Divulgación

Luchas campesinas en la provincia de Córdoba entre 1918 y 1920

Publicado en el número 5 de Descubrir la Historia (abril de 2016).

Desde mediados del siglo XIX el campesinado andaluz luchó contra las dificultades que se derivaban de la introducción del liberalismo en el campo. Diversas medidas llevadas a cabo en ese momento privatizaron bienes de los que antes podía beneficiarse la población rural, obligando a los campesinos a reorientar sus economías y formas de vida en general.

Las luchas más intensas en la segunda mitad de esa centuria se vivieron en las provincias de la Baja Andalucía, especialmente Cádiz y Sevilla. La comarca de Jerez de la Frontera destacó por famosos sucesos como los de la Mano Negra o el asalto por parte de una multitud de campesinos a la localidad en 1892. Será con el cambio de siglo cuando la provincia de Córdoba cobre un papel importante en estas protestas creándose un buen número de sociedades locales de tipo sindical entre los campesinos durante los primeros años del siglo XX. El anarquismo tuvo gran acogida por parte de la población, por lo que la mayoría de estas agrupaciones siguieron métodos de acción derivados de esta ideología como la huelga o el boicot a determinados empresarios.

La primera gran oleada de protestas a nivel provincial tuvo lugar en los años 1903 y 1905, coincidiendo con un momento de malas cosechas debido a la sequía que hizo que el desempleo aumentara notablemente y con una crisis agraria a nivel europeo que se vivía desde los últimos años del siglo anterior. Tras estos conflictos el movimiento se calmó hasta el final de la década cuando las sociedades obreras de los distintos municipios comenzaron a recomponerse. Serán estas agrupaciones las encargadas de dirigir el gran movimiento que tuvo lugar a partir de 1918 en la provincia de Córdoba.

En 1913 se celebró en la capital un congreso con representantes de los agricultores de toda España donde se constituyó la Federación Nacional de Obreros Agrícolas (FNOA), de ideología anarquista, que comenzó a difundir su pensamiento mediante la publicación de La voz del campesino. Por su parte el socialismo estaba aumentando también, aunque siempre en proporciones menores. Es ahora cuando se produce la penetración masiva de propaganda obrera en la población campesina cordobesa. Fueron muchos los oradores que llegaron de otras regiones para ofrecer mítines y debates, tanto de ideología anarquista como socialista, y la prensa obrera se leía incluso en voz alta en los descansos del trabajo para llegar a quienes no sabían leer.

El éxito de la Revolución Rusa hizo que entre los obreros españoles volviese a existir una inquietud que la prensa proletaria aprovechó para llenar de propaganda y levantar el ánimo de los obreros locales. Los campesinos andaluces respondieron de forma positiva a estos estímulos, y en esta ocasión sería la provincia de Córdoba la que estaría a la vanguardia del movimiento.

La prensa anarquista tuvo más éxito que de costumbre como se vio reflejado en la derrota de los partidos de izquierda en las elecciones de 1918 como consecuencia de la propaganda que habían hecho contra republicanos y socialistas. Los mítines y debates organizados en los municipios cordobeses fueron muy numerosos, y ya no se necesitaban oradores forasteros, sino que eran los sindicalistas locales veteranos de los movimientos anteriores quienes agitaban la situación.

En un primer momento el movimiento fue organizado por los anarquistas, ya que fueron ellos quienes desde sus sociedades instigaron mayormente a los obreros a la lucha. Con el éxito de las primeras huelgas se sumaron al movimiento multitud de agrupaciones socialistas e incluso algunas de tendencia neutra.

Las protestas comenzaron en la localidad de Castro del Río, cuando en diciembre de 1917 se convocó una huelga reclamando un aumento del salario para los jornaleros que los patrones aceptaron. Viendo el triunfo sus vecinos de Espejo adoptaron la misma postura a principios de enero del año siguiente. Ambos éxitos hicieron que los campesinos se afiliasen en masa a los centros obreros de sus localidades.

Así comenzó lo que Juan Díaz del Moral denominó «Trienio Bolchevista». Las huelgas desarrolladas en este periodo fueron muy diversas, ya que en cada localidad se adoptaron unos métodos diferentes. Normalmente los obreros bloqueaban las salidas de los pueblos para evitar que pudieran proveerse los patrones y a la vez prohibían la venta en las plazas de abastos. En los pueblos donde no se tenía agua a domicilio se hacían turnos en plazas y fuentes para evitar que los patrones pudieran obtenerla. En algunos municipios se adoptó el sistema de enviar jóvenes con hondas a controlar las salidas de los pueblos para que nadie entrara y saliera sin el permiso de los huelguistas. Fue la Guardia Civil la que tuvo que asumir la tarea de llevar agua y alimento a los terratenientes en muchas ocasiones. Durante estos años la acusación de “esquirol” se convirtió en algo muy grave, y quienes por necesidad o gratitud al patrón pretendían trabajar se vieron obligados a afiliarse a los centros obreros por presión social, por lo que las huelgas fueron generales en todas las localidades.

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Gaceta de Tenerife. Diario católico de información (20/05/1919).

Las mujeres jugaron un papel importante en las luchas a pesar de que en pocas sociedades se inscribiesen algunas como militantes. Lo normal era que quienes trabajaban en las casas de los patrones la abandonasen durante las huelgas para empeorar aún más la situación de los propietarios.

Además de las huelgas, el boicot fue también un arma muy utilizada al inicio de las movilizaciones, pero los propietarios perdieron el miedo pronto a esta técnica y dejó de ser eficaz.

En la primavera de 1918 estallaron numerosos conflictos. Ya no hacían falta propagandistas porque miles de campesinos iban agitando a los demás en cualquier situación posible. Las protestas continuaron durante el verano, y generalmente las huelgas convocadas en cada municipio salieron victoriosas y mejoraron las condiciones de trabajo de los obreros locales. La agitación fue multitudinaria en estos meses pero faltaba una acción conjunta ya que en cada pueblo se actuaba de forma independiente. En los municipios donde predominaba el anarquismo los métodos de protesta fueron más duros mientras que donde el movimiento estaba dominado por la UGT se tendió más a la negociación.

Buscando mayor coordinación en el movimiento y establecer unos objetivos comunes, el Centro Instructivo de Castro del Río convocó un congreso en octubre al que asistieron representantes de casi todas las sociedades anarquistas de la provincia y algunas de las socialistas. Se fijaron las líneas a seguir, se pidió que la jornada laboral en fábricas de aceite no superara las ocho horas, se recomendó la instauración de escuelas en los centros obreros de cada localidad y se protestó por la omisión de los agricultores en la Ley de Accidentes de Trabajo. A estas pretensiones hay que sumar la abolición del destajo y la rebaja de los precios en productos básicos, objetivos muy presentes en todas las protestas del momento. Con respecto al salario se daba libertad a cada agrupación para fijar el que consideraran conveniente. Otro punto importante fue la petición de los trabajadores de algunos pueblos que venían desarrollando huelgas desde primavera y que reclamaron que no se pudiese contratar obreros forasteros hasta que todos los locales estuviesen ocupados. De esta forma pretendían evitar la llegada de jornaleros de otros municipios cuando se declaraba una huelga a nivel local.

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La correspondencia de España (08/03/1919).

Después de este congreso fueron los obreros de Baena quienes comenzaron una nueva oleada de huelgas el 2 de noviembre. Durante ese mes se paralizó la actividad en 34 municipios. La dureza de los conflictos hizo que los patrones aceptaran íntegramente las condiciones obreras. Existieron choques de gravedad entre los huelguistas y las autoridades y propietarios. Los obreros atacaron a la Guardia Civil en varios municipios, y llegó a haber disparos entre ambos en alguna ocasión. En algunos pueblos, como Nueva Carteya, Montilla, Carcabuey o Monturque, aunque ya se habían conseguido las pretensiones obreras se siguieron convocando huelgas en solidaridad con sus compañeros de otras localidades. A finales de mes todos los pueblos habían firmado unas nuevas bases de trabajo. El triunfo llevó los ánimos campesinos a su máximo vigor, pero los patrones también comenzaron a reaccionar y despedir jornaleros por su participación en las protestas, por lo que durante el invierno se volvió a la situación anterior.

Las asociaciones de tendencia socialista se reunieron en otro congreso en diciembre, esta vez en Lucena. Aquí se acordó que los trabajadores forasteros podrían trabajar pero tendrían que pasar antes por el centro obrero municipal donde se les daría instrucciones de con que patrones podían trabajar y con cuáles no. Además los propietarios estarían obligados a pagar más si contrataban mano de obra externa a la localidad. Esto resultó poco prospero ya que por un real más los patrones podían romper las huelgas, por lo que siguió prevaleciendo la postura del congreso de Castro del Río.

Para defenderse de los ataques obreros, los propietarios se vieron obligados a unirse en la Federación Agraria Patronal de la provincia de Córdoba. Otro elemento de oposición al movimiento revolucionario fueron los sindicatos católicos, que agrupaban desde pequeños campesinos a grandes propietarios e incluso algunos jornaleros. Estos grupos buscaban poner en común los intereses de las distintas clases y hacer una oposición al capitalismo que a la vez frenase el socialismo mediante la cooperación entre trabajadores y propietarios. Las críticas que hacían al capitalismo iban dirigidas a prácticas determinadas, como es el caso de la usura, que pretendían combatir porque perjudicaba los intereses de los pequeños propietarios.

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Huelgas convocadas en la provincia de Córdoba durante el trienio 1918-1920 (Elaborado a partir de Barragán Moriana, 1990: 98, 143 y 165).

En marzo de 1919 los campesinos volvieron a la carga en un ambiente de crispación en toda España, que desembocó en la supresión de las garantías constitucionales por parte del gobierno de Romanones, y en su posterior dimisión tras decretar el tres de abril la jornada laboral de ocho horas, uno de los grandes logros del movimiento obrero español del momento. Fue en Córdoba capital donde comenzaron las protestas a nivel provincial, y días después se habían extendido a todos los pueblos, aunque no tuvieron tanto éxito como el año anterior y volvieron a actuar de forma descoordinada.

En mayo se convocó otro congreso para reavivar las fuerzas pero esta vez fueron pocos los municipios que tomaron parte en la lucha, y a finales de mes se declaró el Estado de Guerra en toda la provincia y se cerraron todos los centros obreros como medida represiva. A partir de entonces el socialismo comenzó a calar con más fuerza en el campesinado cordobés desilusionado por la derrota. Empezó a verse con mejores ojos la lucha desde las instituciones para conseguir los objetivos obreros.

Los trabajadores encarcelados salieron en junio, y en agosto volvieron a reabrirse los centros obreros. Aunque tenían prohibidos algunos elementos de propaganda como los mítines consiguieron reunir a muchos de sus antiguos afiliados y en algunas localidades plantearon nuevas huelgas, aunque fueron derrotados por los patrones ya que el movimiento estaba muy debilitado.

La Cámara de Comercio intentaba dar salida al conflicto, por lo que en ocasiones se mostró favorable a hacer ciertas concesiones a los obreros. Participó también en negociaciones con los huelguistas prometiéndoles rebajas del precio de productos básicos y garantías de mantener sus puestos de trabajo si abandonaban las protestas. Estas medidas rebajaron en algunos momentos la conflictividad, y ocasionaron duras críticas contra las autoridades públicas que no habían conseguido sino alargar las huelgas, por lo que se consideraba que los pocos avances conseguidos habían sido merito exclusivamente de la Cámara de Comercio y los sindicatos obreros.

En la primavera de 1920 volvieron a producirse algunos enfrentamientos entre los obreros agrícolas y los propietarios como consecuencia de las negociaciones para acordar las condiciones de trabajo para la siega. En esta ocasión no se consiguió la fuerza del año anterior aunque la situación fue tensa a pesar de todo, y existieron actos violentos como el asesinato de un obrero que se negó a participar en la huelga en Pedro Abad o diversas agresiones contra trabajadores afiliados a sindicatos católicos. Siguieron declarándose algunas huelgas aisladas en los pueblos más combativos hasta final de año, pero poco a poco el movimiento se iba a agotando cerrándose así el capítulo de las movilizaciones sociales más importantes que se han vivido en la provincia de Córdoba.

Para saber más:

Barragán Moriana, Antonio (1990). Conflictividad social y desarticulación política en la provincia de Córdoba. 1918-1920. Publicaciones del Ayuntamiento de Córdoba.

Brenan, Gerald (2008). El laberinto español. Antecedentes sociales y políticos de la Guerra Civil. Planeta, Barcelona.

Díaz del Moral, Juan (1977). Historia de las agitaciones campesinas andaluzas. Alianza Editorial, Madrid.

González de Molina, Manuel; Gómez Oliver, Miguel (coord.) (2000). Historia contemporánea de Andalucía (Nuevos contenidos para su estudio). Proyecto Sur de Ediciones, Granada.

Hobsbawn, Eric (1983). Rebeldes primitivos. Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX. Ariel, Barcelona.

Maurice, Jacques (2007). El anarquismo andaluz, una vez más. Editorial Universidad de Granada.

Acerca del autor

Andrés Roldán Díaz

Graduado en Historia.

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