Entrevistas

Laia San José Beltrán: «La divulgación no es una historia de segunda categoría»

Publicado en el número 4 de Descubrir la Historia (enero de 2016).

No fue muy difícil asimilar la figura del periodista 2.0, ese que hacía un uso intensivo de la tecnología, internet y las redes sociales no sólo como complemento, sino como parte fundamental de su trabajo. Sin embargo, esta transición no se ha visto tan clara en los historiadores, que todavía continúan demostrando que a través de diferentes plataformas y cursos que las humanidades también se pueden desarrollar y evolucionar en el ámbito digital. En los círculos especializados, decir esto es como redescubrir la rueda, pero el aislamiento que, en muchas ocasiones, han vivido las humanidades ha hecho que el proceso de apertura se produjera de manera más lenta que en el caso del periodismo.

Laia San José Beltrán es un ejemplo de integración de la vieja escuela y la nueva, por llamarlo de alguna forma, aunando lo mejor de ambos. Así es, precisamente, como debe ser: no por emplear tecnologías de la información que permiten que los procesos de publicación sean muy rápidos debemos ser imprecisos, y tampoco podemos olvidarnos de los métodos de trabajo que hacen que los historiadores merezcan ser llamados así. Hemos podido conversar con ella y extraer conclusiones muy interesantes sobre esta profesión, su presente y su futuro.

Pregunta. ¿Cuándo y por qué nació su interés por la historia?

Respuesta. Decidí que quería ser historiadora en el instituto, en primero de bachillerato, con unos 16 años. Mientras que mucha gente ve la historia como algo aburrido, como un cúmulo de fechas y nombres que memorizar y vomitar en un examen, yo siempre la he visto de una forma diferente, como una narración que cuenta lo que somos y nos hace entender por qué estamos donde estamos. Es posible que suene pedante o pretencioso, pero veo la historia como una parte indesligable de mí misma y de lo que soy. No me imagino siendo otra cosa, adoro mi profesión por encima de cualquier cosa. Me encanta lo que hago y creo que eso se nota en los resultados.

P. Y, de manera concreta, ¿cómo se interesó por los vikingos?

R. En la universidad me centré especialmente en asignaturas relacionadas con la Historia Medieval y la Historia Moderna, por lo que estrictamente podría decirse que soy modernista. Sin embargo, la historia de Escandinavia en periodo vikingo me fascina y, una vez terminé mis estudios —en los que no cursé ninguna asignatura sobre el tema porque no existían— decidí ponerme a investigar por mi cuenta. Fue entonces cuando nació el blog The Valkyrie’s Vigil y, poco después, vinieron las redes y comenzó todo el proyecto, en el verano de 2013.

P. ¿Tenemos, generalmente, una visión distorsionada de los vikingos?

R. En general, la imagen que tiene cualquier persona que no ha estudiado nada sobre los vikingos – o que no se ha acercado a ellos de forma histórica – es un cúmulo de distorsiones. Casi me atrevería a decir que los vikingos son una de las sociedades históricas más maltratadas en el sentido de la realidad histórica y cuya imagen en el ideario colectivo más se ha ido a alejando de la realidad.

P. ¿Cuáles cree que son los tópicos más incorrectos en torno a ellos?

R. Son muchos, pero podríamos decir que los más típicos son el archiconocido casco con cuernos, que es falso, que los vikingos bebiesen en los cráneos de sus enemigos también es tremendamente falso también. Uno de los mitos más injustos que se han volcado sobre ellos es probablemente el de que fuesen una sociedad bárbara, salvaje, sin conocimiento alguno. Los vikingos eran una sociedad práctica y pragmática, eso es innegable, no obstante, eran una sociedad rica en valores sociales y éticos, una sociedad que, para la época, respetaba a las mujeres mucho más que, por ejemplo, sus contemporáneos cristianos. Formaban una sociedad que poseía amplios conocimientos navales, para navegar y para construir impresionantes embarcaciones de comercio y de guerra; pero también eran una sociedad con una poesía fina y elaborada: la poesía escáldica. Que los vikingos no escribiesen apenas nada y fuesen prácticamente ágrafos no quiere decir que no tuviesen una forma de transmitir sus conocimientos y su historia rica y sublime. ¿Más mitos? No eran los Ángeles del Infierno versión medieval, no eran los Sons of Anarchy de su época. Sabemos que eran limpios, para la época también, que se arreglaban y estaban pendientes de su imagen, tanto hombres como mujeres. Les gustaban las prendas de colores llamativos como el amarillo o el azul, decoraban sus ropas profusamente, poseían grandes cantidades de joyas y abalorios que denotaban estatus y poder, y también abrillantaban la ropa. De hecho, como dato curioso podríamos señalar que en algunos yacimientos el objeto que se ha hallado en mayor número han sido peines.

P. ¿A qué podría deberse esto?

R. La historia los ha hecho pasar como los enemigos del momento, como lo más malo de la Europa del momento, pero, sin ánimo de justificar —en historia no se justifica o se deja de hacerlo, se cuentan las cosas sin más— no deberíamos perder jamás de vista el hecho de que los vikingos no dejaron nada escrito salvo sus inscripciones rúnicas, por lo que todo lo que conservamos de ellos que nos permite conocerlos procede de aquellas sociedades que lucharon contra ellos y que los tuvieron como enemigos. Luego, es lógico que aparezcan como los antagonistas de su historia y que, como sucede en muchísimas historias, se hayan engrosado y exagerado sus hazañas para hacerlo todo más épico.

Portada del libro Vikingos. Una guía histórica de la serie de History Channel.

P. ¿Cómo valora la existencia de series televisivas de alta audiencia y la producción cinematográfica sobre los vikingos en su relación con la imagen que nos proporcionan de ellos?

R. Para mí son algo positivo, pero matizable. Las series históricas o con trama histórica no deben ser vistas o entendidas como un método infalible de aprender historia, deben ser una herramienta para que los espectadores se interesen por la materia y, a partir de ahí, busquen formas para aprenderla. No deberíamos mezclar ni confundir eso. Una serie es una serie y, como tal, tiene unos objetivos concretos que se basan, principalmente, en la audiencia y en los beneficios y no deberíamos jamás perder de vista eso. Por ello, por exigencias del guión, de audiencia, de metraje, de adaptación, etcétera, las series históricas tienen fallos, licencias y otros errores que a los historiadores nos pueden hacer llevarnos las manos a la cabeza. Es bueno que existan, porque para muchos espectadores este tipo de series pueden convertirse en el primer acercamiento a un tema histórico que, de otro modo, jamás llegarían a conocer. No obstante, el espectador no debería creer que todo lo que aparece en ellas es historia cien por cien real, sino que, si siente atracción por el tema que se está tratando y desea conocerlo en profundidad, lo que debería hacer es acercarse a él a través de otros medios, como la bibliografía o las webs especializadas. 

P. Su caso es un claro ejemplo de especialización en un área temática concreta, lo que la convierte en una de las expertas en el mundo vikingo más reconocidas en el ámbito de la divulgación española. ¿Cree que una especialización tan específica tiene más ventajas o inconvenientes?

R. Como en todo, es posible encontrar ventajas e inconvenientes. No obstante, la mayoría de los historiadores son especialistas en temas muy concretos puesto que la formación académica así lo acaba exigiendo: trabajos de fin de carrera, trabajos de fin de máster o posgrado, doctorados, etcétera. La excesiva especialización, bajo mi punto de vista, no es un obstáculo. Es en la mayoría de casos una virtud, ya que asegura que aquella persona que nos está trasmitiendo esa parte de la historia posee un conocimiento de la misma detallado y exhaustivo, documentado, investigado y trabajado. Un conocimiento amplísimo sobre un tema concreto que nos asegura la calidad del mensaje y el discurso. Por otro lado, no deberíamos perder de vista que resulta innegable que un buen historiador debe poseer conocimientos históricos generales y de otros muchos temas al margen de su propia especialidad. Por poner un símil, un buen especialista médico deberá tener conocimientos de medicina general para poder desarrollar su trabajo de forma eficiente. En el caso de los historiadores, éstos deben ser iguales. Los historiadores debemos ser capaces de insertar nuestro tema de especialidad dentro de un contexto mucho más genérico para poder comprenderlo, compararlo y estudiarlo mejor. La historia no son hechos, fechas, personajes o sociedades aisladas, sino una sucesión y un compendio de todo ello y es imprescindible conocer la generalidad para poder investigar y dedicarse a la particularidad.

P. Si me lo permite, considero que usted forma parte de un movimiento de jóvenes historiadores, con un elevado nivel de formación, y que trabaja de una manera diferente a las generaciones precedentes, por un uso cotidiano de las redes sociales, especialización temática e internet como plataforma principal de publicación. ¿Siente que con esta generación se está inaugurando, en España, un nuevo perfil de historiador que es a la vez divulgador e investigador?

R. No sólo lo siento, sino que espero que sea una constante y se convierta en la tónica. En los últimos años han aparecido lo que conocemos como redes sociales y han evolucionado las tecnologías. En nuestra vida han entrado elementos como internet, el ordenador personal, tabletas, teléfonos inteligentes y plataformas web como WordPress o Blogger, por poner sólo algunos de los ejemplos más conocidos. Sumado a la titulación universitaria, ello hace que aparezca la figura —creo yo— del Historiador 2.0. Los historiadores tenemos hoy en día muchos más medios a nuestro alcance disponibles a la hora de investigar como acceso a bases de datos de bibliografía y otros muchos temas, a documentos digitalizados que nos permiten no sólo trabajarlos sino hacerlo desde casa o desde donde queramos sin tener que desplazarnos en muchos casos a los archivos de origen. También acceso a monografías y artículos en formato digital o webs especializadas. En definitiva, disponemos de todo tipo de recursos web que nos facilitan y agilizan la formación y nos proporcionan una cantidad de conocimiento muchísimo mayor que el que tenía a su alcance un historiador décadas atrás.

P. ¿Cómo incide todo esto en la difusión de los trabajos?

R. Los historiadores tenemos la posibilidad de llegar a un público mucho más amplio y variado haciendo uso de todas esas plataformas. Hasta hace poco las investigaciones que se realizaban sólo tenían una vía de difusión: la publicación física y «oficial» de monografías, artículos para publicaciones periódicas, actas de congreso y todo ello siempre que alguien considerase que nuestro trabajo era merecedor de ser publicado. Ello suponía que muchísimos investigadores —por muy buenas, documentadas y trabajadas que estuviesen y fuesen sus pesquisas— jamás pudiesen optar a difundir su trabajo si no era autogestionado, y eso era tremendamente caro. Hoy en día —sin despreciar ni por asomo las publicaciones oficiales que, de hecho, son el escalón más alto para cualquier investigador— podemos difundir nuestro trabajo a través de plataformas sencillas, gratuitas y de gran alcance, cosa que nos permite darnos a conocer y exponer nuestra forma de trabajo.

Portada del libro Quiénes fueron realmente los vikingos

P. ¿Considera que la divulgación es una salida laboral para los titulados en Historia?

R. No sólo considero que sea una salida profesional, considero que los historiadores deberían tenerla mucho más en cuenta de lo que la tienen en líneas generales, especialmente las generaciones más maduras del mundo de la academia. Como decía una historiadora a la que tuve el placer de conocer hace poco en unas charlas, los historiadores tal vez nos hayamos encerrado durante los últimos años en el ámbito académico y hemos descuidado el mundo de la divulgación. Es posible que nos hayamos centrado en las investigaciones académicas —indispensables puesto que constituyen el pilar fundamental del conocimiento histórico y su evolución y regeneración, pero enfocadas única y exclusivamente al público ducho— y hayamos descuidado el mundo de la divulgación y el gran público. Al final, todo el conocimiento histórico que se genera en el ámbito académico en muchas ocasiones no sale de éste, por lo que no llega al resto de la gente. Y eso es una pena porque, al fin y al cabo, la historia es de todos y para todos. Sin embargo, el público general no recurre a artículos especializados, no asiste a congresos o ponencias universitarias, no busca tesis doctorales y, si no tiene otro material de calidad a su alcance, acaba por abandonar el interés en la historia o consumiendo «historia basura». No es incompatible para un historiador dedicarse a la investigación y, además, dedicarse a la divulgación con la intención de que todo ese conocimiento valiosísimo que se genera en el mundo académico traspase esa frontera y llegue al resto del público de una forma distinta. Y es que la divulgación no es historia de «segunda categoría». Para mí el trabajo que implica escribir un artículo científico o uno de divulgación es el mismo: la documentación es la misma, el esfuerzo y el rigor. Lo que cambia es el público al que va dirigido, y esto se traduce en el registro en el que se redacta, el nivel de tecnicismos que se utilicen o el mensaje más o menos desarrollado que se esté dando. Públicos diferentes requieren formas diferentes, pero nunca un trato de inferioridad o una investigación de segunda categoría. Todo el mundo, independientemente de su conocimiento histórico previo, se merece el acceso a una historia actualizada, rigurosa, de calidad y contada por aquellos profesionales de la materia.

P. ¿Cree que ser titulado en Historia es un requisito indispensable para dedicarse a la divulgación de esta disciplina?

R. Es una pregunta complicada, pero para mí la respuesta es que sí. El paso por la universidad otorga al historiador una serie de conocimientos, métodos y técnicas de investigación, así como prácticas que no son asumibles de otro modo. Un historiador, un buen historiador, no sólo transmite conocimiento, no sólo comunica; investiga, contrasta y aplica un método y una técnica. La historia es una ciencia y, por ende, necesita unas pautas. Es una profesión y, por ende, necesita a profesionales para desarrollarla. Ser historiador no es «sólo» leer muchos libros —como me han llegado a decir—, es mucho más. Eso no implica que seamos infalibles, como no hay médicos infalibles, como no hay ingenieros que jamás se equivocan. Y, por supuesto, no todos los historiadores son buenos profesionales, como pasa en absolutamente todos los trabajos. No obstante, la formación, como en todas las carreras, es indispensable y totalmente necesaria. El paso por la universidad y todo el conocimiento adquirido así como la experiencia nos proporcionan unas pautas de trabajo para que el mensaje que transmitamos tenga unas garantías detrás. Y tenemos la obligación ética y profesional de que así sea.

P. ¿Qué opina de la divulgación pseudocientífica, es decir, aquellos espacios que se dedican a difundir una historia no comprobada ni estudiada, basada en algunos casos en la intervención de seres extraterrestres?

R. Al descuidar el mundo de la divulgación los historiadores hemos permitido, a la postre, que haya caído en manos muchas veces de aquellos que no conocen ni el método, ni la técnica, ni la profesión. Internet está plagado de blogs y páginas de dudosa calidad, de dudoso mensaje. Existen libros de divulgación histórica de igual modo de dudosa calidad.  Algunos —blogs, webs y autores— con un alcance a nivel de seguidores muy elevado. Considero que, si bien es muy lícito que cada uno divulgue lo que considere oportuno, no se le debería llamar historia o no se debería considerar como tal. El misterio atrae, ya lo hemos comprobado con programas de radio y televisión que se dedican a ello y que, en muchos casos, mezclan o desvían los hechos históricos hacia el mundo del misterio. Algunas veces de forma muy interesante, pues en la historia hay muchos episodios y personajes que encierran a su alrededor multitud de cuestiones por resolver, pero otras de forma distorsionada. Y es una pena, porque la historia es suficientemente interesante por sí misma, sin necesidad de rodearla de un halo misterioso, como si eso le diese un valor añadido. Si las hipótesis que se formulan en las investigaciones —por muy descabelladas que puedan parecernos o por muy poco de acuerdo que estemos con ellas— están apoyadas o descansan sobre investigaciones regladas y argumentos fundados, se puede debatir y contemplar. Sin embargo, en muchos casos esta línea de investigación no se sustenta en absolutamente ninguna prueba fehaciente o en estudios e investigaciones serias. El es que, cuando el mensaje es erróneo o de mala calidad y sucede en medio de un público especializado, éste alzará la voz y pedirá una corrección, o lo apuntará, o lo matizará. Sin embargo, cuando ello sucede de cara al público general, que no tiene por qué poseer esos conocimientos previos, éste no será consciente de que lo que se le está contando no es correcto, asimilará un mensaje erróneo y, en muchos casos, lo transmitirá.

P. ¿Cuáles son los retos de la divulgación actualmente en internet?

R. Principalmente el reto de conseguir una divulgación histórica, de calidad y científica que no deje de lado el componente divulgativo que la haga atractiva, amena, apetecible y asequible a todos los públicos, no sólo el académico. Internet es un arma de doble filo. Por una parte, internet ofrece la posibilidad de que el conocimiento se expanda y llegue a un público mucho más amplio de una forma más sencilla. Pero, por otra parte, permite compartir sin fin, sin control y sin regulación, algo que no sucede en el ámbito de historia académica, donde las publicaciones son regladas, revisadas y controladas; por ende, no todo lo que hay en la red es divulgación de calidad que cumpla con unos estándares o esté respaldado por la labor de la profesión del historiador.

P. ¿Cree que es posible alcanzar un equilibrio entre la cultura abierta y la rentabilidad económica?

R. En mi caso sí ha sido posible el equilibrio entre la cultura abierta y la rentabilidad económica. Aunque, en la mayoría de los casos, nos damos a conocer de forma gratuita, a través de ello podemos acceder u optar a trabajos remunerados. Por ejemplo, escribir artículos para revistas especializadas, escribir libros, dar conferencias, ser contratados para trabajos en los que podemos encajar como asesoría histórica, corrección de textos históricos o trabajos estables. Todos estos ejemplos son mi caso personal, todo lo expuesto es lo que he podido hacer y lo que he vivido en los últimos meses gracias a dedicarme a la investigación y publicar parte de ella en la red, divulgarla y difundirla. No considero que la cultura abierta sea gratis. Considero que la cultura abierta lo que puede proporcionar son rendimientos y rentabilidad a largo plazo. En el fondo, cuando yo investigo y decido publicarlo en mi blog lo que estoy haciendo es una inversión a medio o largo plazo, una inversión de futuro o de cara a un futuro rendimiento.

P. ¿Cuáles son sus ambiciones u objetivos profesionales?

R. No busco nada del otro mundo, pero parece ser que para ciertas profesiones lo que buscamos es utópico. Lo que me gustaría es poder seguir creciendo y evolucionando en la línea de lo que llevo haciendo estos dos últimos años: seguir investigando, seguir escribiendo en mis blogs de forma «gratuita», seguir escribiendo libros, dando charlas y conferencias, participando en actividades o recibiendo encargos de lo más variados. Y, por supuesto, seguir reivindicando el papel y la profesión del historiador, de la necesidad de los historiadores en el mundo de la divulgación histórica, seguir defendiendo la figura del historiador 2.0 y seguir rompiendo lanzas en favor de una divulgación histórica de calidad realizada por profesionales.

Acerca del autor

Álvaro López Franco

Director de Descubrir la Historia. Periodista. Doctorando en la Universidad de Málaga. Investigo sobre Historia de la Comunicación Social e Historia Contemporánea.

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