Divulgación

El Concordato de Worms de 1122

Fue un día como hoy, 23 de septiembre, allá por el año 1122, cuando tuvo lugar un episodio de gran trascendencia en las relaciones entre los poderes políticos y la Iglesia Católica, que anduvieron a la greña hasta este momento por la disputa del poder y por imponer su hegemonía los unos sobre los otros. Hablo del llamado «Concordato de Worms» (no confundir con los otros tratados firmados en dicha localidad en 1521 y 1743), un acuerdo por el que se acercaban posturas y se cerraba el episodio de la Querella de las Investiduras, que había enemistado al papado con los reyes del Sacro Imperio Romano Germánico entre 1075 y 1122 y cuya causa principal sería la disputa por el nombramiento de los cargos eclesiásticos.

Gregorio VII, quien promulgó las Dictatus Papae

Gregorio VII, quien promulgó las Dictatus Papae

Si nos remontamos al inicio del conflicto, podemos ver como ya se empezaba a vislumbrar un enfrentamiento entre los poderes políticos y religiosos varias décadas atrás, pero será la promulgación de varios decretos papales entre 1073 y 1074 la que dará grandes pasos hacia una mayor reivindicación del poder de éste, con disposiciones en torno a cuestiones como el celibato, la simonía y las investiduras de los cargos de la Iglesia. Esta serie de medidas avivarían la llama del conflicto y enfrentarían a autoridades civiles y eclesiásticas, entrando en peligro en muchos casos la propia integridad de los clérigos y otros cargos. Sin embargo, el punto de no retorno lo marcaría la promulgación de los Dictatus Papae, una compilación de normas a través de las cuales el pontífice Gregorio VII imprime un giro aún más radical a las medidas tomadas en años anteriores y desafía de manera directa al poderío y la autoridad del poder imperial, con el que inicia una pugna de largos e intensos años.

La gran diferencia es que las penas impuestas a aquellos que no cumplieran con dichas disposiciones serían aún más severas, conllevando en muchas ocasiones la excomunión, lo que sería considerado el peor castigo posible.  Y tampoco serían preceptos difíciles de transgredir si tenemos en cuenta que se penaba el nombramiento de cargos por parte de una autoridad civil, práctica más que habitual entre los poderes políticos.

Tenemos dos gallos demasiado grandes en un mismo corral, ninguno de los cuales estaría dispuesto a transigir lo mas mínimo, ya que esto supondría reconocer una subordinación a su antagonista y rival por la hegemonía sobre el Imperio. Un reflejo muy claro de la situación podemos verlo a través de los principales axiomas de los Dictatus Papae, resumidos en la máxima de que el Papa se sitúa por encima de cualquier poder o cargo eclesiástico, así como la necesidad de que los príncipes y el Emperador se sometan a su autoridad, todo ello basándose en la idea de que «la Iglesia romana no ha errado en el pasado ni errará en el futuro».

Enrique V recibiendo el torno de su padre

Enrique V recibiendo las insignias imperiales de su padre

Este episodio trajo años y años de conflicto, un constante tira y afloja que no se solucionaría hasta 1122, cuando quizás desgastados por tal enfrentamiento o concienciados de las posibilidades que les ofrecía un mutuo entendimiento, el Sumo Pontífice Calixto II y el Emperador Enrique V llegaron a un acuerdo con la mediación del obispo Lamberto de Ostia a través del cual se llevaría a cabo un reparto de poderes que contentase a ambos.

En este sentido, el Emperador dio su brazo a torcer al aceptar la elección de los obispos por parte del cabildo catedralicio, que se encargaría de hacerle entrega del anillo y el báculo. A cambio, los poderes civiles tendrían la responsabilidad de llevar a cabo la investidura feudal, de tal manera que aquellas personas investidas debían fidelidad y obediencia al Papa en materia religiosa, al tiempo que se ponían al servicio y se entregaban a su autoridad laica en materia civil. Sin embargo, todo ello no impediría que a veces resurgiera ese intento del Emperador de hacer con cierto poder en el nombramiento de obispos, sobre todo en Alemania, donde tenía la autoridad para decidir entre los candidatos en caso de que no se llegase a acuerdo, y que aprovecharía en más de una ocasión para ejercer su arbitraje.

En cualquier caso, podemos considerar el Concordato de Worms como un episodio histórico de gran trascendencia por su trasfondo de acercamiento, o al menos de colaboración, entre dos poderes rivales y antagonistas en una época convulsa y de gran tensión en la que las disputas habían sembrado el temor y el odio entre los miembros de uno y otro bando, culpables y a la vez víctimas de la falta de entendimiento.

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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