«El jardín del Edén», de Thomas Cole

La idea del paraíso terrenal, de Dilmun al Edén

La idea de un paraíso terrenal creado por Dios o los dioses es quizás uno de los más importantes puntos en común entre la Biblia y la mitología mesopotámica. Un lugar perfecto en el que no hay enfermedad, en el que no existe la muerte y nadie padece sufrimiento; en el que todo es puro y perfecto, y la vida puede discurrir sin ningún contratiempo. Pero un lugar que no será el mismo para los antiguos sumerios que para los cristianos y judíos, de modo que hoy me gustaría compartir con vosotros las similitudes y diferencias entre estos dos conceptos de «paraíso».

Himno de templo en escritura cuneiforme sumeria en arcilla, dedicado al lugal de Larsa, Iddin-Dagan, c. 1950 a. C.
Himno de templo en escritura cuneiforme sumeria en arcilla, dedicado al lugal de Larsa, Iddin-Dagan, c. 1950 a. C.

Para empezar, si nos ceñimos al orden cronológico en que dichas historias fueron elaboradas y puestas por escrito, que casualmente es inverso al orden en que nos fueron llegando a nosotros, vemos que la más antigua de ellas es la que narra un antiguo poema sumerio datado en la época de la III Dinastía de Ur (que se extiende desde el siglo XXII a.C. hasta aproximadamente el XVIII, con la conquista babilonia) y comúnmente conocido como la historia de Enki y Ninhursag.

Este texto, de cuya tableta se conserva una copia en el Museo del Louvre, nos muestra un episodio de enfrentamiento entre los dioses que poco tiene que ver con bíblico pero que también nos habla de un paraíso similar al jardín del Edén. Este paraje ideal en la tierra recibe el nombre de Dilmun, y en él podemos encontrar todo lo necesario para que la vida transcurra sin problemas ni contratiempos de ningún tipo. Sin embargo, esta tierra está hecha por y para los dioses, y quizás sea precisamente la ausencia de humanos lo que la hace tan perfecta. Desde luego, la relación de los dioses sumerios con los humanos no parece que fuera muy fluída. En cualquier caso, así es como la describe la tablilla a la que hacemos referencia:

En Dilmun, el cuervo no da su graznido […] El león no mata. El lobo no se apodera del cordero. […] Aquel que tiene mal en los ojos no dice: «Tengo mal en los ojos» […] La vieja no dice: «Soy una vieja»; el viejo no dice: «Soy un viejo». El cantor no suelta ningún lamento, alrededor de la ciudad[1] no pronuncia ninguna endecha.

Es decir, que en ella no tenían cabida ni la muerte ni la enfermedad ni cualquier otro tipo de mal. Sin embargo, faltaba algo, un elemento indispensable para que esta «ciudad de los vivientes» pudiera efectivamente tener vida; el agua. Este elemento se atribuía generalmente en la religión sumeria a Enki, quien se encargaría de poner el colofón a esta obra divina encargando a Utu, dios del sol, que hiciera brotar del suelo una enorme fuente de la que emanase toda el agua del mundo y pudiesen proliferar así plantas y animales.

A lo largo de la narración, esta tierra se convierte en escenario del enfrentamiento entre el citado Enki y la diosa Ninhursag, una especie de diosa-madre, algo equivalente al concepto de Madre-Tierra. Con ella tendría una hija llamada Ninmu, con la que a su vez engendraría a otra diosa menor, y con ésta última a otra. Así sucesivamente hasta dar a luz a hasta tres generaciones de diosas cuyo nexo en común era el hecho de que los partos se producirían sin dolor, una característica que analizaremos con mayor detalle un poco más adelante.

Relieve asirio: Querubines custodiando el árbol de la vida
Relieve asirio: Querubines custodiando el árbol de la vida

Siguiendo con nuestra historia, Ninhursag crearía entonces ochos plantas, lo que a su vez despertaría la curiosidad de Enki. El dios del agua decide entonces encargar a su mensajero Isimud la tarea de recolectar cada una de éstas para «conocer su esencia». O lo que es lo mismo, se las come. Este gesto no agradaría ni un pelo a la diosa-madre, quien airada y enfurecida decide castigarlo con una muerte paulatina en la que su salud va decayendo y se va manifestando en ocho dolores diferentes. Acto seguido, la diosa-madre abandona a los suyos, lo que conmociona al resto del panteón, especialmente al dios del aire, Enlil, que clamaba por el regreso de Enki de entre los muertos. A pesar de todo, finalmente tiene lugar la redención de Enki por parte de Ninhursag, quien acude una vez más a la llamada del resto de dioses y decide sanar las heridas que causaron el trágico destino del primero. Es entonces cuando éste le enumera sus males, señalando las partes del cuerpo que le duelen, y Ninhursag crea una divinidad específica para curar cada una de estas partes, entre las que se incluyen boca, dientes, brazos y costilla.

Hasta aquí la historia sumeria, hasta el momento la más antigua narración acerca de la creación de un paraíso. No es exactamente el mismo tipo de paraíso que vemos en el Génesis, cuya historia conocemos bastante mejor y no expondremos con detalle aquí, pero sí que guarda ciertas similitudes y posee elementos en común que pueden mostrarnos en mayor o menor medida la posible influencia de los relatos sumerios a lo largo de la historia, llegando a la tradición cristiana y del mundo clásico grecorromano.

En primer lugar, el hecho de que este paraíso se emplace en la Tierra y que además tenga una ubicación geográfica más o menos delimitada, algo que no sólo ocurre en el relato sumerio sino también en las posteriores versiones de época babilónica y en la narración del Edén. Mientras en el primer caso, los textos parecen hacer referencia a la zona del sudoeste de Persia, la Biblia nos cuenta que «De este lugar de delicias salía un río […] río que desde allí se dividía en cuatro brazos. Uno se llama Phison […] El nombre del segundo río es Gehon […] El tercer río tiene por nombre Tigris […] Y el cuarto río es el Éufrates.»(Génesis II, 10-14). Vemos, por lo tanto, una curiosa coincidencia a pesar de no ofrecerse un emplazamiento exacto y concreto.

Pero si vamos más allá, analizando otro fragmento del relato bíblico nos encontramos con que «salía empero de la tierra una fuente, que iba regando toda la superficie de la tierra.»(Génesis, II, 6), algo muy similar a lo que hemos visto que sucede en la historia de Enki y Ninhursag, donde el primero ordena edificar una enorme fuente de la que emanasen todas las aguas de Dilmun que diesen pie al surgimiento de la vida. Y más curioso aún resulta el relato bíblico si tenemos en cuenta que la zona de Israel no se caracteriza precisamente por la presencia de ríos caudalosos, como ocurre en Mesopotamia.

«El jardín del Edén», de Thomas Cole
«El jardín del Edén», de Thomas Cole

Otro punto interesante aunque quizás menos evidente es que el señalamos anteriormente acerca del parto con dolores. En el caso sumerio, se presenta como algo propio de la divinidad, que le otorga un estatus superior e inalcanzable para los mortales, pero también ocurre algo similar en la Biblia, donde Dios condena a Eva, y con ella a todas las mujeres, a sufrir el dolor del parto, lo que en cierto modo marca una frontera clara entre la divinidad y la humanidad.

También al respecto de Eva, el papel de la mujer y la costilla podemos encontrar ciertos paralelismos. En este caso, y volviendo al momento en que Ninhursag cura las heridas del resucitado Enki, éste le confiesa cómo uno de sus dolores es precisamente en la costilla. Para remediarlo, la diosa-madre crea a Ninti con el fin de que lo cure. Lo interesante es que el propio nombre de Ninti se podría traducir como «Diosa de la Costilla», ya que «Nin» es el prefijo que comparte con las otras diosas creadas; pero se podría interpretar en un doble sentido, puesto que «ti», además de costilla, significaba «hacer vivir». Por lo tanto, la costilla adquiere una función de generadora de vida, o al menos podría interpretarse así. Como sabemos, en el caso de Eva, ella nace de la costilla del hombre, mientras que de Enki y su costilla no surge la figura femenina, por lo que no se puede considerar que sea un caso tan similar como los anteriores. Lo que sí podemos afirmar es que de un modo u otro la idea de la costilla y la de creación de vida están ligadas.

Para terminar, aunque no menos importante, nos encontramos con la idea del pecado y el consecuente castigo, un paralelismo común ya no sólo a la Biblia y al mundo sumerio, sino prácticamente a todos los sistemas religiosos a lo largo de la historia. La idea de que la osadía de los humanos desata la furia y rencor de los dioses es constante, aunque no siempre son los mismos protagonistas, como ponen de relieve los dos ejemplos que citaremos. Mientras en el poema sumerio, es un dios el que comete el pecado al comerse las plantas de Ninhursag y recibe por ello su correspondiente castigo, en el Génesis son Adán y Eva, humanos, quienes se comen la manzana prohibida y son expulsados del paraíso. Aunque, como podemos ver, en el primero es una disputa entre dioses y en el segundo una afrenta del hombre a un Dios único, y que mientras uno lleva a la muerte, el otro al destierro; lo cierto es que la idea principal, que es la del castigo impuesto a quienes contradigan las decisiones del dios supremo, prevalece en ambas versiones.

En conclusión, son varios y en algunos casos muy evidentes los paralelismos entre el paraíso sumerio de Dilmun y el Edén edificado por el Dios judeo-cristiano. Sin embargo, a pesar de todos estos rasgos en común que apunta Kramer en su libro de los sumerios, a los que califica como los precursores de la idea del «paraíso», hay autores que ponen en duda que lo sea, al menos en los mismos términos. En cualquier caso, lo que podemos ver claramente es los grandes paralelismos existentes entre la tradición mesopotámica y bíblica.

Para saber más:

Kramer, S. M. (1985). La historia empieza en Sumer. Barcelona: Ediciones Orbis, S.A

[1] Lugar donde se solían ubicar los enterramientos, lo que puede hacer referencia a la ausencia de la muerte.

Escrito por
Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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