Algunos de los componentes habituales de la tertulia del Parnasillo aparecen en este cuadro de Antonio María Esquivel en 1846

Breve historia de los tertulianos

En nuestros días, el término «tertulia» puede evocarnos interminables y acalorados debates entre voceros de uno u otro signo político. En muchos otros casos, podemos confundir las tertulias con aquellos programas sensacionalistas en los que los trapos sucios del famoso de turno sirven de pretexto para horas y horas de especulaciones y discusiones. De ahí que nuestra imagen del tertuliano pueda ser, a menudo, bastante negativa. Sin embargo, este concepto es mucho más antiguo y tiene poco que ver con la imagen a la que los solemos asociar.

Tertuliano
Tertuliano

Para entenderlo mejor, debemos remontarnos a los inicios del cristianismo. Entre los siglos I y II d.C., en la ciudad de Cartago (actual Túnez) vivió y desarrolló su obra el escritor Quinto Septimio Florente Tertuliano, un personaje histórico bastante particular. De su biografía conservamos poca información al margen de las referencias de Eusebio de Cesarea y San Jerónimo, aunque sus ideas tuvieron una gran influencia en la cristiandad de su época y la historia del pensamiento.

Hijo de un centurión romano destinado en África, este pensador destacó por su gran formación académica, su conocimiento de las leyes y su estilo imaginativo y lleno de arcaísmos y juegos de palabras. Durante gran parte de su vida, fue abogado en Roma, y a finales del siglo II d.C., abrazó el cristianismo, desempeñando el cargo de presbítero en la Iglesia de Cartago. Además, forma parte de la nómina de los llamados padres de la Iglesia; el grupo de escritores y pensadores del cristianismo primitivo cuyas aportaciones pusieron la base doctrinal de la Iglesia Católica. Aunque resulta curioso que fue el único de ellos que nunca llegó a ser canonizado. El motivo no fue otro que su adscripción al montanismo, una de las diversas corrientes que surgieron dentro del seno de la cristiandad.

En cualquier caso, el nombre de Tertuliano pasó a la posteridad, más allá de su papel en la historia de la Iglesia. Y es que parecer ser que en la España del siglo XVII renació el interés por su obra, especialmente entre los comentaristas y estudiosos a los que se acabó denominando, precisamente, tertulianos. Por aquel entonces, eran muy comunes las reuniones en los clubes, cafés o viviendas particulares, convertidas todas ellas en escenarios de intercambio de ideas y debates que iban de lo sacro a lo profano, pasando por los temas más mundanos o las inquietudes culturales. Un entorno de reflexión en el que cada individuo aportaba sus ideas al tiempo que aprendía de las de los demás. Allí se desarrollaba la vida cultural de la ciudadanía (o más bien, de una parte de ella) y se estudiaban y comentaban las obras de autores como el que hoy nos ocupa.

Algunos de los componentes habituales de la tertulia del Parnasillo aparecen en este cuadro de Antonio María Esquivel en 1846
Algunos de los componentes habituales de la tertulia del Parnasillo aparecen en este cuadro de Antonio María Esquivel (1846)

Poco tiene que ver Tertuliano, pensador y escritor eclesiástico preocupado por temas escatológicos y proféticos, con los presentadores y colaboradores de los programas que inundan hoy la cartelera televisiva. Y pocas cosas tienen en común los cafés de aquella época con lo que hoy entendemos por una cafetería. No obstante, no deja de resultar curioso el importante testimonio que nos deja el vocabulario acerca del paso del tiempo y los cambios que la sociedad ha experimentado a lo largo de la historia.


 

Para saber más:

FISAS, C. (2011) Historias de la Historia. Barcelona: Planeta.

Escrito por
Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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Escrito por Miguel Vega Carrasco

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