La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix (1830)

¿Qué nos dicen las imágenes sobre la Historia?

Pinturas rupestres de la zona de Castellón
Pinturas rupestres de la zona de Castellón

Cuando echamos un vistazo a las fuentes documentales utilizadas en el complejo proceso de investigación histórica, resulta llamativo que la imagen ha permanecido, al menos durante mucho tiempo, relegada a un segundo plano. Tradicionalmente, se ha venido considerando que los textos y el material arqueológico podían proporcionar una información más “objetiva” o eran más susceptibles de ser interpretados desde ese punto de vista, a priori menos condicionado por la ideología e intencionalidad de aquellos que la elaboraron.

Esto ha condenado a la imagen (desde cuadros hasta fotografías o cualquier otro documento visual) a ser desechada por un gran número de historiadores y a formar parte exclusivamente del estudio de la Historia del Arte, abriendo aún más una brecha entre ambos campos de conocimiento que tanto tienen en común y que tanto deberían beber uno del otro, al menos en cuanto a objetivos y finalidad de estudio se refiere, si bien su enfoque puede ser distinto.

Sin embargo, debemos tener en cuenta que la imagen forma parte de la propia esencia del ser humano y lo ha acompañado desde el inicio de su andadura en el planeta, como pone de manifiesto la importancia de las pinturas rupestres de época prehistórica y todo lo que ellas aportan al conocimiento de dicho período, entre otros muchos ejemplos.

La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix (1830)
La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix (1830)

El problema suele venir por el concepto de “fiabilidad de las fuentes”, ya que hay quienes las consideran una forma de extraer directamente la “verdad” de algo que ocurrió en el pasado. Sin embargo, ninguna de ellas está libre de esa carga de subjetividad, de un matiz ideológico o una intencionalidad por parte de sus protagonistas más o menos inmediatos. Todo texto que podamos analizar está escrito en un momento determinado, con unas circunstancias concretas, y responde a una finalidad específica, ya se trate de una fuente primaria o secundaria, algo que ocurre igualmente con las imágenes o cualquier resto material. Lo verdaderamente importante es que para sumergirnos en ellas, debemos abordarlas desde una perspectiva crítica, que tenga en cuenta toda esa subjetividad en que puede estar bañada y que tendremos que superar para elaborar un relato histórico lo más fidedigno posible.

En este sentido, la imagen se presenta como una fuente igual de peligrosa, pero también igualmente valiosa que el resto de métodos con que contamos para acercarnos al conocimiento y reconstrucción del pasado, de tal manera que poco sentido tiene esa tradicional reticencia a su uso como documento y medio de investigación. Afortunadamente, el paso del tiempo ha hecho que se preste una mayor atención al estudio de la imagen como documento histórico en sí mismo, y no como mero estudio artístico o estético. Y es que una imagen puede decirnos mucho de un período histórico, de un personaje o de un colectivo, y de cómo la visión de una situación o un suceso ha podido cambiar a lo largo del tiempo. Quizás no siempre sea cierto aquello de que “una imagen vale más que mil palabras”, pero a buen seguro, puede resultar igual de esclarecedora en más de una ocasión.

Además, hemos de tener en cuenta la diversidad tipológica de la imagen como documento. No debemos limitarnos a las citadas pinturas rupestres o a las célebres representaciones de la Antigüedad Clásica y la Edad Media, ya que la aparición de la imagen impresa entre los siglos XV y XVI o la de la fotografía y medios similares como la televisión o el cine en tiempos más modernos, nos permiten abrir mucho aún más el ámbito de estudio y nos acercan a un amplio espectro con el que complementar el estudio histórico derivado de todas las fuentes disponibles. La imagen adquiere nuevos significados, nuevas interpretaciones y fines, y ello nos permite rastrear los cambios a nivel ideológico, cultural y social que se produce en las distintas sociedades y grupos humanos a lo largo de la Historia.

Muerte de un miliciano, de Robert Capa (1936)
Muerte de un miliciano, de Robert Capa (1936)

Además, en una época en la que la televisión y los medios audiovisuales tienen tanto peso, estamos muy habituados a vivir con ellas, a que formen parte de nuestras vida, y a valernos de ellas para “dejar nuestra huella”, no sólo a nivel artístico, sino como manifestación de nuestra propia existencia. De ahí que puedan constituirse como una gran herramienta de conocimiento de una sociedad o de una civilización, no sólo para el presente, sino para toda la Historia, ya que tenemos millones de ejemplos y todos ellos son susceptibles de aportarnos mucho, sólo es cuestión de saber utilizarlos. Casi con total seguridad, la célebre imagen del miliciano republicano caído de Robert Capa no nos sirva para elaborar un relato de la Guerra Civil española, pero sí que nos muestra la intención del autor de mostrar los horrores de la guerra y, con ello, ver la visión que un individuo o un grupo tenían al respecto de ella.

En definitiva, si tenemos en cuenta esa multiplicidad de factores que condicionan a la imagen (al igual que a cualquier otra fuente) como documento histórico y actuamos en consecuencia, no sólo puede llegar a ofrecernos información complementaria a aquella que extraemos de los textos y restos materiales y arqueológicos, sino que tiene el potencial de ofrecernos nuevos y amplios puntos de vista que hacen que resulte igualmente valiosa e interesante para conocer al ser humano en toda su esencia, que es, al fin y al cabo, el objetivo que persigue nuestra ciencia.

Escrito por
Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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