Reseñas

Un relato diferente de la historia de la humanidad: ‘De animales a dioses’

En las librerías —físicas y electrónicas— podemos encontrar una variada oferta de libros que tratan de compendiar la historia de la humanidad, con mayor o menor acierto. Se trata de un esfuerzo admirable, ya que conseguir proporcionar una visión de conjunto de toda la historia no es una tarea fácil. En 2014, la editorial Debate publicó en español un libro titulado De animales a dioses. Breve historia de la humanidad, de un autor desconocido para la mayor parte de los lectores de este país. Su nombre es Yuval Noah Harari, un historiador israelí, catedrático del Departamento de Historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén, con sólo 39 años. Se trata de un investigador diferente porque, después de doctorarse con una tesis de historia militar en la Universidad de Oxford, comenzó a plantearse cuestiones de gran profundidad como: «¿Cuál es la diferencia esencial entre el homo sapiens y otros animales? ¿Existió la justicia en la historia? ¿Lleva la historia algún rumbo? ¿Era la gente más feliz a medida que se desarrollaba la historia?», tal y como señala en su página web. Todas ellas son de difícil solución, pero se incorporan a una tendencia de estudio macrohistórica muy interesante.

Portada del libro 'De animales a dioses'. animales a dioses - De animales a dioses  - Un relato diferente de la historia de la humanidad: 'De animales a dioses'

Portada del libro ‘De animales a dioses’.

En De animales a dioses Harari no hace un recorrido tradicional por la historia de la humanidad. Normalmente, los libros que resumen la historia universal están estructurados en los diferentes periodos históricos, y mantienen una narración cronológica. Harari, en cambio, divide su obra en los cuatro hitos que considera como auténticas revoluciones. La primera es la revolución cognitiva, que diferenció a un animal africano en la mayor fuerza de todo el planeta. La segunda la revolución agrícola, que hizo que se pasar de una forma de vida nómada —la de los cazadores-recolectores— al establecimiento de comunidades agrícolas estables. El tercer capítulo no está dedicado a una nueva revolución, sino a la unificación de la humanidad a través de mitos comunes como la religión, que permitieron la colaboración entre individuos. El cuarto trata de la revolución científica que, en palabras del autor, ha dado al ser humano capacidades divinas, como la creación de vida y la modificación genética.

Esta estructura podría sorprender al lector habitual de los libros de historia de la humanidad. Sin embargo, aún sorprendería más el contenido de la obra. Comienza haciendo una distinción entre biología e historia. La biología ha sido la responsable de estudiar el mundo animal, incluidos los primeros homínidos, hasta que el Homo sapiens vivió una auténtica revolución en sus capacidades cognitivas y la historia se emancipó de la biología como un campo de estudio completamente diferente.

La línea argumental de la obra es la consecución paulatina de poder por parte del Homo sapiens a lo largo de toda su historia. Se basa en que el Homo sapiens pasó de ser sólo una de las especies humanas que existían a dominar no sólo sobre los demás homínidos, sino sobre todos los animales. Por ejemplo, una sección titulada «El Diluvio» se dedica a explicar cómo las migraciones de Homo sapiens por todo el planeta iban acompañadas de la extinción de una importante parte de las especies. Argumenta, apoyado en cuantiosas fuentes, que la llegada de los humanos a Australia —todo un hito teniendo en cuenta que abandonó por primera vez el sistema ecológico afroasiático— acabó con la biodiversidad de la isla. Entre las pérdidas se encuentra un canguro de 2 metros y 200 kg de peso o el sorprendente diprodonte, el mayor marsupial que ha existido en la historia con sus más de 2,5 toneladas.

Esto no pasó de manera casual, ni sólo en Australia. La llegada del Homo sapiens a América del Norte y su movimiento hacia el sur también estuvo caracterizado por una pérdida notable de fauna. Estimaciones actuales cifran que 2.000 años después de la llegada de los humanos al continente Norteamérica perdió 34 de sus 47 grandes mamíferos y Sudamérica 50 de 60. Una de esas especies perdidas fue el felino dientes de sable, que desapareció después de 30 millones de años de evolución. Hay quien diría que estas extinciones masivas se produjeron a causa de desastres naturales o cambios climáticos. Sin embargo, ya no sólo existe el argumento de la coincidencia en el tiempo de la llegada del Homo sapiens con dichas extinciones. Paleontólogos y zooarqueólogos han hallado los prolitos —heces fosilizadas— más antiguos de animales ya extintos en algunas islas del Caribe justo en el periodo en el que llegaron los humanos. Sin embargo, el clima de estas islas permaneció estático durante 7.000 años, mientras que el continente americano se calentaba. De manera que el autor considera ineludible la verdad de que aunque el ser humano contara con la ayuda del clima, fue responsable de la desaparición de numerosas especies.

Los ejemplos de Australia y América del Norte y del Sur son dos ejemplos de entre los que el autor explica. Este hecho es sólo una muestra de cómo el Homo sapiens era capaz de dominar todo lo que se encontraba a su paso. Y no porque fuera mucho más fuerte o veloz que otros animales, sino que la revolución cognitiva tuvo, entre sus consecuencias, el desarrollo una serie de ficciones que potenciaron las relaciones entre los grupos, y favorecieron la colaboración eficiente entre un número de individuos mayor.

La segunda revolución sería la agrícola. El autor plantea que podría ser el mayor fraude de la historia, ya que las personas comenzaron a trabajar más tiempo y las condiciones de vida eran peores. Por ejemplo, existía una mayor dependencia del clima para sobrevivir, la dieta se empobreció —los cazadores recolectores comían desde frutas hasta carne, mientras que a partir de la revolución agrícola la dieta se basó en el trigo, fundamentalmente, durante miles de años—, el trabajo se hizo más duro —no sólo en el número de horas dedicado a la obtención de alimentos, sino porque los humanos no estaban preparados físicamente para el trabajo agrícola, mientras la evolución los había dotado para trepar a árboles o a perseguir animales— y, a pesar de tener una mejor protección contra otros animales, también comenzó a tener que protegerse de aldeas rivales que podían intentar robar los excedentes de la producción de los graneros.

El libro no se centra sólo en el devenir humano. Como hemos visto, dedica una gran importancia a los demás animales. Igual que las visiones geocéntricas situaban a la tierra como el centro del universo, y sobre ella todo giraba, la historia se ha centrado en el estudio del ser humano. Es obvio que el resto de la naturaleza debe ser estudiado desde otras disciplinas, como la biología, la química o la física. Sin embargo, la historia ha obviado, tradicionalmente, cómo el ser humano ha influido en ella y, sobre todo, en las especies animales. Junto a la revolución agrícola llegó la domesticación de animales. Era más cómodo tener una granja que perseguir gacelas por la sabana. De manera que ese fue el comienzo del desastre para algunas aves, especies bovinas, ovejas y cerdos. Pero no sólo para ellas, sino que con la revolución industrial la destrucción de hábitats y la extinción de especies fue notable. Por ejemplo, la masa combinada de los 7.000 millones de sapiens es de 300 millones de toneladas. El de los animales de granja es de 700 millones de toneladas. Sin embargo, la de todos los grandes animales salvajes («desde puercoespines y pájaros a elefantes y ballenas») no llega a 100 millones de toneladas. Quizá sea inevitable la extinción casi total de los animales salvajes.

Es muy interesante conocer su visión acerca de las religiones. Una definición sencilla de lo que para él sería una religión es un conjunto de mitos o construcciones ficticias en las que los humanos creemos con el fin de colaborar de manera eficiente. Una religión sería, claro, el cristianismo, el judaísmo o el hinduismo. Pero también el capitalismo —la considera la religión más exitosa, puesta que en ella creen la mayor parte de las personas— o el comunismo. Quizá sea necesario abstraerse de nuestro concepto habitual de religión, pero él nos proporciona una nueva definición en la que esto también encaja. Pero no sólo el ser humano cree en religiones, sino en ficciones concretas como el dinero. A pesar de ser creaciones humanas inexistentes en la naturaleza, son realmente eficientes y funcionan porque generan la suficiente confianza como para que exista la cooperación. En uno de sus apartados explica, precisamente, por qué fue útil la invención del dinero en lugar del sistema tradicional de trueques materiales o de favores.

Me resultó inquietante que ciertas cuestiones fueran denominadas como ficciones por Harari. Una de ellas: la libertad. Otra: los derechos humanos. Sin embargo, en una entrevista al autor en El periódico, el periodista le preguntó si eso no puede llevar a un relativismo moral peligroso. Harari respondió que sólo si olvidamos que la única realidad es el sufrimiento y su antagonismo, la felicidad. Apunta que, de hecho, muchas ficciones ocultan el sufrimiento, y eso sí es verdaderamente peligroso. Cita como ejemplo que una nación se puede embarcar en una guerra. La nación es ficticia, pero el sufrimiento de los humanos es real. El compromiso moral lo tenemos ante esa realidad.

La última revolución, la científica, es capaz de proporcionar a los seres humanos habilidades que siempre se han considerado propias de los dioses —para el autor, éstos son creaciones humanas, de manera que no existiría un debate teológico al respecto—. Así, analiza algunos proyectos de investigación, sobre todo médicos, que podrían parecer de ciencia ficción, pero que pueden ser reales. Esta también sería una diferencia de este libro con otros de historia: su mirada al presente y al futuro.

El libro no es un relato pesimista de la historia de la humanidad, a pesar del gran volumen de datos negativos que nos ofrece. Más bien nos invita a preguntarnos cosas acerca de nosotros mismos. No dice el motivo por el que debemos hacerlo, pero es, sin duda, algo bueno para intentar aprovechar nuestras capacidades con el fin de mejorar el bienestar humano y animal, y tratar de hacer un uso adecuado de nuestros recursos naturales.

Como conclusión, me gustaría extraer una parte del epílogo del libro, que se titula «El animal que se convirtió en un dios». Dice: «cosas asombrosas que los humanos son capaces de hacer, seguimos sin estar seguros de nuestros objetivos». Para después terminar con:

«Somos más poderosos de lo que nunca fuimos, pero tenemos muy poca idea de qué hacer con todo ese poder. Peor todavía, los humanos parecen ser más irresponsables que nunca. Dioses hechos a sí mismos, con sólo las leyes de la física para acompañarnos, no hemos de dar explicaciones a nadie. En consecuencia, causamos estragos a nuestros socios animales y al ecosistema que nos rodea, buscando poco más que nuestra propia comodidad y diversión, pero sin encontrar nunca satisfacción. ¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren».

Acerca del autor

Álvaro López Franco

Director de Descubrir la Historia. Periodista. Doctorando en la Universidad de Málaga. Investigo sobre Historia de la Comunicación Social e Historia Contemporánea.

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