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«Utilizo la historia para analizarla con fuentes y prismas diversos, no para enjuiciarla a través del debate político»

En el primer número de la revista pudimos entrevistar al catedrático Julián Casanova, una de las voces más autorizadas para hablar sobre movimientos sociales.

Cuando decidimos embarcarnos en el apasionante proyecto de imprimir la revista trimestral Descubrir la Historia tuvimos muy claro que necesitábamos contar con la voz de Julián Casanova Ruiz, brillante investigador, historiador, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. Teníamos un gran interés en conocer su punto de vista como historiador de diversos temas. Julián Casanova es una voz autorizada sobre los movimientos sociales, una de sus principales líneas de investigación. Por eso le preguntamos sobre asuntos tan complejos como la cuestión catalaña, los nuevos partidos políticos o la Transición española.

Descubrir la Historia. No sé si compartirá con nosotros la opinión de que la historia interesa a los ciudadanos pero no siempre se acerca a ellos de la manera más adecuada. ¿Cree que es necesario hacer reformas en los planes de estudio o la forma de enseñar la historia desde los niveles educativos más básicos?

Julián Casanova. Los ciudadanos, en general, prefieren la novela histórica, la ficción y la historieta a la historia. No es un problema de planes de estudio, sino de cómo se enseña y cómo se difunde en los medios de comunicación. Somos los historiadores quienes debemos transmitirla mejor, aunque para ello también se necesitan lectores críticos y con ganas de pensar (y no abundan).

DlH. ¿Qué aporta la historia a la sociedad tanto a nivel individual como colectivo?

JC. Una amplia visión de las vidas y acciones de los hombres y mujeres en las sociedades del pasado. Una huida del presentismo (leer el pasado a traves del presente). Pero el análisis histórico requiere interpretación, no es una mera narrativa de no ficción.

DlH. En esta línea, querríamos felicitarle por su obra Breve Historia de la Guerra Civil Española, porque acercan el fenómeno al lector medio, y es un objetivo que compartimos.

JC. Gracias. Es lo que he intentado en algunos de mis libros recientes, acercar la historia, sin renunciar al rigor y la interpretación, a un público amplio. En este caso, como fue un encargo de una editorial inglesa (A Short History of the Spanish Civil War, I. B. Tauris, Londres), y salió primero en inglés, pensé mucho en ese lector extranjero que no sabe demasiado de la guerra civil española. Y cuando salió la edición en español, en Crítica, no cambié nada porque sé que en España también hay muchas personas «extranjeras» a ese tema, porque no lo estudiaron nunca o porque sólo tienen visiones sesgadas, incluídas las familiares.

DlH. Usted participó activamente en la recuperación de restos e identificación de víctimas de la represión franquista a iniciativa del juez Garzón haciendo una gran labor. ¿Por qué cree que es importante recuperar la memoria histórica? ¿Qué sensaciones le han quedado respecto a este proyecto y de un tema tan politizado?

JC. Los pasados traumáticos, de guerras y dictaduras, deben conocerse, aunque la memoria de ellos, mal llamada histórica, lejos de ser un terreno neutro, se convierte en un campo de batalla cultural, de apropiación de símbolos, y político.

El olvido oficial, que es lo que algunos persiguen, no hará desaparecer el recuerdo de esas víctimas ocultas y desaparecidas durante tanto tiemp, porque nadie ha encontrado todavía la fórmula para borrar los pasados traumáticos, que vuelven a la superficie una y otra vez. El futuro de la memoria pasa por transmitir esas experiencias de violencia política y de violación de los derechos humanos a nuestros jóvenes, a quienes no formaron parte de esa historia.

DlH. No queremos dejar pasar la oportunidad de hablar con usted sobre temas muy importantes de la actualidad española en los que podemos encontrar una raíz histórica. Por ejemplo, si empezamos por Cataluña: ¿qué piensa sobre esta cuestión? ¿Responde a una necesidad histórica y social o, por el contrario, es utilizado tanto por la política catalana como la del Gobierno central para desviar la atención sobre otros temas? ¿Cree que se puede llegar a algún tipo de acuerdo?

JC. Una parte importantísima de la  sociedad civil, un concepto primordial para comprender la cultura política, pidió a gritos en Cataluña un referéndum y el derecho a decidir sobre su futuro. Cuando hay una base social tan amplia solicitando algo tan importante para ellos, los poderes establecidos, democráticos, constitucionales, no pueden ignorar esa realidad. El acuerdo va a ser difícil porque se ha llegado a una situación bastante insostenible. Podemos analizar por qué se ha llegado a esta situación, pero ni siquiera en eso habría acuerdo. Yo quiero que Cataluña siga en España, pero el proceso de separación, en este momento, es imparable.

DlH. Usted ha dedicado gran parte de su trabajo como investigador a estudiar los movimientos sociales. En España estamos viendo cómo han surgido algunos partidos políticos nuevos, como Podemos, que están respondiendo, según parece, a una demanda de la ciudadanía por la crisis política que vivimos. ¿Podría darnos algún tipo de explicación a este fenómeno o compararlo con alguna situación precedente de la historia de España o de Europa?

JC. Podemos se presenta como un nuevo movimiento/partido, pero no es fácil especificar qué es lo que define a un «nuevo» movimiento y qué es lo que distingue a un movimiento social respecto a un partido político o grupo de interés.

Podemos, frente a los nuevos movimientos sociales que surgieron desde los años sesenta en el mundo capitalista democrático, no abandona el sueño revolucionario de un cambio estructural  y parece defender, como aquellos, la sociedad civil frente al Estado y la economía de mercado. PERO, dado que su objetivo es conquistar parcelas del poder político, deberá aclarar cómo evitará la maraña burocrática de organizaciones formales para poner en práctica el Estado de bienestar y mantener el crecimiento económico (se supone que para todos los ciudadanos)

Podemos afirma que sus identidades, objetivos y modos de asociación son históricamente nuevos comparados con la «vieja» y «nueva» izquierda. No obstante, dado que la mayoría de sus dirigentes proceden de las profesiones liberales y clases medias, para ampliar su base social, pronto o tarde tendrá que aclarar si sus objetivos políticos e identidades colectivas están determinados desde el punto de vista de una «clase socieconómica» concreta. La apelación al pueblo vale para los primeros momentos; después, resulta que «el pueblo» es una categoría inservible porque, como la historia demuestra, no comparte identidades colectivas o los mismos intereses (en fin, el debate interminable sobre la influencia de la experiencia de pertenecer a una clase).

Podemos ha subrayado siempre que,  frente a la «casta», presta atención a los aspectos populares/cotidianos de la política y forma asociaciones democráticas «horizontales»  vagamente federadas en el ámbito nacional. Pero, esa supuesta democratización de las estructuras de la vida cotidiana, un objetivo ineludible para romper con la política establecida, entrará pronto en contradicción con la jerarquización, también ineludible, que resulta de organizar un partido, con dirigentes y bases, para participar en elecciones, ganar asientos en parlamentos y conquistas parcelas de poder (los anarquistas lo sabían bien y nunca solucionaron esa tensión, incluso aunque no participaban en la política oficial).

En suma, que no vale con tener  nuevos objetivos y nuevos valores. Al pasar de movimiento a partido, con aspiraciones de poder, las bases sociales se amplían y el modelo «productivista» –crear riqueza- volverá al centro del debate. Y cuando se trate de repartir esa riqueza, una buena parte de esa supuesta «nueva» base social se retirará  a puertos más seguros. Pero hasta ese momento, Podemos va a tener durante un tiempo el viento de cara –de la protesta frente a la «casta». Está todavía en el terreno de la sociedad civil. Habrá que ver qué pasa cuando entre en el territorio del Estado.

DlH. Con la sensación de crisis política que se respira actualmente en nuestro país, cada vez se discute más si realmente la Transición ha funcionado e incluso si se puede hablar de una Transición real. ¿Qué opina al respecto? ¿Cree que fue la mejor solución posible o que, por el contrario, solo acalló momentáneamente los fantasmas del pasado?

JC. La transicion fue un proceso dificil, incierto, lleno de obstáculos, resultado de las negociaciones entre los representantes del franquismo dispuestos a «desmontar» el aparato para preservar lo esencial y los políticos de la oposición, con un trasfondo de coacciones y amenazas de las fuerzas armadas y grupos de ultraderecha y de presión desde abajo de movimientos sociales antifranquistas y en muchos casos rupturistas. El resultado fue una monarquía parlamentaria basada en una constitución democrática, pero no estaba escrito ni fijado de antemano.

El proceso forma parte de la historia. Yo utilizo la historia para analizarla con fuentes y prismas diversos, no para enjuiciarla a través del debate político. El análisis histórico en ningún caso debería conducir a explicar los vicios de la democracia actual, que son abundantes, a través de un gran pecado originado en la transición. Y en la perspectiva comparada, un analísis de las similitudes y diferencias con los otros procesos de transición de dictaduras a democraciasen el mismo tiempo, de los escenarios disponibles o imposibles, el español no es tan peculiar ni tan modélico como se cree.

DlH. Este año se cumple el 40 aniversario de la muerte de Franco. Su nueva obra, 40 años con Franco, se publicará el 17 de febrero de 2015 en Crítica, y en él varios especialistas harán un balance de la dictadura de Franco. ¿Qué nos puede contar sobre esta obra?

JC. El rasgo distintivo de la historia de España en el siglo XX fue la larga duración de la dictadura de Franco. En este volumen se ofrece una visión global  de la dictadura, con contribuciones mías en torno a su origen y sobre la violencia de la posguerra; de Paul Preston sobre sus tres principales centros de poder («Ejército, Iglesia, Falange»); de Ángel Viñas, que se ocupa de los «años de gloria y de sombra»; de Borja de Riquer, que analiza su crisis; y de Carlos Gil, que traza la silueta biográfica de los principales actores. Esta visión del marco político se complementa con una serie de análisis de la sociedad y de la cultura: Mary Nash se ocupa de las mujeres, «vencidas, represaliadas y resistentes»; José-Carlos Mainer nos habla de «letras e ideas bajo (y contra) el franquismo», Agustín Sánchez Vidal estudia el cine español de esos años; y Enrique Moradiellos, «las narrativas sobre el régimen y su caudillo». Ignacio Martínez de Pisón, finalmente, cierra ese panorama con una mirada a los «cuarenta años sin Franco».

DlH. Usted ha estudiado la Iglesia durante el franquismo, aunque también en la II República y en la Guerra Civil: La Iglesia de Franco. Este es un tema recurrente, así que nos gustaría que nos diera alguna pincelada sobre el papel que jugó dicha institución en este periodo de nuestra historia reciente.  

JC. La contribución de la Iglesia católica al origen y evolución de la dictadura de Franco fue inmensa. No se conoce otro régimen autoritario, fascista o no, en el siglo XX, y los ha habido de diferentes colores e intensidad, en el que la Iglesia asumiera una responsabilidad política y policial tan diáfana en el control social de los ciudadanos. Ni la Iglesia protestante en la Alemania nazi, ni la católica en la Italia fascista. Y en Finlandia y en Grecia, tras las guerras civiles, la Iglesia luterana y ortodoxa sellaron pactos de amistad con esa derecha vencedora que defendía el patriotismo, los valores morales tradicionales y la autoridad patriarcal en la familia. En ninguno de esos dos casos, no obstante, llamaron a la venganza y al derramamiento de sangre con la fuerza y el tesón que lo hizo la Iglesia católica en España. Es verdad que ninguna otra Iglesia había sido perseguida con tanta crueldad y violencia como la española. Pero, pasada ya la guerra,  el recuerdo de tantos mártires fortaleció el rencor en vez del perdón y animó a los clérigos a la acción vengativa.

Tres ideas básicas resumen la relación entre la Iglesia y la dictadura. La primera, que la Iglesia católica se implicó y tomó parte hasta mancharse en el sistema «legal» de represión organizado por la dictadura de Franco tras la guerra civil. La segunda, que la Iglesia católica sancionó y glorificó esa violencia no sólo porque la sangre de sus miles de mártires clamara venganza, sino, también y sobre todo, porque esa salida autoritaria echaba atrás de un plumazo el importante terreno ganado por el laicismo antes del golpe militar de julio de 1936 y le daba la hegemonía y el monopolio más grande que hubiera soñado. La tercera, que la simbiosis entre Religión, Patria y Caudillo fue decisiva para la supervivencia y mantenimiento de la dictadura tras la derrota de las potencias fascistas en la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, la jerarquía eclesiástica, el catolicismo y el clero no permanecieron inmunes a los cambios socioeconómicos que desde comienzos de los años sesenta desafiaron el aparato político de la dictadura franquista, que coincidieron en el tiempo con tendencias generales de cambio que llegaban desde el Concilio Vaticano II. Cuando murió Franco, el 20 de noviembre de 1975, la Iglesia católica española ya no era el bloque monolítico que había apoyado la Cruzada y la venganza sangrienta de la posguerra. Pero el legado que le quedaba de esa época dorada de privilegios era, no obstante, impresionante en la educación, en los aparatos de propaganda y en los medios de comunicación. Lo que hizo la Iglesia en los  últimos  años del franquismo fue prepararse para la reforma política y la transición a la democracia que se avecinaba. 

Naturalmente, la Iglesia cambió mucho si se compara con el otro pilar básico de la dictadura, el ejército, que se identificó con Franco y con el régimen sin fisuras y lo sostuvo hasta el final. Pero en la larga perspectiva de los cuarenta años del régimen dictatorial, la Iglesia hizo mucho más por legitimarlo, afianzarlo, protegerlo y silenciar sus numerosas víctimas y atropellos de los derechos humanos que por combatirlo. Proporcionó a Franco la máscara de la religión como refugio de su tiranía y crueldad. Sin esa máscara y sin el culto que la Iglesia forjó en torno a él como caudillo, santo y supremo benefactor, Franco hubiera tenido muchas más dificultades en mantener su omnímodo poder.

DlH. Ahora que se han cumplido 100 años del comienzo de la Primera Guerra Mundial, ¿siguen resonando de fondo algunos de los problemas que llevaron a la guerra?

JC. Como decía Mark Twain, la historia no se repite pero a veces rima. El historiador puede encontrar ecos en aquel escenario de posguerra, pero aquella guerra –a la que siguió una segunda- cambió tanto Europa que es difícil buscar similitudes entre 1914 y 2014

DlH. Para terminar, nos gustaría reconocer su labor y perspectiva absolutamente divulgativa de la historia. No solo es investigador, sino que también es profesor y escribe libros accesibles para cualquier público. Pero, también nos llama la atención la gran actividad en las redes sociales, algo no muy común hasta hace relativamente poco en el mundo de la historia. ¿Qué le aporta esto como historiador? ¿Considera que las redes sociales y medios de comunicación similares pueden ayudar a la divulgación de la historia?

JC. Los historiadores debemos escribir con precisión, claridad y narrativa elegante. Si no, somos seres ajenos a la sociedad en la que vivimos. No concibo la historia como un territorio sólo para profesionales o especialistas. Por eso creo que las redes sociales son un lugar ideal para transmitir conocimientos, abrir debates y reflexiones y conectar el pasado con el presente. Estamos en la era digital y el historiador debe cambiar los métodos de divulgar la historia, sin que eso signifique que tengamos que simplificar nuestras investigaciones e interpretaciones.

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Acerca del autor

Álvaro López Franco

Álvaro López Franco

Periodista. Director de 'Descubrir la Historia'. Mi ámbito de especialización es la historia contemporánea y la historia de la comunicación social, periodos en los que centro mi actividad investigadora.

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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