Opinión

El cierre. Muerte e historia

Publicado en el número 5 de Descubrir la Historia (abril de 2016).

Hay algunos cuadros que me estremecen. No me refiero, en este caso, a su belleza o a otras características propias de las obras de arte, sino al testimonio que ofrecen de la Historia. Por ejemplo, la portada de este número de Descubrir la Historia es un detalle del cuadro de Gisbert que muestra los fusilamientos a Torrijos y sus compañeros liberales que trataron de regresar a España desde Gibraltar con el fin de pronunciarse contra el Antiguo Régimen. Al observarlo, uno es capaz de sentirse reflejado en ellos, al borde de la muerte, siendo testigos de su propio destino en los cuerpos inertes de quienes ya han pasado por los cañones del pelotón.

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Ejecución de los comuneros de Castilla, por Antonio Gisbert Pérez (Wikimedia).

La misma sensación se tiene al ver los cuadros de Goya que magistralmente nos enseñan los fusilamientos del 3 de mayo en Madrid o, volviendo a Gisbert, su obra sobre la ejecución de los comuneros de Castilla a principios del siglo XVI. En esa obra, al igual que en la que este pintor hizo sobre Torrijos, la actitud de los comuneros que van a ser ejecutados es de completa serenidad. Diría que, incluso, impasibilidad ante el cruel destino al que van a ser sometidos. Entonces podemos pensar: ¿cómo me enfrentaría yo a esa situación si fuera su protagonista?

No sé si el lector puede sentirse identificado con estos pensamientos, pero me asaltan de manera frecuente cuando contemplo este tipo de obras de arte. Tanto en las que aquí he mencionado como en muchas otras en las que la muerte es el tema central. También recuerdo, justo ahora, el cuadro de Juan de Valdés Leal, pintado a finales del siglo XVII, In ictu oculi, en el que se representa cómo la muerte llega a todos por igual, ricos y pobres, religiosos y laicos. Aunque no sería justo decir que la muerte es igual ante todos, ya que se puede morir en condiciones muy diferentes, sí es cierto que a todos nos llega, algo reflejado de manera sublime, y también oscura, en esta obra. Y sucede, muchas veces, en un abrir y cerrar de ojos, como dicen las letras en latín sobre la vela que apaga el esqueleto que personifica a la muerte.

Eso es algo que compartimos con los antepasados contemporáneos de Juan de Valdés Leal. Hoy en día es muerte repentina viene por accidentes de tráfico, ataques cardiovasculares u otro tipo de circunstancias, pero también por las guerras que arrasan diferentes lugares del mundo, como Siria, donde las muertes provocadas son todavía más injustas que las de la peste, por la ausencia de causas naturales o biológicas en ellas.

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In ictu oculi, por Juan de Valdés Leal (Wikimedia).

La mano del ser humano —quizá aquí lo correcto sería decir hombre, puesto que la exclusión de la mujer en la vida política también podría eximirla de su responsabilidad en esto— ha causado multitud de desgracias, y muchas veces por razones tan disparatadas como justificadas por los gobernantes, ya fuera por razones religiosas como por el tan valorado honor. Dice Yuval Harari en su libro De animales a dioses que la religión fue uno de los principales elementos que permitieron la cohesión de las sociedades primigenias y que favorecieron la existencia de la civilización. Explica, de este modo, las creencias en lo sobrenatural como algo necesario e inherente a nuestra propia condición humana y a nuestra capacidad intelectual, que nos permite creer en cosas que no vemos ni podemos demostrar y, al mismo tiempo, emplearlo como argamasa social.

Este razonamiento sociológico me hace pensar en los rostros de las personas de los cuadros de Gisbert, imperturbables ante la muerte. ¿Qué podía llevarles a tener esa serenidad? Quizá fuera la conciencia tranquila por haber actuado de acuerdo a sus propios valores e, incluso, que esto fuera acompañado por el convencimiento de que su actuación les llevaría a reencontrarse con Dios tras el final desenlace. Pero, ¿podrían pensar lo mismo aquellos que fueron condenados a muerte por la Santa Inquisición?

El estudio de la Historia se debe hacer poniendo cada cosa en su contexto. Es decir, no juzgar el pasado desde la visión del presente. Pero sí deberíamos obtener herramientas que nos permitan mejorar nuestro presente, y esa es una de las muchas utilidades de la Historia. De forma que, como dice Nacho Ares, hay que potenciar la Historia como una asignatura en los centros de enseñanza que tenga una entidad propia, y no quede relegada a un segundo plano. El olvido del pasado nos puede hacer caer en la misma piedra varias veces, y eso tiene consecuencias terribles. No se puede levantar la mano y decir «¡Basta!» para poner fin a una guerra o a una situación dolorosa. Pero quizá deberíamos pensar en ello y encontrar en la Historia paralelismos con nuestra actualidad, que nos permitan tener una mayor empatía con el sufrimiento ajeno.

Acerca del autor

Álvaro López Franco

Director de Descubrir la Historia. Periodista. Doctorando en la Universidad de Málaga. Investigo sobre Historia de la Comunicación Social e Historia Contemporánea.

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