Divulgación

Cielo rojo en la España republicana

Publicado en el número 3 de Descubrir la Historia (octubre de 2015).

La Revolución Rusa (1917) fue un duro impacto para una Europa que resistía aún a las desdichas de un enfrentamiento a gran escala que se había antojado revelador y esperanzador. El mundo quería cambiar y la Primera Guerra Mundial (1914-1918) lo consiguió, aunque de un modo brutal y desalentador. El sistema liberal decimonónico y sus valores basados en la razón se resquebrajaron frente a la Gran Guerra para ser definitivamente enterrados por la revolución roja de octubre y su sacudida mundial. Los felices años veinte fueron también un periodo de crisis política, social y económica, una época en la que mientras una parte del pueblo quería olvidar la guerra, la otra deseaba recuperarla.

Con la Revolución de Octubre y el fin de la monarquía zarista Romanov, una estela rojiza recorrió el mundo entero plantando prosélitos, espoleando la creación de partidos izquierdistas, socialistas, anarquistas y, por supuesto, comunistas, todos ellos nacidos bajo la luz bolchevique para oponerse al sistema establecido y obtener un sistema mejor y más justo para el proletariado. El miedo a que la Revolución Rusa tuviera su eco más allá de la Unión Soviética hizo que las protestas, las manifestaciones y las quejas laborales, consecuencia de las sucesivas crisis de entreguerras, se interpretaran como amenazas al sistema establecido, causando una oleada contrarrevolucionaria que reaccionaría frente a esa amenaza. El miedo al fantasma de Karl Marx llevó, entre otras consecuencias, a la radicalización de fuerzas políticas comúnmente llamadas «de orden», como el fascismo de Mussolini en Italia, en los años veinte, o el nacionalsocialismo de Hitler en Alemania, en los años 30. El mundo elegiría paulatinamente entre la revolución o la contrarrevolución, entre luchar por un sistema basado en la división social, la expansión económica —en forma de capitalismo o imperialismo— y el gobierno de un partido único en muchos casos; o entre la eliminación de los sistemas de clase, la destrucción de la riqueza y la implantación de una dictadura liderada por el proletariado. Ambos caminos llevarían los pueblos del mundo «civilizado» a enfrentarse, primeramente en las urnas y rápidamente en las calles, por el advenimiento de uno u otro sistema, que en su versión simplificada se traduciría en la pugna entre los movimientos de derechas e izquierdas.

Proclamación de la II Repúbloca (Fotografía: Alfonso Sánchez Portela, Museo Reina Sofía)

Parece ser, pues, que el mundo ya se dividía en dos cuando la República llegó a España por segunda vez, el 14 de abril de 1931. España no había estado aislada ni durante la Gran Guerra (1914-1918), ni durante la Revolución Rusa (1917), ni durante la Gran Depresión (1929), la cual acentuó la crisis mundial, tanto económica como social, estimulando al extremismo en auge. En la España de los años veinte, el sector conservador del país había considerado su sistema tradicionalista mejor protegido gracias a la llegada al poder en 1923 del dictador derechista Miguel Primo de Rivera. No habría que temer un cambio radical comunista, ni el fin del conservadurismo español. Aunque a partir de 1930 la situación cambió drásticamente. Primo de Rivera, falto de una dirección de gobierno firme y cansado por la vejez, decidiría capitular de su sistema dictatorial, desprotegiendo al Rey, símbolo de continuidad, catolicidad, tradición y unidad, que hasta entonces había representado el cinturón de seguridad de las derechas españolas. Falto de apoyo y sin ánimo de acometer una reforma del sistema, el rey Alfonso XIII decidió exiliarse, permitiendo la llegada de la Segunda República en España. Ahora sí que el miedo atenazó. La república fue recibida por los conservadores como un sinónimo de falta de autoridad, de caos político y social, una idea utópica sobre una igualdad imposible e inestable, inspirada en la Revolución Francesa (1789) y personificada finalmente por la Unión Soviética y su comunismo ruso. Todo este pensamiento político reaccionario, teñido del miedo a una invasión comunista en España y a la influencia de las ideas rusas y su mitificada revolución entre la población española, se convirtió en una corriente ideológica muy presente entre las páginas de la prensa tradicionalista del país, sobre todo durante el primer año de República, donde las primeras reformas y gobiernos izquierdistas serían motivo de amenaza más que justificado por los conservadores españoles.

Los periódicos católicos, monárquicos, nacionalistas y, en definitiva, contrarios a la República, verían en todo paso hacia la apertura del país y hacia su democratización una rusificación que llevaría a los españoles hacia los caminos de la Rusia Soviética. La revolución social llegaría tarde o temprano, por lo que aquellos que fuesen conscientes del peligro que acechaba a España, debían unir sus fuerzas para combatir el advenimiento de una «revolución social de aterradoras proporciones» que se había iniciado con la misma llegada de la República. El periódico monárquico ABC clamaría por la «unión sagrada de todos los patriotas verdaderos, que anhelan la prosperidad de España contra la liga de elementos disolventes, que tampoco se contentan ya con la República, sino que desean el comunismo rojo y la revolución exterminadora», añadiendo que la República sustituiría «la propiedad individual, base y motor del bienestar de cada uno y de la riqueza colectiva, por un universal proletariado» para entronizar «el tiránico imperio de una dictadura de clase». Dichas afirmaciones pasarían a formar parte de un discurso, adoptado por la totalidad de la prensa conservadora española, basado en el temor a una revolución roja, sustentada y explicada por básicamente cuatro factores: los paralelismos políticos e históricos entre la Rusia post-zarista y la España post-borbónica; la presencia de socialistas con anhelos comunistas en los sucesivos gobierno de la República; el «exceso» de libertades propulsadas por el abrazo al régimen de tipo democrático; y la presencia continua de lo que la prensa llamaría «ensayos» revolucionarios, presenciados en forma de huelgas, manifestaciones y alguna que otra insurrección popular.

Portada del día 30 de abril de 1931 de La Correspondencia Militar

Por lo que se refiere al primer factor, los paralelismos históricos, la prensa luchará por borrar las distinciones entre la Rusia de 1917 y la España de 1930-1. En primer lugar, la minoría que en España representaba la población comunista, en comparación con la que correspondía a la Rusia anterior a la revolución, se menospreciaría por el hecho de que «los bolcheviques rusos no eran muchos más» y «no fueron muchedumbres las que movió Lenin para realizar el asalto del Palacio de Invierno y hacer prisioneros a los ministros de Kerensky», como expresaría el periódico católico El Siglo Futuro. También ABC diría que «los sicarios de Lenin» nunca fueron mayoría, aunque eso no les impidió imponerse «por la violencia». El periódico militarista La Correspondencia Militar afirmaría, por su parte, que si bien son «muy pocos» los comunistas españoles que lo son por ideales, «el dinero y la moda son dos grandes corruptores. Si con el primero, y el esnobismo, [el comunismo] hace prosélitos no podemos sentir extrañeza porque aparezca el comunismo con fuerza aparente que dista mucho de la fuerza real». Del mismo modo, el diario advertía que aunque en España se pensase, «con infundado orgullo», que nunca podría acometerse una situación semejante a la de la Rusia revolucionaria, también esa fue la mentalidad en el país de los zares el día en que «una minoría tan insignificante» se impuso a una mayoría abrumadora: «Aquí también podría suceder que las masas obreras, hoy socialistas, escapasen de las manos de sus actuales jefes como allí escaparon de las de Kerensky, porque con hambre es muy fácil que una masa pase del socialismo al comunismo […] será de utilidad meditar sobre lo que pasó en Rusia para salir de la pasividad en que las clases no proletarios nos encontramos».

Las referencias al político ruso social-revolucionario Aleksandr Kerensky (1881-1970), al «periodo Kerensky» o al «Gobierno de Kerensky y sus ministros» es el paralelismo más destacado al que se afianzó la prensa conservadora para comparar el primer gobierno provisional republicano-socialista (abril-diciembre 1931) con el primer gobierno provisional (julio-noviembre 1917) tras el fin de los Romanov en Rusia, el que fue presidido por Kerensky. El gobierno provisional socialista de Kerensky en Rusia dio paso rápidamente al gobierno bolchevique de Vladimir Lenin (1870-1924), por lo que no se podía descartar, según la prensa conservadora, una evolución análoga en la nueva España republicana: «[L]a situación va teniendo cierta semejanza con la de Rusia de entonces, y parece mentira que en diez meses se haya dado un salto tal que causa asombro a quienes nos observan desde fuera pues por el camino que seguimos, los radicalismo de nuestros legisladores van a hacer que aquí se implanten leyes más bolchevics [sic] que socialistas». Advertiría La Correspondencia Militar que «los que hayan seguido de cerca la revolución rusa de marzo de 1917 habrán visto cómo» una sola política del «Gobierno provisional de Kerensky» pudo sustituir «la disciplina antigua por la revolucionaria […], dando el triunfo a Lenin y Trotsky, que se apresuraron, consolidada su dictadura, a suprimir los Comités e imponer la pena de muerte y una disciplina de acero en el ejército rojo». Con ello intentaba el periódico avisar del peligro que podía ocasionar una sola medida o reforma excesivamente «revolucionaria» desde el Gobierno provisional español, dado que «el éxito de una revolución es un asunto mucho más sencillo de lo que se cree ordinariamente». También ABC afirmaría que «España puede hallarse hoy en el ‘periodo Kerenski’, que, como se sabe, precedió en Rusia al comunismo». Del mismo modo, La Época daría cuenta de «el recuerdo de lo que pasó en Rusia con la etapa de Kerensky, etapa de embriaguez de libertad, hace que cada cual se interrogue» y se preguntaría: «¿sucederá lo mismo en España? El temor y el enemigo de todos es el comunismo. Desgraciadamente no se ve en el Gobierno la suficiente energía y unidad para acometer de frente el problema».

El hecho de que el socialismo de Kerensky, política considerada moderada por los bolcheviques, llevara tarde o temprano a la dictadura del proletariado fue una referencia que se usó sin reparo para señalar al gobierno español provisional, que se formó con la coalición de los republicanos con los socialistas, como un núcleo revolucionario que permitía al germen comunista entrar en las entrañas políticas para al final hacer la revolución, siguiendo el mismo camino que siguió Rusia. Como afirmó La Época, «los socialistas, que vocean vivas a la revolución social» no comprenden que «la revolución social no sería la de ellos, sino la de los comunistas». Sentenciaba el periódico que «los bolcheviques serán pocos, pero los bolchevizantes son muchos». Para la derecha, toda inclinación política y económica hacia lo social, convertía al socialismo en la base para el comunismo, por lo que «todo comunismo es socialismo» y «todo socialismo es comunismo». Con este argumento, se afirmaría que la revolución rusa había sido oficialmente socialista, no bolchevique ni roja, y que su comunismo había sido a su vez socialista, por lo que era necesario afirmar también que el socialismo español se debía considerar también comunista. El cómo se podría evitar que el socialismo trajera definitivamente una sociedad comunista es un remedio que el propio El Siglo Futuro no dudaría en formular: «[H]abría que volver a las tradiciones, a la monarquía absoluta, a los principios religiosos enseñados obligatoriamente en las escuelas, a la jerarquía, a todo lo que refrena […] las pasiones ciegas y destructoras de las masas». El monárquico Acción Española llegaría a afirmar incluso que la libertad era incompatible con la propiedad privada —algo que quería destruir el comunismo— y que, por lo tanto, no podían coexistir, rechazando la primera como una «idea absurda, pero de facilísimo arraigo en las clases trabajadoras».

Portada de El Siglo Futuro

Sería precisamente la libertad, decía la literatura conservadora, el puente que permitiría la entrada de todas aquellas ideas ya extendidas y desarrolladas en Rusia para servir de nuevo y con los mismos objetivos en España. De ese modo, El Siglo Futuro culpó a la presencia de propaganda «subversiva […] contra Dios, la sociedad, la autoridad y la patria» a la libertad de tipo decimonónica, es decir, liberal, la cual según el periódico sobrepasaba las libertades de criterio para permitir aquellas que tienen el objetivo de convencer y manipular con ideas revolucionarias. Desde el punto de vista conservador, con la democracia, un exceso de libertad daría rienda suelta al comunismo y, con ello, los logros de la dictadura y sus eficaces muros frente a la Rusia comunista se desvanecerían. En lo que se refiere a la libertad de opinión, El Siglo Futuro compararía la libertad española ejercida por el gobierno republicano para con la prensa con la libertad ejercida por Lenin y la Unión Soviética, acusando al régimen ruso de deshacerse de toda prensa hostil al comunismo del mismo modo que el Gobierno Español —según El Siglo Futuro— estaba poniendo trabas a periódicos derechistas como El Debate, una comparativa que dice mucho de lo que el periódico católico pensaba del gobierno de coalición: «Y, ahí, está la libertad comunista, que es en las instituciones de gobierno ‘dictadura de clase’: la dictadura del proletariado». ABC dedicó también unas palabras al «exceso» de libertad conferida a los medios que según él constituían la prensa republicana y revolucionaria: «Al comunismo, que propugna el cambio más radical de régimen, incluso por la fuerza, no se le estorban propagandas y recaudaciones, pero a la política derechista en general, y al monarquismo sobre todo, se le pone prácticamente fuera de la ley». Según La Época la solución para acabar con el «notorio» peligro comunista soviético en España, «obediente a inspiraciones directas o ejemplos indirectos de Moscú», al que «el Gobierno y la Prensa que le sirve», era la represión: «La represión es indispensable cuando la libertad degenera en licencia».

Represión es del mismo modo lo que le pidieron los sectores conservadores al gobierno republicano que ejerciera sobre las masas que, «manipuladas» por agentes comunistas rusos en España y su propaganda, se dedicaban a realizar lo que llamarían «ensayos» revolucionarios, es decir, actos de desestabilización social que alterarían al pueblo facilitando su evolución hacia la lucha de clases. En realidad, lo que se calificó de «ensayos» fueron ocasionadas no por una efervescencia comunista sino más bien por la rápida decepción que sufrieron las masas trabajadoras frente a la lentitud de las reformas democráticas y, consecuentemente, a la caída progresiva de sus expectativas para con la República. Según ABC, el «espíritu de subversión y violencia», con «huelgas sin motivo razonable, que degeneran en ataques a la fuerza pública», había sido constante desde la implantación de la República. El «movimiento ascensional de la clase obrera en sus reivindicaciones e influencia» se presentaría para la prensa conservadora como un «movimiento geológico», prueba del «avance obrerista» en su escalonada por la jerarquía social española, amenazando su sistema de valores y poderes tradicional. La decepción popular frente al retraso en los cambios democráticos había generado, según el periódico monárquico Acción Española, el desplazamiento de las masas «hacia las zonas rojas de los radicalismos revolucionarios», apartándolas de la ley y de la disciplina social para fascinarlas con doctrinas como el comunismo y la anarquía. ABC daría cuenta de vivas al comunismo «y otros análogos» gritados en una «manifestación comunista» en Valencia, en mayo de 1931, y en Tarazona, Sevilla, en setiembre de 1931, donde jóvenes con banderas rojas darían «vivas a Rusia, al comunismo y ‘Abajo la República’». A Lenin, a Rusia y por supuesto al comunismo vitorearon también unos comunistas que interrumpieron en septiembre la procesión del Santísimo Cristo del Consuelo, en Villa de Don Fabrique, según informó ABC. El mismo mes de setiembre informó El Siglo Futuro de agresiones a la Guardia Civil, izadas de banderas «rojas» y cantadas a la «Internacional [comunista]», todo ello ocurrido en Madrid y provincias. Todos estos sucesos, según El Siglo Futuro, habían sido provocados por el comunismo, «cuyas organizaciones han hecho acto de presencia en la calle, después de haber comparecido en los mítines para adoptar los acuerdos, cuya lectura recomendamos, para que quienes niegan la existencia del peligro comunista, se vayan dando cuenta de su pavorosa realidad».

Por todo este ambiente revolucionario, animaba El Siglo Futuro a «hacer frente al desorden, para mantener y defender la tranquilidad pública, contra la acción revolucionaria» e insinuaba que, si llegase a ser necesario, la derecha se enfrentaría a cualquier régimen que armara «el brazo de las muchedumbres» con «teorías que crean el espíritu revolucionario». Como se observaría, el discurso de advertencia e incluso temor de la prensa conservadora frente al peligro rojo se transformaría paulatinamente en un discurso de rencor y enfado, seguido del ánimo de luchar y combatir, frente a un Gobierno que, según las derechas, no hacía nada para evitar la transición de una España democrática a una comunista. La derecha se había cansado de acusar y exigir para pasar a desear la acción preventiva para salvar a España de un destino rojo como la que sufrió Rusia después de su revolución. España, se lamentaba el sector más conservador, se hallaba sin duda alguna en el período Kerensky, es decir, en la antesala de la revolución comunista y del advenimiento de la dictadura del proletariado, y la ciudadanía española debía tomar partido: o estaba con el Gobierno, análogo del gobierno provisional socialista liderado por Kerensky, o luchaba contra él. Había llegado la hora de actuar contra el peligro comunista; había llegado la hora de convertirse en contrarrevolucionario.

Portada del diario La Época del 4 de mayo de 1931.

Y así ocurrió. El miedo a la revolución y la propaganda anticomunista tan exacerbada por la prensa de derechas fomentarían la unión y el acuerdo derechista para preparar y ejecutar la que sería la primera sublevación militar contra la República, poco más de un año después de su proclamación. La conspiración contra la República estallaría el 10 de agosto de 1932 con el llamado «Golpe de Estado de Sanjurjo» o «Sanjurjada», debido a que dicho movimiento fue liderado por el general José Sanjurjo (1872-1936) —quien jugaría también un papel relevante en la preparación del golpe definitivo en julio de 1936, previo al estallido de la guerra civil española—. Para desgracia del sector conservadurista de la sociedad, la insurrección fue fácilmente desarticulada por el Gobierno republicano de Manuel Azaña (1880-1940), quien había sido informado de la intención de Sanjurjo con antelación. Así pues, el golpe de estado fue un completo fracaso. Además, tras la Sanjurjada, Azaña y su Gobierno salieron fortalecidos, y una oleada de fervor republicano permitió la aceleración de la promulgación de aquellas reformas, como por ejemplo la Ley de Reforma Agraria y el Estatuto de Cataluña, que se habían visto obstruidas hasta entonces tanto por la indecisión del poder gubernamental como por la inestabilidad social. Y para más inri para las derechas, después del intento fallido para derribar la República, muchos periódicos conservadores fueron suspendidos —incluidos todos los aquí citados— y no pocos partidarios del retorno al sistema monárquico, incluidos algunos que no habían intervenido en el golpe de Estado, fueron detenidos o tuvieron que huir a otros países.

De ese modo, y cuando la presión sobre el gobierno republicano parecía insostenible, la «contrarrevolución» de los tradicionalistas españoles permitió, irónicamente, salvar a la misma República en vez de acabar con ella, además de consolidar el sistema democrático en vez de restaurar el anterior autoritarismo. Con el golpe de Sanjurjo, el Gobierno de Azaña reforzó su autoridad e hizo importantes cambios en las fuerzas de seguridad, lo que limitó considerablemente —al menos por una temporada— el movimiento político y propagandístico de la prensa derechista y a su discurso anticomunista que anunciaba la revolución roja en España. El cielo se había teñido de rojo a lo largo del primer año de vida de la República. Un rojo formado por palabras y recuerdos de una revolución que había dividido al mundo en 1917, y que dividiría definitivamente a España no en 1931 y ni siquiera 1932, sino cuatro años después, durante un caluroso 18 de julio de 1936.

Para saber más

Casanova, Julián (2007). La Segunda República y la Guerra Civil. Barcelona: Crítica.

Del Rey, Fernando (dir.) (2011). Palabras como puños. Madrid: Tecnos.

Esdaile, Charles (2001). La quiebra del liberalismo, 1808-1939. Barcelona: Crítica.

González Calleja, Eduardo (2012). Contrarrevolucionarios. Radicalización violenta de las derechas durante la Segunda República. 1931-1936. Madrid: Alianza.

Hobsbawm, Eric (1995). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.

Pecharromán, Julio Gil (2002). Historia de la Segunda República Española. Madrid: Biblioteca Nueva.

Ranzaro, Gabriele (2006). El eclipse de la democracia. Madrid: Siglo XXI de España editores.

 

Nota del director: artículo elaborado a partir de una investigación original todavía en curso de Bàrbara Molas Gregorio. Para más información consultar a la autora.

Acerca del autor

Bàrbara Molas Gregorio

Periodista e historiadora.

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