El hechizo de Carlos II

Sin ánimo de ofender o burlarse de un personaje histórico que hace ya tiempo dejó de estar entre nosotros, lo cierto es que uno no puede evitar el comentario sarcástico cuando oye el apodo del rey español Carlos II, el «Hechizado». Al menos, si nos fijamos en sus retratos, más de uno podría pensar (servidor asume su culpa) que dicho apodo no se debió a su mirada hechizante o a una belleza y cualidades extraordinarias.

Retrato de Carlos II
Retrato de Carlos II

En efecto, no fue así. El que fuera heredero de Felipe IV de Habsburgo, tuvo que cargar durante todo su reinado con el estigma de su débil y enfermiza constitución física, que muchos atribuyeron a un encantamiento o al influjo perverso de fuerzas demoníacas. En realidad, todo parece indicar que el bueno de Carlos no fue más que víctima de una enfermedad, muy probablemente el síndrome de Klinefelter, según investigaciones recientes. De ahí que fuese especialmente propenso a caer enfermo y a perder el pelo y los dientes. Pero sobre todo, uno de los grandes problemas del «hechizado» fue su impotencia, que le impediría llevar a cabo una de sus principales obligaciones como rey y como heredero de una dinastía; perpetuar su estirpe.

Ante esta situación, que hoy sabemos se debió a causas naturales y biológicas, no habría mejor remedio que buscar un culpable y tratar de ofrecer una explicación que dañara lo menos posible la imagen del monarca. Fue así como se gestó un intrincado ardid que se acabó creyendo no sólo en la Corte sino en todo el país y que finalmente se prolongó a lo largo de la historia. Esta explicación consistía en atribuir todos los problemas de salud del rey a la brujería y los encantamientos, dando pie a la creación de un mito que determinados personajes elaboraron y utilizaron en función de sus propios intereses.

Sus principales artífices fueron el propio confesor del monarca, Froilán Díaz; el cardenal Portocarrero, y el inquisidor general Racoberti, quienes conformaban su círculo de confianza y lo fueron convenciendo de este supuesto embrujo, aprovechando el carácter crédulo y temeroso del monarca. Sin ir más lejos, el padre Díaz llevó a cabo varios intentos infructuosos de exorcizarlo, e hizo traer a un fraile experto en este tipo de prácticas para que revelase de una vez el meollo de la cuestión. Según este último, el testimonio del mismísimo Satanás, a través de tres religiosas poseídas, revelaba que todo era un castigo hacia Carlos II por no ofrecer un trato adecuado a la orden de los dominicos, a la que curiosamente pertenecían los sacerdotes mencionados.

El exorcismo fue una práctica habitual en la Edad Moderna
El exorcismo fue una práctica habitual en la Edad Moderna

Al mismo tiempo, el emperador Leopoldo informaba de otros exorcismos practicados en su reino en estos años, entre cuyas revelaciones se encontraba el testimonio de que Carlos II había sido, en efecto, víctima de un hechizo. Más específico aún sería el fraile capuchino traído desde Austria, Mauricio Tenda, al acusar a la propia madre del rey de haber elaborado algún tipo de conjuro contra su hijo para acaparar así todo el poder.

Muchos fueron los nombres que salieron a la palestra en este mar de acusaciones que tuvo lugar durante tanto tiempo y que oscilaba en función de los intereses particulares de cada cual. Algunos menos conocidos de personajes de los bajos estratos de la sociedad, y otros tan célebres y sonados como el del rey francés Luis XIV o los miembros de la nobleza gala. Todo ello en un momento en que Borbones y Habsburgo empezaban a mostrar sus primeras disputas en torno a la influencia sobre la corona española, que acabarían solucionándose tras una larga y convulsa guerra de la que hoy no tendremos tiempo de hablar pero que a más de uno sonará, la Guerra de Sucesión Española.

En cualquier caso, el débil y enfermizo Carlos II acabaría siendo títere de los intereses de uno y otro bando y pasaría su reinado entre la intriga, el temor y la inseguridad que desde bien temprano le habían inculcado. Un temor hacia lo sobrenatural, lo mágico y lo infernal que lo acompañaron hasta el final de su corta vida, en 1700, y que facilitaron la creación de todos estos mitos y leyendas hacia su persona. Pasaría a la historia como el «hechizado», y pensándolo bien, quizás fuera un apodo bastante acertado. Al fin y al cabo, fue víctima del influjo de unos y otros, y aunque sus problemas de salud nada tuvieron que ver con sucesos paranormales, sí que sucumbió al encantamiento de las ilusorias y engañosas palabras de exorcistas, exorcizados y algún que otro demonio.


Para saber más:

Carmona, José Ignacio (2012) La España Mágica: Mitos, leyendas y curiosidades pintorescas. Madrid: Nowtilus.

Escrito por
Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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