Divulgación

El principio del fin de la República romana

Publicado en el número 3 de Descubrir la Historia (octubre de 2015).

Roma, la ciudad eterna de los césares. Cuando pensamos en los romanos, normalmente nos vienen a la mente imágenes de aquellos poderosos, opulentos e incluso divinos emperadores que gobernaban todo el mundo conocido con un poder absoluto. Sin embargo, solemos olvidar que la etapa imperial es solo el último periodo de la historia romana, que durante casi cinco siglos el estado romano estuvo constituido en una república. República que nació en el año 509 a. C. tras expulsar al último de sus reyes, Tarquinio el Soberbio, y que se mantendría hasta que Augusto acumuló todos los poderes en el año 27 a. C., con lo que consideramos que se inicia el Imperio.

Durante ese tiempo se diseñó un sistema que permitía a la oligarquía mantener el control del estado, pero que al mismo tiempo evitaba la acumulación de poderes en una sola persona. De este modo, se formó una serie de magistraturas colegiadas englobadas en lo que conocemos como cursus honorum, siendo estos magistrados de menor a mayor categoría cuestor, edil, pretor y cónsul, además del censor. Eran éstos quienes ostentaban el poder ejecutivo y quienes tenían la potestad de convocar los comicios, asambleas populares que ejercían el poder legislativo. Existía otra magistratura de carácter extraordinario, la dictadura, ya que en caso de crisis se podía nombrar un dictador que ostentase el poder durante un periodo máximo de seis meses para solventar dicha crisis. Quienes habían ejercido las diferentes magistraturas pasaban a formar parte del Senado, órgano consultivo que no tenía realmente potestad para anular leyes, pero sí que se le pedía siempre su beneplácito para aprobarlas, además de tener una serie de competencias en política exterior y el control del erario público.

Al principio, los únicos ciudadanos con pleno derecho para acceder a estos órganos de poder eran una nobleza de sangre conocida como patricios, pero las reivindicaciones por parte de una élite de plebeyos permitieron que éstos también tuvieran acceso al cursus honorum, pasando del patriciado a la nobilitas patricio-plebeya. Lograron también la creación de una nueva magistratura, el tribuno de la plebe, quien tenía derecho a veto sobre cualquier resolución de las asambleas y cuya persona era sacrosanta e inviolable.

Cicerón ante el Senado

Con el tiempo, estas instituciones fueron normalizando su funcionamiento, logrando cierta estabilidad. Al mismo tiempo, el Senado adquirió un gran prestigio al pedírsele siempre su consentimiento para aprobar las diferentes leyes, de tal modo que, sin ser realmente un requisito legal, se asentó como norma consuetudinaria. Pero esta estabilidad empezaría a tambalearse en el siglo II a. C., especialmente por la actividad política de los Graco.

Tiberio Sempronio Graco fue uno de los diez tribunos de la plebe elegidos para el año 133 a. C., cargo desde el cual revolucionó la política romana. En aquella época había una gran crisis de reclutamiento y pobreza como fruto de la contradicción entre la tradición militar romana y la expansión de su imperio. El ejército romano estaba compuesto por las legiones romanas y las tropas de los aliados itálicos (formula togatorum). Las legiones estaban compuestas por ciudadanos romanos propietarios de tierras, pues se creía que quien mejor defenderían la ciudad serían aquellos que tuvieran algo que perder. Los que no poseían tierras se les llamaba proletarii (solo podían aportar su prole) y no eran reclutables. Este sistema funcionó mientras Roma se mantuvo como una simple ciudad-estado. Los propietarios labraban su tierra, acudían a las legiones al comenzar la campaña militar (siempre a partir de marzo) y al volver su tierra estaba lista para la cosecha.

Pero a medida que el dominio romano se extendía por el Mediterráneo las campañas militares se iban alargando cada vez más en el tiempo, de tal modo que el pequeño propietario regresaba a sus tierras cuando la cosecha se había perdido, mientras que los más acomodados contaban con jornaleros o esclavos que se ocupaban de su mantenimiento. Al pequeño propietario, arruinado, solo le quedaba vender su tierra, con lo que dejaba de ser propietario y por tanto reclutable, y ofrecerse a algún gran propietario como jornalero, pero éstos ya no contrataban a nadie debido a la gran cantidad de mano de obra esclava que habían aportado las conquistas. Esta situación llevó a muchas de estas personas a emigrar a la propia ciudad de Roma para buscar algún oficio y malvivir con lo que pudieran, con lo cual a la crisis de reclutamiento se unió otra de pobreza y sobrepoblación de la ciudad.

Para solucionar este problema, Tiberio Graco propuso una ley agraria que permitiera un reparto de tierras entre los ciudadanos, con la cual se ganó el odio de la aristocracia. Pero lo que provocó esa oposición no fue la propia ley, pues a lo largo de los años se habían elaborado muchas similares, sino la actitud demagógica y radical con la que fue presentada por el tribuno, desafiando al Senado y las tradiciones políticas de la República.

Esta reforma presentaba dos problemas principales. Por un lado, se pretendía limitar la cantidad de tierra que podía poseer cada ciudadano, lo cual reduciría muchos de los latifundios que pertenecían a miembros de la clase senatorial. Por otro lado, gran parte del ager publicus (tierras cuya propiedad correspondía a la República) que se repartiría entre los ciudadanos había sido legada en usufructo a poblaciones itálicas que tuvieron que rendir dicha propiedad a Roma al ser conquistadas, tras lo cual se les permitió seguir ocupándolas. Estas familias, que en muchos casos llevaban más de 200 años trabajando aquellas tierras, veían cómo se las arrebataban sin poder decir nada al respecto por no ser ciudadanos, por lo que acudían a sus patronos romanos, principalmente a Escipión Emiliano. A esto hay que añadir la propia actitud de Tiberio hacia el Senado, recordándole que la capacidad de aprobar leyes correspondía únicamente al pueblo y que el beneplácito senatorial no era necesario.

De este modo, cuando la ley gracana se sometió a votación en los comicios, el tribuno Marco Octavio, a instancias de la oposición senatorial, ejerció su derecho a veto para evitar su aprobación. Esto desencadenó una reacción sin precedentes por parte de Tiberio. Alegando que un tribuno de la plebe pierde su carácter sacrosanto y la dignidad de su cargo al utilizar sus competencias contra el propio pueblo al que debe defender, convocó unos nuevos comicios para someter a votación la destitución de Marco Octavio como tribuno. La asamblea votó a favor de que fuera depuesto de su cargo, lo cual supuso un auténtico escándalo entre la nobilitas. Tras la elección de Minucia como nuevo tribuno, no hubo problemas para aprobar la ley agraria.

A esto se unió un nuevo conflicto de intereses cuando se dio a conocer el testamento del rey Átalo III de Pérgamo, quien tras morir sin descendencia había legado su reino al pueblo romano. En principio era el Senado quien debía ocuparse de la administración del tesoro que recibía con este testamento, pues entre sus competencias estaban tanto la política exterior como la gestión del erario público. Sin embargo, Tiberio Graco exigió que ese dinero se entregara directamente al pueblo, pues era a quien se lo había legado Átalo. Esto permitiría financiar la comisión encargada de repartir las tierras según la reciente ley agraria. El Senado veía esta acción como una intromisión inaceptable en sus competencias.

Por si fuera poco, todavía le quedaba a Graco un último desafío. Las magistraturas ordinarias eran anuales, por lo tanto, cada año se elegían nuevos tribunos de la plebe. Sin embargo, Tiberio anunció que se presentaría para ser reelegido, algo que iba totalmente en contra de la tradición republicana. Buena parte de la clase senatorial se había cansado ya de los continuos excesos del polémico tribuno. Se radicalizaron tanto las posturas que Escipión Nasica encabezó un grupo de exaltados armados que atacaron a Tiberio Graco y sus partidarios el día que se presentaba a su reelección. Entre 200 y 300 hombres fueron asesinados, entre ellos el propio Graco, cuyo cuerpo fue arrojado al río Tíber. Tan llamativo fue el hecho de llevar la violencia a la acción política y atacar a un magistrado sacrosanto e inviolable como la justificación de tales actos por parte de Escipión Emiliano.

Cabe destacar las posibles influencias que llevaron a Tiberio Sempronio Graco a actuar de esta manera. Por un lado, es importante la obra de Polibio, historiador griego que escribió sobre la constitución romana, considerándola perfecta al mezclar características de la monarquía (cónsules), la oligarquía (Senado) y la democracia (asambleas). Entre otras cosas, resaltó la capacidad legislativa de las asambleas populares al ser éstas las que debían aprobar las leyes, sin necesidad de que interviniera ningún otro organismo, de tal modo que «el Senado ha de respetar y tener siempre en cuenta al pueblo». Es de suponer que Polibio recordó de alguna manera a los romanos, y en especial a Tiberio, el poder real de los comicios tribados y que la solicitud del beneplácito del Senado era únicamente resultado de la costumbre, pero que ninguna ley ni institución obligaba a ello.

Por otro lado, es de especial importancia la educación que recibieron los Graco. Su madre Cornelia recurrió a diferentes sabios griegos para educar a sus hijos, entre ellos el retórico Diófanes de Mitilene. Asimismo, el cónsul del 133 a. C. Publio Mucio Escévola tenía como invitado al filósofo estoico Blosio de Cumas, quien ejercería de consejero de Tiberio. De este modo, se puede ver una importante influencia de la filosofía griega, en especial del estoicismo, en la reforma gracana.

Hacia el año 300 a. C. el filósofo Zenón de Citio inició el estoicismo al reflexionar sobre una sociedad perfecta, justa y equitativa, con ciudadanos sabios por igual que actúan conforme a la razón, sin necesidad de mitos, gimnasios, instituciones, matrimonios, dinero o propiedad. En el siglo III a. C., los reyes Agis y Cleómenes III de Esparta emprendieron una serie de reformas radicales asistidos por el estoico Esfero de Borístenes, alumno de Zenón. Realizaron una política de cancelación de deudas, redistribución de tierras y abolición de los títulos de propiedad. Esto provocó un efecto caótico que llevó al asesinato de sus responsables, incluido el rey Agis, así como a una reflexión dentro del mismo estoicismo que lo dividió en dos corrientes, una radical y otra moderada.

Este intento de reforma espartana se puede considerar precedente de la reforma gracana, en el sentido de que se hace igualmente una redistribución de la propiedad agraria, considerada común o pública, que provoca un caos jurídico y administrativo, al mismo tiempo que lleva a una radicalización política que acaba de forma violenta con la vida de los reformadores. Teniendo en cuenta este precedente y la forma en que Graco ejerció su política, así como la asistencia que recibió por parte de Blosio de Cumas, no cabe duda de que estaba fuertemente influenciado por esta corriente radical del estoicismo.

Para bien o para mal, la acción política de Tiberio Sempronio Graco marcó de tal manera a la República que la crisis institucional de la misma no dejó de agudizarse hasta su fin. A partir de entonces la política romana quedaría dividida en dos corrientes bien diferenciadas: populares y optimates. Los populares serían aquellos dispuestos a ir en contra de la tradición y de los privilegios senatoriales para realizar reformas radicales que solucionaran las diferentes crisis que afrontaba Roma en aquella época. Por su parte, los optimates serían aquellos que defendían la tradición republicana y los privilegios de la nobilitas, estando dispuestos a defender las instituciones republicanas a ultranza a pesar de estar sumidas en la corrupción.

La muerte de Cayo Graco. Felix Auvray. Museo Valenciennes, Francia

Cayo Sempronio Graco sería elegido tribuno de la plebe en el año 123 a. C., elaborando una nueva serie de reformas en la línea de su hermano, pero esta vez yendo más allá de la propia ley agraria y reformando organismos estatales. Por ejemplo, reformó los tribunales que juzgaban los casos de corrupción por parte de senadores, de tal manera que estuvieran compuestos por equites en vez de por los mismos senadores, ya que éstos solían dar un trato de favor al acusado al pertenecer a la misma clase. Su actividad política radicalizó de tal manera a la oposición que acabó corriendo la misma suerte que su hermano. Del mismo modo, la ley agraria de Tiberio contribuyó a que los itálicos intensificaran sus reivindicaciones, exigiendo los mismos derechos que los ciudadanos romanos. Al no lograr sus objetivos se rebelaron contra Roma, dando inicio la Guerra Social (91-90 a. C.), tras la cual se otorgó la ciudadanía romana a la población itálica.

La crisis de reclutamiento fue resuelta por el cónsul Cayo Mario, quien profesionalizó el ejército romano, de tal manera que ya no se reclutaba a los propietarios, sino que los ciudadanos podían alistarse en las legiones para ganarse un sueldo y, tras licenciarse, recibirían tierras en premio a sus servicios. Esto resolvía tanto las dificultades para reclutar como la desocupación de muchos ciudadanos, pero también crearía importantes lazos de lealtad y clientelismo entre los legionarios y su general, pues era él quien se ocupaba de pagarles y darles las tierras prometidas. Fue esta nueva relación, junto a la radicalización de la política, la que permitió a Lucio Cornelio Sila ocupar la propia ciudad de Roma con sus legiones y proclamarse dictador, realizando el primer golpe de estado de la historia romana. Los generales posteriores (Pompeyo, Craso, César, Marco Antonio, etc.), influenciados en cierto modo por el gran poder de los reyes helenísticos, se apoyarían igualmente en sus legiones para defender sus intereses a costa de la estabilidad institucional republicana, sucediéndose las guerras civiles hasta que finalmente Octavio aglutinó todo el poder iniciando el Imperio.

Para saber más:

Bernstein, A. H. (1978). Tiberius Sempronius Gracchus: tradition and apostasy. Londres: Cornell University Press.

García Fernández, E. (2010). El regreso a la caverna: filosofía y política en época gracana, en Bravo, G. y González Salinero, R. (coord.), Toga y Daga: teoría y praxis de la política en Roma. Madrid: Signifer libros.

Polibio. Historia general. Libro VI.

Suárez Piñeiro, A. M. (2004). La crisis de la república romana (133-44 a. C.): la alternativa política de los “populares”. Santiago de Compostela: Lóstrego.

Acerca del autor

Jorge Pérez González

Licenciado en Historia y Máster en Historia y Ciencias de la Antigüedad.

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