Divulgación

Humboldt y el placer de descubrir el mundo

Publicado en el número 4 de Descubrir la Historia (enero de 2016).

En el siglo XIX se dieron dos condiciones idóneas para la realización de apasionantes expediciones y viajes: por un lado, aún quedaba mucho territorio que descubrir en el mundo y, por otro, ya se había alcanzado un conocimiento tecnológico más que suficiente para desarrollar todo tipo de inventos y artefactos. Estos dos hechos propiciaron que muchos se levantaran del sofá y decidieran salir a explorar el mundo desconocido.

Pero explorar el mundo no sólo era peligroso y complicado, también era caro. La mayoría de los exploradores contaron con el respaldo económico de importantes organizaciones, como la National Geographic Society, mientras que otros se financiaron gracias a sus fortunas personales. Este es el caso de Alexander von Humboldt, un adinerado noble alemán que desde joven quiso escapar del aburrimiento y la monotonía del palacio en el que nació.

Mapa del viaje de Humboldt y Bonpland por América (1799-1804) (Juan Pérez Ventura).

Mapa del viaje de Humboldt y Bonpland por América (1799-1804) (Juan Pérez Ventura).

El viaje que realizó Humboldt es uno de los más épicos de la Historia, y no sólo le permitió disfrutar de la excitación de la exploración por tierras exóticas, sino que sirvió a generaciones futuras para la comprensión de dinámicas naturales y realidades sociales desconocidas hasta entonces. Humboldt fue un hombre del Renacimiento que vivió en el S.XIX. Un hombre adelantado a su tiempo, que abordó conocimientos en geografía, historia, geología, botánica, política, agricultura, zoología, meteorología, antropología, hidrografía, vulcanología, oceanografía… y un largo etcétera. Movido por su inquietud recorrió miles de kilómetros acompañado por libros, cronómetros, sextantes, brújulas, mapas, barómetros, higrómetros, telescopios, cuadrantes, magnetómetros, eudiómetros para medir el oxígeno, cinómetros para conocer el azul del cielo o reactivos químicos para realizar análisis y experimentos. Todo lo necesario para intentar comprender cómo funcionaba el mundo que le rodeaba.

Un viaje para la Historia

Un grupo de mulas rodeadas de cajas, sacos y toneles esperaban quietas en el muelle, observando cómo los hombres cargaban todo el material en el barco. Era una mañana ajetreada en el puerto de La Coruña, y dos jóvenes extranjeros repasaban un mapa mirando a la tripulación trabajar. Aimé Bonpland estaba algo preocupado, pues los barcos de guerra británicos bloqueaban las rutas marítimas. Humboldt tranquilizó a su compañero botánico y decidió que era hora de partir. Ese 5 de Junio de 1799, la corbeta Pizarro zarpó rumbo sur hacia las Islas Canarias.

Ansioso por comenzar a descubrir cosas, y en su empeño por descubrir el funcionamiento de la propia naturaleza en todas sus dimensiones, Humboldt comenzó a explorar el Teide, en Tenerife. Además de definir cinco zonas distintas de vegetación en las laderas de la gran montaña, los dos científicos determinaron que tenía 3.713 metros de altitud. Hubo algún contratiempo para conseguir el permiso del gobernador de Santa Cruz para desembarcar, y mientras esperaban Humboldt midió la longitud del puerto de la ciudad con su cronómetro.

Cuando se echaron a la mar rumbo a Cuba, los problemas no tardaron en golpearles. La tifoidea se desató a bordo del barco y el capitán, en pánico, desembarcó en Cumaná, Venezuela. Un cambio de planes que, de nuevo, no desanimó a los dos exploradores. Durante dieciséis meses viajaron por el interior del continente, recolectando cerca de 5.000 especímenes de flora, la mayoría nuevos para los botánicos europeos de la época. Tuvieron suerte durante este año que pasaron recorriendo los grandes llanos del interior venezolano, pues pudieron observar y registrar un eclipse solar, una lluvia de meteoros, un terremoto, mareas atmosféricas, las culturas precolombinas y la conexión entre el río Orinoco y el río Negro. El viaje transcurría tal y como Humboldt lo había soñado: excitante y asombroso. Incluso el hecho de sufrir la malaria durante la expedición formó parte de la aventura, según se recoge en su Narración Personal. En febrero de 1800 llegaron a Caracas.

Durante su descenso por el río Orinoco —que les llevó cuatro meses— recorrieron 2.700 kilómetros de tierra virgen, habitada únicamente por tribus de indígenas hasta entonces desconocidas. Llegaron hasta Angostura (actualmente Ciudad Bolívar) y regresaron a Cumaná tras recuperarse de la malaria. El descubrimiento más importante de esta etapa fue la confirmación de que las cuencas fluviales del Orinoco y del Amazonas estaban comunicadas a través del Río Casiquiare.

Humboldt y Bonpland a los pies del Chimborazo (Friedrich G. Weitsch, 1810) (Wikimedia)

En diciembre del año 1800 desembarcaron en la isla de Cuba, donde pasaron unos meses, realizando observaciones más antropológicas que puramente científicas. Allí Humboldt se aventuró a hacer un cálculo del número de eslavos que existían en la región de las Indias Occidentales, cifrándolos en unos 2.400.000. Volvieron al continente en marzo de 1801, llegando a Cartagena de Indias el día cinco de ese mes. Conocieron y exploraron la Cordillera de los Andes, y avanzaron hacia el sur hasta Lima. Un año y medio de viaje en el que visitaron las principales ciudades y montañas. En el Chimborazo consiguieron batir el récord mundial, al ascender hasta los 6.005 metros. En palabras del propio Humboldt, estaban recorriendo «la columna vertebral de Sudamérica». Fue en esta etapa donde realizaron más investigaciones en el campo de la botánica y la geología.

Unas semanas después de dejar atrás la ciudad de Quito, Humboldt observó que la aguja de su compás se balanceaba de Norte a Sur. Fue ese el primer momento en el que alguien determinaba un valor exacto para el «ecuador magnético», y serviría como norma mundial en la medición durante los siguientes 35 años.

Más adelante, en Lima, el joven explorador alemán pudo trazar el tránsito de Mercurio cruzando el Sol, lo que le sirvió para establecer con exactitud la longitud del puerto, Callao, por primera vez en la historia. Durante su estancia en la costa también estudió las propiedades fertilizantes del guano, lo que propició su introducción en Europa.

El 3 de enero de 1803 la expedición partió de Guayaquil hacia México. Antes de hacerlo, Humboldt tuvo tiempo de medir la gran corriente oceánica fría de esa parte de la costa sudamericana, procedente del norte, que hoy en día conocemos como Corriente de Humboldt. En marzo llegaron a Ciudad de México, donde Humboldt llevó a cabo la investigación más completa de todo el viaje: un acceso sin precedentes a los archivos del virreinato, concernientes a sus recursos naturales, ingresos y gastos. Un detallado informe sobre la economía de la región que derivó en la obra Ensayo Político del Reino de la Nueva España. Además, exploraron los volcanes mexicanos, ascendiendo El Jorullo.

Humboldt y Bonpland en la selva amazónica del río Casiquiere (Eduard Ender, 1850) (Wikimedia)

Comenzó en este punto el viaje de regreso, que tuvo lugar pasando por la costa este de un país recién nacido: Estados Unidos. Antes de desembarcar en Washington volvieron a Cuba, y recogieron en La Habana parte de los especímenes que habían dejado en su primera visita. El objetivo del breve paso por Estados Unidos era realizar una primera aproximación al funcionamiento de la política y a la aplicación de la Constitución. En este viaje casi diplomático y en el que pudieron dormir en camas cómodas y cenar junto a las reconfortantes brasas de las chimeneas, Humboldt entabló amistad con el presidente Thomas Jefferson. Una curiosa forma de terminar un viaje que le había llevado a sufrir las inclemencias de la vida salvaje en montañas, selvas, ríos y océanos. Ahora los exploradores eran los huéspedes del presidente de Estados Unidos, y tenían todo tipo de comodidades. Tras visitar algunas ciudades nuevas de la costa Este, se embarcaron en Philadelphia de regreso al Viejo Continente. El 3 de agosto de 1804 llegaron al puerto de Burdeos.

Al terminar su épico viaje, Humboldt se estableció en París, donde comenzó a trabajar en la recopilación de toda la información recabada. Durante veintitrés años escribió los treinta volúmenes que componen la monumental obra Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente, que recoge los descubrimientos realizados en distintos campos del conocimiento.

Uno de los hallazgos derivados de sus expediciones es el estudio sobre el vulcanismo y su relación con la evolución de la corteza terrestre. Además, se atribuye a Humboldt la invención de nuevos conceptos, como isotermas, isoclinas, Jurásico, tempestad magnética o isodinámicas.

Ilustración del Chiranthodendron pentadactylon para la obra Essai sur la géographie des plantes (Alexander von Humboldt, 1805) (Wikimedia)

En 1827 dejó París y volvió a Prusia para ocupar el cargo de chambelán real. Durante esos años realizó labores diplomáticas y siguió viajando. El gobierno ruso le invitó a realizar una expedición por Siberia, de la que regresó en 1830. Incansable y sin poder dejar de hacer cosas, comenzó otra obra de enorme magnitud que tituló Cosmos, con el objetivo de divulgar la importancia de la investigación científica. Esta obra de cinco volúmenes recogía todos los conocimientos de la época sobre fenómenos terrestres y celestes.

Repasando su Narración Personal, descubrimos que Humboldt fue también un hombre avanzado a su tiempo en lo que refiere a la concepción de la sociedad, pues le incomodaba usar el término «salvajes» para referirse a los pueblos indígenas. Según él, esa despectiva palabra implicaba una diferencia de educación que no siempre existía. En su periplo encontró a indígenas mucho más educados que muchos hombres europeos. Además, Humboldt se posicionó firmemente en contra de la esclavitud al visitar el mercado de esclavos de la ciudad de Cumaná. Combatió toda forma de opresión y discriminación.

Por su gran aportación a la ciencia y a la sociedad, Simón Bolívar llegó a decir que Humboldt había sido el «descubridor científico del Nuevo Mundo», y que sus estudios «habían dado a América cosas mejores que todos los conquistadores juntos».

Demostró que no puede haber conocimiento científico sin experimentación verificable, y sirvió de ejemplo para el propio Charles Darwin, que describió a Humboldt como «el mayor científico viajero que haya existido nunca».

Tras haber gastado toda su fortuna, murió en 1859, sin dejar descendientes, después de toda una vida dedicada por completo a la investigación, a la exploración y a la divulgación de conocimiento. Considerado «el último Ilustrado», Humboldt fue un hombre inquieto movido por el intento de comprender cómo funciona el mundo, y a su inquietud la ciencia y la sociedad le debemos mucho.

«Coleccionaré plantas y fósiles, y realizaré observaciones astronómicas. Pero ese no es el principal propósito de mi expedición; intentaré averiguar cómo interactúan entre sí las fuerzas de la naturaleza, y cómo el entorno geográfico influye en la vida de las plantas y los animales. Debo investigar la unidad de la naturaleza»

  • Alexander von Humboldt, 3 de Junio de 1799.

Para saber más

Hanbury, R. (2009). Los Setenta Grandes Viajes de la Historia. Barcelona: Blume.

Los viajes de Humboldt a Centro y Sudamérica, Instituto Schiller [en schillerinstitute.org /new spanish/InstitutoSchiller/Ciencia/AlejandroHumboldt/04-viajes_centroysur.html, consultado el 20 de agosto de 2015].

¿Quién fue Alexander von Humboldt?, Geo Institutos [en geoinstitutos.org/geoinstitutos/ quien_fue/f_heinrich.html, consultado el 3 de septiembre de 2015].

Un viaje del espíritu: Alexander von Humboldt en España, Centro Virtual Cervantes, [exposición mostrada en los centros del Instituto Cervantes en Berlín, Manchester, Londres y Múnich en 2006 y 2007, y en el Instituto Cervantes de Viena en 2008].

Acerca del autor

Juan Pérez Ventura

Divulgador inquieto. Geógrafo por la Universidad de Zaragoza y Máster en Relaciones Internacionales, Seguridad y Desarrollo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Cartógrafo en 'JPV Cartografía'.

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