Divulgación

Japón 1853-1868. El ocaso del Shogun

Publicado en el número 4 de Descubrir la Historia (enero de 2016).

«Los barcos a vapor / rompen el descanso de los halcones / del pacífico; / con sólo cuatro barcos basta / para hacernos perder el sueño en las noches». En estos versos, provenientes de un poema japonés, se puede calibrar la conmoción que sintieron los habitantes de Uraga cuando, en los primeros días de julio de 1853, vieron dibujarse en el horizonte los cuatro barcos negros (bautizados así por su casco oscuro y por la negra humareda que despedían) que dirigía el comodoro estadounidense Mathew Calbraith Perry. En un país sometido durante más de dos siglos a un estricto aislamiento internacional, la llegada de foráneos debía representar un acontecimiento muy destacado.

Pintura japonesa que muestra los barcos negros del comodoro estadounidense Mathew Perry. 1854.

Lo que pocos podían imaginar es que aquella expedición sería el detonante que haría sucumbir en apenas quince años todo el entramado político del régimen Tokugawa, que había regido los destinos de Japón desde inicios del siglo XVII. En 1868, la revolución Meiji dio la estocada a un sistema cuyos cimientos se habían visto carcomidos en los últimos años por una nueva realidad: el contacto con el exterior.

¿Cómo pudieron aquellas cuatro naves socavar los cimientos de un régimen que se había mantenido en el poder durante cerca de 250 años? Lo cierto es que la llegada de Perry no fue un suceso del todo inesperado para los dirigentes japoneses. Desde inicios de 1840, cuando China fue escenario de la primera guerra del opio, que le enfrentó a Gran Bretaña, se intensificó el temor a que los países occidentales intentaran iniciar relaciones con Japón. Esta inquietud se vio reforzada por las cada vez más frecuentes incursiones de barcos extranjeros en aguas niponas y por las informaciones transmitidas por los comerciantes holandeses, los únicos a los que se les permitía por entonces mantener ciertas relaciones comerciales en territorio japonés, que aconsejaban a los gobernantes de Japón prepararse para estos contactos.

La misión estadounidense tenía unos objetivos a priori poco ambiciosos: apertura de determinados puertos a los barcos de EEUU, con fines de abastecimiento, y la posibilidad de contar con un representante diplomático en el país. Sin embargo, de aceptarse, estas concesiones supondrían el fin de la política del aislamiento. Los dirigentes japoneses estuvieron tentados de rechazar las peticiones norteamericanas. Pero la mera incursión de Perry en las aguas de Uraga había puesto de manifiesto la inutilidad de las defensas costeras niponas y la vulnerabilidad de su capital, Edo (la actual Tokio). Y China representaba un ejemplo muy cercano de los riesgos que encerraba el negarse a las peticiones occidentales. Cuando Perry regresa menos de un año después, Japón consiente a sus pretensiones, tratando de minimizar en la medida de lo posible su impacto. Mediante el tratado de Kanagawa, del 31 de marzo de 1854, se aprueba la apertura de dos puertos sin comunicación con el centro del país: Shimoda y Hakodate.

Saratoga. Uno de los cuatro barcos con los que Mathew Perry arribó a Uraga en 1853

Las sospechas de que aquella rendija sería aprovechada por las naciones extranjeras para ir aumentando su presencia en Japón se vieron pronto confirmadas. En 1855, Gran Bretaña y Rusia disfrutaban ya de concesiones similares a las de EE. UU. Y, mientras, el cónsul estadounidense Towsend Harris trabajaba en lograr del gobierno nipón la aprobación de un tratado comercial. Éste vería la luz el 29 de julio de 1858 y contemplaba la apertura inmediata de los puertos de Yokohama y Nagasaki, mientas que los puertos de Niigata, Kôbe, Edo y Osaka deberían abrirse progresivamente entre 1860 y 1863. Se establecía la extraterritorialidad, la fijación de derechos aduaneros a bajo nivel y el intercambio de funcionarios diplomáticos. Una vez más, los progresos de EEUU servirían de ejemplo a otras potencias occidentales, como Gran Bretaña, Rusia, Países Bajos y Francia, que lograrían acuerdos semejantes.

Conflictividad política

El establecimiento de relaciones comerciales con el exterior encontró una fuerte contestación social y fue motivo de una creciente conflictividad política. El sistema de gobierno de los Tokugawa hacía convivir tres esferas de poder. La autoridad central, que residía en la ciudad de Edo, estaba representada por el bakufu, órgano de gobierno de la dinastía en el poder, a cuyo frente destacaba la figura del shogun. En un nivel teórico semejante, pero en la práctica despojado de cualquier poder de decisión, se encontraba el emperador y su corte. Y, en el ámbito local, prevalecía la figura de los daimío, señores feudales que dominaban con notable autonomía sus territorios o han. Había unos 250, entre los que se encontraban varios de los rivales históricos de los Tokugawa, los tozama.

Cuando se inician las presiones desde el exterior, el bakufu recurre a la búsqueda de apoyo del resto de poderes. Ya en 1853, tras la primera visita de Perry se envían mensajes a todos los daimíos, en una clara llamada a la unidad. Pero lejos de eso, el rechazo a la presencia extranjera en Japón irá ganando en intensidad con el paso de los años y se manifestará por medio de atentados que tendrán como principales víctimas a comerciantes foráneos y, también, a miembros del bakufu, señalados por haber aceptado la apertura de Japón.

Distintos daimíos, entre los que destacaron los gobernantes de Chôshû y Satsuma, pertenecientes a familias rivales de los Tokugawa, acaudillaron estos movimientos de rechazo al extranjero. Las fuerzas militares de estos feudos protagonizan ataques contra embarcaciones extranjeras, que tuvieron cumplida respuesta por parte de las potencias occidentales. Estos movimientos de resistencia a la entrada de foráneos en Japón carcomían la autoridad del bakufu, que se veía obligado a transigir con las exigencias de las naciones occidentales por carecer de capacidad para oponerse a ellas. Además, el poder shogunal se verá también afectado por conflictos sucesorios que debilitarán aún más su posición.

En este escenario, otro actor principal, el emperador y su corte, inclinarán la balanza del lado de los rebeldes. En el verano de 1858, en plena batalla para la elección del shogun y con la resistencia xenófoba en ascenso, el bakufu busca el respaldo del emperador para firmar el tratado comercial con los Estados Unidos. Este gesto, que busca dotar de apoyo al gobierno nacional, resultará contraproducente, pues devuelve al emperador capacidad de decisión en materia política. Y el prestigio del emperador irá en aumento, a medida que el shogun busque su respaldo para hacer frente a la oposición creciente de los daimíos. El emperador aprovechará la coyuntura para desmarcarse del poder shogunal y alinearse con los movimientos opuestos a la presencia extranjera y críticos con la postura del bakufu. La expulsión de los extranjeros y la devolución del poder al emperador pasan a ser reclamos de un mismo movimiento.

Desequilibrios

Pero si esta oposición política tuvo éxito en su labor de desgaste del poder del shogun, se debió en gran medida a que el país enfrentaba por aquellos años una serie de desequilibrios sociales y económicos que se agravarían ante el contacto con el exterior. El Japón sobre el que la familia Tokugawa ejerce su dominio desde los inicios del siglo XVII presenta una estructura feudal muy marcada, próxima a la que caracterizó a la Europa medieval. Esta realidad implica, de forma necesaria, que era clasista, marcada por una variedad de valores y costumbres en las distintas clases sociales y una profunda división entre los estilos de vida noble y vulgar, así como entre el ambiente rural y el urbano. Este entramado descansaba, en buena medida, sobre un sistema espiritual en el que el confucianismo jugaba un papel muy relevante, como legitimador de una jerarquía natural de clases, en la que cada individuo debía ocupar el puesto que le correspondía.

Pero a lo largo de los dos siglos y medio de dominio Tokugawa, los distintos estamentos se vieron afectados por una serie de transformaciones que irían debilitando la estructura social. Un caso paradigmático es el de los samuráis, la tradicional clase guerrera japonesa. El largo periodo de paz que presidió la época de dominio Tokugawa desvirtuó sus funciones y obligó a buena parte de ellos a buscar acomodo en la administración civil. La imposibilidad de ésta para acoger a todos los samuráis provocaría que, desde mediados del siglo XVIII, fueran cada vez más frecuentes los casos de samuráis con dificultades para encontrar empleo.

Para los campesinos, base del sistema (el shogunato se mantenía en buena medida por los tributos que pagaba el campesinado, generalmente en forma de especie), también se trata de una época de cambios. Las aldeas ven surgir una creciente diversidad entre sus habitantes, ya que algunas familias aprovechan el periodo de expansión que vive la agricultura desde el siglo XVII para reforzar su primacía en el ámbito rural.

Imagen que evoca el deseo de expulsar a los extranjeros de Yokohama. 1861.

Esta fragmentación de la vida rural tendrá notables implicaciones en el auge de los levantamientos campesinos, que se producirá en Japón en las últimas décadas de dominio Tokugawa. Hasta finales del siglo XVIII, los campesinos descontentos contaban generalmente con el apoyo de los jefes de aldea, a la hora de elevar sus quejas al señor. Pero, a medida que éstos fueron aumentando su poder y sus imbricaciones con las altas esferas, pasaron a representar el papel de guardianes del orden establecido. La primera mitad del siglo XIX verá un incremento de la conflictividad interna en las aldeas, al tiempo que se multiplicaban las rebeliones contra los señores.

Mientras tanto, se produce el auge de un nuevo grupo social que cobra una creciente importancia a lo largo de los dos siglos y medio en que se extiende el régimen Tokugawa: los comerciantes. Se trataba de una actividad poco apreciada, dado que las teorías confucianas la relegaban a una situación poco menos que despreciable. Sin embargo, la propia práctica del shogunato confería una importancia creciente a la función comercial. El sakin kotai, la necesidad instituida por el bakufu de que los señores locales (daimíos) residieran largas temporadas en la capital de los Tokugawa, propiciaba un gran movimiento de mercancías desde las provincias hacia Edo.

Todo este sistema daría pie a un complejo sistema financiero y comercial en el que los mercaderes, organizados en gremios, pasarían a desempeñar un papel fundamental para el funcionamiento del sistema Tokugawa. El auge de este grupo queda patente en el hecho de que ya a mediados del siglo XVIII los grandes comerciantes habían igualado el capital de la mayoría de los daimíos.

Los comerciantes, que nunca lograrían desprenderse de una posición servil en el entramado social japonés, impulsarían también una transformación cultural, caracterizada por una forma laica y racionalista de encarar la vida. Especialmente en Edo se desarrolla desde finales del siglo XVII una cultura de tipo burgués, plasmada en la creación de nuevas modas en los vestidos y los peinados y un estilo artístico propio.

Así, como observa Whitney Hall, ya en la primera mitad del siglo XIX, la sociedad nipona se había hecho menos religiosa y menos estratificada que cualquier otra que la hubiera precedido en el Japón. Las tensiones eran florecientes en un escenario en el que las clases sociales tradicionales veían alterados los fundamentos de su sociedad.

Todo esto acontecía en un momento de dificultades financieras para el shogunato y los poderes locales. Al inicio del régimen Tokugawa y hasta mediados del siglo XVII, el shogun y las distintas ramas de la familia Tokugawa disfrutan de una posición boyante, basada en su dominio de entre una cuarta y una quinta parte de las tierras agrícolas del país. Pero los problemas del erario shogunal se hacen patentes en torno a 1650. Las razones principales son, por un lado, una serie de gastos extraordinarios a causa de los numerosos terremotos e incendios que asolan Edo; y, por otro, una onerosa carga administrativa, que respondía a la necesidad de dar cobijo a una amplia masa de samuráis que habían quedado sin funciones militares debido a la pacificación del Japón.

Esta situación se repetía con mucha similitud en gran parte de los feudos locales. En este caso, la práctica ya citada del sakin kotai representaba una pesada losa para los erarios provinciales, pues implicaba un incremento de los gastos para abastecerse en Edo. Y, además, el derroche para ganar prestigio en la capital shogunal estaba a la orden del día.

Los distintos intentos de reforma para subsanar estas estrecheces financieras no hacían sino incrementar las dificultades de las clases más bajas del campesinado, afectado desde finales del siglo XVIII por las cada vez más frecuentes carestías de alimentos. Los samuráis también fueron víctimas de los intentos del poder por reducir sus gastos, pues, en ocasiones, las autoridades optaron por recortar sus estipendios (los pagos fijos que recibían, en forma de arroz). El resultado directo de esta medida fue el empobrecimiento de los estratos más bajos de esta clase.

La delicada situación de estos grupos se veía agravada, además, por la creciente inflación que generaban las políticas monetarias del bakufu, que entre 1819 y 1837 realizó hasta 19 devaluaciones monetarias. El descontento era generalizado desde inicios del siglo XIX, originándose unos 400 levantamientos campesinos en protesta por la miseria económica a la que se veían condenados

Tampoco quedarían indemnes los comerciantes, que habían desarrollado un complejo sistema financiero y monetario, merced al cual pronto ocuparon también la posición de grandes prestamistas. La intensa dependencia de las finanzas señoriales de los préstamos de estos incipientes banqueros dio como resultado el progresivo endeudamiento de los distintos poderes del régimen. Ante la imposibilidad de pagar las deudas, los señores recurren con frecuencia a la anulación arbitraria de sus deudas.

El contacto con el exterior

Intercambios comerciales en Yokohama. 1861

Todo esto no hacía sino socavar los apoyos sociales del régimen Tokugawa. Y el escenario tornaría más complejo con la irrupción de las potencias occidentales y la firma de los primeros acuerdos comerciales, que generaron notables distorsiones en la economía nacional. Siglos de aislamiento internacional habían resultado en la estructuración de un sistema económico rígido, muy regulado. Este sistema se resquebrajaría sin remisión cuando Japón se vio expuesto a las condiciones del mercado mundial. La consecuencia más evidente de la apertura de las fronteras comerciales fue el incremento de la demanda de determinados productos, cuyos precios se dispararon. El precio del arroz se sextuplicó entre 1859 y 1865. La seda en rama también vio aumentar su precio en un 50% en el lapso de tres años. La demanda de huevos de gusano de seda y de té originó igualmente alzas de precio. Además, la producción se destinaba cada vez en mayor medida a satisfacer la demanda internacional, dispuesta a pagar precios más elevados, provocando un desabastecimiento del mercado interior.

Al mismo tiempo, se intensificaba el deterioro de las finanzas del bakufu, que se vio obligado en aquellos años, por un lado, a elevar su gasto militar, con la esperanza de transformar el contacto con el exterior, en un mal temporal. Y, por otro lado, cuando los movimientos xenófobos se tradujeron en ataques contra los intereses foráneos, las potencias occidentales exigieron responsabilidades al poder central y la corte shogunal tuvo que asumir elevados gastos en materia de indemnización.

Incapaz de dar una respuesta eficaz a los graves problemas económicos que sufría el país, la desafección hacia el régimen fue en aumento. Si entre 1853 y 1859 se produjeron 43 levantamientos campesinos de cierta identidad, entre 1860 y 1867 el número de protestas se eleva a 86. La situación derivó en el auge del sentimiento nacionalista y xenófobo, que, como ya se señaló previamente, se transformó en ataques violentos contra extranjeros y contra políticos y funcionarios que habían favorecido la entrada de éstos en el país. En ese ambiente se extiende entre la población el deseo de retornar a unos orígenes idealizados, que implica el objetivo de expulsar a los “bárbaros” foráneos y devolver el poder al emperador. Cuando se hizo patente la oposición de la corte imperial a la política del bakufu en torno a la entrada de los extranjeros, estos movimientos multiplicaron su fuerza.

Desde ahí, la tensión irá en aumento. El bakufu se veía bloqueado por la demanda de los rebeldes de que se expulsara a los extranjeros y la presión de éstos para obtener mayores concesiones. La imposibilidad del poder central para satisfacer los deseos de los grupos contrarios a la relación con los extranjeros dará lugar incluso a enfrentamientos armados. En 1866, en plena descomposición, el bakufu sufre una derrota ante las tropas de Chôshû. Al año siguiente, Yoshinobu accede al puesto de shogun, al tiempo que Mitsuhito sucede a su padre, Komei, como emperador. Yoshinobu emprende una carrera contrarreloj para fortalecer al bakufu por medio de reformas, que se orientan a transformar el ejército al tiempo que se modernizan las estructuras de gobierno. Pero la presión de los rebeldes continúa y Yoshinobu incluso acepta una propuesta para una solución pactada, que contemplaba su renuncia al shogunato. El plan, sin embargo, no prospera. Y el 3 de enero de 1868, las tropas de Satsuma y Chôshû, junto con las de Tosa, Hizen, Owari y Aki se apoderan del palacio imperial y proclaman la restauración del imperio. El shogunato fue abolido y sus tierras confiscadas.

Yoshinobu y sus aliados aún harían algunos intentos entre 1868 y 1869 para recuperar el poder, en lo que se conocería como la Guerra Boshin, pero sus fuerzas serían derrotadas definitivamente y el país entero quedó bajo el dominio imperial. Se había consumado la restauración Meiji.

Para saber más

Akamatsu, Paul (1977). Meiji 1868: Revolución y contrarrevolución en Japón. Madrid: Siglo XXI de España.

Allen, George Cyril: Breve historia económica del Japón moderno, 1867-1937. Madrid: Tecnos, 1980.

Beasley, W. G.: Historia contemporánea de Japón. Madrid: Alianza, 1995.

Mutel, J.: Historia del Japón. Tomo 1: El fin del shogunato y el Japón Meiji, 1853-1912. Barcelona: Vicens-Vives, 1972.

Whitney Hall, John: El Imperio japonés. México: Siglo XXI, 1973.

Acerca del autor

Agustín Monzón Peña

Periodista e historiador.

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