Divulgación

Las milicianas de la Guerra Civil Española

Normalmente se da muy poca importancia al papel que las mujeres han tenido a lo largo de la historia. La razón es que, tradicionalmente, han estado apartadas del poder político y de cualquier otro tipo de responsabilidad pública. Pero, sobre todo, a que vivimos en un sistema patriarcal en el que las normas han sido establecidas, normalmente, por hombres pensando en hombres. De ahí que su escaso reconocimiento no esté realmente relacionado con una ausencia total de protagonismo en la historia, sino más bien por un escaso interés de la historiografía en profundizar en los logros del sexo femenino en diversas facetas sociales, políticas y culturales.

En este artículo vamos a centrarnos en la actuación de mujeres milicianas en la Guerra Civil Española. Para ello, la referencia principal que tomamos es un texto publicado en el número 349 (mayo de 2005) de la revista Historia 16 —además, era el tema central del volumen— que llevaba como título «Mujeres en las trincheras», escrito por el historiador Mikel Rodríguez Álvarez. En él, su autor describe que es un tema muy poco estudiado. «Diríase que hay más películas sobre milicianas que monografías históricas», apuntaba. De hecho, también pone de manifiesto que las referencias a la actuación de las mujeres en la guerra suelen contener errores que se van perpetuando en el tiempo porque los historiadores van transmitiendo datos de autores anteriores sin hacer las oportunas comprobaciones.

El autor señala que el perfil de las milicianas era el de una mujer joven con una vinculación política estrecha. Las dos principales organizaciones femeninas fueron las Mujeres Libres y la Agrupación de Mujeres Antifascistas. La primera estaba integrada por anarquistas, mientras que la segunda no tenía una afiliación política específica —aunque predominaba el Partido Comunista de España—, pero incluía a mujeres antifascistas de más de 250 agrupaciones diferentes. En los primeros compases de la guerra, hubo una «avalancha» de mujeres combatientes que quisieron defender la República, e iban ligadas normalmente a organizaciones revolucionarias.

Sin embargo, a pesar de este interés por parte de muchas mujeres, la mentalidad y la estructura de la sociedad no favoreció su continuidad. Más bien lo contrario, ya que «tanto la República como los golpistas eran conservadores» respecto a la mujer. De manera que, después de esta ebullición inicial, el Gobierno las fue devolviendo a su lugar tradicional, al hogar, y a su papel de «esposa y madre». El Gobierno y la Agrupación de Mujeres Antifascistas tuvieron buena sintonía en este sentido, ya que la organización defendía la división de los roles entre hombres y mujeres. Esto favoreció que, con el apoyo de la organización femenina más numerosa, se devolviera a las mujeres a sus labores domésticas y al trabajo alejado del frente. La organización Mujeres Libres «no renunciaba a obtener cambios y la igualdad real de forma inmediata», lo que provocó, según el historiador, choques con la Agrupación de Mujeres Antifascistas.

Milicianas republicanas disparando en el asedio del Alcázar de Toledo (Wikimedia).

Milicianas republicanas disparando en el asedio del Alcázar de Toledo (Wikimedia).

En octubre de 1936 se publicaron varias disposiciones para evitar que las mujeres combatieran e, incluso, se informó a las oficinas en el extranjero que no se admitirían mujeres en el frente. Esto fue acompañado de la propaganda mediática que pasó de definir a las mujeres como «heroínas patrióticas» a hacerlo como «prostitutas y ninfómanas, una quintacolumnista más peligrosa que las balas, que diezmaba las unidades propagando enfermedades venéreas». Según apunta el historiador, «en el mejor de los casos se las retrataba como un estorbo bienintencionado».

En el bando sublevado la situación no era mucho mejor. Rodríguez Álvarez apunta que Unamuno arengaba a las tropas que partían a Madrid con «¡Derribad la República de las tiorras!». A pesar de esto, algunas mujeres poblaron las unidades del ejército levantado, como las que acompañaban a la V Bandera de la Legión que cruzó el Estrecho de Gibraltar el 23 de julio de 1936.

Aunque, cuando los frentes quedaban estabilizados, las mujeres no solían estar en primera línea —porque los mandos solían relegarlas a tareas administrativas—, en los primeros momentos de la guerra participaron intensamente en los combates callejeros que se produjeron en muchas ciudades.

El autor del artículo aquí divulgado expresa diferentes casos de extraordinaria resistencia, como el de Julia Manzanal, que quedó embarazada de su novio y una comadrona le provocó el aborto una mañana y por la tarde ya estaba en las trincheras, a pesar de continuar sangrando durante cuarenta días consecutivos. También es espeluznante el caso de Rosario Sánchez, que tuvo un accidente con un explosivo que consistía en un tarro de leche condensada con dinamita y una mecha. Le arrancó la mano y, según cuentan, ni gritó ni lloró. Le hicieron un torniquete y la llevaron al hospital, donde llegó casi desangrada, pero sobrevivió. A pesar de tanto sufrimiento, su final fue realmente triste, ya que más tarde fue encarcelada y, cuando salió de prisión, el hombre con quien se casó estaba con otra mujer y tenía hijos. Tuvo que subsistir vendiendo cerillas por la calle. Por último, Jacinta Pérez, del Batallón de Acero, animaba a sus compañeros a avanzar después de haber sido herida de muerte. Les dijo que sólo era un mareo.

En el artículo de Rodríguez Álvarez se recogen numerosos testimonios en los que se hace referencia a actuaciones de mujeres, a opiniones acerca de ellas, y también a declaraciones realizadas directamente por milicianas. Un ejemplo es el de Fidela Fernández de Velasco, de las Juventudes Comunistas, que dijo:

«[Mis padres] ni me pegaron, ni me gritaron, ni me dijeron nada. Ni una palabra. Lo que yo aprendí en el frente es que las mujeres son más valientes que los hombres, más resistentes, aguanta más, incluso el dolor físico».

Al margen de que se esté más o menos de acuerdo con esa afirmación, podemos extraer de ella que las mujeres fueron muy conscientes del sufrimiento de la guerra, no sólo desde la retaguardia ni en relación con la pérdida de maridos, hermanos o hijos. En sus propias carnes vivieron el terror de la guerra, de la batalla, y demostraron que no hacía falta ser hombre para disparar con un arma y defender unos valores. Es cierto que la mayoría de ellas luchó para defender sus ideales —en ambos bandos— o la República —en el gubernamental—. Pero igual de verdadero es que la sociedad no estaba preparada en ninguno de los bandos para su incorporación a las fuerzas armadas y del orden debido al gran tradicionalismo que existía de forma generalizada sobre el papel que éstas debían tener en la organización social. A pesar de ello, el empeño de muchas mujeres las llevó a primera línea de batalla y a dejar una huella que todavía debe ser estudiada con mucho mayor detenimiento y profundidad.

Por supuesto, nadie reniega de los actos heroicos que los hombres hicieron. Algún lector podría decir: «¿no se cuenta aquí nada de lo que sufrieron y callaron ellos, o de sus actos nobles?». Eso mismo deberíamos preguntarnos cuando los textos sólo tratan de lo que pasó a los hombres, sin mencionar a ninguna mujer. Muchas veces, es muy poco lo que se sabe que hicieron ellas, por falta de documentación, de interés o ambas cosas. Pero, sin duda, ellas merecen su espacio en la historia, al igual que los hombres. Ambos, como seres humanos.

Fuente

Rodríguez Álvarez, Mikel (2005). «Mujeres en las trincheras». En Historia 16, 349, p. 12-29.

Acerca del autor

Álvaro López Franco

Director de Descubrir la Historia. Periodista. Doctorando en la Universidad de Málaga. Investigo sobre Historia de la Comunicación Social e Historia Contemporánea.

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