Batalla de Viena o de Kahlenberg

Historia de un invento agridulce

Existen muchas invenciones que tienen lugar en los lugares más insospechados y en momentos en que difícilmente podríamos imaginar que sucedieran. Pero si algo se puede asegurar del ser humano es que es imprevisible por naturaleza, y es por ello que no debe extrañarnos que episodios como el que hoy contamos tuvieran lugar en un contexto a priori nada propicio para ello. Tal es el caso del croissant, una golosa pieza de repostería cuya creación se suele atribuir a los franceses hasta el punto de que en nuestros días resulta casi inevitable no asociar su imagen a la del país vecino.

800px-Cafe_con_leche_y_cruasánLo curioso de la historia que hoy contamos es que, para empezar, no fue una invención francesa. De hecho, podemos decir que la forma de media luna se aplicó a gran cantidad de elaboraciones reposteras desde tiempos ancestrales, y en determinados lugares es tan antigua como la propia humanidad. Lo que ocurre es que en torno a este tipo de dulce se articula una historia con tintes de leyenda que poco tiene que ver con las lujosas y reposadas cafeterías parisinas.

Nos encontramos en Viena allá por septiembre de 1683, momento en que la ciudad había sufrido dos meses de asedio por parte de los turcos en una confrontación que desde durante todo el siglo XVI y XVII había enfrentado al Sacro Imperio Romano Germánico de los Habsburgo con el Imperio Otomano. Las tropas turcas del Gran Visir Kara Mustafá trataron desde julio de obtener la rendición de la capital austriaca con uno de los mayores ejércitos reclutados desde tiempos de Saladino. Sin embargo, la resistencia de la ciudad otorgó al emperador Leopoldo I un poco más de tiempo para pedir ayudar al Papa, quien llamó a sus súbditos a la Cruzada.

De este modo, en poco tiempo acudirían a su llamada polacos, alemanes, españoles y todos los demás reinos cristianos de Europa[[Ya fuera a través del envío de tropas o mediante aportaciones económicas.]], a excepción de Francia, enfrentada por entonces al Sacro Imperio. Y fruto de esta ayuda exterior, los vieneses conseguirían repeler el ataque otomano en la llamada batalla de Kahlenberg, librada a los muros de la ciudad entre el 11 y el 12 de septiembre de ese mismo año.

Hasta aquí llega la historia de una batalla crucial para el Sacro Imperio, pero que de momento no tiene mucho que ver con lo que queremos contar. Por ello, vamos a contar ahora  la curiosa anécdota que tiene lugar en este contexto y que probablemente tenga su parte de verdad, aunque no podamos afirmarlo con total seguridad:

Se cuenta que durante el tiempo que duró el asedio, los turcos idearon un sistema para entrar en la ciudad socavando el terreno para evitar sus muros, y que llevarían a cabo únicamente de noche. A esas intempestivas horas, los únicos (o algunos de los pocos) ciudadanos que estarían despiertos, serían los panaderos, quienes darían la voz de alerta a las autoridades y permitirían actuar con mayor eficacia en la defensa del enclave.

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Batalla de Viena o de Kahlenberg

El resto de la historia la conocemos, y con la retirada de los turcos, el emperador decidiría premiar la inestimable ayuda prestada por estos ciudadanos con una serie de condecoraciones y reconocimientos a su labor. Y éstos, en respuesta, le corresponderían de la mejor manera que conocían (y que a buen seguro pocos rechazarían fácilmente); elaborando dos tipos de panecillos, a los que bautizarían como «emperador» y «media luna».

De este último, que se crea como burla hacia el enemigo al representar una comestible media luna como la que portaban en sus estandartes los turcos, surge el invento que posteriormente sería adoptado por los franceses con el nombre de croissant con una receta muy similar pero otro tipo de masa, y que hoy hace las delicias de muchos y muchos paladares. Si bien nuestros vecinos de arriba fueron quienes finalmente lo incluyeron entre su gastronomía más típica y lo convirtieron en elemento esencial de todo buen desayuno, lo cierto es que su origen se remonta a otra época y lugar bien diferente de la Francia de finales del siglo XIX.

La batalla según Franz Geffels
La batalla según Franz Geffels

Sobre su invención existen otras versiones, como aquella que lo atribuye a un polaco llamado Jerzy Kulczycki, hombre de negocios que consiguió atravesar las líneas otomanas y dar la alerta al emperador y que es hoy considerado un héroe en Viena. Pero incluso en esta versión, el croissant sigue siendo un producto vienés del siglo XVII. Por lo tanto, nos encontramos con una de tantas anécdotas curiosas que la Historia nos deja y que nos permiten encontrar cosas insólitas en los lugares y épocas que menos pudiéramos imaginar.

Al fin y al cabo, ¿quién podría imaginar que lo que surgió como una forma de ridiculizar al enemigo en un contexto de guerra haya pasado a ser uno de las más deliciosas creaciones del ser humano en los últimos tiempos? Perdón, creo que me dejé llevar y me olvidé por el camino alguna que otra receta igualmente sabrosa. Pero eso, como se suele decir, es otra historia, y ya tendremos tiempo suficiente de hacer memoria. De momento, esperamos les haya resultado interesante nuestro artículo y, si nos permiten la recomendación, acompáñenlo con un buen café y una «media luna» (esta vez, sin doble lectura).

Escrito por
Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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