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Anna Anderson, la última «Romanov»


El Zar Nicolás II con sus hijas durante su cautiverio
El Zar Nicolás II con sus hijas durante su cautiverio

La casa Ipátiev, en la ciudad rusa de Ekaterimburgo, fue escenario de la ejecución de los últimos representantes de la dinastía zarista Romanov, asesinados por las tropas revolucionarias bolcheviques un 22 de julio de 1918. Un episodio con el que se ponía fin, de manera definitiva, al régimen zarista que había sido derrumbado un año antes en la Revolución de Octubre. Sin embargo, desde un primer momento hubo quienes se negaron a creer en la muerte de dicha familia, y fruto de ello empezaron a circulas rumores y leyendas en torno a la posible supervivencia de alguno de sus miembros, todo ello pese a que las fuentes oficiales soviéticas afirmaban haber eliminado por completo los cadáveres de todos y cada uno de ellos.

Quizás precisamente por esa ausencia de restos mortales que probasen su veracidad, desde bien temprano empezaron a surgir personajes que decían ser el heredero Alexéi o la Gran Duquesa Anastasia, hijos de Nicolás II, y en torno a los cuales se tejían historias sobre una milagrosa huida del destino fatal que la Revolución les habría deparado. En este sentido, podemos decir que hubo al menos una decena de “anastasias” a lo largo de todo el siglo, aunque quizás el caso más paradigmático o de mayor repercusión fuera el de Anna Anderson, quien comienza a difundir su historia hacia la década de los años 20 en Berlín. Allí  protagonizó alguna tentativa de suicidio y permaneció en un centro psiquiátrico debido a sus tendencias depresivas hasta que consigue ser reconocida como la hija del zar por el barón Kleist, hecho que la ayuda a superar parte de esos traumas y la alienta a seguir defendiendo los orígenes reales que afirmaba tener.

Es en estos momentos cuando empieza a difundir su historia completa, en la que no faltaría el elemento romántico. Según su versión, habría conseguido huir de Ekaterimburgo gracias a la complicidad de un soldado soviético con el que logró fugarse a Bucarest y contrajo finalmente matrimonio, adoptando el apellido de Tchaikowski. Pero la desgracia volvería a llamar a su puerta con la muerte de éste unos años más tarde, lo que la empujaría a marcharse a Alemania, donde viviría estos amargos episodios de depresión y problemas psiquiátricos que hemos mencionado.

Retrato de Anastasia Romanov
Retrato de Anastasia Romanov

Algo más tarde, ante la negativa de la mayor parte de los parientes vivos de los Romanov a reconocerla como la hija pequeña de la familia, decide desistir de sus esfuerzos y empezar de cero en Norteamérica, donde se mudará hacia 1929 para comenzar una nueva vida como Anna Anderson. Sin embargo, la férrea defensa que ejerció de sus supuestas raíces no cesó, y en los propios Estados Unidos hubo más de un investigador interesado en su historia, bien para desmontarla o para corroborar que fuera cierta, si bien es cierto que la mayoría coincidió en señalar que Anna no era más que una persona emocionalmente inestable y con serios problemas de autoestima y ansias de protagonismo.

Parece ser que el tiempo acabó dando la razón a aquellos que no la creyeron a ella ni a ninguna otra de las muchas falsas “anastasias” que desde poco después de la Revolución Rusa fueron entrando en escena. Todas y cada una de estas historias se fueron tambaleando desde que a finales de los 70 se encontrase la fosa en que fueron depositados los restos de la familia Romanov. Pero no sería hasta 1991, con la caída de la Unión Soviética, cuando se pudieran llevar a cabo estudios científicos lo suficientemente detallados y rigurosos como para demostrar que, efectivamente, no hubo supervivientes en Ekaterimburgo y que el propio cuerpo de Anastasia, de la verdadera Anastasia, yacía junto al de sus padres, hermanos y el resto de la Corte zarista.

Anna Anderson
Anna Anderson

Franziska Schanzkowska, como realmente se llamaba nuestra protagonista, falleció en 1984 sin saber de los resultados estas pruebas científicas, pero tampoco llegó a obtener en vida ese reconocimiento que había defendido a capa y espada y que, como ha quedado demostrado, respondía más a un ansia de protagonismo o a los delirios de grandeza de una humilde obrera polaca con trastornos psicológicos que a una historia real. Por supuesto, no fue la única que hasta principios de los 90 afirmó ser la Gran Duquesa, pero su caso nos resulta muy ilustrativo para ver cómo a lo largo de la historia se han construido este tipo de mitos y de rumores y la fuerza que en determinadas ocasiones han llegado a tener.

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