Edward Said y la imagen de Oriente

Cuando el profesor Edward Said publicara su obra Orientalism allá por 1978, el mundo académico (y sobre todo, el de los estudios de Oriente de británicos, franceses y americanos) experimentaría una gran conmoción y se convertiría en escenario de importantes transformaciones y debates como consecuencia de la idea que introduce dicho autor.

Said durante su infancia en Egipto
Said durante su infancia en Egipto

Said, nacido en Palestina pero que había pasado parte de su vida en Egipto y posteriormente en Estados Unidos, donde ocupó el cargo de profesor de literatura comparada en la Universidad de Nueva York, tuvo una experiencia vital marcada por el conflicto y la contraposición del mundo oriental y occidental, situación que se agravaría con la victoria egipcio-palestina en la guerra de Yom Kippur de 1974 y la visión que desde Occidente se había generalizado sobre el mundo islámico. En este contexto es donde se enmarca la publicación de Orientalism, una obra cuya principal aportación es la crítica y la denuncia de una imagen de Oriente construida a lo largo de los siglos y cimentada sobre una serie de tópicos, estereotipos y prejuicios elaborados desde el mundo occidental, que desde tiempos medievales construye una visión del «Otro» que se acabará atribuyendo a todo Oriente, entendiendo como tal el continente asiático en toda su extensión y complejidad.

Pese a que el término «orientalismo» había sido utilizado tradicionalmente para definir a todos aquellos estudios centrados en los aspectos culturales y el conocimiento de cualquiera de las muchas regiones y pueblos que se distribuyen por Oriente, lo cierto es que Said va a imprimir una connotación negativa a éste. Principalmente, el «orientalismo» va a ser concebido como una forma de estudio simplista y generalista, que ofrece una visión de Oriente como un mundo homogéneo e inmutable opuesto al mundo occidental. Por supuesto, esta visión no es creada ex nihilo, sino que se elabora a partir de una tradición que hunde sus raíces en la Edad Media, donde el permanente conflicto entre musulmanes y cristianos hace que estos últimos esbocen un retrato de aquel otro mundo como un enemigo diametralmente opuesto a los valores y formas de vida de la cristiandad.

Sin embargo, esta oposición se centra en un aspecto más religioso y tiene como principal protagonistas a los musulmanes, de manera que el binomio «Oriente vs Occidente» se irá fortaleciendo con el paso de los siglos, y especialmente a partir del siglo XVIII, con el contacto de los viajeros románticos como ese mundo exótico que sólo conocían por referencias y al que habían atribuido una imagen preconcebida que choca con lo que allí encuentran. Pero sobre todo, va a tener una importancia vital la experiencia colonial, de manera que será precisamente entre Francia y Gran Bretaña donde se generalice y se distribuya con mayor fuerza imagen esta visión sesgada de Oriente.

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Oriente como elemento exótico y fuente de estereotipos y mitos a través de la pintura

Hasta el siglo XVIII, el interés por el conocimiento de Oriente se enmarcaría en dos grandes manifestaciones. Por un lado, en la literatura y las artes se ofrecería una visión que oscilaba entre la fascinación por el elemento exótico, idílico y mitificado, y la concepción de un mundo «bárbaro» e «incivilizado» cuyos valores morales representaban todo lo contrario a los defendidos por el mundo cristiano occidental. Por otro lado, se instauran cátedras de hebreo y árabes en muchas universidades europeas, dando lugar a un interés académico por el estudio de Oriente bajo este prisma estereotipado.

Sin embargo, hacia finales del siglo XVIII y principios del XIX, al calor de las empresas coloniales de Gran Bretaña y Francia, va a resurgir el interés por el tema, si bien con una intención y un enfoque muy diferentes. Tal y como se puede extraer de las campañas de Napoleón en Egipto, a partir de estos momentos se empieza a estudiar a Oriente para conocerlo a fondo y poder dominarlo e imponer en él los valores de la sociedad occidental. En este sentido, lo que vemos es que se presentan a las sociedades orientales como decadentes y moralmente inferiores a las potencias occidentales, quienes tienen entonces el «deber» de ayudarlas a salir de esa decadencia y devolverlas a ese «pasado glorioso» que se le atribuye. Toda una estrategia que permite justificar y legitimar el colonialismo a través de esta imagen creada.

Es así como Said argumenta que el «orientalismo» como tal sea un fenómeno más propio del mundo británico y francés, dada su prolongada experiencia colonial. Si tenemos en cuenta este factor colonial junto con la visión preconcebida que los viajeros románticos tenían de Oriente y la confrontación que sufren al ver que no se corresponde con la realidad, podemos entender cómo en este periodo se produce la gran difusión del «orientalismo» como adaptación de la imagen estereotipada tradicional que bebe del imaginario medieval pero que ahora cobra un nuevo significado.

Siendo así, cabría esperar que el fin del colonialismo y la configuración de un nuevo orden mundial durante el siglo XX dieran lugar a un derrumbamiento de toda esta visión orientalista que había lastrado los estudios y el conocimiento de la heterogénea realidad que compone este mundo. Sin embargo, Said señala otro tipo de orientalismo protagonizado por Estados Unidos, que si bien no tuvo tanta fuerza durante la época colonial, es el que ha imperado en las últimas décadas, como consecuencia de los numerosos enfrentamientos y la constante tensión con el mundo árabe e islámico, de tal manera que los viejos fantasmas de la visión del «otro» siguen vivos.

Mural homenajeando al profesor Said en Palestina
Mural homenajeando al profesor Said en Palestina

Si tenemos en cuenta el momento en que escribe este autor, la imagen que se tenía en la sociedad norteamericana sobre el Islam era tan simplista como aquel antiguo orientalismo francés y británico, y mostraba a todos los países árabes e islámicos como un mismo universo al que se atribuían unas características generales completamente opuestas a Occidente. Pero si vamos un poco más allá y extendemos el análisis hasta nuestros días, aún hoy perviven este tipo de problemas, sobre todo desde el atentado del 11-S en 2003 o la guerra de Irak, además de los recientes conflictos en Oriente Medio.

Por lo tanto, su obra, más allá de las críticas y controversias que haya podido suscitar a lo largo de todo este tiempo, tiene el gran mérito de haber señalado una cuestión tan importante como es la pervivencia de esta imagen sesgada de Oriente y el lastre que ella supone aún en nuestros días para el conocimiento y el estudio de un mundo tan heterogéneo y complejo que, de hecho, no tiene ningún sentido englobar bajo el término genérico de «Oriente», como el propio autor señala en su obra.

Escrito por
Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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