Divulgación

1945 y la llegada de una «paz» un tanto ficticia

En este año en que se cumplen nada menos que siete décadas del final de la II Guerra Mundial, estoy seguro de que la efeméride dará pie a numerosas obras, conmemoraciones, revisiones y alguna que otra película al respecto de la que ha sido la contienda más atroz de todos los tiempos en cuanto a víctimas y daños se refiere.

Con la muerte de Hitler y Stalin acabaron parte de las atrocidades cometidas, pero no todas.

Con la muerte de Hitler y Mussolini en 1945 acabaron parte de las atrocidades cometidas, pero no todas.

Además, el hecho de que se conmemore la fecha en que este dramático episodio tuvo fin conlleva el riesgo de que nos dejemos llevar por la euforia y la idealización de la Europa posterior a 1945. De hecho, definirla como un «continente salvaje» (como hizo Keith Lowe hace unos años) podría resultar bastante chocante para aquellos que consideran el fin de la II Guerra Mundial como un periodo de liberación  y de paz para los pueblos sometidos bajo el yugo nazi. Todo ello dentro de esa historia de «buenos y malos» en la que la libertad y la democracia habían acabado con el peligro representado por Hitler y habían traído la prosperidad al mundo. Obviamente, un análisis histórico y riguroso de lo que aconteció en estos años de la postguerra puede desmontar fácilmente ese discurso que, pese a lo simplista de su enfoque, ha perdurado durante muchos años en la memoria colectiva. Europa se sumió en una espiral de terror, crímenes y atrocidades a lo largo de los cinco años que duró la contienda, pero el panorama que dejó después no sería mucho mejor, ya que ese salvajismo que le atribuyen autores como Lowe[1] fue una realidad difícilmente cuestionable.

La única diferencia es que esa violencia que había germinado y se había implantado con fuerza en la mentalidad de la época, a partir de estos momentos se empezó a canalizar por otros medios igualmente feroces y terribles. Deportaciones, hambrunas, represalias hacia los vencidos, purgas políticas y un concepto de «justicia» que a menudo se confundió (o se quiso confundir) con el de venganza, fueron algunas de las principales razones que nos llevan a pensar que si en 1945 se había acabado con la guerra, en absoluto se había logrado una verdadera paz. Esta dramática situación que subyace tras una Europa en apariencia «liberada», es la que llevó a autores como Mazower[2] a utilizar el término de «dark continent» para referirse definir su recorrido histórico durante todo el siglo XX, y a otros como Hobsbawm[3] a extender su «era de los extremos» bastante más allá del fin de la II Guerra Mundial.

Batalla de Stalingrado

Batalla de Stalingrado

Esta Europa, en la que confluyen de un lado los aliados y de otro las tropas soviéticas en su carrera hacia el corazón de una Alemania derrotada, es un escenario en que el miedo está muy presente y juega un papel fundamental. Si Stalin había sido considerado un poderoso aliado para las potencias aliadas durante la guerra, quedaba claro que ahora era el gran enemigo a batir, y que había que recurrir a lo que fuese necesario para pararle los pies, del mismo modo que el líder soviético consideraba de vital importancia llegar a imponer su autoridad frente al rival, como ponían de evidencia sus propias palabras: “Esta guerra no es como otras pasadas; el que ocupa un territorio también impone su propio sistema social. Todo el mundo impone su propio sistema hasta allí donde su ejército le permite llegar. No puede ser de otro modo.”[4]

Podemos empezar a vislumbrar cómo ya desde la guerra se estaba generalizando la idea de que tanto uno como otro bando no tenían más remedio que contener al otro, y la víctima principal de este choque sería todo aquel que estuviese en medio. En este caso, miles y miles de personas con independencia de su bando, ideología o religión.

Ya no se trataba de hacer «justicia» por los crímenes de guerra de los nazis o de salvaguardar los valores que las distintas potencias decían representar, sino que lo que se estaba produciendo era una intensa e indiscriminada represión a todos los niveles en la que se cometieron lo que hoy bien podría catalogarse como crímenes de guerra.

Para empezar, desde el momento en que los soviéticos comenzaron la contraofensiva en los últimos años de la guerra, al tiempo que iban recuperando territorios y desplazando a los alemanes, fueron muchísimos los oficiales y soldados del Ejército Rojo acusados de traición por haberse «dejado apresar» por los nazis y enviados, con sus respectivas familias, al Gulag. Una práctica que se prolongaría y sería muy frecuente hasta la misma muerte de Stalin. Pero esta represión no fue algo que se limitara al bando soviético ni mucho menos, sobre todo si tenemos en cuenta la enorme cantidad de mujeres belgas, francesas u holandesas que fueron víctima de humillaciones y violaciones por parte de las tropas aliadas, argumentando que eran colaboradoras de los nazis. Una muestra más de cómo la violencia, el odio, la represión y el miedo se convirtieron en una constante que asolaba cada rincón de Europa desde los últimos compases de la guerra, como pusieron de relieve autores como Laurence Rees[5].

El altísimo coste humano de la guerra

El altísimo coste humano de la guerra

De hecho, una vez finalizada la contienda, el proceso de los Juicios de Núremberg se inscribió en esa idea de «revancha» maquillada como «justicia» cuando se decretaron penas sobre los crímenes de guerra cometidos por los nazis, obviando los muchos que se habían cometido entre uno y otro bando. Además, se trató de un proceso judicial un tanto selectivo en el que curiosamente personajes que habían colaborado estrechamente con el régimen, como el industrial Krupp, no fueron condenados. Algo que resulta aún más curioso si tenemos en cuenta la importancia que habrían de tener este tipo de empresarios en el posterior plan de rescate de la economía alemana.

La violencia y la muerte continuaron a lo largo del Mundo, como pone de relieve el ejemplo de Hiroshima y Nagasaki

La violencia y la muerte continuaron a lo largo del Mundo, como pone de relieve el ejemplo de Hiroshima y Nagasaki

En cualquier caso, a la represión física desatada contra los vencidos debemos añadir las deportaciones, fenómeno que se convirtió en otra constante de estos años, con todas sus consecuencias. Familias enteras que vivían en los países ocupados fueron devueltas inmediatamente a Alemania, pero en unas deplorables condiciones que acabaron con las vidas de muchos de ellos. Sobre ellos acecharía el hambre, la enfermedad y la falta de vivienda, como lo haría sobre los otros muchos deportados de otros lugares de Europa. Es el caso de las poblaciones de la actual Moldavia en 1941; o los tártaros de Crimea en 1944, ejemplos de las decisiones políticas que buscaban «reorganizar» Europa a costa de tantas y tantas vidas.  El hambre, como hemos señalado, fue uno de los grandes males de estos deportados, pero también de los habitantes de países como la Unión Soviética, cuyos esfuerzos se centraban en la elaboración de la bomba atómica costase lo que costase. El coste, claro está, era humano y era muy elevado, pero poco podría ya sorprendernos a estas alturas.

Por último, si el panorama de Europa era desolador, no lo sería menos el de sus posesiones coloniales, cuyo proceso de emancipación no se saldaría sin enfrentamientos y conflictos que dejarían tras de sí otras tantas víctimas. Tenemos el caso de la partición de la India y su traumática guerra con Pakistán desde 1947, así como la dura represión francesa hacia el incipiente nacionalismo argelino o los intentos de Holanda por conservar sus últimas posesiones en Indonesia. En definitiva, basta con mirar todo el reguero de sangre, violencia, odio, terror, y crímenes de todo tipo que azotó al mundo entero en los años posteriores a la II Guerra Mundial para ver cómo la guerra pudo haber acabado, pero la paz y la prosperidad de ninguna manera habrían llegado.


 

[1] Lowe, Keith (2012) Continente salvaje. Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

[2] Mazower, Mark (2000) Dark continent:Europe´s twentieth century. Nueva York: Vintage Books.

[3] Hobsbawm, Eric (2012) Historia del siglo XX: 1914-1991. Barcelona: Crítica

[4] Judt. Tony (2006) Postguerra: Una historia de Europa desde 1945. Barcelona: Taurus. p. 201.

[5] Rees, Laurence (2009) A puerta cerrada: Historia oculta de la Segunda Guerra Mundial. Barcelona: Crítica.

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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