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La Guerra de los Pasteles

Si algo podemos afirmar gracias a la historia es que el ser humano ha buscado las más variopintas causas para embarcarse en guerras de todo tipo. Desde los tiempos más remotos, nos encontramos con casus belli de lo más variado, desde motivos políticos, religiosos o ideológicos hasta cuestiones económicas, que en el fondo siempre están presentes de una u otra manera. Entre todas ellas, hay algunas que destacan por su carácter extravagante, como es el caso que hoy quisiera compartir con vosotros, el de la llamada «Guerra de los Pasteles».

Antonio López de Santa Anna, presidente mexicano, posteriormente nombrado dictador vitalicio.

Antonio López de Santa Anna, presidente mexicano, posteriormente nombrado dictador vitalicio.

En realidad, el propio término es engañoso, y si pensamos que se debió a algo relacionado con la repostería, estamos equivocados. O quizás no tanto, ya que ciertamente tuvo algo que ver. Pero para adentrarnos en el tema, primero debemos señalar que este conflicto que tuvo lugar entre 1838 y 1839 fue conocido también como la Primera Intervención Francesa en México, y no fue en el fondo más que un litigio de carácter económico y comercial que llevó a un enfrentamiento armado entre ambos países.

El contexto en que se ubica este episodio tiene como protagonistas a un México que apenas acababa de alcanzar su independencia de España y una Francia con notables aspiraciones comerciales en Latinoamérica. Intereses que décadas atrás la habían llevado a chocar con países como Argentina o Uruguay y que a partir de la década de 1830 se desplazarían al territorio mexicano. Allí, a pesar de la firma de las Declaraciones Provisionales entre ambos países en 1827, destinadas a regular sus relaciones comerciales, no se había conseguido llegar a un acuerdo. De modo que en estos años, serán cada vez más frecuentes los roces entre los mercaderes galos afincados en México y las autoridades del país, auspiciados en gran medida por las altas exigencias de los primeros, que buscaban un trato privilegiado.

Fue así como estos comerciantes fueron transmitiendo sus quejas y reclamaciones al gobierno a través de su embajador, el barón Deffaudis. Entre todas ellas, se encontraba la del dueño de un local de la villa de Tacubaya, que denunciaba a varios oficiales del presidente mexicano Santa Anna por marcharse sin pagar una ración de pasteles. En realidad, cuesta creer que ese gesto desencadenase una guerra, y que la cuenta del capricho pudiese salir tan cara. Evidentemente, no fue así, y el conflicto que se desencadenó no podría explicarse si no es a través de la tirantez y la tensión que caracterizó a las relaciones franco-mexicanas de toda esta década. Lo que ocurre es que, al parecer, el episodio que tuvo lugar en aquella pastelería allá por 1832, fue especialmente famoso e hizo que muchos tendieran a relacionarlo con la guerra.

Bombardeo de San Juan de Ulúa visto desde la corbeta francesa La Créole.

Bombardeo de San Juan de Ulúa visto desde la corbeta francesa La Créole.

El caso es que para comienzos de 1838, la situación se había vuelto insostenible, y las exigencias de Deffaudis y las autoridades francesas no se habían visto resultas, al menos en los términos que planteaban, de modo que éste abandonó México para regresar en marzo de ese mismo año al frente de una flota de guerra y lanzar un ultimátum al gobierno mexicano. Este gesto, junto con el bloqueo marítimo y el bombardeo del puerto de Veracruz, propició el fin de las relaciones entre ambos países y la declaración de una guerra que se prolongaría hasta marzo de 1839, cuando la mediación británica logró apaciguar los ánimos y hacer que se llegara a un acuerdo. Esta paz, que obligaría a México a pagar una indemnización de 600.000 pesos a cambio de verse exentos de garantizar los privilegios exigidos por los comerciantes extranjeros en un futuro, puso fin a la contienda, aunque no cerró definitivamente la hostilidad entre ambas naciones, que volverían a enfrentarse unas décadas después en la llamada Segunda Intervención Francesa en México, a partir de 1861. Pero eso, como suele decirse, es otra historia.

Y todo esto, ¿por culpa de unos pasteles? Por supuesto que no. Detrás subyacen motivaciones hegemónicas y, sobre todo, económicas, como tantas otras veces. Sin embargo, no deja de resultar curioso que este contencioso haya pasado a la historia y aún se relacione con un gesto tan intrascendente como no pagar la merienda.

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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