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El juicio de la historia: el fanatismo


Una de las normas fundamentales de los historiadores es no juzgar la historia desde la visión actual. Precisamente, el catedrático Julián Casanova nos hablaba de ello en la entrevista que hemos publicado en el primer número de la revista trimestral Descubrir la Historia. Y eso es algo que está sucediendo en el entorno de los medios de comunicación después de los atentados contra Charlie Hebdo en París. Al menos, es lo que piensa el historiador Mathew Lyons, que publica un artículo titulado “Charlie Hebdo and the judgement of history” en el número de este mes de la revista británica History Today.

En su reflexión se detiene en palabras escritas por John Milton en su obra Areopagítica, publicada en 1644 y considerada como una de las grandes argumentaciones en favor de la libertad de imprenta —base de la libertad de expresión como derecho fundamental—. Lo cita para mostrar que algunos pasajes de esta obra parecen haber sido escritos pensando en los atentados de París porque relacionan los requisitos para poder tolerar la libertad de imprenta —ser sabios y buenos— con el rechazo que se puede generar en el caso contrario.

Lyons expresa que el debate sobre los atentados se ha producido en términos maniqueos, en una dicotomía que enfrenta la libertad de expresión y la sensibilidad religiosa. Para él, es tarea de los historiadores juzgar estos aspectos en el presente y el momento en el que surgieron en el pasado. Más bien, parece que a los historiadores les corresponde el papel de explicar el momento histórico en el que surge este enfrentamiento.

Desde luego, sí se podría coincidir con Lyons en que afrontar el debate sobre lo que está sucediendo entre el autodenominado Estado Islámico —término que debería ser corregido desde los medios de comunicación por no tratarse ni de un Estado ni tener una base cercana a las interpretaciones contemporáneas del Islam— y toda tradición diferente a la suya de una manera tan simple no favorece la comprensión de este fenómeno.

La historia es una herramienta más para el análisis. Esta palabra, análisis, parece más adecuada que juicio para referirnos al trabajo de los historiadores. Lo principal, según Lyons, es que los historiadores se resistan a introducir sus argumentaciones en el campo de la ideología o la identidad, cosa que ha correspondido en este tiempo a políticos y periodistas —”han discutido felizmente sobre los asesinatos de París en términos de guerra cultural”, decía en su artículo—.

Para evitar la simplificación y la consecuente xenofobia sería apropiado analizar el fenómeno de los grupos de fanáticos desde un punto de vista político y militar. Esto puede llevar a concluir que cuando no ha habido momentos de convivencia religiosa no ha sido por razones puramente religiosas o teológicas, sino políticas: dominación de un pueblo rival, eliminación de sus raíces culturales como signo de superioridad, etc.

Por estos motivos, existen analistas e historiadores que proponen una visión de estos conflictos desde un punto de vista político, geopolítico o militar, en lugar de atribuir a la religión los preceptos y la fundamentación de los conflictos. Desde luego, apostar por una visión o por otra corresponde a analistas e investigadores después de aplicar metodologías y procedimientos rigurosos. Pero, como se ha dicho en el primer párrafo de este texto, a los historiadores no corresponde juzgar la historia, y menos desde los ojos del presente.

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