Uno de los episodios de la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis en España

Los Cien Mil Hijos de San Luis

Nunca me gustó aquello de las «dos Españas» ni esa creencia tan generalizada de que nuestra historia se caracteriza por un continuo desencuentro, por una falta de diálogo y por el perpetuo enfrentamiento entre dos grandes tendencias políticas o ideológicas. Sin embargo, hay episodios en los que tengo que claudicar, o al menos reconocer que la división ha sido un elemento muy presente en la política española a lo largo del tiempo. No por ello pierdo la fe en que la sociedad despierte y deje atrás sus diferencias y rechace ese bipartidismo (que no sólo es político) para abrirse a una actitud más dialogante y a una mayor autocrítica que nos permita avanzar juntos como ciudadanos.

Retrato de Fernando VII a caballo
Retrato de Fernando VII a caballo

Uno de los ejemplos más claros en este sentido es la difícil implantación del liberalismo en la España del siglo XIX, donde el Antiguo Régimen daba sus últimos coletazos, resistiéndose a  a dar paso a un sistema más amplio en cuanto a derechos y libertades. Desde la llamada «Guerra de Independencia» (término bastante matizable), en la que una parte de la sociedad española se enfrentó al reinado de José Bonaparte y a la presencia de las tropas y la administración francesa en la Península, empezamos a ver los primeros pasos hacia la implantación de este liberalismo que ya desde décadas atrás se había asentado en Estados Unidos y en Francia.

No obstante, resulta curioso cómo en este contexto, cuando se elabora la que sería la primera constitución liberal española en 1812, una gran parte de la sociedad se oponía a las medidas tomadas por los franceses, y clamaban por la vuelta al trono de Fernando VII, un monarca que no se caracterizaba ni mucho menos por su carácter liberal. De hecho, es curioso cómo la mayoría de aquellos «afrancesados» que optaron por colaborar con el gobierno de José I o que se sintieron cercanos a sus postulados ideológicos, se vieron finalmente abocados al exilio al final de la contienda. Nombres como Goya o Jovellanos fueron algunos de los muchos españoles que tuvieron que huir tras la expulsión de las tropas francesas. Y es que el resultado de la guerra no fue otro que el regreso del vetusto régimen absolutista de Fernando VII, quien acabó con todos los derechos y libertades garantizados por la Constitución de 1812 y frenó en seco cualquier iniciativa de carácter liberal.

Represión de liberales en las cercanías de la ciudadela de Barcelona, custodiados por Mossos d'Esquadra bajo la supervisión del Conde de España, gobernador de aquella plaza tras el fin del Trienio Liberal. (Fuente: Wikimedia)
Represión de liberales en las cercanías de la ciudadela de Barcelona, custodiados por Mossos d’Esquadra bajo la supervisión del Conde de España, gobernador de aquella plaza tras el fin del Trienio Liberal. (Fuente: Wikimedia)

Una vez más, vemos cómo España se dividía entre la férrea defensa del Antiguo Régimen a las que unos se aferraban y los intentos de aquellos otros por introducir en nuestro país esas nuevas y revolucionarias ideas que habrían de cambiar finalmente el curso de la historia europea. Pero en el caso de nuestro país, insisto, esa introducción fue especialmente difícil, lo que hará que nos encontremos con más de un levantamiento, pronunciamiento militar e incluso enfrentamiento bélico en defensa de uno u otro régimen. Uno de los más importantes de estas primeras décadas sería el protagonizado por el coronel Rafael de Riego en 1820, que conseguiría reinstaurar el orden constitucional elaborado en Cádiz y daría paso al llamado Trienio Liberal, una efímera pero relevante experiencia liberal que sería el gran antecedente de la posterior instauración de este sistema político en nuestro país.

No obstante, las potencias absolutistas que habían derrotado a Napoleón en 1814 y trataban desde entonces de preservar el orden político del Antiguo Régimen en toda Europa, veían con recelo esta tentativa llevada a cabo en España. Precisamente por ello, los propios franceses (ahora bajo un régimen absolutista) retiraron a su embajador de Madrid, y el rey Luis XVIII apelaba en las Cámaras a la necesidad de intervenir para que el trono español fuese ocupado por un descendiente de Enrique IV, que no sería otro que Fernando VII. Éste pidió ayuda al monarca galo, quien ya había propuesto que cien mil franceses acudiesen en nombre de San Luis a desarrollar esta labor. Pese a que este tema fue foco de debate en la esfera política francesa durante varios meses, fue finalmente un 7 de abril de 1823 cuando un ejército de más de 95 000 hombres encabezado por el Duque de Angulema hizo su entrada en la Península acabando con una resistencia liberal mal organizada y no muy preparada.

Uno de los episodios de la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis en España
Uno de los episodios de la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis en España

Con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, España volvía a ser lo que fuera años atrás: un país sumido en el absolutismo y anclado en el pasado, situación que se prolongaría durante toda una década, hasta la muerte del «Deseado» en 1833. Durante todos estos años, se dilapidaron todos los derechos y libertades que tanta sangre y sudor habían costado, y se volvió a hacer cada vez más palpable el enfrentamiento entre las dos grandes corrientes políticas, una desde la clandestinidad y la otra desde el poder. A la muerte del monarca, la regencia de su esposa María Cristina abrió un nuevo periodo en el que el enfrentamiento se materializaría en la pugna entre los partidarios de la nueva opción política que ésta abrazó y la tenaz resistencia encabezada por el carlismo, que daría pie a varias guerras civiles a lo largo de prácticamente todo el siglo XIX.

Como vemos, la instauración del sistema liberal no fue algo ni mucho menos fácil, y supone un ejemplo más de la profunda división que a lo largo de la historia ha protagonizado la sociedad española, con mayor o menor intensidad según el periodo. No obstante, quisiera ser optimista y pensar que no todo es blanco o negro y que han existido y existen alternativas y formas de pensar y de actuar que aboguen por el diálogo y que no se encierren en posturas irreconciliables. En definitiva, que aquello de las «dos Españas» no sea más que un tópico sin fundamento y que haya muchas y muy diversas Españas. Y no hablo en términos de independentismo ni de fragmentación política, sino de una España de individuos con sus propias ideas y aportaciones, una España plural y heterogénea en la que cada ciudadano sea autocrítico y tolerante, y se aleje de una vez de esa concepción de pertenecer a uno u otro bando.

 

Escrito por
Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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