Los desastres de la guerra, n.º 33: «¿Qué hay que hacer más?». Francisco de Goya.

La historia y la palabra contra la violencia

Suele ocurrir, me atrevería a decir que con demasiada frecuencia, que tendemos a pensar en determinados pueblos, grupos sociales o comunidades religiosas en términos absolutos. En algunos casos de manera inconsciente o condicionados por los medios, y en muchos otros, por nuestras propias circunstancias y forma de pensar.

Boicot antisemita contra negocio judeo-alemán (Tietz, Berlín), marcado por los nazis con estrella judía junto a la cual figura un cartel con la inscripción «¡Alemanes! ¡Defendeos! ¡No compréis de los judíos!» Antisemitismo nazi, 1933.
Boicot antisemita contra negocio judeo-alemán (Tietz, Berlín), marcado por los nazis con estrella judía junto a la cual figura un cartel con la inscripción «¡Alemanes! ¡Defendeos! ¡No compréis de los judíos!» Antisemitismo nazi, 1933.

En un ejercicio de autocrítica, debemos reconocer que los estereotipos, las etiquetas y los prejuicios nos llevan a menudo a caer en importantes errores de interpretación, a creer que conocemos una determinada cultura o sociedad por lo que de ella nos dicen los medios. Y como consecuencia de ello, surgen los malentendidos y desencuentros que lastran nuestras relaciones como grupos y como individuos y que nos impiden avanzar como sociedad. Este desconocimiento y generalización son algunos de los principales culpables de los grandes conflictos que acaparan las portadas de nuestros diarios y nos embargan de miedo, incertidumbre e inseguridad.

Los ejemplos son innumerables: la llamada «cuestión catalana», los conflictos en Ucrania y Oriente Medio, los atroces atentados como el perpetrado contra Charlie Hebdo, las disputas en torno a Gibraltar… Una y otra vez, la prensa y los debates de la opinión pública nos muestran cómo nos empeñamos constantemente en defender «lo nuestro» frente a ese «otro» radicalmente opuesto y diferente a nosotros. Se van elaborando de este modo discursos e imágenes monolíticas, que nos incitan a atribuirles unas características comunes y estáticas a grupos tan heterogéneos como los musulmanes, cristianos o judíos.

Sabemos, sin embargo, que la humanidad es la más imprevisible y peculiar de cuantas criaturas habitan nuestro planeta, y que cada persona y cada grupo es demasiado complejo en sí mismo como para enmarcarlo en una categoría tan hermética. Como bien dijo don Miguel de Unamuno, «el fascismo se cura leyendo, y el racismo se cura viajando», y es sólo a través del conocimiento que podemos llegar a entender mejor el mundo que nos rodea y el punto de vista de ese «otro» con el que nuestras diferencias no siempre son tan irreconciliables como pensamos. Es cierto que la historia nos depara episodios de crueldad y violencia que pueden hacernos dudar al respecto, pero también nos ofrece la perspectiva necesaria para comprender que en la mayoría de casos, por no decir en todos, estos enfrentamientos son fruto del desconocimiento y el miedo.

Los desastres de la guerra, n.º 33: «¿Qué hay que hacer más?». Francisco de Goya.
Los desastres de la guerra, n.º 33: «¿Qué hay que hacer más?». Francisco de Goya.

Resulta difícil en momentos tan tensos confiar en la humanidad, enarbolar la bandera de la palabra y estar dispuestos a escuchar y a conocer a ese eterno «otro», dejando a un lado prejuicios, circunstancias personales y condicionantes de todo tipo. Somos hijos de nuestro tiempo y herederos de una tradición cultural, de una historia y de unos valores. Pero en ningún caso debemos caer en su cautiverio.

Sin embargo, este desconocimiento se pone de relieve una y otra vez, y muchas veces no somos conscientes de ello. En más de una ocasión he oído decir que la mayoría de costumbres y tradiciones del Islam chocan con los valores «occidentales» (si es que existe Occidente como realidad y tiene una moral y una ética claramente definidas). Como también es frecuente entre los tertulianos de turno aquello de que los nacionalistas vascos o catalanes odian al resto de España y viceversa. O que tal o cual grupo social y étnico no tiene cabida en nuestro país por su carácter conflictivo y problemático.

Caricatura donde el KKK amenaza con linchar a los Carpetbaggers, en Tuscaloosa, Alabama, Independent Monitor, 1868
Caricatura donde el KKK amenaza con linchar a los Carpetbaggers, en Tuscaloosa, Alabama, Independent Monitor, 1868

Son cuestiones que, pese a su carácter ridículo y totalmente falto de fundamento, están muy arraigadas en nuestra sociedad y llevan a  estereotipos e ideas simplistas, generalistas y erróneas que afectan a muchas personas y que nos acercan a posturas radicales. Y el problema está, bajo mi punto de vista, en que rara vez nos paramos a escuchar e intercambiar puntos de vista desde una mentalidad abierta al diálogo y la autocrítica. Precisamente por ello, hoy quisiera reivindicar el importante papel social que desempeña la historia al tratar de inculcar en aquellos que nos dedicamos a ella un método de trabajo y de investigación caracterizado por la objetividad, el rigor y esa mentalidad abierta que he mencionado.

En este sentido, la historia puede ser un arma de doble filo, ya que muchos aprovecharon los estigmas que desde tiempos remotos acompañaron a comunidades como la gitana, judía o musulmana (entre muchos otros grupos) para fomentar el enfrentamiento y el odio. Afortunadamente, contamos con la labor de los historiadores para arrojar un poco de luz al respecto, para resaltar y hacer ver a todo el mundo la importancia del contexto, de las circunstancias. Del mismo modo que una persona cambia a lo largo de su vida, lo hacen las diferentes civilizaciones, países, colectivos y grupos de diversa índole religiosa, ideológica o cultural. Y es preciso, por no decir imprescindible, entender que cada momento, cada grupo e incluso cada individuo merecen un estudio profundo y detallado que acabe con los grandes estigmas y los falsos paradigmas.

El gran problema, como digo, es que no nos paramos a escuchar al «otro», a empatizar con él y entender sus circunstancias y su punto de vista. De ahí los desencuentros, el odio, la violencia y las situaciones tan dramáticas de las que somos víctimas, testigos y (en gran parte) cómplices cada día. Está en nuestra mano cambiar esta situación y «darle la vuelta a la tortilla». Gracias a la historia, sabemos situar las cosas en su contexto y confrontar todas las fuentes y testimonios posibles. En definitiva, escuchar todas las versiones y ser críticos con los demás y con nosotros mismos. Tal vez, si realizáramos ese ejercicio a nivel individual y colectivo, el mundo sería un lugar mejor. O al menos, quiero creer que sería menos despiadado y más humano.

Escrito por
Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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