Divulgación

Yalta: una extraña negociación

Publicado en el número 5 de Descubrir la Historia (abril de 2016).

Cuando Roosevelt, Churchill y Stalin abandonaron Yalta el 12 de febrero de 1945, meses antes de que finalizara la II Guerra Mundial, tras haber mantenido durante ocho días otras tantas sesiones de intensas conversaciones sobre lo que sucedería en el mundo, pero sobre todo en Europa, tras la contienda, la idea que destilaba el comunicado final de la Cumbre de Crimea era que «sólo continuando la cooperación será posible una paz segura y verdadera».

La victoria en la guerra, que se daba por segura, y los trabajos muy adelantados para conformar la nueva organización internacional, que luego sería conocida como Organización de las Naciones Unidas, eran considerados «la mayor oportunidad para crear las condiciones esenciales» de cara a una paz duradera.

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Palacio de Livadia, donde se desarrolló la Conferencia de Yalta (Wikimedia).

Pero durante los ocho días que duró la conferencia, no todo habían sido acuerdos y coincidencias. La lectura de las actas de esos encuentros, al máximo nivel o de los titulares de Exteriores de los tres grandes, arroja un buen número de discrepancias, unas veces claramente expuestas y otras sutilmente deslizadas entre complejos argumentos.

Aunque parezca mentira, con la visión de lo que vino después, Roosevelt y Stalin coincidían más veces de las que se podría imaginar, mientras Churchill tuvo que oponerse a planteamientos que en su opinión perjudicaban los intereses estratégicos de su país o de una futura Europa liberada.

Europa, para Roosevelt y en general para los norteamericanos, debía aprender a caminar sola. De hecho, en Yalta el presidente norteamericano llegó a señalar que sus tropas no permanecerían en Europa (en Alemania) más de dos años tras el final de la guerra.

Las discusiones sobre el futuro político de Polonia, país que la URSS consideraba clave para su seguridad en el futuro que se estaba diseñando;  Las reparaciones que Alemania debía asumir tras su derrota, de las que la URSS quería ser la mayor beneficiaria dados los sacrificios aportados durante la contienda; Y la organización futura de Alemania para evitar, a toda costa, que pudiera volver a significar un peligro para los países que le rodeaban, acapararon buena parte del tiempo de los tres dirigentes y de sus ministros.

La participación de Francia en el futuro de Alemania, que se planteó en una conversación privada entre Roosevelt y Stalin ya el primer día de la cumbre, y que no tenía en principio el visto bueno del dirigente soviético, fue uno de los asuntos que se resolvió a satisfacción de EE.UU. y RU, aunque desagregando una parte del territorio alemán que en principio iba a ser administrado por estos dos países y sin afectar a la zona asignada a la URSS.

En la cena del primer día, Stalin se mostró contrario a que los países que habían sido liberados y que no habían hecho una gran aportación a la victoria final, tuvieran la misma posibilidad de influir en el futuro que las potencias que se habían desangrado en la contienda. Roosevelt se mostró conforme con este planteamiento, a lo que Churchill replicó que, aun estando de acuerdo, debían salvar su responsabilidad moral y ejercer su autoridad con moderación y respeto hacia todos. Esta diferencia de postura, sutil pero relevante, que fue la primera muestra de que los planteamientos estratégicos de Estados Unidos y el Reino Unido no coincidían del todo, se repetiría con frecuencia a lo largo de la conferencia.

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Churchill, Roosevelt y Stalin (Wikimedia).

En la segunda reunión plenaria, Roosevelt plantea el asunto de Francia y Churchill le pregunta directamente a Stalin si estaría de acuerdo en que este país tuviera una zona alemana bajo su control temporal, como el resto. Stalin se muestra preocupado por el precedente que podía establecerse y por el supuesto deseo francés de ocupar permanentemente una parte de Alemania. Churchill, en un nuevo planteamiento muy británico y de calado estratégico, hace una defensa del papel que cree debe jugar Francia en el futuro de Europa, destacando la necesidad de que vuelva a ser un país fuerte y con un gran ejército. La duda sobre el tiempo que las tropas norteamericanas fueran a quedarse en Europa lleva a Churchill a defender la necesidad de que Francia colabore directamente en el control de la futura Alemania. Es en este instante cuando Roosevelt manifiesta su opinión de que no cree que sus tropas permanezcan más de dos años en suelo europeo.

Stalin se niega a que Francia participe en la Administración de Alemania, aunque no se opone a que se le asigne una zona de ocupación. Roosevelt, una vez más, muestra su acuerdo con el líder soviético, contra el criterio de Churchill que no entiende esa dualidad y, además, la considera poco práctica. En la séptima sesión plenaria, del día 10 de febrero, Roosevelt cambiaría de criterio y se sumaría a Churchill defendiendo la participación de Francia en la Comisión de Control alemana que gestionaría de forma conjunta las distintas zonas de ocupación.

Las reparaciones de guerra que Alemania debía asumir tras el final de la contienda fue un asunto del máximo interés para Stalin. A lo largo de las negociaciones, el líder soviético reclamó insistentemente que se concretara el montante de estas. Churchill, una vez más, discrepó de ese deseo y señaló que esa cuestión requería mucho más estudio. Al final, en contra del criterio del primer ministro británico, en el protocolo sobre los acuerdos finales, aunque no en el comunicado público final, se explicitó el acuerdo entre Estados Unidos y la URSS de tomar como base para el estudio la cifra de 20.000 millones de dólares, señalando que el cincuenta por ciento sería para la URSS. Churchill muestra su oposición y así se señala en el protocolo de los acuerdos.

En esta cumbre es cuando se establece la fecha para la celebración de la asamblea fundacional de la futura Organización de las Naciones Unidas, que queda fijada para el 25 de abril de ese mismo año 1945 en San Francisco, aunque en el comunicado final no aparece reseñada, sí en el protocolo de los acuerdos.

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Una de las mesas de negociación durante la Conferencia de Yalta (Wikimedia).

Las discrepancias sobre el gobierno polaco fueron, sin duda, uno de los asuntos más peliagudos de esta cumbre. La existencia de dos gobiernos provisionales, uno en el interior auspiciado por la URSS y otro en el exterior, con sede en Londres, son el origen del conflicto. La cuestión polaca preocupó y ocupó a los ministros de Asuntos Exteriores y a los líderes de las tres potencias durante muchas horas. La liberación de Polonia por parte del Ejército Rojo en exclusiva motivaba esta disyuntiva, que Gran Bretaña asumía como propia dado que contaba no solo con un Gobierno provisional asentado en Londres, sino con 150.000 soldados polacos en sus filas.

El Gobierno de Lublín, como se denomina al del interior apoyado por la URSS, para los británicos no es representativo de Polonia. Aquí la coincidencia entre americanos y británicos es total. La URSS plantea el problema polaco como una cuestión estratégica que afecta a su retaguardia mientras dure el avance hacia la total rendición alemana. Los británicos se muestran intransigentes y muestran claramente su oposición a que las futuras elecciones que deben elegir al definitivo ejecutivo polaco las controle el gobierno del interior, dado que si fuera así no se considerarían libres.

Cómo formar el Gobierno Provisional Polaco hasta las elecciones es el quid de la cuestión y donde surgen todas las disensiones, Molotov, ministro de Exteriores de la URSS, acepta en la sexta sesión plenaria que el actual Gobierno Provisional (del interior) se reorganice con la inclusión de jefes demócratas de Polonia y con otros del exterior. En el comunicado final se afirma que se ha llegado a un acuerdo para la formación de un Gobierno Polaco Provisional de Unidad Nacional, con una base democrática más amplia incluyendo a representantes del interior y del exterior.

La Cumbre de Crimea hace pública una Declaración sobre la Europa Liberada, asumida por los tres, que lleva consigo una concertación para ayudar a los pueblos liberados de la dominación nazi y a los satélites del Eje a resolver por procedimientos democráticos sus problemas de carácter urgente, así como a crear instituciones democráticas. Citan, se reafirman y asumen la Carta del Atlántico de agosto de 1941, que EE.UU. y el RU acordaron antes de la entrada de Estados Unidos en la guerra, y que proclamaba el derecho de todos los pueblos a elegir su forma de gobierno. Proclaman su confianza en un mundo en el que impere el derecho y se dedique a implantar la paz, la libertad, la seguridad y el bienestar del género humano.

La de Crimea no fue la última conferencia entre los aliados vencedores, sino que inmediatamente después de la capitulación de Alemania, ocurrida el 7 de mayo, se celebró a las afueras de Berlín la Cumbre de Potsdam, a finales de julio, donde, pese a que en Yalta se había acordado desmembrar Alemania, se abandona ese objetivo manteniéndose la ocupación por partes, correspondiendo aquellas a los cuatro países que se acordó en febrero.

Lo más relevante de la Cumbre de Potsdam es la declaración contra Japón y el ultimátum que se le da para que se rinda, al que la URSS se suma comprometiéndose a declararle la guerra al imperio nipón tres meses después de la rendición alemana. Poco influiría en este sentido, dado que, coincidiendo prácticamente con su declaración, los Estados Unidos lanzan su primera bomba nuclear sobre Hiroshima. Japón capitularía a bordo del acorazado USS Missouri el 10 de agosto.

Para saber más

Aguirre de Carcer, Gonzalo (Selección y traducción) (1956). Los documentos de Yalta. Madrid: Instituto de Estudios Políticos Madrid.

Judt, Tony (2006). Postguerra: una historia de Europa desde 1945. Madrid: Taurus.

Fontana, Josep (2011). Por el bien del imperio: una historia del mundo desde 1945. Barcelona: Pasado y presente.

Fullbrook, Mary (ed.) (2002). Historia de Europa Oxford. Europa desde 1945. Barcelona: Crítica.

Hobsbawm, Eric (2000). Historia del siglo XX, 1914-1991. Barcelona: Crítica.

Acerca del autor

Luis Romero Bartumeus

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Información. Master en Paz, Seguridad y Defensa. Profesor Honorario de la Universidad de Cádiz.

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