La Belle Époque, ¿la calma que precede a la tempestad?

Los años comprendidos entre las últimas décadas del siglo XIX y 1914 constituyen el período tradicionalmente conocido como Belle Époque, un concepto asociado a la imagen idealizada que determinados grupos sociales elaboraron sobre estos años no sin cierta añoranza y melancolía hacia aquellos tiempos anteriores a la vorágine belicista que asoló Europa entre 1914 y 1945.

Exposición Universal de París de 1900
Exposición Universal de París de 1900

La imagen tradicional de la Belle Époque se caracteriza, por lo tanto, por un período de relativa prosperidad, de fulgurantes éxitos en el ámbito científico y tecnológico, y muy prolífico a nivel cultural y social. Pero sobre todo, hace énfasis en las relaciones pacíficas que caracterizaron la política internacional, lo que ofrece un fuerte contraste con el mundo que encontraremos en 1914. Ahora bien, si nos paramos a analizar detenidamente este periodo, podemos llegar a interesantes conclusiones acerca de lo que supusieron estos años y si realmente fueron tan «bellos» como nos los pintaron aquellos nostálgicos.

En primer lugar, si hacemos un recorrido general por los cambios producidos en el panorama político europeo desde finales del siglo XIX, vemos que aunque suponen la imposición definitiva del nuevo sistema liberal sobre el Antiguo Régimen después del periodo revolucionario de las primeras décadas; lo cierto es que también son los años del imperialismo, en los cuales un reducido grupo de naciones soberanas (todas ellas, europeas) se lanza a la colonización del resto de pueblos del planeta. Un grupo de naciones que, en su mayoría, no son repúblicas sino monarquías y grandes imperios, lo que nos muestra la pervivencia de estructuras de épocas anteriores. Pero además, si nos fijamos en las consecuencias de las oleadas revolucionarias de la llamada Primavera de los Pueblos, más que las transformaciones que perseguían, lo que dan como resultado es la consolidación de movimientos nacionalistas que a la postre darían pie a la creación de nuevos Estados con pretensiones imperiales como Alemania e Italia.

Modelo del Ford T
Modelo del Ford T

En el plano económico y tecnológico, nos encontramos con que la industrialización que surgiera en Gran Bretaña se ha difundido y ha llegado a las otras grandes potencias del momento, al tiempo que los avances tecnológicos y científicos conllevan importantes transformaciones en un mundo cada vez más globalizado y comunicado. Ahora bien, todo ello de nuevo en beneficio de los países más desarrollados, que eran una minoría y que destinarían la mayor parte de estos esfuerzos en sus respectivos proyectos colonialistas y de expansión territorial. En lo educativo y el ámbito de la cultura, los años de la Belle Époque han sido considerados de grandes logros, ya que es entonces cuando se empiezan a dar grandes pasos en la reducción del analfabetismo, a lo que hay que añadir una rica producción artística y un interés por el conocimiento de otras culturas. Todos estos cambios, a su vez, permitirán una mayor difusión de la prensa y, con ella, el surgimiento de lo que podríamos llamar el “cuarto poder”. Sin embargo, también aquí encontramos luces y sombras, pues estos avances se producen fundamentalmente en los países más desarrollados que, recordemos, eran un selecto grupo. Y dentro de ellos, se reducen a las clases más pudientes, en una época de grandes contrastes en lo que respecta a lo social.

Precisamente es en este ámbito donde se pueden encontrar los mayores argumentos en contra de la visión idealizada de la Europa previa a la Gran Guerra. Y es que nos encontramos, en primer lugar, con una enorme brecha social y unas notables diferencias de clase entre aquellas élites burguesas que serían quienes acuñarían el concepto de Belle époque y el resto de la población, que constituiría la mayoría y para quienes estos años no fueron precisamente fáciles ni bellos. No por casualidad son estos los años en que empieza a cobrar más importancia y trascendencia el movimiento obrero, que a su vez se va a dividir entre aquellos sectores más reformistas y moderados; aquellos otros que exigían cambios sociales más profundos; y un sector más radicalizado que llevaría a cabo lo que se ha conocido como la “propaganda por el hecho”.

Ilustración del asesinato del Archiduque Francisco Fernando
Ilustración del asesinato del Archiduque Francisco Fernando

Efectivamente, será a lo largo de estas décadas cuando tengan lugar la mayoría de atentados contra jefes de gobierno, así como monarcas y familiares de estos. Entre otros muchos ejemplos, tenemos el asesinato del presidente francés Sadi Carnot en 1894, el de los españoles Cánovas y Canalejas en 1897 y 1912 respectivamente o la muerte del presidente norteamericano McKinley en 1901. Y estos son sólo algunos de los muchos casos de atentados o intentos de ellos que se produjeron en la época, lo que nos lleva a preguntarnos si el asesinato del archiduque Francisco Fernando en 1914 fue realmente tan excepcional como para que fuera el detonante único del conflicto.

Pero si a esta conflictividad social añadimos la competición internacional en que se embarcaron las grandes potencias europeas en un momento que Hobsbawm definió muy acertadamente como «la era del Imperio», así como las tensiones que surgen entre ellas con la división en bloques que se origina con la Entente Cordial y la Triple Alianza, vemos que las piezas ya estaban puestas sobre el tablero, y que la guerra que finalmente estalló en 1914 bien pudiera haberlo hecho a lo largo de estos años. Cada una de las potencias, confiada en sí misma y guiada por sus propios intereses nacionales, se mostraba dispuesta a afrontar un conflicto armado que era evitable pero que finalmente estallaría en el momento en que todas ellas estuvieron de acuerdo en ir a la guerra. Por lo tanto, el estallido de la Gran Guerra no era inevitable, lo que ocurre es que las principales potencias estaban convencidas de que no se prolongaría tanto como finalmente sabemos que lo hizo. Todo ello no quiere decir que Alemania no llevase a cabo una política claramente expansionista como tradicionalmente se ha apuntado, pero sí que indica que no fue la única que lo hizo y que, por lo tanto, el camino hacia la guerra ya había sido trazado anteriormente, durante la (para algunos) vanagloriada Belle époque, por las grandes potencias europeas, si bien sus consecuencias se harían notar en el resto del mundo.


Para profundizar un poco más:

Hobsbawm, Eric J. La Era del Imperio (1875-1914). Barcelona: Crítica, 2001.

Pich Mitjana, J. Les llums s´apaguen a tot Europa. La fi de la Belle Époque. Barcelona: Nova Editorial, 2014.

Tuchman, W. Barbara. La Torre del orgullo (1894-1914) Una semblanza del mundo antes de la Primera Guerra Mundial. Barcelona: Península, 2007.

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