Restos del estadio de Olimpia en la actualidad

Los Juegos Olímpicos, ayer y hoy

A pesar de los muchos siglos que han transcurrido, y de los importantes cambios y transformaciones que han experimentado, nadie duda que los Juegos Olímpicos que hoy constituyen uno de los grandes acontecimientos sociales a nivel internacional tuvieron su origen en la Antigua Grecia, o al menos se inspiran en mayor o menor medida en la competición celebrada en aquel lugar desde tiempos remotos.Este es un hecho por todos conocido y que a nadie pilla por sorpresa, pero existen, como he dicho, notable diferencias entre una y otra competición, y hoy me gustaría dedicar un momento a comentar algunas de ellas.

El Kurós, uno de los grandes tipos de la estatuaria griega, representaba a un joven atleta
El Kurós, uno de los grandes tipos de la estatuaria griega, representaba a un joven atleta

Los Juegos Olímpicos fueron celebrados por primera vez en el 776 a.C. en la ciudad epónima, prolongándose hasta el siglo IV d.C., y desde un primer momento se convirtieron en el gran acontecimiento del mundo griego, cuyas polis o ciudades-estado confluían en dicha ciudad cada cuatro años, de modo similar a como ocurre en nuestros días. Sin embargo, a diferencia de hoy, en aquella época siempre se celebraban en el mismo lugar, donde se ubicaba el gran templo de Zeus en torno a cuya figura se crearon los propios juegos y todo el ceremonial de ritos y sacrificios que en su honor se oficiaban. De este modo, cada Olimpiada (término con el que se conoce a los 4 años de espera entre juego y juego y que a veces confundimos con los propios juegos), las ciudades de toda Grecia continental, y posteriormente las islas y los pueblos que tarde o temprano pasaron a formar parte del mundo griego y helenístico, se preparaban para un encuentro en el que prácticamente se paralizaban toda la vida pública y los asuntos políticos.

Si durante las Olimpíadas tenían lugar los cada vez más frecuentes enfrentamientos entre polis, con la llegada de los juegos, se firmaba una tregua especial que garantizase la llegada de los atletas a Olimpia y su seguridad durante la celebración del evento. De este modo, lo que comenzó como una celebración en homenaje a los dioses, se revistió rápidamente de evento de confluencia y, en muchas ocasiones, negociación y acercamiento entre las diferentes polis. Esto no quiere decir que sellaran siempre la paz, pero el hecho de acudir juntas y ser partícipes de todo el elenco de celebraciones y festejos siempre podría ayudar a acercar posturas y enterrar viejas rencillas, ¿no creen?

Restos del estadio de Olimpia en la actualidad
Restos del estadio de Olimpia en la actualidad

En cualquier caso, también debemos matizar aquello de que era una competición para todos los griegos. Lo era, en efecto, pero no podemos olvidar que el concepto griego era bastante excluyente, y que sólo eran considerados como tales los ciudadanos varones libres nacidos en la Hélade. Esto descartaba a mujeres, esclavos y metecos (extranjeros), que no sólo no podían participar sino que también quedaban excluidos del proceso de formación física y atlética que todo ciudadano recibía desde los 12 hasta los 20 años aproximadamente. A partir de ese momento, la polis otorgaba a estos jóvenes el privilegio de poder representar a su ciudad, a su linaje y dejar su huella en la memoria de toda Grecia.

En cuanto a las categorías, eran mucho menos diversas que las actuales, como cabe esperar, pero no por ello menos completas, ya que iban desde los llamados agones atléticos, que abarcaban tanto carreras a pie como salto de longitud o lanzamiento de disco y jabalina; hasta los agones lictatorios, o para entendernos mejor, todas las pruebas relacionadas con la lucha cuerpo a cuerpo; así como pruebas hípicas y competiciones de carácter musical o, la que sería la prueba estrella, el Pentatlón, celebrado desde el año 707 a.C., y compuesto por las pruebas de carrera, salto de longitud, lanzamiento de jabalina, lanzamiento de disco y lucha. Incluso se cuenta que el vencedor de esta última tenía derecho a tener una estatua en el templo.

Dos practicantes del pugilato ilustrados en una vasija de figuras negras.
Dos practicantes del pugilato ilustrados en una vasija de figuras negras.

Por último, los premios eran bien diferentes a las actuales medallas de metales. Se limitaban a objetos más bien simbólicos, al principio frutas o coronas de laurel o de olivo, si bien con el tiempo se empezaron a otorgar productos de mayor valor o utilidad como el aceite. Pero fuera como fuese, el verdadero galardón por el que tantos griegos competían no era otro que la gloria, el honor. Su nombre pasaba a ser inscrito, junto con el de su familia y lugar de origen, en el registro de los Juegos, lo que constituía la mayor condecoración posible para cualquier ciudadano. A su vuelta a sus respectivas ciudades de origen, estos atletas eran reconocidos como auténticos héroes. Quizás no fuesen el Cristiano Ronaldo o el Messi de la época, pero a buen seguro obtendrían un enorme reconocimiento y despertarían una gran admiración entre sus contemporáneos.

Con el paso del tiempo, la competición se extendió a todo el mundo helenístico, y numerosas ciudades instituyeron sus propios juegos, aunque ya desligados de ese carácter religioso y más volcados al homenaje de sus respectivos monarcas. Y la conquista romana permitiría su pervivencia durante varios siglos, aunque de nuevo con un significado diferente, más ligado al carácter festivo y espectacular del mundo latino. No obstante, nos encontramos con una celebración muy longeva, que no vio su fin hasta el siglo IV d.C., cuando Teodosio I y Honorio II, en sus respectivos imperios Occidental y Oriental, decretaron el fin de toda celebración pagana en el marco de una nueva Roma cristiana, en la que los Juegos ya no tenían cabida.

Escrito por
Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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