Monje señalando a los árabes de Creta dónde construir la ciudad de Candía. Skylitzes Matritensis (Wikimedia).

Un periplo andalusí por el Mediterráneo oriental

Muchas personas se embarcaron en el puerto de Pechina, la futura Almería, en los barcos que debían llevarlos a un nuevo hogar. Comenzó un periplo peligroso e incierto hacia el Oriente, a la gran urbe que seguía siendo la ciudad de Alejandría, el corazón del Egipto islámico. Aunque éste no fue su destino definitivo.

Publicado en el número 6 de Descubrir la Historia (julio de 2016).

«Existen espacios en los que la historia es inevitable, como un contratiempo en un viaje o una avería, lugares en los que la geografía desencadena la historia.»

Pedrag Matvejevic, Breviario mediterráneo.

Hacía pocos días que había terminado el mes de ramadán del año 818, que ese año cayó entre los meses de marzo y abril. Una enorme multitud de mujeres y hombres, niños y ancianos, llegó junto a una fortaleza que protegía el suburbio portuario de la ciudad de Pechina, lo que años más tarde, en 955, durante el califato de ‘Abd al-Rahman III (r. 912/929-961), habría de ser la ciudad de Almería. Cuando Ibn Hayyan (m. 1076) escriba la historia de al-Ándalus, dirá que eran unas 15.000 almas las que esperaban junto al Mediterráneo, aunque se trataría de bastantes menos. Ya se sabe que los historiadores tienden a la exageración. Algunas de esas personas pasarían al Magreb, asentándose en Fez, la capital que los idrisíes habían fundado en las cercanías de las ruinas de la ciudad romana de Volubilis. Pero otros se embarcarían en un periplo mucho más peligroso e incierto, yendo hacia el Oriente, a la gran urbe que seguía siendo la ciudad de Alejandría, el corazón del Egipto islámico. Aunque éste no será su destino definitivo.

No tenemos una descripción de ese momento. Pero podemos imaginar que entre ellos no tuvieron lugar las celebraciones del Eid al-Fitr con las que los musulmanes festejaban el final del mes de ayuno. Tampoco habría sido el festival más alegre que se recordaría en Córdoba, la capital del emirato. No sabemos cómo eran ni en qué condiciones llegaron a lo que en aquella época no era más que un fondeadero en la costa. Sólo conocemos las circunstancias que los obligaron a congregarse en este lugar, gracias una palabra que lo resume todo con perfecta claridad: «fugitivos». Era un grupo de personas que tenía que abandonar su hogar y buscar acomodo en otra parte. Hoy día los llamaríamos emigrantes, aunque quizás el término que mejor los definiría sería el de refugiados.

Al-Ándalus distaba mucho de ser el Paraíso al que cantaban en sus casidas muchos poetas. Ya se sabe que la nostalgia es un cristal que lo deforma todo y la mayoría de sus composiciones eran elegías por el país que habían tenido que abandonar ante el avance de los reinos cristianos del norte o de los bereberes venidos de África. El Occidente mediterráneo era para los árabes de Levante una especie de El Dorado en el que los segundones de las grandes familias de la aristocracia árabe de Siria e Iraq podían hacer fortuna emulando a sus antepasados. Partían hacia una tierra envuelta en la leyenda en el que tenían cabida ciudades de bronce o los míticos Gog y Magog. El al-Ándalus real era un país de fuertes contrastes y un reparto muy desigual de la tierra, generando fuertes tensiones entre los diferentes grupos. Ya desde los primeros años de la conquista islámica, la Península Ibérica se convirtió en el campo de batalla en el que se dirimieron las disputas entre las grandes familias árabes por el poder en este rincón del Mediterráneo.

Teóricamente, existía en el mundo islámico una igualdad de partida entre todos los musulmanes, fuera cual fuera el origen étnico. Un creyente árabe tenía los mismos derechos y obligaciones que otro creyente nacido en cualquier lugar del califato. Pero la realidad era otra muy distinta. En la práctica, los árabes copaban los puestos más importantes en el gobierno de las provincias y acaparaban las mejores tierras de cultivo. Esta situación era mucho más grave en lugares como al-Ándalus, en los que los árabes eran una minoría que se había impuesto sobre los bereberes y la población indígena, tanto los conversos como aquéllos que mantuvieron su religión, judíos o cristianos.

Bereberes y conversos eran tratados como ciudadanos de segunda clase. Subyace en esta actitud un poso de racismo que lleva a los árabes a considerar a estos grupos como «bárbaros», de ahí que queden sometidos en muchas ocasiones a la arbitrariedad de los gobernantes. Lo que más les molesta es seguir pagando unos impuestos que, como musulmanes, no debían pagar. Muchos conversos lo eran por motivos económicos, para escapar a la tributación, entrando a formar parte de la clientela de un patrono árabe que los protegiera. Pero el principal motivo de descontento era el hambre de tierras que afectaba de manera feroz a la mayoría de la población. Porque al-Ándalus era un país que no se diferenciaba mucho de sus vecinos. Como en el resto del Mediterráneo, la agricultura andalusí es una agricultura extensiva, de subsistencia, amenazada por la sobreexplotación y el empobrecimiento del suelo. Las hambrunas eran una constante que dejaba tras de sí gran cantidad de víctimas y sus secuelas tardaban años en disiparse.

El hambre ejercía como catalizador del malestar social, sobre todo en las ciudades y especialmente en las grandes capitales, como Toledo o Córdoba. El desabastecimiento de los mercados que dependían de los campos de los alrededores provocaba el alza de precios y tensaba la convivencia en la ciudad. En el año 812 se registró una hambruna que afectó a todo al-Ándalus. Según cuentan los cronistas, la principal preocupación de la gente era encontrar qué comer, provocando una elevada mortandad y una emigración al Magreb. En medio de estas catástrofes se buscaba una explicación en la ira de Dios causada por los pecados de los musulmanes. Los alfaquíes, que conformaban la elite religiosa y tenían en sus manos la interpretación de las leyes religiosas, señalaron al emir al-Hakam I (r. 796-822), entregado a los placeres cortesanos, como el principal culpable. Dibujaban los clérigos una corte entregada a placeres considerados poco acordes con la moral islámica. Unas acusaciones de impiedad que se vieron acrecentadas cuando el emir encargó a un cristiano Rabi‘, el jefe de Policía, el cobro de un nuevo impuesto sobre el trigo. En ese contexto, cualquier mensaje contra el poder calaría en la sociedad. Durante el ramadán del año 818, los cordobeses responderían a la llamada a la oración gritando: «¡Ven a rezar, borracho, ven pues a rezar!». Era una provocación que indicaba lo crispados que se hallaban los ánimos en la ciudad.

Amanecía el 25 de marzo. Habían transcurrido trece lunas del mes sagrado del ayuno cuando se desató la tragedia. Las tensiones entre la población y las tropas acantonadas en Córdoba había sido una constante, alentados por los ulemas. Se había creado una casta militar compuesta en gran medida por los saqaliba de origen eslavo, a los que también llamaban los mudos, porque no hablaban el árabe. En su inmensa mayoría procederían de la Marca Oriental del Imperio carolingio, en el sur de la actual Polonia, y eran esclavos con grandes privilegios, de los que se derivaban ciertos abusos. El descontento entre la población iba en aumento, pero hasta el momento, los enfrentamientos no habían desembocado en disturbios generalizados. Quizás el malestar por el empeoramiento de las condiciones de vida, en medio de una crisis que no terminaba de pasar, unido al período de ayuno del mes de ramadán, enrarecieron el ambiente. La calma tensa se quebró cuando uno de estos soldados asesinó a un bruñidor que le había estado dando largas. En la disputa entre el militar y el artesano, los cronistas señalan cómo éste se dirigió al cliente «teniéndole en poca cosa». Representaba el orgullo del hombre libre frente al esclavo, del árabe frente al bárbaro extranjero.

La muerte del bruñidor fue el desencadenante de la algarada callejera que se inició en el Arrabal, situado en la orilla izquierda del Guadalquivir, extendiéndose hasta sumir a Córdoba en una espiral de violencia que obligó al emir al-Hakam a ponerse al frente de la defensa del palacio cuando los cordobeses trataron de tomarlo al asalto. Fue una lucha dura, sin cuartel, entre la población del Arrabal y las tropas de la ciudad. La imagen que transmiten las crónicas árabes es la de una muchedumbre de gente de baja estofa que se levantaron en armas contra el emir, un recurso muy habitual para ejemplificar el contraste entre el orden que representa el poder establecido frente al caos que conlleva atacarlo. Cuando la rebelión fue sofocada, el Arrabal fue librado al pillaje del ejército emiral durante tres días como si de una ciudad enemiga se tratara. Era la venganza de al-Hakam contra quienes se habían alzado contra su autoridad. El paroxismo de su vendetta llegaría con la orden de crucificar cabeza abajo a trescientos prisioneros y la prohibición de reconstruir el Arrabal, que se mantuvo hasta finales del siglo x. Cuentan las crónicas que los supervivientes sufrieron todo tipo de humillaciones; que muchos de ellos fueron sometidos a la esclavitud y «se exilió a sus mujeres, sus hijos y sus bienes muebles». Eran algunos de los supervivientes de aquella jornada –los que habían logrado escapar a la represión– quienes aguardaban en el puerto de Pechina, la futura Almería, a los barcos que debían llevarlos a un nuevo hogar.

Por lo que sabemos gracias al relato de Ibn Hayyan, ese grupo de «fugitivos» que partió hacia Alejandría carecía de una cabeza visible. No se trató de una empresa de colonización organizada desde el poder, sino de una oleada de refugiados que salieron desde Pechina-Almería en barcos que los comerciantes del sureste habrían alquilado para tal efecto. Y lo habrían hecho a pesar de las represalias que contra ellos podría adoptar el emir al-Hakam, porque este enclave funcionaba en la práctica de un modo similar a las repúblicas marítimas italianas. La inestabilidad política existente durante el período del emirato independiente va a favorecer la aparición de flotas privadas que aunarían el comercio con la guerra de corso, sin intromisiones del gobierno de Córdoba.

Cuenta el cronista Sawirus Ibn al-Muqaffa’ (m. 987), un obispo copto que escribe en árabe, que los «fugitivos» andalusíes habrían atacado algunas islas bizantinas, de las que obtuvieron pingüe botín antes de dirigirse hacia Alejandría. Cita expresamente a los esclavos cristianos con los que comerciaron y algunos de los cuales rescató el patriarca alejandrino Marcos III (799-819) –otra parte de los prisioneros se convirtieron al islam–. Se asocia a estos refugiados con la piratería sarracena en el Mediterráneo oriental sólo en base a este testimonio. Es difícil pensar que se trataba de una flota pirata dedicada a saquear el territorio bizantino, teniendo en cuenta que en buena medida eran familias enteras las que viajaron hacia Levante. La aparición de los andalusíes, según cuenta este obispo egipcio, habría sido profetizada por Juan, un viejo eremita copto inspirado por el Espíritu Santo, que avisó a los alejandrinos: «Un pueblo vendrá desde el Occidente y destruirá sin piedad esta ciudad y a sus habitantes y saquearan todo lo que ésta alberga». La figura del eremita que vaticina el porvenir es una de las figuras más recurrentes en la literatura cristiana de la Alta Edad Media y la veremos de nuevo en otro episodio clave en la historia de estos expatriados.

Los primeros andalusíes debieron llegar a la ciudad del Delta antes de los meses de marzo-abril de 819, cuando muere este patriarca, después de un periplo que había comenzado en la primavera del año anterior. El recibimiento que se les brinda a estos refugiados no es el más cálido. Quizás haya que creer el relato de Ibn Hayyan, posiblemente mejor informado que el cronista copto a este respecto. Dice nuestro escritor cordobés que los «fugitivos» fueron tratados «altaneramente, creyendo [los alejandrinos] poder sojuzgarlos», lo cual dio lugar a enfrentamientos –lógicos– entre los refugiados y los habitantes de Alejandría. Las tensiones acumuladas entre los dos grupos habrían de estallar de forma violenta, pero no adelantemos acontecimientos.

Mundo mediterráneo en el año 827 d.C. (http://geacron.com/es)

La Alejandría a la que arribaron los «fugitivos» del Arrabal seguía siendo el principal foco cultural del orbe mediterráneo; en esta ciudad estaba comenzando el proceso de recopilación y puesta por escrito de las historias acerca de la conquista islámica y los primeros califas. Sería en esta ciudad donde, pocos años más tarde de los acontecimientos que estamos narrando, se redactara el primer relato de la conquista de al-Ándalus de la mano del granadino Ibn Habib (m. 854). Un esplendor cultural que contrastaba con los problemas políticos y sociales por los que atravesaba no sólo esta ciudad sino todo Egipto.

Es un anacronismo, pero la palabra polvorín nos sirve perfectamente para definir la situación. Los andalusíes que llegaron a Egipto encontraron una realidad análoga a la que dejaban atrás. Las luchas entre las distintas facciones tribales por el poder eran un mal endémico a lo largo y ancho del mundo islámico. En el caso egipcio se trata de una provincia dependiente de Bagdad, la capital del califato, desde la que se nombra a un gobernador, el valí, que ejerce unas funciones de virrey. Pero el mando de estos personajes no solía durar mucho en el tiempo y eran rápidamente sustituidos, por lo que carecieron de una base fuerte sobre la que sustentar su autoridad. Las exigencias del ejército árabe acantonado en la ciudadela de Fustat –el núcleo a partir del cual crecerá El Cairo– y las presiones de la minoría mayoritaria que conformaban los cristianos coptos, definían un escenario en exceso complicado. Una complejidad que no haría sino incrementarse con la llegada desde el Jorasán, en el actual Irán, de los nuevos valíes, junto con su séquito.

Estos desequilibrios en el statu quo entre las distintas facciones que se introdujeron durante el reinado de Harún al-Rashid (r. 786-809) –el califa de las Mil y una noches– estallaron a su muerte, abriendo un largo período de crisis. Las luchas por la sucesión entre al-Amin (r. 809-813) y su hermano al-Ma’mun (r. 813-833) llevaron a la aparición de dos hombres fuertes en Egipto, que se repartieron el control de la provincia, si bien seguían respetando de manera nominal la autoridad del califa y su valí. Representaban a los nuevos grupos en el país, mientras que el ejército de Fustat era incapaz de reaccionar y presentar a su propio candidato al poder. Uno de ellos era al-Sari, miembro de las tropas jorasaníes enviadas desde Bagdad, quien asentó su dominio sobre el Alto Egipto, controlando desde Fustat hasta Asuán. El segundo hombre fuerte era al-Yawari, quien contaba con el apoyo de las tribus árabes procedentes del Yemen, que tenían en el Bajo Egipto sus bases de poder, con la ciudad de Alejandría como la perla, aunque el control ejercido sobre ella fuera intermitente. Estos dos personajes murieron en 820, pero sus hijos se encargaron de mantener la división de Egipto, aprovechando el caos que se vivía a causa de las revueltas a las que al-Ma’mun tuvo que hacer frente en Oriente.

En medio de esas luchas, los andalusíes asentados en Alejandría tuvieron un papel fundamental. Habíamos visto cómo no había un líder entre ellos, pero eso cambia desde su establecimiento, apareciendo con perfil definido Abu Hafs, un oscuro personaje del que sólo sabemos que procedía del Valle de los Pedroches. Su figura se concreta coincidiendo con ese momento de división interna de Egipto entre al-Yawari y al-Sari. Quizás la mención que se hace al gran número de varones que iban con él en 825-826, cuando se fecha la llegada de este personaje a Alejandría, ha llevado a pensar que los andalusíes que iban con Abu Hafs eran otros distintos de aquéllos que llegaron huyendo del Arrabal. Pero más que de dos grupos diferentes, de dos oleadas de refugiados llegados a Egipto, lo más probable es que se trate de un grupo diferenciado dentro de esos primeros «fugitivos», que se habría constituido en una banda armada forzados por la situación general. Estos serían esos andalusíes que llegaron cargados de botín a los que se refería Sawirus ibn al-Muqaffa que hicieron de la piratería su modo de vida en un Mediterráneo convulso.

El enfrentamiento con los alejandrinos que trataron de someterlos los habría hecho conscientes de la necesidad de contar con los medios suficientes para poder sobrevivir en este nuevo enclave. De hecho, los andalusíes se habían establecido en un barrio propio, actuando de manera semi-independiente, hasta el punto de contar con un recaudador de impuestos propio. Esto indica la existencia de una administración andalusí propia, con sus propios medios para cubrir las necesidades de los refugiados. ¿Esa posición de fuerza dentro de Alejandría fue lo que llevó a la tribu yemení de los Banu Lajm a aliarse con ellos para hacerse con el control de la ciudad? ¿O viceversa? Lo cierto es que no se trata de una unión contra natura, ya que miembros de esta importante tribu se asentaron en al-Ándalus, por lo que no se puede descartar que entre los «fugitivos» del Arrabal hubiera lajmíes. El pacto entre ambos grupos tendría así un fuerte componente de solidaridad tribal, la assabiya de la que hablará Ibn Jaldún a finales del siglo xiv.

Los dos grupos se levantaron en armas contra el gobernador Umar ibn al-Malik, al que asesinarán, sumiendo aún más en el caos a la ciudad, siendo los principales objetivos judíos y cristianos, que se vieron despojados de sus propiedades. Quizás era la venganza por los malos tratos recibidos desde su llegada. Hay un episodio, que recuerda mucho al que dio inicio al levantamiento del Arrabal, que pone en evidencia la hostilidad con la que los andalusíes fueron recibidos, acerca de la cual hay evidencias. Según cuenta otro cronista cordobés, Ibn al-Qutiyya (m. 977), la toma de Alejandría comenzó cuando un tendero golpeó a uno de los «fugitivos» con un mondongo en la cara. Una riña de mercado, podría pensarse, pero hay que ir un poco más allá de lo evidente. No lo estaba golpeando al calor de la pelea, sin más, sino que la ofensa estaba implícita al tratarse de los intestinos del cerdo. Asimismo, también queda más o menos claro que el tendero es un cristiano copto. Ningún judío ni musulmán que se preciara vendería semejante mercancía. Así se entiende también por qué las iras de los refugiados se dirigieron contra esta comunidad cuando estallara la revuelta. Aunque en la actualidad Egipto es un país árabe e islámico, al menos hasta los x-xi, los coptos cristianos eran el sector mayoritario de la sociedad, por delante de los musulmanes.

Las calles de Alejandría se habían convertido en un campo de batalla entre las distintas facciones que se disputaban su control. Una vez que el gobernador de la ciudad fue asesinado, los Banu Lajm trataron de deshacerse de sus antiguos aliados, por lo que las luchas callejeras distaban mucho de acabar. El establecimiento de un poder andalusí autónomo sobre la principal ciudad del Mediterráneo islámico era un desafío a la autoridad de al-Ma’mun. Los historiadores al servicio de los califas abasíes se encargaron de presentar estos hechos como inspirados por el Demonio, mientras que la restauración de la autoridad califal obedece a la intervención de Dios. Es de nuevo el contraste entre el orden y el caos, que no es sino la traducción de la contraposición entre el Bien y el Mal. Toda ruptura del orden natural de las cosas llevaba irremediablemente a una situación de anarquía a la que se debía poner fin, para volver a la senda marcada en el plan divino. Se repite lo que ya vimos en el Arrabal de Córdoba.

La situación debía ser delicada. Al-Ma’mun mandó a uno de los hombres más importantes de su corte para acabar con los andalusíes que se habían hecho con el control de Alejandría. Quizás temiera que en Egipto sucediera lo mismo que en al-Ándalus y se proclamara un emirato independiente, con lo que escaparía una de las principales fuentes de ingresos para las arcas califales. El elegido para una tarea que se revistió con toda la parafernalia de la misión divina fue Abd Allah ibn Tahir, perteneciente a una familia persa, gobernadores de un pequeño principado en la frontera entre los actuales Irán y Afganistán. Fue el decidido apoyo que prestaron a al-Ma’mun en sus luchas por el poder lo que llevó a sus miembros a escalar posiciones hasta hacerse con el gobierno del estratégico Jorasán y a desempeñar un papel destacado en la política abasí. Este personaje habría de demostrar sus dotes diplomáticas para acabar con la insumisión de Egipto, como ya lo había hecho en Siria en 825.

El emir Ibn Tahir solicitó entrevistarse con algunos de los líderes del grupo, pero los andalusíes se negaron, temiendo quizás alguna estratagema, y enviaron en su lugar a unos subalternos. El evidente desprecio llevó a Abd Allah a tomar la determinación de sitiar la ciudadela en la que se habían refugiado los rebeldes. Cuenta el patriarca de Antioquía Miguel el Sirio (m. 1200) en su crónica que Alejandría había quedado reducida a ruinas y que por todos lados podían verse los estragos de las luchas callejeras. El sitio comenzó en marzo de 827, y se prolongó durante nueve meses, hasta noviembre de ese mismo año, cuando se rindieron forzados por el hambre y las escaramuzas. Sawirus ibn al-Muqaffa’ se refiere a cómo para acabar con los andalusíes que resistían en Alejandría, al-Yawari impidió que saliera el trigo hacia esta ciudad. Tras las murallas llegó a venderse «una medida de trigo por dos dinares y un dirham», pero la hambruna causada por la actitud de este personaje afectó a todo Egipto, presentando el episodio como un capítulo más en la lucha entre facciones; una maldad por la que al-Yawari pagó con su vida en el transcurso de una escaramuza. Ahora bien, igual que entre los historiadores musulmanes, el obispo copto ve también a Abd Allah ibn Tahir como un hombre enviado por la Providencia para salvarlos de los malvados andalusíes, describiéndolo como «un hombre bueno y compasivo en su religión, justo y contrario a la tiranía».

Más allá de la alegría que demuestra por la «humillación» de los andalusíes, el cronista copto no dice nada más acerca de la suerte que corrieron tras su derrota. Hubo intentos por su parte de comprar ciertas posesiones de cristianos y judíos, pero éstos se negaron. El único camino que les dejaron abierto fue la salida de Alejandría, convirtiéndolos una vez más en «fugitivos». Parece ser que un grupo de ellos, formado por unas 50 personas, fue deportado a la ciudad de Calínico, la Raqqa’ árabe, en la actual Siria. Era ésta la ciudad más importante de la región, residencia de los califas abasíes y desde la que se organizaban las expediciones estivales contra el Imperio bizantino. Los andalusíes irían a reforzar la guarnición fronteriza, un destierro donde podrían redimirse. Pero no todos corrieron la misma suerte. Habrá otros que tomarán un rumbo diferente. De nuevo aparece la figura de Abu Hafs, negociando una salida para los suyos con el emir Ibn Tahir, que les otorgaría el amán, un salvoconducto para salir de Egipto y establecerse «en alguna otra región de los rum [los bizantinos], las cuales no forman parte del Islam». Esa nueva tierra prometida para los andalusíes sería la isla de Creta.

Cuando los cronistas bizantinos como Ioannis Skylitzes (m. 1081) cuenten la conquista de la gran isla del Mediterráneo, parten de la escena de Abu Hafs pidiendo permiso al emir, pero por la lejanía en el tiempo con los hechos relatados y el desconocimiento, confunden a Abd Allah ibn Tahir con al-Hakam. Ambos personajes ostentaban el mismo título de emir, por lo que el error está servido para unos cronistas que ignoran la realidad interna del mundo islámico. En base a este error, muchos han sostenido que la de Creta fue una misión de colonización organizada desde al-Ándalus, cuando lo cierto es que se trató de los refugiados andalusíes que se marcharon huyendo de Alejandría. Igual que en 818, en 827, nueve años después, tenían que emprender de nuevo un viaje en busca de donde poder asentarse.

La isla de Creta ofrecía una ventaja: estaba desprotegida. Uno de los mayores errores que cometieron los emperadores bizantinos de la primera mitad del siglo ix fue darle la espalda al mar, obligando a los marinos a abandonar su oficio y adquirir tierras. La postergación de la flota y el desprecio al que fueron sometidos sus miembros por parte de los emperadores fue un suicidio, ya que motivó que se pusiera de lado de rebeldes como Tomás el Eslavo, levantado en armas entre 821-823, y dejaran desprotegidas las islas ante cualquier incursión naval de los árabes, como sucedió en Creta. Habrían sido las consecuencias de una guerra civil y la resaca de las luchas religiosas en Bizancio las que habrían posibilitado la conquista de la isla por los andalusíes.

Como consecuencia de los enfrentamientos durante Iconoclastia, la guerra religiosa que estalló entre partidarios y detractores de las imágenes, hubo una contracción de la vida urbana y de la economía monetaria. Se produjo en Bizancio una ruralización que conllevó la vuelta a una economía natural, de trueque, pero sin que se diera un descenso demográfico notable. Cuando se hable de la conquista de Creta, los cronistas bizantinos insisten en la facilidad con la que Abu Hafs fue tomando las fortalezas, sin resaltar ningún enfrentamiento de relevancia entre los andalusíes y la población indígena. El desembarco se hizo sin ningún tipo de impedimento, tanto es así, que no necesitaron fortificar el campamento. Parecía que, ahora sí, habían encontrado un lugar en el que asentarse de manera definitiva.

Con la fundación de la ciudad de Candía –del árabe jandaq, foso–, la moderna Heraclion, al norte de la isla, se inicia el emirato de Creta. El origen de la ciudad no está exento de un componente mítico a través de una figura ya conocida, la del monje eremita. En este caso, el viejo anacoreta abandona su retiro cuando sabe que han desembarcado los andalusíes de Abu Hafs para indicarles el lugar adecuado para construir la ciudad. El lugar señalado por el monje distaba poco de la ciudad de Cnosos, antigua capital de la talasocracia minoica, que seguía siendo una importante ciudad hasta la construcción de Candía. Suponía establecer una ciudad a parte, un enclave propio quizás para evitar los problemas que habían tenido en Alejandría con la población local. Una fundación que puso el primer hito para esa colonización de la isla hecha por familias enteras salidas de Egipto. Quizás el relato en el que Abu Hafs ordena quemar las naves y las protestas de los hombres que iban en la expedición al perder oportunidad de regresar a sus hogares, con sus mujeres e hijos, pertenezca a las leyendas populares, que trataron de explicar más tarde el proceso de mestizaje que se produjo en Creta a lo largo de los casi 140 años que duró la Arabocracia, nombre con el que se conoce en Grecia a este período de la historia de la isla.

Para saber más

Chabot, J.-B. (trad.) (reimp. 1963). Chronique de Michel le Syrien, patriarche jacobite d’Antioche. Bruselas: Académie des Inscriptions et Belles Lettres.

Christides, V. (1984). The Conquest of Crete by the arabs (ca. 824). A turning point in the struggle between Byzantium and Islam. Atenas: Akademia.

Cirac Estopañan, S. (ed.) (1964). Skylitzes Matritensis. Barcelona-Madrid: Universidad-CSIC.

Collins, R. (2013). Califas y reyes: España 796-1031. Barcelona: Crítica.

Ibn Hayyan (2001). Crónica de los emires Alhakam I y Abdarrahman II entre los años 796-847 (Almuqtabis II-1), trad. de Makki, M. ‘A. y Corriente, F. Zaragoza: Instituto de Estudios Islámicos y del Oriente Próximo.

Kennedy, H. (2008). La corte de los califas. Barcelona: Crítica.

Lirola Delgado, J. (1990). El nacimiento del poder naval musulmán en el Mediterráneo(28-60 H./649-680 d.C.). Granada: Universidad de Granada.

Maier, F. G. (ed.) (1979). Bizancio. Madrid: Siglo XXI.

Molina López, E. (1986). Almería islámica: «Puerta de Oriente », objetivo militar. Nuevos datos para su estudio en el Kitab Iqtibas al-anwar de al-Rusati. Actas del XII Congreso de la UEAI (Málaga, 1985). Madrid: Union Européenne d’Arabissants et d’Islamisants, pp. 559-608.

Escrito por
Carlos Martínez Carrasco

Investigador en la UGR-Centro de Estudios Bizantinos.

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