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Editorial. Tiempos de crisis y esperanza


Publicado en el número 3 de Descubrir la Historia (octubre de 2015).

Hace poco más de ochenta y cinco años, tuvo lugar la que hasta entonces fue la mayor crisis de la historia del capitalismo. El «crac del 29» y sus efectos borraron de un plumazo la ilusoria imagen de prosperidad de los «felices años 20» y sembraron la semilla del pánico, la desconfianza y los temores cuya larga sombra aún asoma en nuestros días.  Hoy, muchas cosas han cambiado, pero de nuevo debemos hacer frente a los envites de una crisis económica de dramáticas consecuencias. La reiteración de palabras como deuda, desigualdad y pobreza es la que nos mueve en este número a dedicar especial atención a un contexto histórico como el de la Gran Depresión, no tanto para buscar en él un remedio mágico para nuestra maltrecha economía, sino más bien para extraer de su estudio un mensaje de esperanza para el futuro.

Durante la década de los treinta, entraron en escena una serie de factores que nos recuerdan demasiado a la situación actual, pero que ya habían participado en más de una ocasión en esa inmensa y extraordinaria obra que es la Historia. El miedo se cobraba desde tiempos inmemoriales la vida de miles de personas en las hogueras del terror y la violencia. Lo mismo que ocurrió con las guerras que asolaron cada rincón del planeta, desde la Guerra Civil a las batallas que durante la Edad Media tuvieron lugar, sin ir más lejos, en la propia península ibérica, o mucho más tarde en lugares como la romántica e inmortal Casablanca. En el otro extremo de la balanza se encuentra la esperanza, aquella que nos acercan los niños inocentes que sueñan con mundos sin fronteras, y con ella, la necesidad de unir lazos y abrir la mente al intercambio y el contacto cultural, como el que hace tantos siglos entablaron griegos e indios.

Los de la Gran Depresión fueron años de crisis financiera, aunque crisis al fin y al cabo, como la que protagonizó la República Romana allá por el siglo I a.C. o la que tantos y tantos pueblos han sufrido a lo largo de la historia. Sin embargo, siempre hemos pensado que los momentos de crisis también nos brindan una gran oportunidad de cambio y mejora de nuestra sociedad y nuestro mundo. Una puerta se cierra de golpe, y nos damos de bruces con la cruel realidad, pero siempre queda una rendija abierta a la iniciativa y la esperanza. En nuestro caso, la Historia nos proporciona una serie de herramientas con las que afrontar esta labor. Gracias a ella, podemos conocer los entresijos y las pequeñas historias de los hombres y mujeres de a pie fabulosamente narradas por el profesor Eslava Galán; encontrar el enfoque más antropológico de nuestro pasado, como permite la obra reseñada de Marvin Harris, o sumergirnos entre las páginas de la mitología clásica para encontrar en ellas los deseos, pasiones, virtudes y frustraciones compartidas con nuestros antecesores.

En efecto, por suerte o por desgracia, hemos de afrontar tiempos de cambio, de miedos, frustraciones y pesares, pero también de esperanza y de retos y esfuerzos encomiables. Los hombres y mujeres de los años treinta tuvieron que soportar el estigma de la crisis e hicieron acopio de todas sus fuerzas para salir adelante. Algunos lo consiguieron, y otros muchos no. Nosotros, hijos de la desesperanza y el tedio, cargamos con la etiqueta de la «generación perdida» y constituye nuestra misión inaplazable el acabar con esta situación. La tarea no es ni mucho menos sencilla: quedan muchos muros que derribar, muchas hogueras que apagar y muchas distancias que estrechar, pero nada de ello debe ser considerado una utopía. Y si lo fuera, tal vez sea hora de hacer gala de una de las muchas enseñanzas que nos legó Eduardo Galeano y pensar que es la utopía la que, para bien o para mal, nos hace caminar. Y el camino, como el tiempo y la experiencia nos han enseñado, es muy amplio y está lleno de posibilidades.

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