, Hera decidió colocar unos aguijones en el pecho de la ternera, que comenzó a vagar por todo el mundo, sin descanso, sufriendo terribles dolores. Esto hasta que Zeus la liberó del castigo, aunque Ío «teme hablar, para no mugir de nuevo a la manera de una ternera».

Con este mito vemos, una vez más, cómo se relaciona el mundo de los dioses con el de los mortales, y se da explicación de manera literaria e imaginativa a cuestiones naturales difíciles de explicar. En este caso, se trata de los bellos atributos de un ave. En la Historia del Arte encontramos un ejemplo magistral que representa a Hera —Juno en la tradición romana— colocando los ojos de Argos en la cola del pavo real, una imagen que ilustra la portada de este artículo.

Para saber más:

Alzard Crerezo, Dunia (2013). Construcciones y esterotipos de feminidad reforzados a partir de la mitología clásica: el caso de Afrodita, Hera y Atenea. Trabajo Fin de Máster. Instituto de Investigaciones Feministas, Universidad Complutense de Madrid.

Ovidio (1999). Metamorfosis. 3ª edición, Libro I, 583-723.

Acerca del autor

Gala Yagüe Narváez

Historiadora del arte. Ilustradora y gestora cultural. Miembro del consejo editorial de Descubrir la Historia.

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