Divulgación

El último vuelo de Saint-Exupéry

El Lockheed P-38, modelo que pilotó Saint-Exúpery

El Lockheed P-38, modelo que pilotó Saint-Exúpery

La noche del 31 de julio de 1944, un Lockheed P-38 despega de la isla de Córcega para perderse en la inmensidad de un oscuro cielo del que no regresaría. En su interior, el autor de una de las novelas más influyentes de la literatura francesa y universal, el piloto Antoine de Saint-Exupéry, emprendía el que sería su último gran vuelo. 

El padre del “Principito” nos dejaba un día como hoy, en extrañas circunstancias que aún actualmente sugieren una gran polémica y controversia y se hunden en un halo de misterio. Y es que, además de su importante obra bibliográfica, nos legó una vida de aventuras como piloto, entregando su vida a surcar los aires en busca de líneas imborrables como las que trazaba sobre el papel. Allí pasó gran parte de su vida y allí sería donde le llegaría su fatal destino, quién sabe si derribado por un piloto alemán, como apunta la declaración de Horst Ripper, o por otras causas más complejos y difíciles de definir, como señala uno de sus principales biógrafos, Delphine Delacroix.

En cualquier caso, lo controvertido y enigmático de las circunstancias de su muerte no ha hecho sino generar un mayor interés por su figura y por su vida, y recientemente se han multiplicado los homenajes y conmemoraciones hacia su faceta como escritor, por la que es más conocido, pero también por su labor como piloto. Un ámbito en el que, según cuentan, no era tan hábil como en el primero, pero al que siempre se sintió vinculado por su sentido del deber, por la conciencia de aportar su grano de arena en la lucha que su país, y medio mundo, libraba por entonces contra el fascismo.

Desde la década de los 30, Saint-Exupéry ya se dedicaba a cruzar mares, océanos y continentes a bordo de su avión, si bien en un principio su labor nos debía más a una necesidad económica, como apunta su biógrafo oficial, quien nos cuenta cómo sus primeros trabajos estuvieron relacionados con el intercambio de correo entre uno y otro lado del Atlántico. De hecho, tal y como hemos señalado, no parece que fuera un piloto muy hábil, y de su escasa destreza nos hablan los accidentes aéreos que tuvo y los errores de pilotaje que en más de una ocasión cometió.

14067433813296Pero poco importaba eso cuando entraban en juego factores como el deber y el compromiso con su país y con unos ideales que chocaban frontalmente con la política de la Alemania nazi, lo que lo llevaría a ingresar en el Ejército a una edad a la que ya no estaba permitido. Sin embargo, gracias a sus cualidades negociadoras y la fama que le había grajeado su labor como escritor, consiguió superar este escollo e ingresar en las filas de las tropas de aviación, donde pasaría los últimos años de su efímera vida.

Aquella noche de verano de 1944, un avión se perdía en la inmensidad del cielo, dejando tras de si la estela de toda una vida de aventuras y una producción literaria que marcaría un antes y un después en la mente de pequeños y mayores que, como el Principito, soñaban con un mundo en que la inocencia de la niñez eclipsara los horrores y la irracionalidad de la guerra.

Una cita de su gran obra decía:

Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya.

Quién sabe si Antoine encontró la suya. Lo que podemos asegurar es que su pluma dejó una impronta igualmente brillante entre las páginas de la literatura, y su historia, a buen seguro, seguirá iluminando este oscuro cielo que se cierne sobre nuestro mundo 70 años después.

Fuente: http://www.elmundo.es/internacional/2014/07/30/53d932e8ca47419a458b458f.html?a=864611cf94095439ace990e079fc1b15&t=1406789135

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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