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La azarosa vida del pirata


200px-Pyle_pirate_handsomeLa visión más romántica e idealizada del fenómeno de la piratería, que podemos encontrar en la literatura de los siglos XVII y XVIII en autores como Daniel Defoe, Robert Louis Stevenson o Walter Scott, nos abre las puertas a un mundo de aventuras, viajes y búsqueda de tesoros en lejanos confines del mundo en los que saciar nuestras ansias de evasión y dar rienda suelta a nuestra imaginación.

El tema resulta bastante atractivo, sobre todo si lo enfocamos desde ese punto de vista, pero no lo será menos si llevamos a cabo un estudio más histórico, para acercarnos un poco mejor a cómo podría ser la vida de estos forajidos que en su mayoría poco tenían que ver con el extravagante Jack Sparrow de las películas de Disney. Lo cierto es que esa imagen tradicional del pirata intrépido que recorre los mares en busca de aventuras sin rumbo ni dirección tiene su parte histórica pero bebe en gran parte de la leyenda y los mitos, con lo que conviene matizar varios aspectos.

En primer lugar, aquel que se dedicaba a la piratería rara vez lo hacía por propia vocación, ya que se trataba de un oficio demasiado arriesgado y en el que cada día se arriesgaba la vida en una empresa cuyo porvenir era tan etéreo y aleatorio como las partidas de dados que practicaban a bordo o en las cantinas y tabernas. No es de extrañar que la inmensa mayoría de piratas, por no decir prácticamente la totalidad, fuesen vagabundos, antiguos presidiarios, delincuentes o personas que se habían visto abocadas a la mendicidad. Diferente es el caso de los corsarios, entre los cuales podemos encontrar casos concretos en los que burgueses o gente de alto rango social se dedicaban a esta actividad como un medio de prestigio, ya que hay una gran diferencia a señalar al respecto; mientras los piratas se dedicaban a saquear naves de manera indiscriminada, los corsarios contaban con el respaldo del poder político, y trabajaban para una causa que podríamos llamar “nacional”, siendo sus principales víctimas las naves de las naciones enemigas.

En cualquier caso, y a pesar de que resulta complicado elaborar un estudio detallado de los índices de pobreza de la época y su incidencia en la proliferación de la piratería, podríamos afirmar que la causa principal de ésta sería el estado de pobreza en que se hallaban sumidos tantos individuos y la ausencia de alternativas o formas de ganarse el pan. Eran, en definitiva, personas que poco tenían que perder y mucho que ganar y que podemos entender que decidieran dedicar sus esfuerzos a una empresa tan arriesgada pero que se antojaba como la mejor solución a sus problemas, o la única en muchos casos. De hecho, el propio Daniel Defoe ya afirmó en su momento que la mejor defensa contra la piratería, además de reforzar la defensa de las costas, era acabar con el hambre y la pobreza de los muchos marineros que vagaban sin oficio ni beneficio por las calles y los puertos de las ciudades.

captain-blood--644x362Una vez enrolados en la tripulación, los piratas neófitos podían aprender el oficio a través de sus servicios prestados al capitán, quien les enseñaba a cambio el “arte de la piratería”, que como podemos imaginar era más práctico que teórico y que se basaba, principalmente, en el conocimiento de las técnicas de navegación y otros aspectos navales, además de una serie de normas y reglas con las que tratar de poner orden y permitir una convivencia lo más pacífica y ordenada posible. Dentro de este sistema de organización, lo más complicado sería ascender, ya que alcanzar el máximo rango posible, el de capitán, dependía de las habilidades personales de cada pirata, pero también respondía a un estatus de prestigio que se alcanzaba con un término medio entre la camaradería y complicidad con el resto de la tripulación, y la autoridad suficiente para evitar motines o revueltas en un contexto propicio para ellas. El capitán era aclamado y elegido por los suyos gracias a esas aptitudes y ese carisma personal, pero de la misma manera podía ser depuesto por ellos si cometía algún error importante, de manera que aquel afortunado que conseguía mantenerse al frente del navío durante mucho tiempo llegaba a alcanzar una posición casi divina, y su nombre se convertía en leyenda allende los mares.

El capitán pirata debía ser capaz de coordinar la administración del barco con el mantenimiento de una cierta estabilidad entre una tripulación acuciada por el hambre, las enfermedades y entre la cual podían ser frecuentes los motines y peleas internas. Una labor nada fácil, como podemos comprobar, y que en el caso de los corsarios quizás pudo ser afrontada con una mayor autoridad, fruto de la legitimidad que les daba la patente, si bien es cierto que no palió excesivamente estas dificultades.

Por otra parte, la vida a bordo dependía fundamentalmente de las actividades de saqueo y pillaje, de tal manera que la dieta habitual era de peces, tortugas marinas o carnes secas, aunque a veces podían complementarlas con productos más “selectos” como queso, carne de cerdo o miel, robados a los barcos mercantes. Con respecto a su vestimenta, ocurre algo similar, por lo que vemos que a las tradicionales piezas de camisa ligera y pantalón ajustado a media pierna podían añadir conjuntos de seda y joyas (en su mayoría femeninas) adquiridas en los abordajes. Sin ir más lejos, parece ser que fueron ellos los que trajeron la moda de usar pendientes entre los hombres, algo que hasta entonces se reducía al ámbito femenino, y que ha llegado hasta nuestros días.

ILUSTRACION VINCENT DUTRAIT LA ISLA DEL TESOROAquí volvemos a encontrar algunas diferencias entre corsarios y piratas, ya que mientras los primeros prefería inutilizar las naves enemigas antes de proceder al abordaje, y posteriormente solían hacer algún que otro prisionero con el que poder negociar; en el caso de los piratas, el modus operandi se reducía a tomar la embarcación, quedarse con todas sus riquezas y ejecutar a toda la tripulación. No es que los corsarios fueran mucho más indulgentes con sus víctimas, pero sí que llevaban a cabo una actividad más controlada, ya que no dependían en la misma medida que los piratas saqueo para sobrevivir.

Dicho todo esto, podemos concluir que vivir como un pirata no tenía nada de fácil, y que la muerte acechaba a cada esquina, por lo que llevaban un estilo de vida de lo más carpe diem, dilapidando sus botines en las tabernas de los puertos. En muchas ocasiones, en cuestión de días habían conseguido gastar en mujeres, ron y juegos todo aquello por lo que habían puesto en peligro sus vidas. Pero al fin y al cabo, eran individuos totalmente apartados de la sociedad y que sabían que difícilmente podrían destinar los frutos de sus pillajes a ascender socialmente o llevar a cabo una vida más sosegada y estable. Efectivamente, no era fácil, pero tampoco nadie les dijo que lo fuera.

Hoy, podemos conocer mejor cómo era la vida de estos individuos sin que ello nos impida del disfrutar del romanticismo de las aventuras del intrépido Jim Hawkins y el eterno Long John Silver o deleitarnos con los versos de Espronceda:

“Que es mi barco mi tesoro,

Que es mi Dios la libertad;

Mi ley, la fuerza y el viento;

Mi única patria, la mar.”

 

Fuente

Lucena Salmoral, M. (2005) Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros. Editorial Síntesis. Madrid.

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