Relatos

Relato. ¿Troya?

Publicado en el número 5 de Descubrir la Historia (abril de 2016).

Lo único cierto es que no era precisamente cómodo aquel espacio que me habían asignado, en el descomunal vientre de madera. Hacinados todos, aspirando el olor, todavía fresco de acebuches y de encinas, y el roce de las vecinas espadas. De mis compañeros de batalla, aqueos, como yo, con los que partí de Esparta, buscando la inmortalidad y una venganza que supurara los amores desdichados e imposibles, que sólo a los dioses se les conoce y permite, pero que los mortales gobernantes toman como propios, clamando justicia, soberbia y venganza, en nombre de su orgullo herido y de nuestro sufrimiento, para su dolor reclutado, armado y embarcado en el millar de naves de guerra, que no hace mucho ensombrecieron la costa enemiga.

Y fue en esa playa donde dejé de ver la luz, que me devolvía a las sudorosas axilas, trepando hacia la viga central donde, como tropa, escondíamos aquello a lo que, como hombres, nunca renunciamos. El néctar dorado, que caliente por nuestras venas corría en ríos de vino, risa y olvido, delimitando una topografía oculta a la tropa, y hasta al mismísimo Agamenón, cuya gloria menguaba tras cada buche del odre, donde nuestra valentía crecía, en compartido trago, esperando la noche y la orden de salir a matar, el salvoconducto guerrero, para liberar el ardor. Salir del Caballo, recobrar la dignidad primigenia de hueso y postura, y vengar las ofensas divinas, desde sus regios dolores, que en la bella Helena empezaban, y en leyenda y victoria, concluir debían.

Y fue en esa arquitectura vegetal interior donde acuñé mi nombre, Elián, junto al tuyo, hermosa Kalissa, en una balda muy próxima a mi cuerpo encorvado, con una incisión de flecha y uña, que recordara a mi estirpe, que perpetuara a mi amor, a la que yaciente y dormida dejé, junto al ajado camastro, que nido había sido hasta el viaje de honor y conquista, del que nunca volví.

Desde mi inconsciencia planeando sobre esta nada, en la que creo levitar, solamente levanto difusos recuerdos que me ayuden a entender cómo ganamos en Troya, sin salir del gigantesco y hueco caballo, donde ebrios de vino, confusión y trementina, nos quedamos dormidos, desoyendo la voz de salida hacia la matanza anunciada, del enemigo engañado, confiado y ofendido, por el artificial equino, que no era ofrenda, sino muerte.

Entonces, dijeron los viejos del lugar, sentados en cuclillas sobre la tierra rojiza que cubre mi cuerpo, nunca velado, que en esa noche esperada, que debió ser también la de nuestra deshonra y castigo, de los cielos cayeron piedras encendidas, sobre la adormecida ciudad, donde un Caballo de Madera —mi hogar durante unos días inciertos— majestuoso se alzaba rompiendo el paisaje de sangre y derrota, que las certeras rocas voladoras, dibujaron en Troya, obedeciendo a los dioses, que en aquel asedio, que nos separó para siempre, tomaron partida.

Ahora, que a centurias de siglos pasados, niños con ropajes extraños, como niños sobre mi tumba camuflada, sus risas se juegan, y en su nuevo lenguaje, desde un idioma que aprendo, ya no oigo hablar de dioses, ni de raptos, ni de caballos, ni de héroes, ni de historias de amor, ni de Paris, ni de Helena, ni de Troya, ni de Esparta, ni de glorias, ni de guerras, sino de sucesos lejanos, de leyendas no escritas, y de lo profundos que son estos surcos, donde eternamente reposo, hijos de aquellos destellos luminosos materializados, en la noche no fechada, en la que empecé a perderte, Kalissa mía, tras una lluvia de meteoritos, que cambió los libros de Historia, donde nunca cupimos.

Acerca del autor

Miguel Vega Jiménez

Escritor.

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