Divulgación

Informe especial. Las heridas del Rif

Publicado en el número 4 de Descubrir la Historia (enero de 2016).

El estudio del pasado supone una tarea sumamente delicada, especialmente cuando entran en juego determinados intereses partidistas o se teme reabrir viejas heridas. Es por ello que existen épocas y sucesos de nuestro pasado a las que se ha dado una importancia y difusión menor, ya sea porque no conviene o simplemente porque no suponen un episodio histórico con el que ensalzar el orgullo de un determinado país o colectivo. Por suerte, la labor del historiador reside, precisamente, en rescatar del olvido todos los sucesos (amargos y no tan amargos) que de uno u otro modo han condicionado nuestra evolución histórica y dan una explicación al mundo en el que hoy vivimos. Como dijo el maestro Hobsbawm, el gran compromiso de los historiadores con la sociedad consiste en que «recuerdan lo que otros quieren olvidar». Hoy quisiera recuperar una de esas historias, la de un conflicto bélico quizás no tan conocido y mediatizado, pero igualmente dramático y necesario de ser recordado, como fue la Guerra del Rif.

Ésta tuvo lugar como consecuencia de la implantación del Protectorado español en Marruecos en 1912 y el movimiento de resistencia encabezado por algunas de las tribus más poderosas del Rif —región montañosa del Norte de Marruecos— hasta 1927. Un periodo que dejó tras de sí más de 56.000 muertos y heridos entre españoles y marroquíes, además de cerca de 35.000 franceses, en un conflicto que se internacionalizó y que supuso un antes y un después en el devenir de la política y la sociedad española. Para buscar sus orígenes, debemos remontarnos a las primeras décadas del siglo XX, cuando la España de Alfonso XIII se volcó hacia una política exterior de marcada proyección norteafricana.

Marruecos era un territorio muy codiciado no sólo por España, sino también por las grandes potencias europeas, que se embarcaron en una tensa disputa en torno al establecimiento de zonas de influencia en dicho territorio. Aunque tardío, se trataba de un episodio de colonización al estilo del que se llevó a cabo a finales del siglo XIX con el reparto de África en el Congreso de Berlín (1878), sólo que en este caso se llevó a cabo a través de un reparto diferente. Hacia 1904, Francia y España ya habían fijado una distribución de zonas de influencia en Marruecos con la firma del Convenio Hispano-francés, lo que despertó el recelo de Alemania. Ésta, sintiéndose excluida, se presentó como la defensora de la integridad territorial del Imperio Jerifiano —el actual Marruecos— y de la soberanía del Sultán, e impulsó la celebración de la Conferencia de Algeciras de 1906, a la que acudieron las grandes potencias europeas del momento. Esta reunión internacional tuvo como resultado el mantenimiento temporal del statu quo en Marruecos, aunque lo que hizo no fue sino aplazar por poco tiempo el reparto del país entre Francia y España ante la actitud pasiva e impotente del Sultán. Apenas seis años después, en marzo de 1912, el Imperio Jerifiano pasaba a convertirse en Protectorado francés, y en noviembre de ese mismo año, la administración gala cedía a España una parte de su territorio, en calidad de «subcontratista» o «subarrendataria». Comenzaba así el período del llamado Protectorado español, cuya implantación efectiva se topó con una férrea resistencia por parte de las tribus rifeñas, dando lugar al conflicto que hoy analizamos.

Desde la llegada del general Alfau a Tetuán (capital del Protectorado) en calidad de Alto Comisario en febrero de 1913, España se topó con importantes problemas para implantar de manera efectiva su administración. Y es que, a diferencia de Francia, no contó con la colaboración de grandes jefes o personajes de prestigio en la sociedad rifeña a los que otorgar los puestos más importantes y lograr así mantener el orden. Por el contrario, en la región occidental, a excepción del jerife Muley Ahmed el Raisuni, la ausencia de grandes caídes y notables obligó a España a buscar ese apoyo entre líderes menores, como los llamados «morabitos», jerifes y otros personajes que ejercerían de mediadores en las frecuentes luchas intertribales. Es por ello que, en esta zona, la imposición del orden del Mazjén (el poder político marroquí) entre las tribus dependió en gran medida de las relaciones de la administración colonial española con el mencionado jerife Raisuni que oscilaron entre la colaboración y el enfrentamiento, condicionando así el sometimiento de esta región. De hecho, la resistencia encabezada por éste y otros líderes de la zona, y los enfrentamientos derivados de ella hace que algunos autores se refieran al periodo comprendido entre 1913 y 1922 como el de las «campañas de Yebala». La región oriental presentaba un panorama diferente, con una intensa política de atracción de los jefes de las cabilas rifeñas, que permitió a la autoridad española imponer su dominio sin necesidad de recurrir con demasiada frecuencia al recurso de las armas.

El estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, trajo una reducción de la intervención bélica española en el todo el Norte de Marruecos, en gran parte por la presión francesa. Sin embargo, ello no impidió que las tropas españolas consiguiesen importantes avances en 1916, gracias a la colaboración del Metalzi, otro jerife que pasó de la resistencia a la colaboración. La «política de atracción» que se llevó a cabo con éste es un buen ejemplo del modus operandi adoptado por la administración española en Marruecos. Se trataba, grosso modo, de apoyar y tomar partido por un determinado bando en las múltiples y frecuentes luchas intertribales, situación que España aprovechaba para ganarse el favor de poderosos líderes y crear así toda una red de colaboradores que hicieran más fácil el sometimiento de la resistencia. Esta política de «divide y vencerás» en la que se invertían grandes cantidades para «comprar» la colaboración, no fue bien acogida por buena parte del Ejército, ni tampoco por la opinión pública, ya que su coste podía llegar a ser muy elevado, aunque fue el método más frecuentemente utilizado en estos años.

Rif - Oficiales espa  oles hechos prisioneros tras el Desastre de Annual - Informe especial. Las heridas del Rif

Oficiales españoles hechos prisioneros tras el Desastre de Annual.

Con el fin de la Primera Guerra Mundial, se reanudaron los enfrentamientos y el interés del alto mando militar español se centró en la zona del Rif Central. A partir de enero de 1920, cuando el general Fernández Silvestre fue nombrado Capitán General de Melilla, la actividad bélica se centró en intentar avanzar hacia la zona de Alhucemas por vía terrestre. Con el consentimiento del Alto Comisario Dámaso Berenguer, Fernández Silvestre movilizó sus tropas, sofocando la rebelión de cabilas especialmente resistentes, como la de Beni Saíd, por lo que, a la altura de 1921, se podía decir que los principales objetivos militares para la zona habían sido cumplidos. Sin embargo, ello no frenó las pretensiones del Capitán General, quien planeaba acabar definitivamente con el movimiento encabezado en el Rif Central por Abd el-Krim. Apenas unos meses más tarde, tuvo lugar uno de los episodios más traumáticos de la contienda; la desordenada y caótica evacuación de Annual ante el asedio rifeño, en la que más de diez mil soldados perdieron la vida en cuestión de horas. A raíz de este suceso, la conmoción, la perplejidad y la indignación se apoderaron de la opinión pública, que empezaba a exigir responsabilidades.

La reacción inmediata fue el encargo al general Juan Picasso de una investigación acerca de las causas y responsabilidades del descalabro español en Marruecos, cuyo resultado se plasmó en el llamado Expediente Picasso, que apuntaba a diversos culpables y señalaba importantes errores cometidos tanto a nivel político como militar. Entre ellos, la desigual distribución de las tropas; la actitud negligente de muchos oficiales y la falta de compromiso de la mayor parte de los altos mandos del ejército; así como una escasa formación y aún peor equipamiento de los soldados. No obstante, las numerosas trabas que encontró Picasso para investigar a los altos mandos complicaron aún más la búsqueda de responsabilidades, e impidieron que se juzgara a personalidades como el propio Berenguer, cuya reputación había quedado en entredicho por no haber contenido los ánimos y aspiraciones de Fernández Silvestre. Estos sucesos abrieron un intenso debate en la sociedad española y supusieron un duro golpe no sólo al estamento militar, sino también al sistema político de la Restauración y a la propia institución de la Monarquía.

Poco tiempo después, se llevaron a cabo una serie de operaciones militares destinadas a recuperar los territorios perdidos, revestidas en su mayoría como «campañas gloriosas» que contribuían a la recuperación el orgullo patrio, y, por lo tanto, magnificadas por parte de las autoridades. Aunque lo cierto es que el enorme coste de dichas expediciones y del mantenimiento del ejército de África, unido al descrédito del general Berenguer, provocó una gran división entre las autoridades militares y civiles del Protectorado y la Península. Todo ello, unido a la fracasada expedición a Tuguntz en marzo de 1922 agravó aún más esta situación, provocando un viraje político con respecto al Protectorado. El gobierno del conservador Sánchez Guerra apostó por la negociación para el rescate de los prisioneros españoles de Annual y por un mayor acercamiento hacia las tribus del Rif, con el fin de evitar nuevos enfrentamientos militares. Pero el Alto Comisario Burguete no parecía estar por la labor, y trató de convencer al Gobierno de la viabilidad de un ataque a Alhucemas, en un momento de gran tensión entre los poderes políticos y militares. De hecho, las injerencias del ejército en la política española eran muy frecuentes en estos años, lo que en parte motivó que el Gobierno comenzase a nombrar a civiles en el puesto de Alto Comisario. El primero de ellos fue el ministro liberal Villanueva, quien no pudo desempeñarlo por cuestiones de salud, y fue entonces Luis Silvela, también liberal, quien acabó ocupando el cargo a partir de febrero de 1923, con la novedad de que, a partir de entonces, toda operación militar debía ser consentida y aprobada por éste.

El golpe de Estado de Primo de Rivera en septiembre de ese mismo año y su asunción del cargo de Alto Comisario desbarató este proyecto y trajo importantes cambios en la línea de actuación de España en Marruecos. El dictador proponía una política de «semiabandono» que se topó con no pocos detractores dentro y fuera del Ejército. La oficialidad en su mayoría optaba por la intervención militar directa, de modo que fue así como, entre julio y agosto de 1925, tuvieron lugar las primeras conversaciones entre Primo y el mariscal Pétain para proyectar operaciones militares conjuntas por parte del ejército español y francés, después de que Abd el-Krim atacase las líneas francesas. Estas conversaciones se materializaron, en última instancia, en el Desembarco de Alhucemas, el 8 de septiembre de 1925, y fue a partir de entonces cuando las fuerzas conjuntas de las tropas franco-españolas lograron someter los últimos focos de resistencia rifeña. Las autoridades españolas aprovecharon esta victoria militar para presentarla como la revancha por la derrota de Annual, aunque la contienda aún no había acabado. Por el contrario, ésta adquirió el carácter de guerra total, y tanto franceses como españoles recurrieron con mayor frecuencia a los bombardeos aéreos y al empleo de armas químicas. La rendición de Abd el-Krim ante los franceses en mayo de 1926, hizo que la resistencia pasase a ser encabezada por otros líderes, como Ahmed ben Mohamed el Jeriro, prolongando el enfrentamiento hasta 1927, si bien en esta última fase la contienda ya estaba prácticamente decidida.

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Cadáveres insepultos en Monte Arruit.

Cuando en julio de 1927, los últimos focos de rebelión en el Rif fueron sometidos, el número de pérdidas humanas y materiales era cuantioso a uno y otro lado del Estrecho. A lo que hay que sumar las secuelas psicológicas y las cicatrices irreparables de la guerra. La implantación efectiva del Protectorado era una realidad, aunque el precio a pagar fue dramático. Además, la contienda tuvo notables repercusiones en la política y la sociedad española, con el aumento considerable del poder e influencia de los militares, el desgaste del sistema político de la Restauración y la implantación de la dictadura de Primo de Rivera. Pero por encima de todo, la Guerra del Rif supuso, en palabras de Morales Lezcano, el «fracaso de un sueño colonial» en el que España se volcó con todas sus fuerzas en un último y desesperado intento por presentarse al exterior como una potencia colonial. Hoy poco se puede hacer por reparar los daños causados a las numerosas víctimas del conflicto a uno y otro lado del Estrecho, pero tal vez el recuerdo de este episodio sirva para estrechar lazos entre los pueblos. Para encontrar en la memoria ese remedio contra el mal endémico y eterno que es la guerra. No podemos borrar lo que ocurrió, pero sí está en nuestras manos tomar ejemplo para no caer en viejos errores y sembrar de paz y concordia las calles de nuestro tiempo, hoy desangradas por el odio y la violencia.

Para saber más

Balfour, S. (2002) Abrazo mortal: de la guerra colonial a la Guerra Civil en España y Marruecos (1909-1939). Barcelona: Península.

González Alcantud, J. A.; Martín Corrales, E. (eds.) (2007) La conferencia de Algeciras en 1906: un banquete colonial. Barcelona: Bellaterra.

La Porte, P. (2003) El desastre de Annual y la crisis de la Restauración en España (1921-1923). Madrid: Universidad Complutense.

Madariaga, M. R. de; Lázaro Ávila, C. (2003) «Guerra química en el Riff (1921-1927)». Madrid: Historia 16, 324, pp. 50-87.

Madariaga, M. R. de (2005) En el Barranco del Lobo. Las Guerras de Marruecos. Madrid: Alianza Editorial.

Madariaga, M. R. de (2013) Marruecos, ese gran desconocido. Breve historia del protectorado español. Madrid: Alianza.

Martín Corrales, E. (ed.) (2002) Marruecos y el colonialismo español (1859-1912). De la Guerra de África a la «penetración pacífica». Barcelona: Bellaterra.

Morales Lezcano, V. (1986) España y el Norte de África: El Protectorado en Marruecos (1912-56). Madrid: UNED.

Nerín Abad, G. (2005) La guerra que vino de África. Barcelona: Crítica.

Salas Larrazábal, R. (1992) El protectorado de España en Marruecos. Madrid: Fundación Mapfre.

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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