Divulgación

Las hogueras del terror. Una breve historia de la «caza de brujas» en la Edad Moderna

Publicado en el número 3 de Descubrir la Historia (octubre de 2015).

Cuentan las lenguas del lugar que aún resuenan entre el silencio de la noche de Zugarramurdi los ecos de tiempos pasados de magia y brujería. Susurros en el viento de voces que recitan indescifrables conjuros y fórmulas mágicas, sellando pactos con seres del inframundo e invocando toda clase de fuerzas sobrenaturales y desdichas con las que aterrorizar a las gentes de la zona. Zugarramurdi, Labourd y muchas otras regiones rurales de los Alpes, los Pirineos, Normandía o el Franco Condado fueron escenario de la desenfrenada y espeluznante «caza de brujas» que tuvo lugar entre los siglos XV y XVII.

El Aquelarre, de Francisco de Goya.

Brujos, magos, hechiceros y otros personajes con poderes y cualidades fuera de lo normal formaban parte del imaginario colectivo desde tiempos inmemoriales; y la creencia en lo sobrenatural era innata al ser humano en su búsqueda de respuestas a aquellas cuestiones incomprensibles. La magia estaba muy presente ya en la sociedad clásica grecorromana, como evidencia la notable influencia que tenían oráculos, adivinos y augures. En el tránsito a la Edad Media, y a pesar del papel del cristianismo en la nueva sociedad, estas creencias de raigambre pagana persistieron con fuerza, especialmente entre las clases populares. Lo curioso es que la Iglesia adoptó una postura bastante permisiva con este tipo de prácticas. No formaban parte de la ortodoxia cristiana, pero las autoridades eran conscientes de su arraigo, y las consintieron en mayor o menor medida, al considerarlas inofensivas. A la Iglesia no le merecía la pena volcar sus esfuerzos en erradicar unas costumbres cuya pervivencia no suponía amenaza alguna para los sólidos cimientos de la cristiandad. Al menos, esto fue lo que ocurrió hasta bien entrada la Edad Media.

Sin embargo, desde mediados del siglo XIV, la imagen del brujo o mago comenzó a asociarse, cada vez más, a la del Diablo. Si hasta entonces, aquel que presumía de tener poderes sobrenaturales era considerado poco más que un demente o una oveja descarriada del camino de la fe, poco a poco se le fue atribuyendo una fuerte vinculación al mismísimo Satanás, y esto ya sí que eran palabras mayores. La magia tradicional dejaba de ser un fenómeno ajeno a la fe cristiana para convertirse en una práctica totalmente opuesta a ésta. Como consecuencia, a partir del siglo XV, y durante prácticamente doscientos años, se generalizó la persecución de la brujería, tanto por parte de las autoridades eclesiásticas como las civiles, y miles de personas ardieron en la hoguera como consecuencia de esta «caza de brujas». Pese a que resulta difícil cuantificar el número de víctimas, existen numerosos testimonios que pueden darnos pistas de su magnitud. Por ejemplo, el caso del juez francés Nicolás Remy, quien se jactaba de haber quemado a más de tres mil brujas entre 1576 y 1606; o las cientos de condenas a muerte que se atribuyeron al jurista Pierre de Lancre en el País Vasco Francés entre el siglo XVI y XVII. En cualquier caso, se trata de fuentes muy difusas, cuyas cifras oscilan según la región y el momento, y que a veces tienden a exagerar, si bien podemos asegurar que fueron decenas de miles e incluso, muy probablemente, cientos de miles, los hombres y mujeres ejecutados durante todo el periodo.

Brujas yendo al Sabbath (1878) por Luis Ricardo Falero

Llegados a este punto, cabe preguntarse el porqué de este brusco cambio de mentalidad. ¿Es que acaso el tránsito del Medievo a la Modernidad acabó «de un plumazo» con todas las creencias de origen pagano, situándolas como un mal a erradicar para el progreso del bien y la cristiandad? ¿De un día para otro se desató el miedo y la «caza de brujas»? La respuesta, como cabe esperar, no puede ser tan simple. Para empezar, no se trató de un cambio de la noche a la mañana, sino de un proceso paulatino en el que influyeron, de manera muy notable, toda una serie de condicionantes más allá de la religión y las creencias. La mortífera Peste Negra asoló la Europa del siglo XIV, y a ella sucedieron no pocos episodios de hambrunas, desastres naturales, epidemias que dibujaron un paisaje dantesco para la posteridad. Los efectos de estas catástrofes naturales se agravaron con las crisis económicas y las grandes conflagraciones que tuvieron lugar en todo este periodo: la Guerra de los Cien Años (1337-1453), la Guerra de Sucesión Castellana (1475-1479), la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y un largo etcétera. A pesar de la imagen tan negativa que los autores del Renacimiento dieron de la Edad Media, el mundo que se avecinaba no se antojaba mucho más alentador.

Esta amalgama de acontecimientos contribuyó a fomentar el temor y la desconfianza entre la población, y fue este cúmulo de factores el que provocó, en última instancia, que un fenómeno hasta entonces residual como era la caza de brujas, se convirtiera en algo masivo y generalizado. El miedo suele resultar un consejero muy peligroso, y puede llevarnos a pensar y actuar de manera irracional, como efectivamente sucedió entonces. En un mundo en que la muerte acechaba a cada rincón, era menester acercarse lo máximo posible a Dios, pero, al mismo tiempo, había que buscar un culpable al que señalar por los males que asolaban a la humanidad. Esa precisamente fue la doble función que recayó sobre los brujos y brujas. La brujería dejaba de ser una mera superstición para convertirse en una herejía, formando así parte activa de la eterna pugna entre Dios y Satanás, y convirtiéndose en un mal a erradicar. La irrupción de la Reforma Protestante en el siglo XVI y su difusión por gran parte de Europa no supuso grandes cambios al respecto, ya que unos y otros (protestantes y católicos) condenaron y persiguieron las prácticas de brujería, e incluso las utilizaron como arma entre ellos, como pretexto para cruzar acusaciones. Tal vez ello explique que el período de mayor intensidad en la caza de brujas, entre 1560 y 1660, coincidiera con el momento de mayor tensión y enfrentamiento entre las distintas ramas del cristianismo.

Portada del Malleus maleficarum en una edición de 1669 (Wikimedia)

A pesar de que las persecuciones empezaron a tener lugar de manera esporádica a partir del siglo XV, hay una fecha que autores como Joseph Pérez han considerado un auténtico punto de inflexión; 1484. En ese año, el papa Inocencio VIII promulgaba una bula para reforzar el poder de los inquisidores alemanes Jakob Sprenger y Enrique Insistoris en la lucha contra las prácticas heréticas del valle del Rin (Alemania) ante la creciente influencia de los valdenses. La llamada Summis desiderantes affectibus los autorizaba y obligaba a actuar decididamente contra ésta y otras manifestaciones de herejía y brujería, imponiendo severos castigos al respecto. Estos dos pastores se convertían así en los estandartes de la lucha contra el satanismo, y precisaban para ello de un arma eficaz con la que aplacar dicho mal. Para ello, se encargaron de forjar su propio «martillo de las brujas», el Malleus Maleficarum. Éste era, a grandes rasgos, un «manual» de la brujería, o si lo preferimos, una guía con la que identificar a los diferentes tipos de brujas, con sus artimañas, conjuros y hechizos; y definir los métodos a seguir para acabar con ellas. En definitiva, la obra que albergaba todo el saber acerca del mundo de las brujas y cómo afrontar la amenaza que éstas suponían para la cristiandad.

El Malleus y la bula de Inocencio VIII sentaron un precedente, al fijar las bases del modus operandi de la Iglesia en su encarnizada lucha contra los «adoradores de Lucifer». Sin embargo, la «caza» y ajusticiamiento de brujas no fue una tarea reservada al estamento eclesiástico. De hecho, fue la justicia civil la que se hizo cargo de la mayoría de pleitos durante todo el periodo. Y es que estas acusaciones se basaban en delitos contra las personas, y no sólo contra Dios. Porque una cosa era invocar al Demonio y renegar del cristianismo, y otra bien distinta era utilizar los poderes infernales para quemar las cosechas o provocar inundaciones y epidemias entre los pueblos. De modo que no sólo la Iglesia, sino toda la sociedad, compartió la creencia en la brujería, y del mismo modo la temió, la persiguió y la condenó. Curiosamente, fueron numerosos los pensadores, médicos y filósofos del Renacimiento que, al tiempo que abrazaban el humanismo y promovían el avance de la ciencia, seguían creyendo en la existencia del demonio y los brujos. Esto no debe resultar chocante, ya que, durante el siglo XVI, la línea entre la magia y la ciencia era muy estrecha, y la sociedad en su conjunto seguía sin abandonar estas creencias. Pese a todo, debemos señalar que hubo algunas voces críticas, como la de Ulrich Meller o Johann Weyer, que defendían la necesidad de dejar atrás todas estas supersticiones.

Vuelo de las brujas de Vaud. Miniatura en un manuscrito de Martin Le France, Le champion des dames, 1451

En cualquier caso, el temor a la brujería se extendió por gran parte de Europa durante más de dos siglos, dejando tras de sí un estremecedor rastro de persecuciones, ejecuciones, temores e inseguridades que se cobró la vida de miles y miles de hombres y mujeres. Aunque la imagen tradicional sea la de la mujer bruja, lo cierto es que fueron perseguidas personas de uno y otro género. Lo que ocurre es que ellas fueron las más damnificadas, como consecuencia de la asociación tradicional de la figura femenina con el mal y el pecado. Para lograr su confesión, los tribunales civiles y eclesiásticos recurrían a un sinfín de métodos que hoy consideraríamos de lo más macabro, desde el uso de tenazas al rojo vivo hasta cepos, zapatos con pinchos o el potro. Y una vez confesado el delito, el reo era enviado a la hoguera; la mayoría de las veces previamente estrangulado, y algunas otras, vivo.

No fue hasta mediados del siglo XVI cuando, primero en Francia y después en el resto del continente, el ritmo de la «caza de brujas» comenzó a aminorar, al calor de las nuevas ideas y mentalidades que se venían fraguando durante aquellos años. Un número cada vez mayor de pensadores e intelectuales comenzó a mostrarse contrario a estas persecuciones y a dar una nueva interpretación a todo este fenómeno. El peligroso aliado de Satanás que era el brujo pasaba a ser un mero charlatán que se aprovechaba de la ignorancia de las masas, fingiendo tener poderes paranormales. El fenómeno que tuvo lugar entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII fue una reversión de la situación; la brujería dejaba de ser considerada una herejía, y volvía a ser vista como una mera manifestación de superstición. La imagen que jueces y teólogos elaboraron durante todo este tiempo fue desmontada entonces por filósofos y pensadores cercanos a los novedosos ideales racionalistas y empiristas, incompatibles con este tipo de creencias. La razón se imponía sobre la locura, o al menos aportaba algo de cordura.

La irrupción de este trascendental viraje ideológico no supuso, sin embargo, el final definitivo de la creencia y el temor a la brujería. Una prueba de ello es la pervivencia de pleitos contra brujas en momentos relativamente tardíos como el famoso caso de los Juicios de Salem, en 1692, o el de la suiza Anna Göldin, decapitada en 1782. Afortunadamente, estos últimos fueron episodios aislados y representaron los últimos coletazos de un fenómeno casi extinto a mediados del siglo XVII. Una centuria más tarde, llegaba la Ilustración y con ella se abría una época en la que el apodo «de las Luces» nada tenía que ver con la lumbre de aquellas hogueras en las que ardieron tantas y tantas personas, víctimas del pánico irracional en una época en que las desdichas no tenían una fácil explicación.

Ilustración de The Lancashire witches, de William Harrison Ainsworth

¿Quién sabe? Quizás tengan razón quienes aseguran escuchar en el viento los susurros del pasado. Puede que sea el llanto desconsolado o el último hálito de vida de aquellos hombres y mujeres que fueron pasto de las llamas. O tal vez sean los ecos de Auschwitz, Rwanda, Hiroshima, Nagasaki, Siberia, Bosnia o tantos otros páramos desiertos de memoria y heridos de resignación e indiferencia. El tiempo todo lo cambia, o eso dicen, pero parece que hay cosas de las que no podemos desprendernos por más que queramos. El miedo, peligroso aliado e implacable arma de déspotas y tiranos, sigue azotando nuestro mundo. Lejos quedan los tiempos en que se perseguían a brujas y magos. Sin embargo, persisten los estigmas causados por el miedo y la irracionalidad. Persecuciones, bombardeos, genocidios y todo tipo de atrocidades pueblan las páginas de nuestra Historia y nos muestran el lado más oscuro del ser humano. La lección para el presente no es otra que la necesidad de ganar la batalla al miedo, de dejar atrás temores e inseguridades y apagar las hogueras del odio y la incomprensión.

Para saber más:

ARMENGOL, A. (2002). “Realidades de la brujería en el siglo XVII entre la Europa de la caza de brujas y el racionalismo hispánico”, Tiempos Modernos, Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 3, nº6.

CARDINI, F. (1982). Magia, brujería y superstición en el occidente medieval. Barcelona: Península.

CARO BAROJA, J. (1969). Las brujas y su mundo. Madrid: Alianza.

DELUMEAU, J. (2002). El miedo en occidente (siglos XIV-XVIII): Una ciudad sitiada. Barcelona: Taurus.

LEVACK, B. (1995). La caza de brujas en la Edad Moderna. Madrid: Alianza.

PÉREZ, J. (2010). Historia de la brujería en España. Madrid: Espasa.

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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