Divulgación

«Pintadas» en la antigua Roma

Si alguien aún cree que las pintadas, grafitti y demás manifestaciones visuales que encontramos por doquier son un invento de nuestro tiempo, está bastante equivocado. Es cierto que en nuestros días, existe un intenso debate entre quienes lo consideran una forma de expresión artística y aquellos otros que no ven en ellos más que una acción de gamberrismo, una chiquillada. Personalmente, pienso que depende de cada caso, y que al tiempo que existen murales que constituyen fabulosas piezas de arte, tampoco son escasas las pintadas y frases que los pseudofilósofos de turno tratan de inmortalizar a costa el deterioro de nuestro patrimonio.

Escena erótica en un fresco de Pompeya

Escena erótica en un fresco de Pompeya

En cualquier caso, dejo el debate abierto, ya que el tema da para mucho, y me centro en lo que hoy quería compartir con vosotros, que no es otra cosa que la antigüedad de este fenómeno. En efecto, al margen de las posibles riñas maternales, el ser humano ha tendido, tradicionalmente, a plasmar sus ideas, inquietudes y vivencias en las paredes de aquellos lugares donde ha desarrollado su vida. En ocasiones, resulta difícil de interpretar la finalidad con la que lo hizo, como es el caso de las pinturas rupestres de época prehistórica, cuyo carácter simbólico y ritual es más que probable. Sin embargo, existen otros muchos ejemplos que, sin dejar de ser remotos, resultan bastante elocuentes, y en algunos casos divertidos.

Por ejemplo, las numerosas pinturas murales halladas en la ciudad romana de Pompeya, sepultada por la erupción del Vesubio del año 79 d.C., donde a pesar del tiempo transcurrido, aún podemos ser disfrutar de su particular testimonio histórico. Destaco este caso en concreto por lo mucho que nos aporta acerca de la vida cotidiana de los antiguos romanos, con sus vicios y sus pasiones, sus rencillas personales, o su actitud ante la vida. A través de los más de las diez mil pinturas e inscripciones encontradas hasta la fecha, podemos acercarnos un poco más a la realidad del día a día de los habitantes de la ciudad romana a la que ni el tiempo ni Vesubio consiguieron arrojar a las fauces del olvido.

Algunas de ellas eran citas atribuidas a los grandes filósofos, escritores y pensadores de la época, como Virgilio u Ovidio; o a emperadores como Vespasiano. Aunque no faltaban aquellos fragmentos de sabiduría popular que afirmaban que «nada puede durar para siempre» y que «si descuidamos un mal pequeño, se hace muy grande».

Inscripción de una taberna pompeyana

Inscripción de una taberna pompeyana

Pero al margen de estas inscripciones de corte más «filosófico» hubo muchas otras de carácter algo más trivial, más banal si me lo permiten. Inscripciones de contenido amoroso, erótico o de peleas y confrontaciones. Lo cual tampoco es de extrañar, ya que al fin y al cabo son cuestiones cotidianas y lo eran en la antigua Roma. Me atrevería a decir que, por suerte, hoy en día los bares no son el escenario de riñas que fueron entonces las tabernas pompeyanas, aunque tampoco lo afirmaría con rotundidad. Sea como sea, en sus paredes vemos inscripciones como las siguientes: «Perarius, eres un ladrón»; «Oppius, ¡payaso ladrón, sinvegüenza!» o «Cosmo, hijo de Eudicia, gran invertido y mamón, es un pierniabierto».

Taberna de Lucio Vetucio Plácido en Pompeya

Taberna de Lucio Vetucio Plácido en Pompeya

Como contraste, hubo otros mensajes más románticos, desde los que propugnaban «que intente encadenar a los vientos e impida brotar a los manantiales el que pretenda separar a los enamorados», hasta los que escribían personajes como el tal Vibio Restituto, quien decía echar de menos a su amada Urbana. Del mismo modo hubo otros más explícitos sexualmente, como aquel que anunciaba «soy tuya por dos ases de bronce».

Y aunque en aquella época aún no se estilaba lo de «se vende Opel Corsa de segunda mano», sí que tenemos numerosos ejemplos de personajes que aprovecharon estas inscripciones para vender y comprar gladiadores o para organizar cacerías y pruebas atléticas.

Por supuesto, tampoco faltó el típico «Fulanito de tal estuvo aquí», llámese Fulanito, Sínforo, Dafnico o Crescente Spalatus; o el «simpático» y no poco frecuente «tonto el que lo lea», que en Pompeya aparece en términos menos halagüeños, como «¡Cualquiera que lea esto es un hijo de puta» o «¡El que lo lee está circuncidado».

¿Gamberrismo ancestral o manifestación artística? En cualquier caso, se trata de un testimonio muy elocuente del pasado y de la vida cotidiana de la Antigua Roma que, al margen de la visión desenfadada y humorística de este artículo, constituyen una valiosísima fuente histórica.

 


 

Las inscripciones citadas fueron extraídas de:

ARROYO MARTÍN, FRANCISCO. Los grafitis romanos. (https://elartedelahistoria.wordpress.com/2010/02/06/los-graffitis-romanos/). 2010

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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