Divulgación

Conquistar Gibraltar como sea. Una locura de Juan de Aguas en 1780

Publicado en el número 5 de Descubrir la Historia (abril de 2016).

La reina Isabel I de Castilla falleció en 1504, habiendo dejado clara su voluntad de que la plaza de Gibraltar pasase a depender de la Corona como territorio de realengo a pesar de las apetencias de la casa de Medina Sidonia. La emisión en 1502 de la Cédula de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel en la que señalan el escudo de armas de la ciudad de Gibraltar es señal decisiva de los deseos reales, donde queda descrito con «dos tercios à la parte alta de él tengan el campo blanco, en el dicho campo asentado un castillo, è dorado abajo del dicho castillo», mientras que «en el otro tercio de escudo, que ha de ser de campo colorado en que ha de haber una raya blanca entre el castillo è el dicho campo colorado, esté una llave dorada que cuelgue con una cadena del dicho castillo».

A pesar de ello y de los correctivos recibidos por la alta nobleza para que quedase sometida al poder real, el tercer duque de Medina Sidonia y segundo marqués de Gibraltar, Juan Alonso Pérez de Guzmán y de Ribera, desoyó cualquier llamada a la razón y puso sitio a Gibraltar, de forma consecutiva, en 1506 y 1507. Repetía la actuación de su abuelo el primer duque, Juan Alonso Pérez de Guzmán y Suárez de Figueroa, en 1466. Pero, a diferencia de la ocasión anterior, los defensores de la plaza supieron resistir y mantenerla para la Corona, obteniendo como recompensa la ciudad el título de «Más Leal».

Desde aquellos episodios postreros de la agitada historia medieval española, Gibraltar no sufrió ningún otro asedio formal hasta los del siglo XVIII, después de su conquista en agosto de 1704 por una escuadra anglo-holandesa en nombre del candidato austríaco al trono español: el primero en el verano de 1704 hasta 1705, el segundo en 1727 y, finalmente, el Gran Asedio de 1779-1783. Sin embargo, a lo largo de esta centuria habrían de llegar a la Corte infinidad de proyectos más o menos imaginativos destinados a lograr su conquista.

Ya el asedio de 1704-1705, únicamente terrestre, se saldó con un fracaso. Por tanto, el elemento naval se consideró imprescindible en adelante, de manera que estuvo presente en la mayoría de los referidos planes presentados con la finalidad de tomar la plaza del Peñón. Estos, en su mayor parte, nunca pasaron del estadio de proyectos. Algunos proponían la excavación de minas o galerías que atravesaran la montaña, bien para hacer volar los emplazamientos de las baterías británicas sobre el tajo norte, bien para llegar a la casa del gobernador británico y capturarlo. Otros, más numerosos e incluso llevados a la práctica, se basaban en artilugios flotantes con diferente finalidad: baterías flotantes, barcos incendiarios o flotillas de cañoneras. Fueron autores de las ideas llevadas a cabo, respectivamente, el ingeniero hidráulico D’Arçon, el teniente de fragata Álvaro Domínguez Vargas y el mítico almirante Antonio Barceló.

Otra modalidad basada en embarcaciones eran los barcos con escalas, previstos para asaltar las murallas enemigas y completamente inviables por sí solos. La modalidad incendiaria, aparte de la citada, se completó con la idea del capitán Rivert, que pretendía emplear grandes cometas, sujetas a boyas flotantes, de las que penderían artilugios o «camisas de fuego» para incendiar las embarcaciones del Muelle Nuevo de Gibraltar.

En este contexto de propuestas raramente factibles o abiertamente estrafalarias podemos situar la que he calificado de «la más fantástica quimera que los tiempos han visto para recuperar Gibraltar». Responde al contenido de un manuscrito firmado en Aranjuez en 1780 por Juan de Aguas que se conserva entre los fondos del Museo Naval de Madrid. Hasta que lo publicamos recientemente, había permanecido inédito y desconocido, y a su extraordinario contenido literario une el atractivo de una serie de ilustraciones de la bahía de Algeciras y del peñón de Gibraltar. Redactado principalmente en prosa, cuenta con diversas inserciones en verso además de una canción en estancias.

Conforme al género literario seguido por José Cadalso al escribir las Noches lúgubres, con el que narra, en forma dialogada, su frustrado intento de recuperar de la tumba el cadáver de su amada de María Ignacia, Juan de Aguas expone un fantasioso plan para recuperar Gibraltar sobre el diálogo de un comerciante irlandés y un español ciego.

Carlos IV, ya rey, pintado por Goya. Juan de Aguas le dedicó su proyecto.

Todo el texto dialogado, sin la intervención de un narrador, es una parábola relativa a la confrontación de naciones antiguas por el control de cierto lugar que, despejada la permanente metáfora, resulta aludir a España, Inglaterra y el peñón de Gibraltar. Está estructurado en «símbolos», que equivalen a capítulos o partes, y comienza con una adulación exagerada a quien está dedicado, el príncipe Carlos. Procura granjearse su simpatía como forma de lograr la aceptación del plan y, en consecuencia, alcanzar su éxito económico por las prebendas y recompensas que habría de recibir. A tal objeto, no tiene empacho en aludir a los padres del príncipe, cuyas virtudes superan a las del «…emperador Trajano, el Magno Pompeyo y el grande Alexandro…».

La permanente parábola se centra en un enfrentamiento entre «Caldeos y Egipcios», referidos siempre con mayúsculas, en la época de Constantino Magno. Se trata, respectivamente, de ingleses y españoles. La confrontación se centra en el poder de sus correspondientes dioses, representados para los primeros en el fuego y en la estatua del Nilo para los segundos.

Como hemos dicho, en el universo paralelo propuesto por el autor, los egipcios personifican a España y los caldeos y mamelucos a Inglaterra. Los egipcios salen vencedores en primera instancia gracias a su ingenio y su industria, por lo que los caldeos buscaron el auxilio de los mamelucos y de las divinidades Neptuno, Eolo y Marte, logrando salir victoriosos en un segundo encuentro. El escenario inicialmente propuesto para esta épica confrontación está trufado de reminiscencias mitológicos, como es la roca del monte Casio —donde combatieron de Zeus y Tifón— y ciudad de Rinocolure.

Aspectos literarios al margen, el inconcebible plan militar invoca la defensa de la religión como principio superior y recurre al argumento de la «guerra civilizada», muy en la línea del pensamiento ilustrado, que propone se hayan de provocar los menores daños y destrozos posibles, incluso al enemigo.

El irlandés explica al ciego vendedor de La Gaceta que los egipcios trataron de conquistar la roca en que se encontraba su dios hasta tres veces, relato concordante con los asedios hispanos a Gibraltar en el siglo XVIII. Y continúa señalando que, como ocurriera en tales asedios, fueron siempre vencidos por los defensores. Aunque es de señalar que el tercero de los sitios se encontraba en vigor en 1780, fecha del manuscrito que analizamos, y aún estaba por ver su resolución, lo que no habría de ocurrir hasta 1783. Pero ya entonces era asunto de consenso general la favorable fortuna que la meteorología solía deparar a los ingleses defensores de Gibraltar. El texto lo recoge en el pasaje que explica que «Neptuno les defendía levantando fuertes borrascas de qualesquiera invasion que intentasen los Egipcios por el Agua» y lo reitera más adelante cuando, al aludir a las frecuentes tempestades que azotan el Estrecho, que «assi parece las trahen consigo para soltarlas al tiempo oportuno».

Todos estos prolegómenos conducen a la aparición en escena de un nuevo personaje, Amor o Cupido, que, empuñando un rayo, conducirá al aspecto más práctico del proyecto. Así, y bajo el lema de «Todo lo venze el Amor», Cupido «haze producir una gran roca con la qual los divide [los dos mares] cerrando el paso», por lo que Neptuno, «deponiendo su tridente puesto de rodillas, adora con reverente obsequio su omnipotente Deidad (Aguas, 1780: 19)».

La traducción o concreción del relato litológico en el proyecto de ataque al Peñón de Juan de Aguas consiste en la idea de unir con un espigón Punta Europa de Gibraltar con territorio español del otro lado de la bahía, espigón que habría de irse fundando en sus profundidades. Así de simple.

La controversia hasta entonces mantenida por el ciego frente al irlandés se torna explicación detallada cuando aparecen en escena los sacerdotes, que personifican en esta dramatización al deseado interlocutor, el Príncipe de Asturias. No obstante, el afán de didactismo del vendedor de La Gaceta habrá de resultar siempre inverosímil dada la hipótesis planteada de erigir una muralla que atravesase la bahía de Algeciras.

En el descabellado plan, la construcción de la nueva muralla debía extenderse desde el lado sur de la punta de San García hasta punta Europa, en el extremo meridional del Peñón. Apenas si se contemplan los insuperables obstáculos naturales de tal entelequia, tanto geológicos como batimétricos, el régimen de mareas, los vientos y corrientes dominantes, etc., como tampoco se toma en seria consideración la acción de los defensores de Gibraltar. Este aspecto no es el de menor importancia, sin duda, en una plaza tan poderosamente artillada como la que nos ocupa. Para el autor, el problema quedaría solventado tan pronto el progreso en la construcción del espigón lo acercase lo suficiente al Peñón para quedar desenfilado de sus cañones. Concibe a la artillería enemiga como una realidad estática, incapaz de reubicarse en función de la procedencia de la amenaza. Este dique es citado como el «mausoleo».

El plan diseñado por Juan de Aguas es una mezcla, sin duda atractiva, de voluntariosa ingenuidad, peligroso desconocimiento del ámbito geográfico en el que propone aplicarlo y ocurrencia delirante. Pero si inverosímil resulta el diseño, más alarmante debe parecer el que existiese verdadera voluntad de llevarlo a cabo. Y muy especialmente ante su propio reconocimiento de la falta de información sobre la batimetría de la bahía. Así señala el autor que «Quanto a la profundidad no puedo saver qual es, esto lo sabran los inteligentes».

Desechado ese dato, a su juicio por irrelevante, De Aguas plantea una alternativa en el esquema táctico a emplear para la toma de Gibraltar. Frente al asedio y bombardeo por el istmo, propone, en el lenguaje metafórico de todo el escrito, que se construya una fortaleza que se enfrente a la del Peñón. Y, siendo insuficiente la línea de contravalación existente sobre suelo español, la nueva fortificación habría de coronar una montaña erigida sobre el fondo de la bahía mediante el uso de los materiales usuales en la fabricación de trincheras y paralelas de asedio, es decir, piedras, fajinas o haces de varas, barcas, cestones rellenos de tierra y estacas. Con esta obra demencial, los británicos dejarían de ser suministrados por su marina de guerra y, a la postre, habrían de rendirse ante la falta de provisiones.

La técnica constructiva quedaba igualmente abierta. Podía construirse «de argamasa y piedras haciendo estacadas o cajas que sirviesen de molde para ir haciendo a trozos la muralla o hacer esta sobre barcos». Por tanto, las opciones eran la obra de mampostería o el hormigón en encofrados, cualquiera de las habituales, con la excepción de la cantería.

El proyecto de Juan de Aguas se conserva en el Museo Naval acompañado de tres hojas ilustradas, identificadas como planes 1º, 2º y 3º. Acompañamos estas líneas con la figura 4 del Plan 2º, la más significativa de todas ellas.

Esta es una imagen que interpreta otra muy difundida de título Perspectiva y plaza de Gibraltar vista por el occidente (Fernández de Ruiloba, 1770, citado en Sáez, 2007a), El autor de esta perspectiva es Vicente Fernández de Ruiloba, cadete del Regimiento Fijo de Ceuta, quien entre los asedios segundo y tercero del Peñón en el siglo XVIII describió de manera detallada la bahía, distinguiendo embarcaciones, campamento de asedio y la ciudad y defensas de Gibraltar.

La referida figura 4 del Plan 2º simplifica exageradamente el grabado en el que se inspira, reproduciendo únicamente el Peñón, la Isla Verde, las puntas de San García y Carnero y los montes Hacho y Atlas, además de la Línea de Contravalación y el Fuerte de Punta Mala. Lo más significativo de ella es un espigón fortificado que arranca de los acantilados de Punta Europa y atraviesa la bahía hasta las inmediaciones de la Punta de San García, quedando en este extremo un canal navegable. Esta estructura consiste en un espigón longitudinal con tres fuertes o baluartes poligonales, los cuales cuentan con muros en talud y caballeros centrales. El más cercano a Punta Europa dispone, además, de un cerramiento fortificado en punta de flecha orientado hacia el Peñón.

La propuesta de ejecución de tan descabellado plan contemplaba que se acampasen tropas de manera permanente en la zona, en vez de en otros lugares del reino, y que empleasen su tiempo en ir rellenando la bahía con los materiales ya señalados. Se trataba de aplicar la teoría económica que postula el aprovechamiento de los salarios que han de abonarse a tropas que, en otras circunstancias, permanecerían inactivas en sus guarniciones.

La propuesta de Juan de Aguas nunca llegó a considerarse en firme, ni mucho menos fue llevada a cabo. Pero unos años después, en el contexto de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, España y Gran Bretaña volvieron a enfrentarse. Lucharon en Norteamérica, en las Baleares y en Gibraltar, siendo la victoria para España en todos los frentes salvo en el Estrecho. Entonces, durante el conocido como Gran Asedio de Gibraltar, otro arribista, aunque de origen francés, vio su propuesta favorecida y puesta en práctica. El autor fue el conocido Jean-Claude-Éléonore Michaud d’Arçon, diseñador de las baterías flotantes que fracasaron ante las defensas del Peñón en septiembre de 1782. Su propuesta era aparentemente menos disparatada que la comentada en estas páginas, por lo que encontró oídos favorables en la corte de Carlos III ante la desesperante situación de estancamiento de las operaciones de asedio iniciadas en 1779. Su puesta en práctica causó la muerte de un millar de combatientes españoles y la consagración de la plaza como una fortaleza inexpugnable.

Para saber más 

Aguas, J. (1780). Plan para la conquista de Gibraltar con tres planos. Museo Naval, Ms. 549, Doctº 1º.

Pardo González, J. C. (2001). «Máquinas infernales para la conquista de Gibraltar». Almoraima,  25.

Sáez Rodríguez, A. J. (2003): «El genio ilustrado al servicio de Palas. Los asedios a Gibraltar en el siglo XVIII», Actas de las XI Jornadas Nacionales de Historia Militar (Sevilla-2002), Milicia y Sociedad Ilustrada en España y América (1750-1800), Cátedra General Castaños, Región Militar Sur, Madrid.

Sáez Rodríguez, A. J. (2007a): La montaña inexpugnable, Seis siglos de fortificaciones en Gibraltar (XII-XVIII), IECG, Algeciras.

Sáez Rodríguez A. J. (2007b): Las defensas de Gibraltar (siglos XII-XVIII), Editorial Sarriá, Málaga.

Sáez Rodríguez, A. J. (2003): «La más fantástica quimera que los tiempos hayan visto para recuperar Gibraltar. Una idea de 1780 para cerrar la bahía de Algeciras», XII Jornadas de Historia del Campo de Gibraltar (Tarifa-2014), Almoraima, Vol. 46 (en prensa). Algeciras.

Acerca del autor

Ángel J. Sáez Rodríguez

Ángel J. Sáez Rodríguez

Doctor en Historia. Director del Instituto de Estudios Campogibraltareños. Director de 'Almoraima. Revista de estudios campogibraltareños'.

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