Divulgación

La huella imborrable del ingenioso ‘manco de Lepanto’

Publicado en el número 5 de Descubrir la Historia (abril de 2016).

En un lugar de las Españas, de nombre Alcalá de Henares, ha mucho tiempo que nació un genio de los de pluma y tintero, pica y arcabuz, cuerpo magullado y cicatrices en el alma. Nuestro protagonista, cuyo nombre no podríamos olvidar, vino al mundo un buen día de finales de septiembre de 1547, probablemente un 29, coincidiendo con la celebración del santo que le dio nombre, y siguiendo así la costumbre en la época. Miguel de Cervantes, al que posteriormente se conocería con el segundo apellido de Saavedra, fue criado en el seno de una familia cuyo principal sustento venía de un padre aquejado de sordera y acuciado por las deudas, que en más de una ocasión lo llevaron a prisión. De modo que la vida de esta humilde familia transcurrió entre la incertidumbre, el trasiego de villa en villa y la búsqueda infructuosa de fortuna.

De sus años de pubertad sabemos que anduvo entre Córdoba, Sevilla y Madrid, donde se instaló en 1566, poco después de que ésta última fuese proclamada sede de la Corte Real. La capital de la España de Felipe II era por entonces un intenso foco de producción cultural y literaria cuyo influjo marcaría el camino a la madurez del creador del Quijote. Miguel, que para entonces contaba diecinueve primaveras, se vio imbuido de ese ambiente de creatividad al entrar en contacto con grandes intelectuales de la época, como el catedrático de gramática y humanista que fuera su mentor, Juan López de Hoyos, o el antiguo miembro de la compañía teatral de Lope de Rueda y amigo personal de su padre, Alonso Getino de Guzmán. Aunque no tenemos constancia de su paso por la universidad, su formación como literato y su potencial talento se empezaban a poner de manifiesto entre los círculos literarios del Madrid de la época a través de sus primeros poemas dedicados a la infanta Catalina Micaela y la reina Isabel de Valois.

Estatua de Miguel de Cervantes en la
Biblioteca Nacional de España, en Madrid
(Wikimedia).

Pero no existe historia extraordinaria ni personaje para la posteridad sin una vida surcada de reveses y contrapiés. El primero de ellos llegó en 1569, como consecuencia de una disputa personal que frenó su prometedora carrera literaria. Acusado de herir a un rival llamado Antonio de Sigura en un duelo con espadas y condenado a perder su mano derecha, fue declarado en rebeldía y sólo consiguió eludir la pena a cambio de su destierro a Italia. Allí sirvió durante un breve periodo de tiempo a las órdenes del eclesiástico Guilio Acquaviva, al que pronto decidió abandonar para dedicarse al otro gran oficio que marcaría su vida: el de las armas. En un momento en que la Monarquía Hispánica se afanaba por imponer su hegemonía en Europa y en que el Mediterráneo era escenario de un encarnizado enfrentamiento entre la Cristiandad y el poderoso Imperio Otomano, Cervantes decidió enrolarse en la armada española en una fecha clave, el verano de 1571.

El proyecto de la Liga Santa (compuesta por España, la Santa Sede, Venecia, Génova, Saboya y Malta), en su lucha contra los turcos atrajo a gran cantidad de jóvenes entre los que se encontraban el propio Miguel y su hermano Rodrigo. Ambos se embarcaron en la galera La Marquesa, rumbo a Lepanto, en la que sería la gran batalla naval del momento. Allí, las potencias cristianas obtuvieron una contundente victoria que se saldó con nefastas consecuencias para Cervantes. En una irónica casualidad del destino, un disparo de arcabuz le hizo perder gran parte de la movilidad de su mano izquierda, poco después de haber logrado salvar su diestra. Pese a todo, el apodado «manco de Lepanto» prosiguió su aventura castrense durante varios años, combatiendo en Navarino, Túnez, Cerdeña, Lombardía, Nápoles o Sicilia.

En 1575, como reconocimiento a sus méritos militares, obtuvo una carta de recomendación de don Juan de Austria y otra del duque de Sessa en virtud de las cuales podría volver a casa, libre por fin de la condena que arrastraba desde años atrás.  Pero el destino, como si de un poema homérico se tratase, le tenía reservada otra dura prueba. En esta ocasión, cuando casi saboreaba las mieles del regreso al hogar, la nave en el que viajaba fue interceptada por piratas berberiscos cerca de las costas peninsulares y los hermanos Cervantes apresados y vendidos como esclavos. Se abría entonces una larga y complicada etapa de su vida, marcada por los años de cautiverio, que a la postre sirvieron de inspiración para obras teatrales como Los Tratados de Argel y Los Baños de Argel, en las que plasmaba con gran profusión de detalles sus impresiones sobre el mundo y la cultura musulmana vista desde dentro. Paradójicamente, las cartas de recomendación que llevaba consigo hicieron que sus captores creyeran que se trataba de un personaje de renombre y exigieran cantidades desorbitadas a cambio de su libertad. Este hecho, unido a los apuros económicos de su familia, obstaculizó aún más el pago del rescate, que se postergó hasta 1580, tras varios intentos frustrados de huida, y gracias a la intervención de un grupo de frailes trinitarios enviados por los suyos después de recaudar la nada desdeñable cantidad de 500 escudos.

Con treinta y tres años y el peso de una vida de aventuras y desventuras, Miguel retomaba su camino hacia la cumbre de las letras. Pero si la España del siglo XVI era conocida como la del Siglo de Oro, no era precisamente por lo remunerado y reconocido del oficio de escritor, como el propio Cervantes tuvo ocasión de comprobar. Las penurias de su familia, agravadas por el sacrificio que supuso su rescate, lo llevaron a desempeñar diversos oficios sin demasiada fortuna entre Lisboa, Orán y Madrid, hasta que finalmente se asentó en la localidad manchega de Esquivias en 1584, donde contrajo matrimonio con la joven Catalina de Salazar y Palacios. Aunque su experiencia conyugal fue efímera, parece ser que sirvió de inspiración para la caracterización de algunos personajes del Quijote, cuyos ejemplos encontraría entre la familia de su esposa. Además, en estos años concluyó la que sería su primera gran obra, La Galatea, una novela pastoril editada en 1585 en Alcalá de Henares que seguía el camino iniciado por Jorge de Montemayor con su Diana en uno de los géneros por excelencia de la narrativa española del momento.

Una de las múltiples ilustraciones que
realizó el artista Gustave Doré para El
Quijote (Wikimedia).

Una vez más, ni la fortuna ni el amor sonreían a Cervantes, y a raíz de su separación con Catalina escribió su pieza teatral El juez de los divorcios, en la que plasmaba parte de sus impresiones acerca de los problemas de la vida matrimonial. En 1587 se trasladó a Sevilla, que por entonces bullía de actividad en vísperas del ataque de la Armada Invencible a Inglaterra. Pero lo que parecía una provechosa carrera como cobrador de impuestos no le trajo más que complicaciones, pues una serie de acusaciones acerca de cobros llevados a cabo sin autorización lo condujeron a prisión, lastrando una vez más su búsqueda del porvenir y la tranquilidad desde la que abordar la escritura.

Hastiado de los golpes de la vida, de su infortunio y su desdicha, emprendió el camino de vuelta a Esquivias en 1600, donde permaneció varios años hasta que decidió trasladarse a Valladolid, corte del nuevo monarca Felipe III. Allí pudo dedicarse en cuerpo y alma a su pasión, puliendo la que sería su gran creación literaria; el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Siguiendo el protocolo de la época, Cervantes se dirigió a una serie de autores destacados para que accedieran a escribir poemas laudatorios en el prólogo de su obra, al tiempo que negociaba con el librero Francisco de Robles los términos y condiciones de su edición. En el primer propósito se topó de bruces con una negativa tras otra, ya que no resultaba fácil obtener elogios hacia una obra tan transgresora, en la que se ridiculizaba y ponía en evidencia a un género tan afamado como la novela de caballerías. Es por ello que decidió encargarse él mismo de elaborar un prólogo en el que reafirmaba su intención satírica y anunciaba el tono humorístico de la obra. Finalmente, la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta publicó la obra en 1605, y ésta se convirtió rápidamente en un éxito rotundo, hasta el punto de que sus personajes y escenas fueron representados en innumerables piezas teatrales en los años siguientes y no tardó mucho en plantearse una segunda tirada.

Poco después, la mala suerte se volvía a cernir sobre la familia Cervantes con el fallecimiento de un personaje de la Corte en la puerta de la casa del escritor. Las circunstancias no quedaron del todo esclarecidas, aunque Miguel y su familia alegaron que habían cuidado del moribundo hasta su muerte. Sin embargo, el alcalde los acusó y condenó a ellos y a sus vecinos a la pena de cárcel. Lo cierto es que no pasó mucho tiempo hasta que se resolvió el asunto y fueron puestos en libertad, pero su honor y reputación habían quedado seriamente dañados, de modo que decidieron abandonar Valladolid y volver a instalarse en Madrid en 1606.

Eran los últimos años de vida de Cervantes, pero no los menos prolíficos, ya que por entonces salieron a la luz algunas de sus obras más célebres como las Novelas Ejemplares o el Viaje del Parnaso, publicadas en 1613 y 1614, respectivamente. La primera es una recopilación de relatos de lo más variopinto, que abarcan historias de romances y crímenes como Las dos Doncellas o La Fuerza de la Sangre y otras en las que predomina la visión picaresca y crítica de la sociedad española, como Rinconete y Cortadillo o la Ilustre Fregona. En el Viaje del Parnaso se muestra su faceta más poética y metafórica al narrar en verso la historia de una cruzada de los buenos poetas contra aquellos que a su juicio ensuciaban el mundo de las letras.

Otro acontecimiento que tuvo lugar en estos momentos y que marcaría indudablemente su trayectoria fue la publicación en Tarragona de una segunda parte del Quijote firmada bajo el pseudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda, en la que se arremetía duramente contra Cervantes. La respuesta de éste no se hizo esperar, y en 1615 editó la segunda parte de la obra, en la que se defendía de las críticas recibidas y respondía con una magistral ironía a Avellaneda a través de los diálogos de sus protagonistas. Con esta segunda parte, Cervantes se reafirmaba en su propósito de ridiculizar a las novelas de caballerías al tiempo que cerraba el ciclo aventurero del excéntrico hidalgo y su fiel escudero. Como siguiendo la estela de su propio personaje, ponía punto y final al último gran capítulo de su vida, no sin antes dejar un último testimonio literario, la novela de aventuras Los Trabajos de Persiles y Sigismunda, publicada de manera póstuma en 1616.  De este modo, abandonaba nuestro mundo dejando tras de sí un reguero de historias con las que enseñar y aprender que no hay tierras lo suficientemente lejanas ni sueños inalcanzables si son el valor, los ideales y la promesa de amor de Dulcinea los que guían nuestros pasos.

Fue enterrado en el convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid un 23 de abril de 1616. Precisamente el mismo día que fallecía otro de los grandes referentes de la literatura universal, el dramaturgo William Shakespeare, sólo que este último lo hacía un 23 de abril del calendario juliano, de modo que se trata más de un error que de una coincidencia. Sin embargo, merece la pena pasarlo por alto si ello sirve para reivindicar la impronta que ambos genios dejaron en la literatura universal, que hoy conmemoramos con el Día del Libro. En el caso de Cervantes, la trascendencia de su obra no radica únicamente en su talento literario, sino en la experiencia vital que acompañó y condicionó dicha producción. Una vida azarosa llena de contratiempos en la que el destinó reservó más de una mala pasada a nuestro protagonista, pero que nunca consiguió quebrantar sus ánimos. Tal vez por ello debemos agradecer a la historia que colocase a Cervantes ante tal escenario, sin el cual difícilmente podría haber inspirado historias y personajes tan humanos y reales, pero al mismo tiempo tan soñadores e imaginativos. La historia de su hidalgo, como la del propio «manco de Lepanto», no es más que la de un valeroso guerrero a la altura de las circunstancias, que supo hacer frente a molinos, gigantes y al peso de la cruel realidad. El Quijote es el fruto de una vida de infortunio y de superación, pero, sobre todo, es un canto a la imaginación, al idealismo y a la vida, de la que tanto tenemos que aprender.

En el quinto centenario de su muerte, el transcurrir de los siglos no ha conseguido menoscabar un ápice el legado de su obra, que aún constituye uno de los pilares de nuestra cultura. Por ello, hoy queremos rendir nuestro humilde y más sentido homenaje al hombre que invitó a tantos y tantos a trazar con su pluma el camino hacia lugares mejores, no tan lejanos, de los que siempre merezca la pena acordarse.

Para saber más:

Canavaggio, J. (1987). Cervantes. Madrid: Espasa Calpe.

Criado del Val, M. (1981). Cervantes, su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes.

Gaos, V. (1979). Cervantes: novelista, dramaturgo y poeta. Barcelona: Planeta.

Mínguez Fernández, R. (2000). Cervantes. Madrid: Akal.

Navarro Durán, R. (2003). Cervantes. Madrid: Síntesis.

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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