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Una vida de magia

El joven Houdini empezaba a despuntar como mago de éxito gracias a la combinación de su preparación física con su destreza para superar los retos más impensables, haciendo las delicias de pequeños y mayores.

Llegó sin hacer demasiado ruido, sin trucos ni artificios, como cualquier otro de los muchos jóvenes que por aquella época luchaban por ayudar al sustento de su familia empeñándose en  trabajos y oficios de todo tipo. Nacido un 24 de marzo de 1874 en el seno de una familia húngara de origen judío, al pequeño Erick Weisz le tocó vivir en un mundo y una época en que el trabajo infantil era una realidad tan presente como inevitable para gran parte de la población.

Un atlético Erich Weisz en su época de juventud
Un atlético Erich Weisz en su época de juventud

La labor de su padre como rabino lo llevó a emigrar junto a su familia a Winsconsin cuando apenas tenía cuatro años. Y ya desde los ocho,  empezó a patear las calles periódico en mano al grito de « ¡extra, extra!» y en busca de pulcros señores y petimetres a los que lustrar los zapatos a cambio de las monedas que tuvieran a bien entregarle. Así pasaba los días, colaborando con sus padres en la difícil tarea de mantener a una familia numerosa de emigrantes en un lugar tan lejano. Sin embargo, todo cambiaría el día en que supo del mago ambulante apodado «Dr. Lynn», cuyos trucos conoció precisamente en las calles donde se había criado y donde a partir de entonces buscaría dar un vuelco a su vida.

Desde aquel momento, decidió que quería ser mago y despertar con sus exhibiciones la admiración y el asombro del respetable. No tardó, por tanto, en ponerse manos a la obra y crear su primer y modesto circo de barrio, en el que dio sus primeros pasos en el mundo del trapecismo y el contorsionismo en un espectáculo que tituló Ehrich, the Prince of the Air. Pero ya se sabe que quien no arriesga no gana, de modo que el joven Eric abandonó su hogar a los nueve años para probar fortuna en diferentes circos y espectáculos en la que, por desgracia para él, sería una búsqueda infructuosa.

Sin embargo, también sabemos que la fortuna favorece a los audaces, y nuestro protagonista, que hubo de regresar a Nueva York junto a su familia, no cejaría ni un segundo en su empeño por convertirse en el mago que tanto tiempo habría soñado ser. Es por ello que compaginó sus trabajos habituales con un intenso entrenamiento físico y un concienzudo estudio de todos aquellos libros relacionados con el mundo de la magia que acababan llegando a sus manos. Entre ellos, jugaría un papel fundamental la obra de Eugène Robert-Houdin, quien sería su gran inspiración no sólo como profesional sino también para adoptar el nombre con el que el mundo lo acabaría conociendo y con el que pasaría a la historia; el gran Houdini.

Houdini en 1899, cuando algunos ya lo llamaban el «Rey de las esposas»
Houdini en 1899, cuando algunos ya lo llamaban el «Rey de las esposas»

A la altura de 1882, un joven Houdini empezaba a despuntar como mago de éxito gracias a la combinación de su preparación física con su destreza para superar los retos más impensables, haciendo las delicias de pequeños y mayores. Sobre todo, causó un gran impacto gracias a sus trucos de escapismo, como la famosa «Metamorfosis», consistente en «transportarse» desde una cada cerrada con candados para aparecer en el lugar que ocupaba su ayudante, que lo sustituiría en la caja. Una habilidad de escapismo que se manifestó a su vez en trucos tan grandilocuentes como la llamada «Caja de Tortura China» (un enorme recipiente de agua sellado del que escapaba en el último momento), o las esposas y camisas de fuerza de las que se liberaba en situaciones tan pintorescas como las alturas de una grúa, lo que le valió el apodo de «Rey de las esposas».

Sin embargo, aunque fiel defensor de la magia y el espectáculo, siempre tuvo entre ceja y ceja a aquellos médiums y espiritistas a los que consideraba meros interesados que se aprovechaban de la ignorancia de la gente y jugaban con sus deseos y esperanzas. De hecho, llevó a cabo una feroz crítica hacia todos ellos a través de numerosos artículos y publicaciones orientadas a desmontar todas estas prácticas en un momento en que estaban tan a la orden del día. Precisamente fue a ellos a quien dedicó el que sería su último gran truco, que lo siguió a la tumba.

Houdini preparándose antes de uno de sus trucos de escapismo
Houdini preparándose antes de uno de sus trucos de escapismo

Antes de morir, reveló a su mujer el que fue conocido como «código Houdini», una combinación de palabras que, en el caso de que algún médium se pusiera en contacto con él a través de una sesión espiritista, el mago pronunciaría desde el más allá. Y no fueron pocos los que lo invocaron desde su muerte en 1926, cuando apenas tenía 52 años, mientras la desconsolada Bess esperaba que alguno de ellos pronunciasen las palabras que su marido le había confiado. Años después, Bess apagó una simbólica última vela mientras argumentaba que «diez años son suficientes para esperar por cualquier hombre». Con ello, Houdini daba, de manera póstuma, el último gran golpe a aquellos que a sus ojos quisieron desvirtuar la magia para jugar con las ilusiones y esperanzas de la gente.

Para Houdini, la magia debía asombrar, fascinar, arrancar sonrisas y murmullos. En definitiva, hacer al público olvidar por unos momentos lo trágico de sus vidas para dejarse llevar en un mundo de artificios y diversión. Porque hay formas y formas de engañar, y en el caso de su mago, era su deber hacerlo siempre para el disfrute de su público. Con él, se abrió el camino hacia la proliferación de nuevos magos, prestidigitadores y artistas que hacen de lo sencillo lo sublime y en cuyas manos se deposita una labor tan encomiable como la de hacer felices a hombres y mujeres de todas las edades.

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