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María de Zayas, la pluma femenina del Siglo de Oro


Se suele decir que la Historia la escriben los vencedores, de modo que lo que nos llega no es más que una imagen subjetiva del pasado. La visión de un pueblo, un país o un grupo social determinado que se apodera del relato, lo hace suyo, y pretende mostrarlo como una verdad única e incuestionable. De ahí que a lo largo de los tiempos, muchas voces hayan sido silenciadas, o simplemente ignoradas, por no formar parte del selecto grupo que tradicionalmente ha gozado del monopolio del relato histórico.

Afortunadamente, en el tiempo que nos ha tocado vivir, la Historia es una ciencia (o ámbito de conocimiento, para evitar polémicas innecesarias) mucho más seria y rigurosa, que trata de acercarse lo máximo posible a un conocimiento del pasado más veraz. No existen las verdades absolutas, pero sí los hechos y las diferentes visiones y testimonios de un mismo acontecimiento. Y gracias a la labor de crítica y contrastación de fuentes que los historiadores llevan a cabo, hoy podemos ver que el pasado no siempre fue como nos lo contaron.

Retrato de María de Zayas
Retrato de María de Zayas

Lanzo esta reflexión al hilo de un interesante artículo que pude leer hace poco sobre una mujer que muchos considerarían una adelantada a su tiempo, e incluso algunos catalogarían de «feminista» en una época en que dicho concepto ni siquiera existía. Se trata de María de Zayas, una de las grandes plumas del Siglo de Oro español, que por su condición de mujer no obtuvo el mismo reconocimiento que muchos de sus contemporáneos, pero que jugó un papel muy importante. Hoy quisiera rescatar su historia.

Nacida en Madrid allá por 1590 en el seno de una familia acomodada, María fue una de esas mujeres cuya biografía se perdió en el olvido pero que hoy podemos reconstruir gracias a sus obras y a los elogios que autores de la talla de Lope de Vega le brindaron. En una España como era la del Siglo de Oro, en la que el papel de la mujer se limitaba a parir o (en el caso de que fuera monja) a rezar, en la que esta debía sumisión y obediencia al hombre y a Dios; María de Zayas plasmó una mentalidad transgresora y reivindicativa, que rompía con los cánones y convencionalismos sociales de la época. Defendía con tesón que «si en nuestra crianza, como nos ponen el cambray en las almohadillas y los dibujos en el bastidor, nos dieran libros y preceptores, fuéramos tan aptas para los puestos y las cátedras como los hombres, y quizás más agudas, por ser de natural más frío».

Las Meninas, de Velázquez
Las Meninas, de Velázquez

Sabemos también que entre 1637 y 1647 publicó las que serían sus dos grandes obras; Novelas exemplares y amorosas, y su continuación, Desengaños. Pero lo más importante de ellas no fue tanto la repercusión que hubo de tener, sino el prototipo de mujer que ponía de relieve a través de sus protagonistas. Féminas, todas ellas, que se alejaban del modelo ideal de esposa sumisa, devota e inocente, que sufre lo insufrible y calla su padecer, siempre por el bien de su marido. Las protagonistas de sus obras son mujeres cultas, refinadas y, en muchos casos, adúlteras, lo que explica la persecución que la Inquisición llevó a cabo hacia este tipo de novelas.

No podemos negar, eso sí, el origen acomodado de María, y el hecho de que si hubiera nacido campesina o haber tenido un origen humilde, difícilmente habría podido sacar a la luz sus propias obras. Tampoco se preocupó por la enorme brecha social de la época, ni reivindicó una igualdad más allá de la de género, aunque teniendo en cuenta el tiempo en que vivió, sus reivindicaciones ya eran bastante innovadoras. El hecho de que una mujer pidiese de manera tan tenaz una mayor igualdad y un nuevo papel en la sociedad es motivo suficiente para considerarla, al menos, la prueba más elocuente de que no siempre se aceptó por unanimidad el papel sumiso y subyugado de la mujer. Por suerte, hubo voces a lo largo de la Historia que, como María, reivindicaron aquello que hoy debería ser una realidad pero por lo que aún falta mucho por andar; la verdadera igualdad de género. En este largo camino que hoy nos corresponde retomar, no se me ocurre mejor punto de partida que el testimonio de esta mujer tan particular como inspiradora:

«¿Por qué, vanos legisladores del mundo […] nos negáis las letras y las armas? ¿Nuestra alma no es la misma que la de los hombres? […] Por tenernos sujetas desde que nacimos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con temores de la honra y el entendimiento con el recato de la vergüenza, dándonos por espadas, ruecas, y por libros, almohadillas».

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