Portada de El Fuerismo Progresivo de Francisco Gáscue.

Remedios para un Estado enfermo

Las propuestas de Francisco Gáscue Murga, si bien no tuvieron demasiado éxito, dibujaban un contexto político y económico realmente interesante y que, por tanto, merece ser subrayado.

Publicado en el número 4 de Descubrir la Historia (enero de 2016).

«Trabajen con fe, repito, los jóvenes que me escuchan para satisfacción de sí mismos, para el bien de nuestra Euskaria y como contribución debida al progreso de la humanidad entera, en el que forzosamente ha de entrar España, si no quiere deliberadamente perecer» (Francisco Gáscue).

Estas palabras bien podrían referirse a la situación española actual, pero salvando los posibles paralelismos, corresponden a unas coordenadas políticas muy diferentes. En concreto, debemos situarnos en los primeros años del siglo XX, momento en el que los movimientos regionalistas adquieren una importancia notable, no sólo ya desde un punto de vista cultural, sino también político. Lejos de tratarse de una casualidad, los movimientos regionalistas evidenciaban una severa «crisis nacional», simbolizada por el Desastre de 1898, constituyendo un claro síntoma de agotamiento del modelo de Estado.

Movidos por la preocupación que les infundía esta situación, intelectuales y políticos de ideologías y procedencias distintas elaboraron sus propias teorías sobre la crisis y, de acuerdo con ellas, defendieron sus propias soluciones para la misma. Al margen de los diagnósticos y recetas que se proclamaron desde Madrid o Cataluña, en nuestro caso nos centraremos en un caso muy particular, el del ingeniero donostiarra Francisco Gáscue Murga (1848-1920). Y es que creemos que sus propuestas, si bien no tuvieron demasiado éxito, dibujaban un contexto político y económico realmente interesante y que, por tanto, merece ser subrayado.

Nacido en San Sebastián en 1848, Gáscue corresponde fielmente a ese modelo tan típicamente decimonónico del zoon politikón descrito por Aristóteles. No sólo destacó por su trabajo como ingeniero de minas —principalmente, dirigió prospecciones de azogue en Asturias, donde también impartió clases en la Escuela de Minas en Mieres—, sino que fue un importante estudioso de la cultura vasca —dan buena muestra de ello sus numerosos estudios sobre la música tradicional y la ópera vasca, así como varias críticas musicales— y una figura clave del panorama político guipuzcoano de la Restauración —diputado provincial en varias ocasiones y uno de los principales negociadores de la reforma del Concierto Económico de 1906—. Sus vínculos profesionales con el resto del Estado —a su regreso a San Sebastián, fue nombrado presidente de la dependencia de la Real Compañía Asturiana de Minas, cargo que ocupó durante veinte años— tuvieron un claro reflejo en su ideología política. Gáscue, pese a ser un ardiente vasquista, era republicano federalista, o como él mismo escribía: «soy un acérrimo fuerista de la izquierda». Su visión de las relaciones entre el País Vasco y España puede resumirse en la cita que abre este artículo, aunque sin duda se completa en sus obras más destacadas, a saber: El bizcaitarrismo (1904), Libertad y Fueros (1909) y, especialmente, El fuerismo histórico y el fuerismo progresivo (1909).

Tal como se demuestra en estos trabajos, Gáscue fue un firme defensor de los fueros vascos; en concreto, de lo que él denominaba el «fuerismo progresivo»: una autonomía radical para las provincias vascas dentro de un Estado español federal no centralista. Defendía Gáscue que los fueros no atacaban la unidad del Estado, sino que constituían la pieza fundamental para la correcta relación entre éste y las provincias vascas. El «fuerismo progresivo» de Gáscue, por tanto, no era tanto un sistema político basado en los antiguos fueros (abolidos en 1876), sino en el nuevo que se había venido articulando a partir del régimen de los Conciertos Económicos aprobado en 1878. La diferencia es significativa, pues dibuja una clara línea divisoria entre el fuerismo intransigente (cercano o parte del nacionalismo) y un fuerismo más moderado (igualmente vasquista, pero más realista o posibilista). Así, Gáscue, pese a creer firmemente en que la «existencia como pueblo» y la «personalidad» diferencial vasca estaban fuera de toda duda, no comulgaba con el incipiente nacionalismo vasco. Y es que, a diferencia de éstos, Gáscue no era separatista. Si bien es verdad que uno y otros coincidían en varios aspectos —defensa y promoción de la cultura vasca, por ejemplo—, sus posiciones respecto a la religión y a las relaciones con el Estado estaban lejos de reconciliarse.

Francisco Gáscue.

Hombre pragmático y de convicciones progresistas, Gáscue era un convencido demócrata y republicano, pero, sobre todo, un firme laicista. No es de extrañar entonces que el choque con el nacionalismo vasco, profundamente católico, fuese inevitable. Sirva de ejemplo lo que escribía sobre la posibilidad de que el «bizcaitarrismo» (nacionalismo vizcaíno-vasco, de corte aranista) consiguiera su anhelado objetivo: la independencia.

«La vida de los que tenemos conciencia de nuestra personalidad, se haría prácticamente imposible. No podríamos resistir a la tiranía que habría de extenderse poco a poco a todos los actos de la vida pública y privada, ni podríamos soportar una existencia casi claustral y desprovista de todos los goces morales de la inteligencia plena y activa» (Gáscue).

Las palabras de Gáscue poseen un cierto tono catastrófico, pero no debemos olvidar que muchos nacionalistas encontraban la justificación a sus aspiraciones religiosas (ortodoxia y rectitud católicas) en los fueros; los mismos fueros que Gáscue defendía a capa y espada, precisamente, por las garantías de libertad religiosa que proporcionaban. Así, unos años más tarde, en Libertad y Fueros, Gáscue hablaba de la «supremacía incuestionable del poder civil, del Estado sobre la Iglesia» que recogían los fueros. No se trataba de una cuestión menor: los fueros, para Gáscue, eran y debían ser ante todo fuente de libertad para los vascos y nunca una mera relación de leyes que la coartasen.

De todas maneras, las críticas más duras de Gáscue no siempre tenían como blanco a los nacionalistas de San Sebastián o Bilbao, ni siquiera a los de Barcelona, sino a los de Madrid. Tanto es así que veía el nacionalismo vasco no como una ideología sin fundamento, sino como una reacción comprensible al «sentimiento de desengaño, de desesperación, mejor dicho, a la política y al porvenir de España». El origen de los males no eran las teorías pseudocientíficas de Sabino Arana, sino el ambiente putrefacto de la política estatal dirigida desde Madrid. Con esta dureza se expresaba en El bizcaitarrismo:

«En todas las naciones del mundo civilizado, el hombre público que por ineptitud o por desgracia, presencia desde el poder un desastre como el sufrido por España, se retira a su casa, a lamentar su destino; tiene el pudor de no dejarse ver del público. Aquí, por el contrario, siguen turnando tan frescos y tranquilos al lado de la gran olla nacional, aquellos mismos hombres que conocidamente perturbaron y degradaron la administración de nuestras colonias, aquellos mismos que prepararon el desastre».

La corrupción se había implantado fuertemente en el aparato estatal, por lo que el mal no era coyuntural, sino estructural. La tarea de limpiar el sistema pasaba por rediseñarlo entero: era necesario plantear un nuevo modelo de Estado.

Frecuentemente encontramos en los escritos de Gáscue referencias a otros estados europeos como, por ejemplo, Suiza. La elección no es fruto de ninguna casualidad: el país alpino sirve como modelo en el que basar el ideal del nuevo estado español. Un ideal que coincide perfectamente con su «fuerismo progresivo»: un estado descentralizado y en el que las grandes naciones que la conforman, desde Cataluña hasta el País Vasco, disfrutarían de una amplia autonomía política y económica. Los detalles sobre las competencias y poderes que competerían a cada órgano institucional alargarían demasiado el presente artículo, por lo que nos limitaremos a reproducir unas pocas palabras del propio Gáscue que, a grandes rasgos, ayudan a comprender su visión:

«No, no es necesaria la unidad y uniformidad en todo el territorio de un Estado para que sea éste fuerte financiera y militarmente. Cabe la autonomía de los elementos componentes del Estado total y cabe la fuerza que nace de la unión libre y, por tanto, más activa y enérgica, de sus elementos».

Dicho de otra manera, este modelo no debilitaría de ningún modo la integridad estatal, sino todo lo contrario: lo reforzaría.

No obstante, sus ideas no tuvieron demasiado eco. La gradual, pero imparable, expansión del nacionalismo vasco demuestra que la descentralización estatal en favor de un mayor autonomismo de las regiones no sólo no se efectuó, sino que fue resultado de una fuerte intensificación de las políticas centralistas y nacionalistas españolas (sin olvidar el auge del socialismo). El mismo Gáscue se quejaba amargamente: «No se quiere que existan ciudadanos libres, dignos, convencidos de su personalidad. Se quieren esclavos del poder central…y así anda ello por ahí». Su tono indignado, lejos de decaer, se enfatiza conforme avanzamos la lectura del texto, pues no entendía cómo un gobierno central que se proponía combatir los separatismos no hacía sino avivar más el fuego con su obcecada política centralizadora: «¿Se quieren combatir las ideas morbosas del separatismo? Pues dese satisfacción a las ideas de autonomía del regionalismo razonado y templado. Es el único camino».

Francisco Gáscue es un personaje de notable interés dentro del movimiento vasquista, tanto desde su vertiente cultural como política. El estudio de su figura no sólo debe calibrarse por sus ideas, sino en especial por lo que representa. Es decir, que el vasquismo, fuese cultural o político, lo conformaban una amplia amalgama de sensibilidades políticas y no necesariamente de manera exclusiva los nacionalistas separatistas. Como muchos otros, su vasquismo fue puro y vocacional – algo que los propios nacionalistas supieron reconocer, como recoge Aizpuru. Sin embargo, sería un grave error decir que defendía la independencia de las provincias vascas. Al menos, no de la misma forma como la entendían los nacionalistas.

La realidad es tozuda y sobra decir que los caminos políticos de aquella España no siguieron la dirección que ideó Gáscue. El objetivo de este artículo no es otro que recuperar la voz de un ingeniero, político e intelectual donostiarra que «acogió su tiempo tal como éste quiso». De hecho, ni siquiera pudo elegir su tierra o su cultura; lo que tampoco fue óbice para que no los amara hasta el día de su muerte en 1920. Sus estudios sobre la música tradicional y, en especial, de la ópera vasca constituyen la mejor prueba de ello. Y así, lo mismo podríamos decir de su contexto político, el cual tampoco pudo escoger y que le disgustaba, pero que intentó cambiar de acuerdo a sus principios. Unos principios que, exitosos o no, han podido llegar hasta nosotros, aunque sea en forma de polvorientos y ajados cuadernillos guardados en algún cajón de la biblioteca de una pequeña, pero bella, ciudad de provincias.

Para saber más

Aizpuru, Mikel (2000). El Partido Nacionalista Vasco en Guipúzcoa (1893-1923): orígenes, organización y actuación política. Bilbao: Universidad del País Vasco.

Gáscue, Francisco (1904). El bizcaitarrismo. San Sebastián: Imprenta y Encuadernación de Francisco Jornet.

Gáscue, Francisco (1909). El fuerismo histórico y el fuerismo progresivo. San Sebastián: Establecimiento tipográfico de La voz de Guipúzcoa.

Gáscue, Francisco (1909). Libertad y Fueros. San Sebastián: Imprenta y Encuadernación de La voz de Guipúzcoa.

Escrito por
Asier Odriozola Otamendi

Historiador. Graduado en Humanidades por la Universidad de Deusto (Bilbao) y Máster en Historia del Mundo por la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona). Actualmente curso el Doctorado en Humanidades en la misma universidad.

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